CAPÍTULO 1 La villana menos aterradora del continente #4
—¡Morirás, maldito, te veré en la ca…! —Tropezó con sus propios y pesados pies y se escuchó un chillido—. Ay, que me mato.
El hombre cayó cuan largo era al suelo, el hacha se escapó de las manos y acabó clavándose en la pared, justo al lado del marco de la puerta principal, en el mismo instante en que esta se abría, dando paso a una enorme figura.
La mansión pareció contener el aliento, al igual que todos los presentes en el vestíbulo.
A Segis se le paró el corazón.
Por todos los santos, ¡es guapísimo!
Rubio, alto, ancho de hombros, con un abrigo negro impecable y un traje italiano de color azul medianoche, el recién llegado encarnaba a un dios nórdico.
Su mandíbula cuadrada y fuerte parecía capaz de partir en dos a cualquiera con un cabezazo, tenía una sombra de barba dorada cubriéndole el mentón y la barba, pero eran esos ojos azul cielo, fríos como el hielo, los que le provocaron un escalofrío.
Tragó saliva, no pudo evitarlo. Había algo en él que evocaba peligro, también oscuridad, por no hablar de la huella de poder que vibraba en torno a él. Era un brujo de categoría superior, no tenía la menor duda.
El desconocido recorrió el vestíbulo con mirada severa, dedicándole tan solo un segundo de su tiempo a la armadura tirada sobre el suelo y otro al pollo que, no sabía cómo, había terminado sobre el reloj de pared.
Lo vio fruncir el ceño al mirar las cortinas que cubrían una de las ventanas y, cuando Segis siguió su mirada, se encogió por dentro al ver la cabeza romboide, similar a la de una serpiente, con lo que parecían plumas alrededor, mordisqueando alegremente la tela.
—Supongo que ese es Basi… —murmuró en voz baja, señalando la serpiente.
—Basilio, el basilisco —confirmó la señora Drekka.
—¿Y el otro?
—No es un basilisco.
—Eso salta a la vista.
—Diría que es un hechicero.
—Sí. Estoy de acuerdo con usted.
El hombre clavó entonces la mirada en ellas. Desde luego, no habían sido precisamente discretas.
—¿Segismunda Blackwood?
La manera en que pronunció su nombre le provocó un estremecimiento.
—Es ella. —La señaló la ama de llaves, dándole un empujón en la espalda y mandándola casi volando hasta el medio del vestíbulo.
Intentó adoptar de inmediato una pose autoritaria, intimidante, pero era difícil sentirse de esa manera cuando tenías a Thor delante. Ese hombre le sacaba cabeza y media y no dudaba de que podría partirla a la mitad con esos brazacos.
Madre cómo estaba el dios nórdico.
—Sí. Soy Segismunda Blackwood —Se enderezó y le dio un tono más duro a su voz, aunque solo consiguió que le saliese un horrible gallo—. Um . ¿Y usted es?
—Ivar Vinter. —Se presentó. Su voz sonó incluso más profunda a esa distancia.
El señor Valessi empezó a bambolearse en el suelo, en un intento por darse la vuelta con esa pesada armadura. El sonido hizo que ambos se volvieran hacia él.
—Drekka, por favor, ayuda al señor Valessi a levantarse…
—Déjele. Media hora más y podrá hacerlo solo.
Abrió la boca para decir algo, pero el recién llegado ignoró al tipo de la armadura, al pollo que echó a volar cruzando el vestíbulo y continuó con su presentación.
—La Organización me envía a supervisar las actividades de esta pensión y verificar que ninguno de sus integrantes suponga una amenaza para el equilibrio sobrenatural.
Antes de que pudiese responder a ello, se escuchó un grito desde el pasillo que llevaba al comedor.
—¡El basilisco se ha comido otra cortina!
Segis miró automáticamente al lugar en el que había visto la serpiente, pero esta ya había desaparecido, dejando tras de sí unos claros agujeros en la tela allí donde la había devorado.
—Estupendo. —Lo escuchó mascullar y, al volver a mirarle, lo vio sacar un cuaderno pequeño de piel y un bolígrafo del interior de su abrigo. Lo abrió y escribió algo rápidamente.
Aquella no era buena señal. No, señor.
Carraspeó y volvió a prestarle atención al recién llegado.
—Entonces, ¿es usted el supervisor que me dijeron que iba a tener?
Él la miró, desde la cabeza a los pies.
—Así es, señorita Blackwood —replicó—. Estoy aquí para asegurarme que cumple con las condiciones de su actual condena y sigue los preceptos de la organización al pie de la letra.
Aquello la hizo tragar.
Eso sin duda era un problema. Intentó no mirar sus maletas, pues una de ellas rompía ya una de esas condiciones. Dentro estaba su colección de novelas románticas, las galletas de nata que tanto le gustaban y… su pijama rosa de gatitos.
—Lo del basilisco y las cortinas tiene arreglo… —aseguró ella de inmediato, mientras la armadura sobre el suelo hacía un quejido.
—Mierda, me he quedado atascado… —rezongó el hombre en su interior—. ¿Van a quedarse ahí toda la puta mañana o van a ayudarme?
Hizo una mueca y, sin pensárselo dos veces, acudió en su ayuda, ganándose una ceja enarcada de parte del supervisor y una sacudida de cabeza del ama de llaves.
—Ya veo que esto va a ser bastante rápido. —Oyó murmurar al hombre, mientras escribía algo nuevo en su libreta.
Segis gimió para sus adentros.
Oh, esto iba a ir fatal, pero tremendamente mal.