Penalti de amor (Hockey Glaciares 1) Capítulo diecinueve
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Capítulo diecinueve

Nila

Oh, Dios...

Mi espalda.

Me revuelvo en los brazos de Cameron, con un dolor punzante en la parte baja de la espalda. Me desenredo de él, conteniendo al instante las ganas de gemir. Sin embargo, cuando mis ojos se posan en Cameron, que sigue roncando suavemente bajo el sol de la mañana, no puedo evitar sonreír.

Anoche vi un lado de él que nunca había visto antes...

Y me gustó. Mucho.

No solo eso, sino que me hizo sentir comprendida , quizás por primera vez desde que perdí a la abuela. Por eso decidí dejar de darle tantas vueltas a lo que podría pasar entre nosotros después del retiro y simplemente disfrutar del presente.

El aire de la mañana me recorre los brazos con un escalofrío y tiemblo.

¿Cómo demonios logramos dormir aquí afuera sin morir congelados o ser devorados por un oso?

Me río para mis adentros, y el ruido hace que Cameron se mueva a mi lado. Abre los ojos parpadeando y los entorna hacia el cielo de la mañana.

—Mierda —murmura—. Me duele la espalda.

Su rostro se contrae mientras me mira.

—Pero estás preciosa esta mañana.

—Oh, para ya.

Me río.

—Seguro que parezco un desastre.

—Uno muy sexy.

Se encoge de hombros.

—¿Te preparo el desayuno?

Dudo, como si no hubiéramos desayunado juntos todos los días desde que llegamos. Sin embargo, siento que hay algo más en la pregunta, aunque no es algo malo.

Simplemente no puedo permitirme pensar que durará más allá de los días que pasemos aquí.

—Entonces...

Cameron se incorpora del suelo con un gruñido y me tiende la mano.

—¿Debo tomar el silencio como aceptación? ¿O rechazo?

—Aceptación.

Tomo su mano.

—Me encantaría.

Contengo el aliento ante la calidez de su tacto.

Juntos, recogemos las cosas del picnic, y le lanzo miradas furtivas. Aunque mide más de un metro ochenta, se mueve con mucha gracia. Pero sé que es pura potencia bajo todos esos músculos. Lo he visto patinar sobre el hielo.

Los jugadores de hockey son brutos elegantes, pienso.

Nuestros ojos se encuentran mientras entramos. Me dedica una sonrisa amplia. El corazón me da un vuelco y aparto la mirada, sintiendo que me ruborizo. Es como si volviera a tener quince años y el chico que me gusta acabara de mirar en mi dirección.

Y es tan emocionante como aterrador.

—Tenemos que vestirnos para un circuito de cuerdas hoy —dice Cameron mientras salgo del dormitorio con una camisa de franela, unos vaqueros y zapatillas deportivas—. Ayer les dije que participarías. Así los equipos quedan equilibrados.

Me quedo boquiabierta.

—De ninguna manera.

—¿Por qué no?

Se ríe mientras cruzo los brazos sobre el pecho.

Vale, me ha preparado unos huevos revueltos y tostadas increíbles esta mañana... pero eso no compensa haberme apuntado a esto .

—No puedo hacer un circuito de cuerdas. Ni siquiera puedo correr en línea recta.

Frunce el ceño.

—Eso es preocupante, Nila. Deberías hacértelo mirar. Quizás tengas algo en el oído interno o algo así.

Pongo los ojos en blanco.

—Vaya diagnóstico médico, Dr. Google.

Se encoge de hombros mientras se levanta del sofá.

—Bueno, es la verdad.

Está devastadoramente guapo con unos pantalones deportivos negros y una camiseta henley, el pelo todavía húmedo de la ducha. Ninguno de los dos quería empezar el día oliendo a campo.

—Puedo correr en línea recta. La cuestión es que no quiero hacer el circuito de cuerdas. No estoy aquí para participar en actividades. Estoy aquí para documentarte.

—Sí, pero necesitan otro miembro del equipo. Por lo visto, es muy importante. Hay un foso de lodo.

—¿Un foso de lodo? Pero el lodo y yo no nos llevamos bien.

Estalla en carcajadas.

—Creo que me gustaría ver eso.

Lo fulmino con la mirada, giro sobre mis talones y me meto de nuevo en el dormitorio. Cierro la puerta tras de mí, pero Cameron la atrapa antes de que se cierre.

—¿Estás enfadada? De verdad pensé que podrías disfrutarlo.

Frunzo los labios y voy hacia mi bolsa para sacar unas mallas.

—Bueno... yo...

Lo miro y veo la preocupación en su rostro.

—Soy muy lenta corriendo.

—¿En serio?

El bochorno me inunda las mejillas.

—No soy atlética. Corro en la cinta a paso de caracol . Era una friki de la banda en el instituto...

—Eso es adorable.

—No, no lo es —replico.

—¿Qué instrumento tocabas?

—Clarinete —digo mientras me desabrocho el botón de los vaqueros sin pensarlo.

Su mirada cae en mis dedos. Se da la vuelta rápidamente.

—Lo siento.

Me río.

—Quiero decir, viste mucho de mí el primer día que nos quedamos aquí.

—Fue sin querer.

Mantiene los ojos fijos en el cuadro del otro lado de la habitación.

—Ahora te estás desnudando delante de mí sin más.

Me río al ver el rubor en sus mejillas. —Nunca me habría desnudado del todo delante de ti. No lo pensé. Déjame pasar al baño un momento.

—Solo quieres torturarme —dice mientras cierro la puerta del baño—. Es una tortura estar en esta cabaña diminuta con alguien como tú.

—¿Tortura? —Me quito los vaqueros y empiezo a pelearme con las mallas. Ni de broma dejaría que me viera haciendo el bailecito necesario para meterme el trasero en estas prendas tan ajustadas.

—¡Sí! Eres demasiado guapa.

—Ja, ja —exclamo mientras me subo las mallas negras hasta el ombligo. Son comodísimas una vez puestas, pero vaya, ponérmelas es un fastidio.

Abro la puerta del baño de golpe.

Cameron me recorre las caderas con la mirada. Se muerde el labio y hace un chasquido. —Espero que estés en mi equipo.

—¿Por qué? —pregunto riéndome mientras cojo el bolso.

—Porque vas a distraer muchísimo al otro equipo. Puedes correr todo lo lento que quieras, Nila.

Se me encienden las mejillas y no puedo evitar sonreírle. —¿Deberíamos irnos ya?

—Sí, probablemente. —Cameron se ríe con los ojos brillantes de diversión y algo más. Todo lo que hace este hombre me pone nerviosa. Apenas puedo contener la emoción cuando estoy con él...

Poco a poco ha ido derribando mis muros. Y ningún hombre había conseguido eso antes...

Cojo la chaqueta y lo sigo fuera de la cabaña, dejando que él guíe. Parece saber adónde vamos. Intento ignorar cómo el sol le ilumina el rostro y esa barba incipiente tan atractiva que le marca la mandíbula.

No quiero estar tan obsesionada con Cameron.

Tarde o temprano tendremos que irnos de aquí y volver a nuestras vidas reales.

Nunca funcionaría.

¿Verdad?

Mi mente empieza a dar vueltas con los «y si...». A ver, la gente sí consigue que las relaciones a distancia funcionen. Constantemente. Y algunas van muy bien. Dudo que Cameron esperase que dejara de perseguir mis sueños... ¿verdad?

Me imagino diferentes escenarios hasta que llegamos donde hay un grupo de gente. Tina está junto a otras personas en la parte delantera de un prado.

Y esta vez sí hay un circuito de obstáculos de verdad.

Observo el circuito de cuerdas, incluidos los rocódromos que vamos a tener que escalar. Se me revuelve el estómago solo de verlo. No bromeaba antes. No soy nada atlética. Voy al gimnasio por salud, pero nunca pongo a prueba mi agilidad de esta manera.

—Lo harás genial —Cameron se inclina y me susurra al oído. Su aliento cálido me hace cosquillas en la piel y se me pone la carne de gallina.

Levanto la vista hacia él, haciéndome visera con la mano. —Me estás apoyando demasiado.

Se ríe y niega con la cabeza. —¿Eso es malo?

—Te vas a avergonzar de mí.

—Nunca —responde con una sonrisilla.

Suelto el aire de golpe mientras empiezan a dividirnos en equipos, y rezo para que me pongan en el equipo de Cameron, o mejor aún, para que decidan que no me necesitan.

Aprieto los labios cuando Tina me mira fijamente con una sonrisa radiante que se le va ensanchando. —Así que Cameron tenía razón, sí vas a unirte a nosotros. —Sonríe de oreja a oreja y luego nos separa antes de pasar al resto del grupo.

—Vaya, ahora vas a ser mi distracción. —Me guiña un ojo y se me llena el estómago de mariposas—. Esto va a ser difícil.

—Ja, ja —me río, intentando que no se me note lo nerviosa que estoy.

—Estás en mi equipo. —Hal aparece de la nada con el pelo recogido en una trenza francesa—. Vamos. —Me agarra del brazo y me arrastra hacia el otro grupo, lejos de Cameron. Él no me quita los ojos de encima, y la decepción que siento es muy real a medida que la distancia entre nosotros crece.

—Espero que seas rápida —dice una voz grave a mi espalda.

Me doy la vuelta y veo a Samuel, el hombre intimidante que cenó con nosotros la otra noche. Me mira fijamente con una ceja enarcada.

—Oh... eh...

Hal le lanza una mirada. —Esto es solo por diversión.

—No me gusta perder —murmura negando con la cabeza mientras se coloca en la fila del relevo.

Sus palabras me ponen aún más nerviosa, y cuando suena el silbato y la primera persona sale corriendo, de repente me entra pánico pensando en mi turno.

—Soy muy lenta —le digo a Hal, que espera en la fila detrás de mí.

—Tranquila. Esto es solo por diversión. Además, solo tienes que llegar a lo alto del rocódromo antes de que pueda salir la siguiente persona. Son solo unos cientos de metros.

—Claro —jadeo con las palmas ya sudorosas.

Miro a Cameron, que estoy casi segura de que se ha colocado estratégicamente en el mismo puesto que yo. Me mira y sonríe, pero por muy guapo que sea...

No me hace sentir mejor. En absoluto.

Vuelvo a centrar la atención en la fila, que avanza rápidamente. Samuel da saltitos de un lado a otro delante de mí mientras la persona que tiene delante sale corriendo. Doy un paso adelante cuando él ocupa su puesto...

Y entonces mi tobillo cae en un agujero.

Me tambaleo hacia delante y choco directamente contra su espalda justo cuando suena el silbato.

Samuel cae hacia delante, se estampa de cara contra la hierba y pierde su turno.

Jadeo, igual que todos los demás, pero la verdad es que me preocupa más el dolor punzante en mi tobillo. Hasta que Samuel se levanta de un salto y, en lugar de echar a correr, se da la vuelta y se planta delante de mí .

—¿ Pero qué demonios te pasa? —ruge, con la cara enrojecida—. ¿Estás intentando sabotearnos? ¡Porque eso es justo lo que acabas de hacer!

La música de fondo se detiene. Parpadeo en estado de shock.

¿Me está gritando... a mí?

—L-lo siento —logro decir—. Pisé un agujero al dar el paso. Ni siquiera... no lo vi...

—¡Pues deberías intentar usar los ojos! —Levanta las manos en el aire, exasperado.

—Corre de una vez —le espeta Hal, señalando el circuito de cuerdas—. ¡Ahora sí que no vamos a ganar!

—¡No! ¡Ya no tiene sentido! ¡Todo el juego está arruinado!

Samuel está perdiendo los papeles por completo y no sé qué hacer; mi cuerpo empieza a temblar.

Y entonces una sombra se proyecta sobre mi cara.

—¡Eh! ¿Qué te pasa, tío? —Cameron se planta sobre mí, desafiando a Samuel—. Ha tropezado y se ha caído. Punto. Apártate de una vez.

Me mira.

—¿Estás bien?

Abro la boca para responderle, pero no me da tiempo.

—Solo la defiendes porque te la estás tirando —se burla Samuel, y le da un empujón en el pecho a Cameron.

Los ojos de Cam echan chispas y todo su cuerpo se tensa.

Ay, no. No, no, no...