Pensión Blackwood para villanos retirados
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CAPÍTULO 1 La villana menos aterradora del continente
La expulsaron de la Organización de Villanos Sobrenaturales un martes por la mañana.
Sinceramente, Segismunda Blackwood esperaba algo más dramático después de recibir aquella carta convocándola a la sede.
Había escuchado sobre tormentas eléctricas que se desataban sobre el edificio, cuervos graznando como aviso de una muerte inminente, incluso sobre la presencia del verdugo, aguardando ante las puertas de la sala, esperando llevar al condenado al patíbulo…
Pero a ella solo la habían conducido a esta sala de reuniones con olor a humedad, donde un demonio administrativo carraspeaba de vez en cuando mientras leía el pergamino.
—Segismunda Blackwood —leyó el anciano con absoluta solemnidad—. Tras varias deliberaciones, la Organización considera que eres… incompetente.
Segis dio un pequeño respingo ante la fórmula utilizada.
—Disculpe, eso ha sonado un poquito ofensivo, ¿no le parece?
—Esa era mi intención —sentenció con dureza.
—Ah —cruzó pudorosamente las manos delante de ella y asintió—. Prosiga entonces.
Las figuras encapuchadas que rodeaban la enorme mesa ovalada la observaban con una mezcla de agotamiento e irritación.
Al fondo de la estancia, una antorcha verde incluso chisporroteó cuando una de las ancianas dejó escapar un profundo suspiro.
La conocía, era la matriarca de una de las familias de brujos más nobles de la región y una auténtica esnob.
—Tu familia lleva siglos siendo un ejemplo para el gremio. Sus hazañas se cuentan en todos los círculos, ¡son un orgullo nacional! —continuó el anciano—. Los Blackwood han dado a esta comunidad nigromantes, conquistadores, hechiceros oscuros…
—Sí, mi tía Ermenegilda llegó a convertir todo un pueblo en sapos en plena Edad Media —aportó Segis con orgullo.
—La señora Ermenegilda fue una gran bruja, mientras que tú… —El hombre la miró con disgusto, antes de bajar de nuevo la mirada sobre el pergamino—. Tú le devolviste accidentalmente la vista a un sacerdote al intentar maldecirlo.
Hizo una mueca ante la acusación.
—La maldición estaba muy mal redactada, fue tan solo un error de lectura…
—También liberaste a un héroe cautivo porque, cito textualmente, «parecía estar incómodo».
—¡El pobre hombre llevaba dos días colgado boca abajo y de los pies! —Aquello no podía ser cómodo. ¿Cómo iba a decirles lo que necesitaban saber si lo mantenían en semejante posición?
—Y la semana pasada, sin ir más lejos, incendiaste parcialmente un cementerio intentando invocar sombras infernales —añadió, dando unos toquecitos al papel.
Estaba claro que llevaban un buen registro de sus…
fechorías. Sobre todo, de las que solían salirle mal, aunque en el caso del cementerio, la cosa no había ido tan mal.
—Debe admitir que el resultado fue intimidante.
—Lo habría sido si hubieses convocado realmente sombras infernales en vez de polillas nocturnas.
—Pues las polillas eran de lo más intimidantes.
El hombre la fulminó con la mirada, mientras el resto de los presentes empezaba a cuchichear y resoplar, mostrando abiertamente su decepción.
No era la primera vez que le leían la cartilla, aunque nunca había sido ante todo el consejo de la organización. Desde luego, este no estaba siendo su mejor juicio, lo sabía bien, pues ya había pasado por unos cuantos.
Sí, Segis venía de una de las mayores y más exitosas familias de brujos negros.
Su madre era una bruja oscura talentosísima y su padre el mejor de los nigromantes de su generación, pero ella no había heredado ni el carisma de uno ni la maleficencia del otro.
Su abuela le había recordado hasta el día de su muerte que ella había nacido bajo una muy mala estrella y que nunca llegaría a ser como el resto de los suyos.
Estás abocada al fracaso, Segis. Nunca llegarás a ser una bruja negra tan grande como tu madre o tu tía.
Sí. Su abuela siempre había sido del tipo «te lo suelto a la cara y si no te gusta, lo masticas».
Tenía un máster en ofender a todo el mundo con su sola presencia y ya no digamos lo que hacían sus pociones.
Era temible y había sido una de las miembros del consejo de la organización hasta su último suspiro.
Lo peor de todo era que su abuelita había acertado en todo. El que estuviese aquí sentada, retorciéndose las manos sobre la falda, era prueba de ello.
—La Organización ha decidido retirarte de cualquier actividad villanesca oficial —sentenció finalmente el anciano.
Parpadeó varias veces. Juraría que acababa de decir…
—Disculpe, ¿podría repetírmelo?
—Estás expulsada, desterrada. ¡Acabada!
—Creo que eso ha sonado peor que lo que dijo antes.
—Porque lo es —resopló el hombre. Empezaba a perder la paciencia con ella, algo que también solía pasarle bastante a menudo.
—Entonces, ¿es definitivo?
—Joder que sí.
Hizo una mueca.
Estupendo. Mi madre va a matarme.
Bueno. No literalmente. Los Blackwood eran una familia refinada. Preferían la humillación emocional y social. Y su madre era una experta en ello, vaya que sí.
—Dado que eres una Blackwood, no se te decapitará.
—Es bueno saberlo.
El tipo la fulminó con la mirada.
—Perdón —musitó por lo bajo, mientras él, continuó como si nada.
—El consejo ha decidido que todavía puedes ser de alguna utilidad…
Aunque no sé cómo, la verdad sea dicha —rezongó el anciano, quien parecía no haber terminado todavía con su lectura—.
Así que, a partir de este mismo instante, quedas relegada a tareas menores.
Serás la máxima responsable de la Pensión Blackwood para Villanos Retirados.
Frunció el ceño al escuchar aquel nombre.
—Pero ¿cómo? ¿La pensión sigue en funcionamiento?
Varias figuras levantaron lentamente la cabeza y, si bien no podía verles el rostro, de algún modo sabía que ahí debajo había incredulidad.
—¿Cómo es posible que no esté al tanto?
—¿En qué mundo vive esta muchacha?
—No entiendo cómo Belladona no la ahogó en el río cuando se dio cuenta de que era una auténtica nulidad.
Aquello le dolió. Reconoció la voz y supo perfectamente quién se ocultaba debajo de esa capucha. Había usado a propósito el nombre de su madre y utilizado unas palabras que a menudo solía pronunciar su abuela.
—Hace diez años que la mansión fue pasto de las llamas —replicó ella, cortando los cuchicheos de raíz—. ¿Cómo iba a saber que seguía utilizándose?
—Solo ardió el ala oeste. Los sirvientes murieron calcinados, pero las paredes aguantaron, así que lord Blackwood decidió donarla a la organización para sus propios fines —le informó el anciano, quien ya enrollaba de nuevo el pergamino—.
Lleva siete años usándose como hogar de acogida para aquellos valiosos miembros de nuestra sociedad que han dejado de estar activos.
Bueno. Eso explicaba muchas cosas. No había vuelto a poner un pie en aquel lugar desde el incendio. Su familia se había mudado a otra de sus propiedades, una más lujosa y cerca de la ciudad, para que así su madre pudiese ir de compras.
El hombre le entregó finalmente un enorme manojo de llaves y un sobre con un lacre.
—Los residentes ya han sido avisados del cambio de administrador. —Segis observó las llaves con creciente horror—. Deberás incorporarte inmediatamente y…
—Espere, espere, espere. —Se levantó de golpe—. ¿Me está diciendo que voy a tener que administrar yo sola la pensión?
—Por supuesto que no.
Suspiró de alivio al escuchar aquello.
—La Organización enviará un supervisor para asegurarse de que cumple adecuadamente con el castigo impuesto.
Su alivio se esfumó más rápido aún de lo que había llegado.
—¿Disculpe?
—Consideramos prudente supervisar tus… capacidades —repuso el hombre, mirándola de la cabeza a los pies como si fuese un insecto y no una bruja hecha y derecha.
—Esto es ridículo —se alteró. Era lo que le faltaba, que le pusieran una niñera, aun encima—. Soy una bruja perfectamente capaz, no necesito supervisión alguna.
Levantó el dedo, enfatizando su respuesta, y la antorcha que había detrás del anciano estalló, chamuscándole un poco el pelo.
—Me quemo, me quemo, me quemo… —Empezó a darse palmaditas en el cogote para apagar las ascuas que le habían saltado encima.
Todo el consejo en pleno giró sus encapuchadas cabezas hacia ella.
Segis bajó lentamente el dedo, todavía envuelto en humo negro, y volvió a recoger ambas manos delante del regazo.
—¿Cuándo decía que empiezo?
***
Sus recuerdos se confundían igual que la niebla matutina que rodeaba la enorme mansión a las afueras de Salem. El taxi la había dejado frente al desvencijado portón, no sin haberle preguntado al menos siete veces si de verdad quería quedarse allí.
¿Qué otra opción tenía? La habían echado de la organización, lo que significaba que también le habían congelado los fondos, embargado la casa y ni de coña podía presentarse ante la puerta de sus padres. El mensaje de su madre era muy claro: Más te vale estar muerta cuando te presentes ante mí.
Sí. Esa era mamá. Siempre tan dramática.
No había vuelto a poner los pies en este lugar desde el incendio. La familia insistía en decir que fue provocado por un rayo, aprovechando la presencia de la devastadora tormenta de entonces, pero la realidad era otra.
Uno de sus encantamientos había salido jodidamente mal.
Era un milagro que no la hubiesen desheredado de aquella.
Segis suspiró, se cruzó el bolso sobre la cadera y cogió cada una de las maletas por el asa. No podía quedarse eternamente ahí fuera, admirando un portal de hierro que necesitaba con urgencia una actualización, al igual que el resto de la finca.
Levantó la cabeza para ver el nombre «Mansión Blackwood» en el arco de hierro sobre el portal y empujó una de las desvencijadas hojas solo para ver cómo caía a plomo al suelo, levantando un montón de hojas y polvo.
—La madre que me parió —jadeó, dando un saltito hacia atrás—. Esto va a necesitar algo más que un poco de mantenimiento.
Era una ruina. Literalmente.
No hizo más que dar un paso, trasladando su equipaje uno por uno cuando algo cayó al suelo desde uno de los soportales.