CAPÍTULO 1 La villana menos aterradora del continente #3
El detector de humos al fin dejó de sonar.
Ventilar la cocina fue una auténtica odisea, porque las ventanas estaban tan atascadas que era imposible abrirlas.
El olor a quemado inundaba toda la planta, desde las cocinas al comedor.
Por algún motivo, alguien había decidido reorganizar la distribución del lugar para tener las zonas comunes en aquella primera planta.
La cocina estaba en la parte de atrás. El mobiliario, los electrodomésticos, todo era moderno y de alta gama, quizá demasiado moderno para el tipo de personal contratado.
La cocinera era casi tan vieja como la maldita mansión y sus pinches de cocina no parecían tener idea de cómo funcionaba el horno, lo que había dado como resultado que el asado acabase en llamas —no tenía idea de cómo había sido eso posible—, y todo el mundo envuelto en humo.
—Te dije que no era buena idea ponerle esa salsa al asado, ¡era puro fuego!
—¿Que tú me lo dijiste? ¡Fui yo la que te advirtió que el asado estaba tomando un color negruzco y tú dijiste que lo preferían tostadito!
—Tostado, cabeza hueca, no calcinado —rezongó la cocinera, quien, sin que le temblase la mano, golpeó a su asistente con la cuchara de madera en la cabeza—. Ve a la despensa y trae una nueva pieza de carne o los comensales acabarán devorándote a ti.
Remató la faena dándole una patada en el culo a su asistente, algo bastante épico dado que era una mujer bastante rolliza y fue capaz de levantar la pierna como una bailarina de ballet.
—Hay cosas que nunca cambian —musitó para sí, tosiendo todavía un poco por el picor del humo en la garganta.
—Ay, señorita Blackwood, pensé que mis ojos no volverían a posarse en un miembro de esta ilustre familia —dijo la jefa de las cocinas volviéndose ahora hacia ella—. ¿Cómo se encuentra su santa madre?
¿Santa? Su madre podía ser muchas cosas, pero santa no. Jamás. En la vida. Ni muerta.
—Bien, bien. Se ha ido a un balneario en Budapest para descansar después de su último trabajo —afirmó—. Contaminó todo el suministro de agua de una ciudad. Las noticias han hablado de varios casos hospitalizados por gastroenteritis aguda y… Y eso la puso sensible. Esperaba algo más drástico.
—Ah, los años no perdonan —aseguró la mujer con tono afligido—. Estoy segura de que solo ha sido el cansancio. Pronto volverá con renovadas energías y desatará una verdadera plaga.
Espero que no , pensó para sus adentros.
No podía evitar que le diesen pena esas personas. El mundo de hoy no era como el de hace siglos, requería de mayor planificación y, sobre todo, de cautela. Antes la gente temía a las brujas, a los demonios, pero hoy en día te pedían si podías hacerte un selfi con ellos.
Ser villano no era tan fácil como antaño, sobre todo si querías ser reconocido como tal.
Ahí estaban los líderes de esas potencias mundiales, actuando como villanos sin pertenecer siquiera a la organización. Oh, eso había levantado ampollas entre los miembros del consejo. Vaya que sí.
—Entonces, ¿usted ha venido para quedarse?
—Es la nueva administradora, Agatha.
La cocinera abrió los ojos como platos y se persignó varias veces como si estuviese delante de Satanás y acabase de ser consciente de ello.
—Que Dios nos pille confesados —soltó sin más—. ¿Eso es verdad? ¿Usted va a hacerse cargo de la pensión?
Iba a empezar a llorar de un momento a otro al contar con tanto apoyo.
—Son órdenes de arriba —se justificó.
—La han exiliado —informó la señora Drekka sin perder su aguijón—. El consejo al fin le dio la patada y la ha reducido a cuidar de unos villanos retirados.
Se hizo un silencio sepulcral y varios pares de ojos acabaron sobre ella con gestos de horror.
—Es algo temporal… —Carraspeó ella.
La ama de llaves dejó escapar una carcajada.
—Ese ha sido un buen chiste.
La fulminó con la mirada, pero ni se inmutó.
—Vale. Sí. Me expulsaron. Y me han enviado aquí a hacerme cargo de… ¡esto! —Se exasperó—. Y les voy a demostrar que estoy a la altura.
—Pobrecita.
—No tiene ni idea.
—¿Cuántas semanas le damos? ¿Tres?
Los comentarios a su alrededor empezaron a irritarla y, antes de que pudiese evitarlo, varias tapas saltaron de sus respectivas ollas y el frigorífico se abrió, lanzando huevos.
—¡Suficiente! —El microondas explotó y ella acabó resoplando—. ¡Mierda!
Salía humo negro no solo de sus manos, sino de toda ella. Empezó a abanicarse, deshaciéndose de los restos de su magia.
—Sí, sí, sí… —La ama de llaves la cogió del brazo y la giró hacia la puerta—. Dejemos la cocina y pasemos al comedor. Si quiere empezar a romper cosas, puede comenzar con algunas cabezas que hay allí.
—Yo no quiero romper cosas… —gimoteó.
—Lo sé, lo sé —le dio unas palmaditas—. Ese siempre ha sido su problema, señorita Segismunda. Que lo que debería querer es justo lo que no desea.
Dejó escapar un resoplido porque no podía decir lo contrario.
Siempre se había sentido como la oveja negra de la familia, o blanca en este caso.
A sus primas no les importaba provocar el caos, disfrutaban haciéndolo, en cuanto a ella…
Segis prefería dedicar su tiempo libre a la jardinería, a hacer pasteles y no precisamente envenenados.
Se había esforzado por hacer sentir orgullosos a sus padres, por ser la villana que esperaban de ella, pero todo le salía mal.
—Lo estoy intentando, Drekka, de verdad que lo intento con todas mis fuerzas.
—Pues no lo intente tanto, quizás eso mejore las cosas —le aconsejó.
Segis supo que estaba a punto de enfrentarse a otra escena demencial en cuanto oyó las voces desde el final del pasillo. ¿Es que esta casa se había convertido en un psiquiátrico?
En cuanto cruzó las puertas del comedor, tuvo claro que así era.
Tres criaturas discutían sobre la sopa. Un nigromante dormía sobre la mesa, con una postura que recordaba a los cadáveres de las mesas de autopsia. La mujer vestida de negro que había visto dándose de cabezazos contra el reloj de pared ahora intentaba estrangular a…
—¿Eso es una planta carnívora?
—Catherine está intentando adiestrarla —señaló a la mujer de negro—. Pero hoy Julius decidió comerse a Trevor.
—¿Quién es Trevor?
Un bajo ladrido amortiguado salió de la hinchazón que tenía la planta a la altura de la mitad del tallo.
—Escúpelo, Julius, escúpelo —siseaba la mujer.
—¿Esto suele pasar a menudo? —preguntó al ama de llaves, temiendo la respuesta.
—Solo los martes —contestó alguien desde la mesa.
No sabía si eso era un consuelo o no.
—Te digo que la sopa estaba maldita —escuchó a un hombre desde el fondo de la habitación, señalando el plato que sostenía.
—¡Era picante , idiota! ¡No estaba maldita! —replicó una de las ayudantes de cocina. Su expresión era la de alguien dispuesta a cometer un asesinato de un momento a otro.
—¡Me salieron escamas!
—Eso fue porque tuviste la brillante idea de besar a la medusa de la habitación cuatro, Arnold. No tiene nada que ver con la sopa —intervino alguien sentado en una esquina. No le vio la cara, pues tenía el periódico abierto a la altura del rostro mientras disfrutaba de un café.
El comedor entero guardó silencio un momento, como si escucharle hablar fuese algo extrañísimo.
—Ah… —murmuró el tal Arnold, volviendo a mirar el plato de sopa.
Segis se llevó la mano a la sien empezando a notar cierta palpitación en la cabeza y no se lo pensó, dio media vuelta, salió del comedor y regresó al vestíbulo dónde había dejado sus maletas. La tentación de cogerlas y largarse por donde había venido era demasiado grande.
—Debería subir a su habitación. Ya sabe dónde está —declaró la señora Drekka—. Dese un buen baño y póngase algo que no grite «soy una diana andante». Lo verá todo con otros ojos.
El pollo que vio a su llegada pasó volando, escandalizando con histerismo, no tardó mucho en escuchar también los fuertes pasos de la armadura y verla acercarse con el hacha en alto.
—Por el amor de Dios, Héctor, deja ya el maldito pollo.
—¡No hasta que acabe en la cazuela! —escuchó una voz retumbante desde dentro de aquella cosa.
Miró a la ama de llaves en busca de una respuesta y esta resopló.
—Héctor Valessi. Se cree un caballero de la mesa redonda.
—Espera, ¿Valessi? ¿De esos Valessi? —Era un nombre reconocidísimo entre la organización, a la altura de los Blackwood.
—Sí. Ese —resopló—. En qué ha quedado, con lo que había sido ese hombre. Sus hazañas en el campo del villanazgo eran épicas.