CAPÍTULO 2 Prohibido sacrificar huéspedes en zonas comunes
Segismunda Blackwood descubrió tres cosas importantes durante sus primeras horas en la pensión.
La primera: El señor Héctor Valessi roncaba como si estuviese invocando demonios desde el interior de la armadura.
La segunda: Basilio, el basilisco, podía abrir puertas… y era demasiado mono para resistirse a él.
Y la tercera: Ivar Vinter era de esas personas insoportablemente eficientes que probablemente doblaban los calcetines por colores y juzgaban espiritualmente a cualquiera que no alinease correctamente los libros en una estantería.
Aquello último la ponía particularmente nerviosa, pues había visto cómo miraba con ojos entrecerrados los libros dispuestos en la biblioteca.
El hombre había insistido en conocer todas y cada una de las estancias, se habría paseado solo por toda la primera planta si no lo hubiese acompañado.
No era lo que más le apetecía en esos momentos, sobre todo cuando ella misma estaba empezando a reconectar con un lugar que no había visto en siete años y que había sido parcialmente reformado para adecuarse a su actual desempeño como pensión.
Dejó escapar un resoplido e hizo una mueca mientras se cepillaba el pelo frente al espejo de su tocador. El mueble seguía teniendo el mismo aspecto que la última vez que lo vio. Toda la habitación, en realidad, seguía siendo como antaño, un recordatorio de la chiquilla que había dejado atrás.
Hizo una mueca cuando el peine se le enredó en un mechón.
Lo tenía tan liso que siempre se le hacía algún nudo, por ello solía llevarlo recogido en un moño o en una trenza.
Se lo había dejado largo hasta la cintura solo por tradición familiar, aunque reconocía que era un completo engorro.
Además, ni siquiera tenía el aterciopelado aspecto del de su madre, ni tampoco su intenso color negro natural o el marrón oscuro, salpicado de elegantes canas de su padre.
No. El suyo era de un caoba apagado, ni siquiera un rojo bonito.
—Eres el ratoncito de la familia Blackwood —le dijo a su reflejo.
Su abuela solía llamarla así y no de manera cariñosa precisamente.
Decía que esos enormes ojos marrones que ahora le devolvían la mirada deberían resultar aterradores, peligrosos, el preámbulo de una fatalidad, pero se parecían a los de Bambi.
Dejó caer la cabeza de golpe contra la parte superior del mueble, dándose un buen porrazo en la frente. El dolor al menos la espabiló. Estaba tan cansada que había estado a punto de dormirse de pie mientras ese tal Vinter revisaba la casa y tomaba notas como si fuese un inspector de obra.
—No necesito supervisión —farfulló. Volvió a levantar la cabeza y sus propios ojos la miraron con obvio cansancio—. Soy una bruja perfectamente capaz. Yo solita incendié un cementerio. Bueno, fue solo la mitad, y con unas llamas impresionantes, he de decir.
Hizo una mueca ante la imagen que le devolvía su intento por parecer segura, poderosa, una pateaculos profesional.
—Aunque tu intención no era quemar el maldito lugar, tontita, sino acabar con la plaga que se estaban comiendo las plantas que adornaban las tumbas —se recordó a sí misma—. ¿A quién pretendo engañar? Se me da mejor escribir una receta de cocina que una maldición…
Y eso era penoso. Para su familia era motivo de decepción, algo que no dudaban en hacerle ver.
Suspiró profundamente y dejó el cepillo sobre la cómoda.
Miró el resto del dormitorio a través del espejo.
Los techos altos, el papel victoriano desgastado, los muebles oscuros…
La niebla había dado paso a la lluvia a juzgar por las gotitas que ahora cubrían la ventana, el repiqueo de esta contra el cristal era inconfundible.
Si tan solo la habitación no oliese tanto a cerrado.
—Al menos la han limpiado, Segis, no seas tan tiquismiquis —se dijo, girando en la pequeña banqueta para levantarse—. Bueno. O más o menos.
Había una telaraña del tamaño de un gato ocupando una esquina del techo y estaba casi segura de que acababa de verla moverse.
—Lo de no limpiar los rincones tiene que ser una maldad de nivel tres por lo menos, ¿no? —murmuró, solo para que su inquilina se asomase y le hiciese un pequeño gesto ofensivo con una pata.
Bueno, deduzco que lo era, pues a la arañita parecía haberle ofendido la idea de desalojarla como si fuese una ocupa.
—No he dicho nada —levantó ambas manos a modo de disculpa, antes de dar media vuelta y dirigirse hacia la ventana.
La lluvia golpeaba el cristal con suavidad y, más allá, apenas podía distinguir la silueta de los jardines bajo la lluvia. Observó el marco con detenimiento. La madera estaba hinchada por la humedad y las bisagras parecían no haberse engrasado en años.
—Esto va a ser más complicado de lo que pensé —murmuró, tirando del pasador solo para ver que no cedía—. Cristo. Esto está durísimo.
Volvió a tirar con más fuerza y la ventana ni se movió.
—¿En serio? —resopló, se arremangó la chaqueta, volvió a coger el pasador y, apoyando un pie contra la pared, volvió a tirar usando todo el peso de su cuerpo.
La maldita ventana se abrió de golpe con un estruendo infernal y ella acabó perdiendo su agarre, saliendo disparada hacia atrás.
—La madre que me… —jadeó en el suelo. La alfombra había amortiguado el porrazo—. Al final no va a ser solo el jardín el que necesite mantenimiento.
Empezó a levantarse justo a tiempo de ver cómo algo negro atravesaba el umbral de la ventana y cruzaba la habitación como una flecha para estamparse contra la pared.
Se encogió por pura simpatía al ver el bulto emplumado que caía al suelo.
—Bueno… —murmuró mirando al cuervo que intentaba ponerse también en pie—. Eso ha sido bastante humillante… para ambos.
El ave emitió un graznido particularmente indignado antes de fijar sus ojillos negros en ella e intentar levantar el vuelo. Solo consiguió dar un pequeño salto torpe y caer de lado sobre la alfombra.
Frunció el ceño de inmediato al ver que el animal intentaba extender las alas, pero no podía hacerlo del todo. Una de ellas parecía haber adquirido una forma poco natural.
—Ay, no.
Casi tropieza con la alfombra en su prisa por acercarse al ave, solo para que esta abriese el pico de forma amenazadora y soltase un graznido a modo de aviso.
—Sí, sí. Ya te he visto. Eres enorme y muy terrorífico. —En realidad, no era poco más grande que una paloma y bastante escuálido. Intentó cogerlo y el bicharraco le pegó un buen picotazo—. Hijo de la gran p…
El ave volvió a agitar las alas, mas estaba claro que no podía volar. Daba pequeños saltos, intentando llegar a la ventana, incapaz de plegar una de las alas.
—No, no, no, no… —Fue detrás de él—. Nada de suicidas en mi primera noche aquí, por favor.
El cuervo seguía moviéndose agitado.
—Mira, sé que probablemente creas que soy una de esas aterradoras brujas todopoderosas que tienen gatos por mascota y cocinan a los de tu especie, pero…
—El animal emplumado clavó esos ojillos negros de nuevo sobre ella—.
Te has topado con la única Blackwood a la que los imbéciles del consejo de la organización han expulsado por no dar la talla en su termómetro de villanía, así que…
¡Estás de suerte! Mi abuela te habría retorcido el cuello y metido en una cazuela con patatas.
Aunque ella también hacía sopa con ardillas, así que no creo que sea un buen referente moral.
El cuervo la miró fijamente.
—No me juzgues —resopló y puso los ojos en blanco—. Yo tampoco superé lo de las ardillas. Todavía estoy traumatizada con lo que le hizo a la pobre Gertrudis.
Segis se movió despacio una vez más, se arrodilló en el suelo y lo miró.
—Eso tiene mala pinta, ¿sabes? —señaló su ala, teniendo cuidado de no poner de nuevo su mano cerca de ese pico mortal—.
No vas a poder irte volando así. Lo más probable es que acabes cayendo al suelo y te estampes, y mañana alguien tenga que recoger tu cuerpo despanzurrado y echarlo en el contenedor.
Si no pensara que era imposible, juraría que el cuervo la fulminó con la mirada.
—Sí, a mí tampoco me haría ilusión acabar en el cubo para reciclar. —Lo señaló una vez más—. Si me dejas mirarte el ala, quizá pueda ayudarte. Así que, vamos a llevarnos bien, ¿te parece?
Extendió con cuidado el brazo, lista para retirarlo en cualquier momento, pero el ave se quedó quieta, permitiéndole que le rozase las plumas con los dedos.
—Vale, vamos… —El pájaro decidió que no le gustaba, porque le pegó otro picotazo y esta vez llegó a hacerle sangre—. ¡Pequeño hijo de Satanás!
Su poder reaccionó por sí solo, el humo se arremolinó en torno a sus dedos y sabía que sus ojos se habrían iluminado.
—Vas a ver tú… —siseó. Cogió al pajarraco por el pescuezo y lo atrajo hacia ella. Lo envolvió rápidamente en su falda, inmovilizándolo, y comprobó rápidamente el estado de su ala—. Tienes suerte, pequeño demonio. No está rota, aunque sí dañada.
Los hilos de magia negra que escapaban de sus dedos fueron redirigidos con maestría hacia el animal. El cuervo se tensó al notar la huella de su magia y cómo esta penetraba más allá de su carne.
—Tranquilo. Al contrario que tú, no tengo la intención de arrancarte un dedo o un ala, en este caso —resopló y se concentró en lo que veía en su mente.
La magia de los Blackwood estaba diseñada para destruir, maldecir, controlar y provocar dolor. No para sanar, por eso las volutas de humo negro que creaba su magia parecían más propias de una invocación demoníaca que de un hechizo medicinal.
—Esto sería mucho menos inquietante si mi familia no fuese tan melodramática… —masculló encontrando en su mente el punto exacto del daño en el ala del córvido. Guio las hebras de su poder y las usó para colocar el hueso en su lugar y soldarlo.
El cuervo soltó un pequeño graznido y luego se quedó completamente inmóvil, mirándola con esos inquietantes ojillos negros.
—Ya está —retiró la tela y aflojó el agarre sobre el animal—. Puedes irte.