CAPÍTULO 2 Prohibido sacrificar huéspedes en zonas comunes #2
El animal se revolvió, extendiendo las alas e impulsándose para saltar de su regazo. No llegó muy lejos, ya que se posó sobre el viejo sifonier. Sus alas, esta vez, se plegaron sin problema, pegándose a su cuerpo.
—¿Ves? —Lo señaló, solo para hacer una mueca al ver el chorrito de sangre resbalando de la herida que le había hecho el cuervo—. Genial. Dejar sangre de una bruja por ahí nunca es buena idea.
Miró a su alrededor y resopló. Sabía que tenía tiritas en algún lado, siempre iba con un neceser lleno de ellas, mas apenas había empezado a deshacer las maletas. Entró en el cuarto de baño anexo al dormitorio e hizo un rápido apaño con el papel higiénico.
—No es lo ideal, pero tendrá que servir hasta que deje de sangrar —resopló, mirando ahora hacia la ventana abierta.
El viento había empezado a empujar la fina llovizna a través de esta, refrescando el ambiente—.
Me gusta este tipo de lluvia —murmuró poniéndose delante de la ventana, dejando que le acariciase la cara, sin importarle que unos cuantos minutos así pudiesen acabar mojándola de veras—.
Mi madre prefiere la lluvia fuerte, la que acompaña a la tormenta.
Dice que es el momento ideal para recargarse, aunque yo la única idealidad que le veo es que acabe pillándote un rayo y mandándote al otro barrio.
Conocí a un brujo al que le pasó eso. Horrible, en verdad.
El ave se agitó las plumas, la forma que tenía de mirarla era más que inquietante.
—Puedes irte. —Señaló la ventana con un gesto—. No tengo intención de sacrificarte a ninguna deidad ancestral. Créeme, se me dan fatal esas cosas.
El cuervo seguía sin quitarle la vista de encima y eso, incluso a ella, empezaba a parecerle sumamente inquietante.
—O también puedes quedarte aquí esta noche si prefieres esperar a que escampe —sugirió—. Dejaré la ventana abierta, de todas formas, así que puedes hacer lo que te dé la gana. Menos volver a picarme. Eso está prohibido. Prohibidísimo.
Dejó escapar un profundo suspiro y levantó de nuevo la cara hacia la lluvia. Estaba agotada, realmente agotada.
—Siento que no hayas tenido un encuentro más afortunado —murmuró cerrando los ojos, disfrutando así de la humedad de la noche—. De todas las ventanas abiertas esta noche en esta región, has tenido que atravesar la de la única bruja negra y villana exiliada de todo Salem.
El cuervo soltó un inesperado graznido que la hizo abrir los ojos y volverse hacia él. El pájaro pareció mirarla ahora de la cabeza a los pies, estremeció su pequeño cuerpo, atusándose las plumas y se encogió un poco más, dejando claro que, al menos por el momento, iba a quedarse allí mismo.
—Como quieras —sonrió al animalito—. Estás en tu casa.
Con eso, le echó un último vistazo a la lluviosa noche y se volvió para prepararse para dormir.
Iba a necesitar todas sus fuerzas para enfrentarse a la nueva tarea que tenía por delante, una que prometía ser la más difícil y delirante de toda su vida.
***
Una persona cualquiera se despertaría de manera paulatina, rezongando un poco por no querer salir de debajo de las sábanas, incluso remolonearía un poco, pero ni ella era una persona normal, ni estaba en un lugar de gente normal.
—¡No puedes sacrificarlo en el comedor!
Segis se incorporó en la cama de golpe, con el sol de la mañana atravesando las cortinas que se mecían con el viento y aquel grito atravesando las paredes como el de una jodida banshee.
Y no fue el único.
—¡Las normas no especifican nada sobre dónde hacerlo y la hora del desayuno me parece perfecta!
Oh, por todos los demonios.
Hizo a un lado las mantas, intentó desenredarse de las sábanas, solo para acabar cayendo al suelo con ellas. El golpe fue suficiente para espabilarla.
—Me cago en mi… suerte —rezongó.
Se revolvió en el suelo, pateando hasta conseguir liberarse. Para entonces ya jadeaba como si hubiese corrido una maratón. La trenza en la que se solía recoger el pelo para dormir estaba medio desecha y su pijama rosa de gatitos se le había resbalado por las caderas hasta casi dejarla en bragas.
—¡En este comedor solo se sirve mi comida! ¡Vete a desangrar al humano a otro lado!
—Ay, Dios mío —gimió. Las voces venían justo de debajo de ella, con lo que alguien tenía que estar discutiendo en el pasillo de la primera planta—. ¿Es que no le dejan ni lavarse la cara a una, joder?
Recogió su chal, se lo echó por los hombros y se dirigió a toda velocidad hacia la puerta, tropezando con su propia maleta.
—Mierda, mierda, mierda… —Empezó a saltar sobre un pie, pues el otro acababa de dejarse los dedos desnudos contra aquel maldito objeto—. Zapatillas, Segis, ponte las putas zapatillas.
Acabó delante del tocador solo para encontrarse cara a cara con esos ojillos negros. El cuervo estaba allí encima, mirándola fijamente.
—Oye, sigues aquí. —Y, absurdamente, aquello la alegró—. ¿Te encuentras mejor?
El ave ni se inmutó, parecía una estatua, lo cual era de lo más inquietante.
—Tomaré eso como un sí —murmuró, haciendo una mueca.
—¿A dónde vas con esa sierra?
El nuevo grito fue suficiente para devolverle la sensación de inmediatez.
—Te dejo la ventana abierta por si no eres de los que madrugan y prefieres irte más tarde —le dijo, coló los pies en las zapatillas, abrió la puerta y salió disparada.
Llegó al piso de abajo sin matarse por las escaleras, lo cual era una muy buena señal. El vestíbulo estaba completamente vacío, lo dejó atrás y recorrió el pasillo, guiándose por las voces que salían del comedor.
—Suéltalo inmediatamente.
—¡El ritual ya ha comenzado!
—¡Eso es un invitado, no material para un sacrificio!
Segis cruzó el umbral del comedor y se detuvo en seco, observando con una mezcla de incredulidad y bochorno la escena ante ella.
Las mesas habían sido hechas a un lado y en el centro de la enorme habitación había dibujado un círculo de invocación. Unas velas negras titilaban encima de las mesas, había un incensario del que salía un humo verde con un olor azufrado y, en medio de todo eso, un hombre atado a una silla.
Parpadeó varias veces, esperando que la imagen desapareciese, pero no sirvió de nada. No estaba teniendo alucinaciones, aquello estaba ocurriendo de verdad.
—¿Qué coño está pasando aquí?
El hombre atado a la silla levantó la mano tanto como pudo, pidiendo la palabra.
—Eso es algo que llevo intentando averiguar los últimos veinte minutos —aseguró este. Sus ojos estaban vidriosos y tenía una sonrisa bobalicona en los labios.
—¿Está drogado?
—Es posible, porque el viaje está siendo la hostia. —Se rio bajito, solo para echarse a llorar un segundo después—. La verdad es que ni siquiera sé qué hago aquí. ¿Dónde es aquí, por cierto?
Segis se llevó las manos a la cabeza.
—Señorita Blackwood, la señora Wren dice que quiere sacrificar al repartidor antes del desayuno. —La avisó la ayudante de cocina, con visible exasperación—. Es el chico que nos trae las conservas de pescado.
—Por eso mismo merece morir —declaró la figura encapuchada.
—¿Perdón? —Volvió lentamente la cabeza hacia la figura encapuchada, intentando asimilar lo que acababa de decir.
La capucha resbaló hacia atrás, revelando a una anciana de rostro apergaminado y con los labios tan apretados que era una visión realmente imponente. Y estaba cabreada, bastante, a juzgar por el brillo de sus ojos.
—Las tradiciones se están perdiendo —gruñó, señalando con un gesto al pobre tipo—. Antes una podía sacrificar viajeros o al primero que llamase a tu puerta y nadie ponía pegas, ¿pero ahora? Ahora te piden incluso que rellenes no sé cuántos papeles y te saques una licencia.
—¡Eso era en la Edad Media, señora Wren!
—chasqueó la ayudante de cocina, visiblemente hastiada—.
¡Los tiempos han cambiado! ¡No puede ir por ahí ritualizando a gente sin que luego venga la Policía a husmear y hacer preguntas sobre los desaparecidos!
¡Nuestro horno no sirve para incinerar las pruebas!
—¡La juventud se ha vuelto débil!
A estas alturas era casi como mirar un partido de tenis, donde la pelota iba de un campo a otro. Y, entre medias, el repartidor volvió a levantar la mano.
—Disculpen, ¿alguien podría aclararme si realmente voy a morir? —preguntó como quien habla del tiempo—. Es para saber si tengo que hacer testamento y dejárselo todo a mi perro.
Abrió la boca, solo para volver a cerrarla.
—Estamos en negociaciones, joven —le informó la señora Wren.
—No, no, no, no —negó ella de inmediato—. Nada de negociaciones. Aquí no se practican rituales, ni sacrificios, ni nada de nada…
—¡Señorita Blackwood!
Pegó tal bote que casi se sube encima de una silla. Se giró sobresaltada hacia la puerta para ver quién acababa de pronunciar su nombre de aquella manera. Y, por supuesto, solo podía ser una persona, ¿verdad?
—No es lo que usted piensa… —Levantó las manos, diciendo lo primero que se le pasó por la cabeza. Sin duda, la frase más trillada de la historia y la que siempre decían los culpables de algo.
Dios del cielo. ¿Cómo podía alguien tener tan buen aspecto y parecer al mismo tiempo tan amenazador antes de las nueve de la mañana?
Ivar Vinter era la representación física de que los nórdicos tenían unos genes magníficos.
Su piel clara, pelo rubio y ese rostro esculpido por los dioses contrastaba con el tono monocolor de su atuendo.
Llevaba la camisa negra con las mangas remangadas, dejando ver unos impresionantes antebrazos libres de vello, pero cubiertos con símbolos mágicos.
Vestía además con un chaleco oscuro y corbata, por no hablar de que ese pantalón le hacía una cinturita que…
Segis tragó saliva al encontrarse con su rostro y la expresión de estar dispuesto a lanzar a alguien por la ventana.
Maldita sea. Aun así, seguía estando escandalosamente bueno.
Esos ojos azules recorrieron la escena con lentitud. Era imposible que no viese el símbolo en el suelo, las velas encendidas, el humo narcotizante y, sobre todo, al rehén.
—Explíqueme por qué hay un ritual de sacrificio humano en el comedor y quién le ha dado permiso para realizarlo.