CAPÍTULO 1 La villana menos aterradora del continente #2
—Por todos los cielos, ¿es que va a caerse todo a pedazos?
Alguien levantó un pequeño brazo de piedra de entre la maleza y avisó:
—¡Estoy bien!
Volvió a pegar otro bote al reconocer la voz, dejó sus cosas y corrió a apartar la hierba.
—Por todos los demonios, Gerald, ¿eres tú?
—El mismo —respondió la voz, mientras las hierbas se movían.
—¿Cómo es que estás aquí todavía?
La criatura de piedra se incorporó lentamente, saliendo al camino.
—Tengo artritis.
¿Artritis?
—Eres una gárgola —señaló lo evidente.
—Y tú una humana flacucha con muy mala suerte, ¿y me quejo yo de eso? No. No lo hago —rezongó él, llevándose unas pequeñas manos en forma de garra a las piernas—. Esta niebla no es buena para mis rodillas.
Aquello tendría que haber sido ridículamente absurdo de no ser porque ella misma había creado dicha absurdez.
Se suponía que debía crear una gárgola impresionante, un guardián para la mansión, algo aterrador, al nivel de la fama de los Blackwood, pero algo había salido mal y acabó con…
Gerald. No superaba el medio metro, era escuálido y con el carácter de un viejo cascarrabias.
—Ya he oído las noticias —continuó él llevándose las manos a los riñones, el crujido de su cuerpo fue espantoso—. Si es que no podías ser más tonta ni entrenando para ello.
—Oye. Ya me han ofendido bastante anoche en la sede de la organización, así que dame un respiro.
— Bah . —Extendió sus artríticas alas, diminutas en comparación con el tamaño de su cuerpo, y señaló el camino con un gesto de la rocosa cabeza—.
Te esperan arriba, así que será mejor que muevas el culo.
Y, por lo que más quieras, cómprate algo que no diga «soy una malvada Flower Power anclada en la época hippy ».
Se llevó una mano al pecho, visiblemente ofendida.
—Que yo sepa los exiliados no tenemos código de vestimenta —resopló—. El negro está reservado para los miembros de la organización, ¿recuerdas?
—Y el amarillo limón para las putas abejas —chasqueó la gárgola—. Nunca fuiste normal. Le dije a la señora Blackwood que debiste habérsele caído de cabeza cuando eras un bebé. Se echó a reír y no lo desmintió.
Eso no era verdad. Hizo un mohín al pensar en el chistecito que siempre contaba su madre. A su progenitora debía parecerle graciosísimo, mas a ella no.
—Ven, mueve el culo, que te esperan desde hace semanas.
—¿Cómo que me esperan desde hace semanas? —Cogió las maletas y empezó a seguirle—. ¡Si me notificaron ayer mismo que debía hacerme cargo de esto!
—Fuiste la primera pringada a la que encontraron, seguro —le dijo mientras abría esa pequeña comitiva de dos—. El último administrador se largó hace tres semanas. Basi intentó zampárselo.
No tenía la menor idea de quién era ese tal Basi, pero que hubiese intentado comerse al anterior administrador no era nada tranquilizador.
A medida que avanzaban por el camino, no pudo evitar preguntarse a qué compañía de jardinería habían encargado el mantenimiento, porque esos jardines parecían llevar años sin recibir un solo cuidado.
Algunos árboles estaban muertos, otros al punto del suicidio, nadie se había ocupado de retirarlos, ni de tratarlos apropiadamente.
Bueno. Eso va a cambiar.
Ah, no. Espera, esa no era la actitud que debía adoptar.
Mala, Segis. Tienes que ser mala.
Dejó escapar una estruendosa carcajada de pura maldad.
—Joder, no me digas que te has traído también una cabra. —Gerald miró la cabeza y su expresión, entre humana y monstruosa, parecía de puro interés—. ¿Va en la maleta? La carne de cabra está buenísima.
Su risa murió al momento y con ella su dignidad.
—No traigo una cabra…
—¿Ah no? —La miró de arriba abajo—. No has estado practicando de nuevo esos hechizos de transformación, ¿verdad?
Resopló y se señaló a sí misma.
—Estaba enseñando mi risa malvada.
La gárgola se detuvo en seco, la miró y acto seguido rompió a reír hasta el punto de que acabó dándole la tos.
—Ay, que me muero. —Tosía como una cafetera vieja, escupiendo polvo—. Risa malvada, dice. Ay, niña. Tú no has cambiado nada.
Reanudó la marcha particularmente contento y ella no pudo evitar sonreír. A pesar de todo lo que la había traído hasta aquí, le alegraba ver de nuevo a Gerald.
La fachada de la mansión no tardó en aparecer.
Era una antigua casa victoriana, de varias plantas, con enormes ventanales que necesitaban una limpieza de cristales urgente y esa piedra oscura que le daba un aspecto bastante lúgubre.
Siempre lo había visto como un edificio regio, elegante e impresionante, pero ahora parecía la casa del terror.
De hecho, había un cartel presidiendo la entrada, bamboleándose con un horrible chirrido a causa del viento.
— Pensión Blackwood para villanos retirados —leyó. Justo debajo alguien había añadido algo más con letra temblorosa y pintura rojo chillón—. Prohibido sacrificar huéspedes en zonas comunes.
Hizo una mueca.
—¿Crees que si me pongo de rodillas y suplico piedad me devolverán el carné de afiliación y me perdonarán en el consejo?
—Creo que solo muerta podrías hacer que llorasen por ti —declaró la gárgola, empezando a agitar sus alitas y elevarse, no sin bastante dificultad, poco a poco del suelo—.
Y probablemente lo harían de alivio, para celebrar que ya no tienen quién degrade su labor mundial.
Suerte ahí dentro, querida. Oh, y bienvenida a casa.
Segis cerró los ojos un instante y gimió.
—Dioses… esto va a ser horrible.
Subió las maletas a pulso hasta el porche. No llegó a soltarlas cuando la puerta principal se abrió antes de que pudiese siquiera llamar. Una anciana diminuta, con el pelo blanco recogido en un moño y un mandilón de flores de colores, apareció empuñando una cuchara de madera.
—¡Al fin! —gritó un segundo antes de dar un par de pasos y pegarle en el brazo con el utensilio de cocina.
—Por todos los demonios, señora Drekka —gimió, frotándose el brazo y echándose a un lado, no fuera que a la mujer le diese de nuevo por zurrarle de nuevo. Había cosas que no cambiaban y el hecho de que su antigua ama de llaves siguiese aquí hablaba por sí solo—. Eso duele.
—Se lo merecía —repuso ella, llevándose las manos a las caderas y mirándola de la cabeza a los pies—. Por todos los demonios del infierno. Sigue siendo una humana escuálida y feucha.
—Y usted… tan enérgica como siempre. —Regla número uno de la familia Blackwood: No se insulta a las ancianas, aunque sean harpías, estén locas y sean peligrosas . Su abuela se revolvería en su tumba si ofendiese a la antigua ama de llaves a la que quería como a una hija maldita.
—¿Dónde se había metido, eh? —bufó la mujer, ignorándola—. Llevamos tres semanas sin un administrador decente. ¡El basilisco ha empezado a comerse de nuevo las cortinas! ¡Las que colgué la semana pasada!
—Me avisaron ayer mismo de que tenía que venir, señora Drekka —resopló. Evitó mencionar que no sabía ni que la mansión seguía en pie, no fuese a recibir otro golpe de la doña.
—No me hable como si fuese una anciana, señorita Segismunda. Me hace sentir vieja.
—Tiene doscientos trece años —le recordó con todo el tacto que pudo.
—¡Y unas piernas estupendas! —Se levantó el mandilón para enseñar sus, en efecto, estupendas piernas—. Aparento mucha menos edad que la que tengo.
Se limitó a sonreír y asentir. Temía volver a abrir la boca y decir algo que ofendiese de nuevo a la antigua ama de llaves.
—Está usted en la flor de la vida.
La mujer hizo aspavientos y agitó la cuchara de madera como si fuese una batuta.
—Vamos. No se quede ahí como una papanatas, entre. —La dama giró sobre sus pies y cruzó el umbral.
—Vale. Aquí vamos —murmuró para sí. Volvió a coger sus maletas y cruzó la puerta. En cuanto estuvo en el vestíbulo, comprendió que no estaba preparada para hacerse cargo de algo como aquello—. Oh, Dios mío.
El interior estaba tal y como lo recordaba, puede que un poco más… oscuro, pero lo que la dejó con los ojos abiertos de par en par y la boca a punto de llegarle al suelo fue la escena que se estaba desarrollando ante sus ojos.
Había una mujer vestida como una dama victoriana de luto dándose cabezazos contra el reloj de pared, murmurando algo ininteligible mientras un hombre delgado y vestido con librea intentaba evitar que siguiese haciéndolo sin demasiado éxito.
Una armadura medieval, en cuyo interior suponía que habría alguien, bajaba las escaleras con un hacha en la mano mientras perseguía un pollo que parecía dispuesto a ganar a Usain Bolt en una carrera.
Había también un ligero olor a quemado y un rastro de humo que parecía venir del pasillo que, si mal no recordaba, llevaba al comedor.
—¡Devuélveme mi dentadura, maldito bastardo!
El grito procedía de algún punto del piso de arriba, al igual que las fuertes pisadas que parecían sacudir el techo.
Segis dejó lentamente las maletas en el suelo y juntó las dos manos sobre el pecho, visiblemente sobrecogida.
—Tiene que ser una puta broma… —gimoteó.
La señora Drekka le dio unas palmaditas en el brazo.
—Bienvenida a casa, niña.
Una alarma empezó a emitir pitidos en algún lugar, seguida de una voz cazallera advirtiendo:
—¡Ya estamos otra vez!
Dejó caer la cabeza y gimió para sus adentros.
—Dios. He venido a dar al mismísimo infierno.
***