Capítulo dieciocho
Cameron
—No está mal —dice Nila entre risas mientras da un sorbo al vino sin alcohol. Prácticamente tuve que suplicar para conseguirlo, pero por suerte Tina accedió porque se sentía culpable de que el centro no tuviera un colchón hinchable disponible…
Y ni siquiera me molesta.
—¿Tuviste un buen día? —la voz de Nila me saca de mis pensamientos—. Estuvisteis fuera todo el día.
—No estuvo tan mal —admito encogiéndome de hombros mientras termino el último bocado de mi sándwich—. El circuito de obstáculos duró una eternidad, y te sorprendería la cantidad de gente que se cabreó bastante.
—¿Tú también?
Niego con la cabeza.
—No, lo único que me fastidia es perderme el partido de hoy. Y no tengo manera de saber cómo les va.
—Ah, claro —suspira Nila—. Qué fastidio. ¿Ya se acabó la ventana de Wi-Fi?
Asiento.
—Pero no pasa nada. Mañana me pondré al día con todos. ¿Y tú qué hiciste hoy?
—Oh, ya sabes… básicamente desperdicié el día entero con el móvil. Es como si me hubieran privado de internet, y en cuanto tuve la oportunidad, me perdí en él: haciendo scroll sin pensar y revisando correos del trabajo.
Me dedica una sonrisa torcida que no le llega a los ojos.
—¿Sí? ¿Hablaste con alguien?
Como tu exnovio.
Su sonrisa se desvanece.
—No. La verdad es que no tengo muchos amigos cercanos.
—¿Por qué no? —pregunto sin pensar.
Duda, con la mirada fija en su copa de vino durante unos largos segundos de silencio. Estoy a punto de disculparme por presionarla, pero entonces vuelve a mirarme.
—Después de que mi abuela falleciera, me aislé un poco.
—Sí, el duelo puede hacerle eso a una persona —digo en voz baja, sin querer presionarla demasiado.
—Sí. El duelo es lo peor. Cuando falleció, sentí como si me hubieran arrancado un trozo del corazón, y daba igual lo que hiciera, no podía llenar ese vacío. Así que me refugié en el trabajo y me distancié de todos. Era más fácil así, o eso creía.
—¿Y tus padres?
—En realidad no tengo padres… —responde Nila en voz baja, con la mirada perdida en un punto distante mientras termina de comer.
Asiento pero mantengo la boca cerrada, dándole la oportunidad de seguir si quiere. No quiero presionarla para que hable conmigo. Me basta con estar cerca de ella, y aunque darme cuenta de eso me aterra…
Estoy empezando a aceptar lo que siento.
—Mi madre no estuvo presente mientras crecía —comienza Nila con un suspiro—. Tenía problemas de adicción y se quedó embarazada de mí a los diecinueve. Nunca supimos quién era mi padre.
Me mira como si fuera a juzgarla por su complicada historia familiar.
Le cojo la mano y se la aprieto.
—Eso tuvo que ser muy duro.
Su expresión se suaviza y no aparta la mano.
—Lo… lo fue . Pero mi abuela lo compensó. Me crió como si fuera hija suya, incluso después de que mi abuelo falleciera. Hizo todo lo posible por mantenerme en contacto con mi madre, pero… no era de fiar.
—Me lo imagino —digo. No puedo ponerme en su lugar, pero sí entiendo su dolor—. ¿Y cómo está tu madre ahora?
Nila suspira con pesadez.
—Ahora está limpia, pero… nuestra relación es tensa. Hablamos de vez en cuando, pero siempre son conversaciones superficiales. Intento no tomármelo como algo personal. No le guardo rencor ni nada. Simplemente creo que no sabe ser madre.
Su ceño fruncido me encoge el corazón.
—Lo siento —digo mientras trazo con las yemas de los dedos el interior de su palma. Su respiración se entrecorta—. De verdad que lo siento. Te mereces lo mejor, Nila.
—Gracias. Significa mucho que digas eso. Mi abuela hizo todo lo que pudo para darme la mejor vida posible. Ojalá siguiera aquí. Pero sé que tú lo entiendes mejor que nadie…
—Te entiendo perfectamente. Perder a mi madre fue una de las cosas más difíciles que he vivido —admito con la voz apenas por encima de un susurro—. Es como si una parte de tu pasado, presente y futuro desapareciera de golpe. Y da igual cuánto tiempo pase, ese dolor nunca se va del todo.
Nila asiente, comprensiva, con los ojos brillantes por las lágrimas contenidas.
—Echo de menos a mi abuela todos los días —confiesa en voz baja—. Hay momentos en los que solo quiero coger el teléfono y escuchar su voz, pero entonces vuelvo a chocar con la realidad.
—Lo entiendo —respondo, con el corazón encogido.
—¿Alguna vez se vuelve más fácil? —pregunta mientras se agarra el collar.
Respiro hondo, luchando contra mi propio dolor, que aún persiste como un fantasma en mi corazón.
—Nunca desaparece del todo —digo con sinceridad—. Pero con el tiempo, acabarás valorando los recuerdos más que lamentando la pérdida.
—Oírte decir eso me da esperanza —me aprieta la mano mientras una pequeña sonrisa asoma a sus labios—. Gracias por escucharme, Cameron. Creo que nunca me había abierto tanto con nadie.
Le dedico una sonrisa tranquilizadora.
—Es un honor que hayas confiado en mí.
—Tú lo haces fácil —admite con la voz apenas por encima de un susurro—. Hay algo en ti que hace que sienta que puedo ser yo misma, incluso esas partes caóticas que escondo del resto del mundo.
Una calidez se extiende por mi pecho al oír sus palabras. No puedo evitar que una sonrisa asome a mis labios.
—Yo siento lo mismo, Nila. Eres bastante increíble, ¿lo sabías?
Se sonroja y luego se acerca más a mí.
—Está haciendo frío aquí fuera.
—¿Ah, sí? ¿Es eso? —sonrío.
Sus mejillas se tiñen de carmesí, un tono que puedo distinguir incluso solo con la luz de la luna.
Saboreo el momento de tenerla apoyada contra mí, igual que anoche. Para cuando me desperté esta mañana, Nila se había alejado de mí, pero no olvidé lo que pasó.
—Traje una manta —digo, alcanzando la cutre cesta de picnic que me dieron y sacando la pesada manta de franela. La desdoblo y la echo sobre nosotros. Nila se acurruca debajo y luego se recuesta, apoyando las manos bajo la cabeza.
—¿Te gusta contemplar las estrellas? —pregunto, todavía sentado a su lado.
—No lo sé —me sonríe—. Nunca lo he hecho.
—¿Qué? —arqueo una ceja—. Te lo estás perdiendo. No es que me vaya mucho la astrología ni nada de eso, pero debo admitir que hay algo especial en perderse en el cielo nocturno.
—Eso es increíblemente romántico —Nila se ríe, con los ojos brillantes a la luz de la luna.
Me recuesto a su lado y levanto la mirada hacia las estrellas para contemplar cómo brillan y resplandecen sobre el lienzo negro del cielo nocturno.
Mientras yacemos bajo la manta, envueltos por el aire fresco de la noche, señalo las pocas constelaciones que conozco, trazo las líneas que conectan las estrellas con el dedo y creo formas e historias imaginarias para ella.
Escucha atentamente, sin apartar los ojos del cielo.
—Realmente te encantan las estrellas, ¿verdad? —pregunta.
—A mi madre le encantaba contemplar las estrellas, y antes de fallecer, cuando sabía que me dejaría, siempre me decía que podría encontrarla allí. Así que... por eso me encantan tanto las estrellas.
Nila extiende la mano y toma suavemente la mía, entrelaza sus dedos con los míos bajo la manta.
—Eso es precioso —susurra, con la voz apenas audible sobre el murmullo de las hojas en la suave brisa nocturna.
Giro la cabeza para mirarla; la luna proyecta un suave resplandor sobre su rostro. Hay una vulnerabilidad en sus ojos que no he visto antes, y me remueve algo muy dentro de mí.
Sin decir palabra, llevo su mano a mis labios y deposito un suave beso en sus nudillos.
La respiración de Nila se entrecorta ante el gesto, y por un momento, el tiempo parece detenerse.
El corazón me salta en el pecho mientras mi mirada desciende a sus labios. Son suaves y carnosos, me invitan a probarlos una vez más.
—No estás mirando las estrellas —interrumpe mis pensamientos mientras su expresión se suaviza.
Sostengo su mirada y dejo escapar un suspiro profundo.
—Probablemente porque tú eres mucho más electrizante que el cielo nocturno.
—Tienes mucha labia, Cam.
—No creo que nadie me haya dicho eso nunca —me río mientras extiendo la mano y aparto un mechón de su cabello rojo fuego de su rostro—. No tengo labia.
—Pues ahora mismo la tienes, y mucha —sus labios se entreabren y una exhalación lenta escapa entre sus dientes.
Me inclino sobre ella hasta que la punta de mi nariz roza la suya.
—¿Es demasiado?
Ella estudia mis ojos por una fracción de segundo antes de cerrar los suyos.
Algo se agita en la boca del estómago, algo parecido a mariposas.
Me inclino y presiono mis labios contra los suyos; la electricidad estalla entre nosotros.
Mis dedos se deslizan por su suave cabello en la nuca, cada mechón como seda entre las yemas. Su mano me roza la mejilla y me envía escalofríos por la columna mientras separa los labios para mí. Su labio inferior es cálido y carnoso bajo mi lengua, su aroma me llena los sentidos.
Nila deja escapar un ligero gemido, que suena como música para mis oídos, mientras la exploro. Me deleito en ella. Este beso es incluso mejor que el anterior. Es lento, deliberado y sabroso. Igual que Nila...
Saboreo el vino de cereza en su lengua mientras me invita a adentrarme más en su boca. Quiero devorar a esta mujer de todas las formas posibles. Mi mano desciende por su costado sin detenerse hasta que descansa en su cadera.
Nila iguala mi intensidad con el mismo fervor y nos besamos con un hambre feroz que nos consume a ambos. Nuestros labios se mueven en perfecta sincronía, nuestros cuerpos pegados como si estuvieran hechos el uno para el otro.
Nunca quiero dejar de besar a esta mujer .
Finalmente nos separamos, ambos hambrientos de aire, con el pecho agitado y el corazón acelerado. Mientras me incorporo a regañadientes, contemplo sus labios hinchados, evidencia del beso apasionado que terminó demasiado pronto.
Ella inhala y sus labios se curvan en una sonrisa.
—No debería estar haciendo esto —casi susurra.
Asiento, ignorando cómo se me hunde el corazón.
—Lo sé. Eso es lo que has dicho, pero no... no sé qué hacer, Nila. ¿No sientes esto entre nosotros?
Ella me mira.
—No es que no lo sienta , Cam, claro que sí... es solo que...
—Estás trabajando conmigo, lo sé —aparto la mirada de ella, ignorando el dolor que me destroza cada vez que tenemos un maldito momento perfecto.
Me recuesto a su lado y coloco los brazos detrás de la cabeza. Nunca me había sentido tan desesperanzado por un enamoramiento. Duele que te rechacen, y no es un sentimiento que conozca bien. O sea, claro, Lacey rompió conmigo y eso fue una mierda, pero esto es mucho peor por alguna razón.
—Cameron —dice Nila suavemente a mi lado.
—¿Sí? —digo con voz ahogada mientras miro el cielo nocturno y cuento las estrellas. Es una buena distracción, sobre todo porque nunca podré contarlas todas.
—Me gustas mucho —dice—. Es solo que me cuesta imaginar qué pasará entre nosotros cuando dejemos este retiro y volvamos a nuestras vidas cotidianas. Pero quizás deberíamos simplemente... disfrutar el momento. Y vivir el presente. Todo lo bueno acaba tarde o temprano, ¿no?
La miro de reojo y observo la expresión de su rostro mientras contempla el cielo junto a mí.
—No sé si todas las cosas buenas terminan, pero sí sé que quiero pasar cada segundo posible contigo hasta que eso ocurra.
Los ojos de Nila se vuelven hacia mí, con una mezcla de sorpresa y algo más vulnerable brillando en lo más hondo de su mirada.
—¿En serio? —susurra.
Me giro para mirarla, le tomo la mano y entrelazo mis dedos con los suyos.
—Sí, en serio. No quiero perder más tiempo fingiendo que lo que hay entre nosotros no es real.
Ella asiente y se acurruca contra mí, pegada a mi cuerpo.
No sé si es porque trabajamos juntos o por su miedo a salir herida, pero no creo que Nila se dé cuenta de que lo que está creciendo entre nosotros es especial. Se siente natural y no está a la vista del resto del mundo.
Creo que está pasando porque... quizás tenía que pasar.
Y por mucho que quiera luchar por esto, convencerla de que no tiene por qué acabarse... me temo que si presiono demasiado, se alejará del todo... y entonces la perderé. Para siempre.
La rodeo con el brazo igual que hice anoche mientras dormía. Ella deja escapar un suave suspiro que me sacude hasta la médula. Tenerla así entre mis brazos se siente bien, pero mi mente me lleva al final y me recuerda cuánto podría doler.
La abrazo con más fuerza mientras su respiración se vuelve más acompasada y profunda. Contemplo la expresión serena de su rostro. Nunca he conocido a nadie que se quede dormida tan rápido...
O quizás, solo quizás, se queda dormida así porque la hago sentirse segura.
Y eso vale más para mí que cualquier otra cosa.