Capítulo quince
Nila
—Bienvenidos al Lago Stillwater —nos dice Tina a Cameron y a mí.
Al parecer, somos (una vez más) los únicos que hemos optado por hacer kayak hoy.
Pero no pasa nada. No me apetece socializar con gente que está casi toda enfadada.
Y el kayak definitivamente es mejor que pintar piedras …
Aunque, lo admito, estoy empezando a ponerme nerviosa cuando estoy con Cameron.
Después de ese casi beso de ayer, no he podido pensar en otra cosa .
Todo mi cuerpo me pedía a gritos que lo dejara besarme, y sus manos en mi cintura y caderas me provocaron sensaciones que creo no haber sentido nunca.
Pero aun así, no está bien.
—¿Alguna vez han ido en kayak? —nos pregunta Tina.
—Sí —le respondo, todavía distraída con mis pensamientos.
Cameron durmió en la bañera otra vez anoche, y sé que está dolorido. De vez en cuando, hace una mueca de dolor. Pero si le pregunto, me ignora.
—Yo no —admite Cameron encogiéndose de hombros—. Prefiero los barcos con motor. Es mucho menos trabajo.
Tina parpadea mirándolo, y supongo que ha oído esa broma más de una vez.
—El kayak es bueno para el alma. Te permite escuchar la naturaleza a la vez que ejercitas el cuerpo.
Cameron pone los ojos en blanco y lucho contra el impulso de reírme.
Logro contenerme, y los dos nos preparamos para subir a los kayaks.
Tina sigue dándonos instrucciones, y las sigo, subiéndome a mi kayak con facilidad.
Cameron hace lo mismo, aunque se tambalea y se balancea más que yo.
Aunque tiene sentido. Es un tipo grande.
—Bien, ya les he explicado los procedimientos de seguridad. Manténganse cerca de la orilla. Alguien vendrá a buscarlos aquí en un par de horas.
—Gracias, Tina —le digo, sonriendo mientras remo alejándome de la orilla.
Asiente y desaparece hacia el edificio.
La veo irse y luego me vuelvo hacia Cameron, que intenta maniobrar torpemente.
—Bueno, está claro que el kayak no es lo mío —hace una mueca—. No esperaba que fuera tan difícil.
—No es difícil —le digo, negando con la cabeza—. Solo tienes que mover el cuerpo en función de cómo remas.
—¿Qué?
Pongo los ojos en blanco.
—Deja de moverte tanto.
—Claro —suspira—. Esto es ridículo.
Me río entre dientes, pero luego me concentro en las aguas cristalinas, los imponentes salientes rocosos y los árboles que rodean el lago.
No es un lago grande, pero es perfecto para hacer kayak.
Respiro hondo.
—Creo que esto también me ha venido bien.
—¿Qué te ha venido bien?
—Venir aquí —lo miro a los ojos.
El estómago me da un vuelco mientras contemplo los hoyuelos perfectos de sus mejillas cuando me sonríe.
Todo en Cameron es atractivo, incluso cuando me saca de quicio.
Y lo odio.
—Me alegra que al menos una de nosotros esté sacando algo de esto.
—Venga, para —me río—. Creo que solo necesitas darle una oportunidad a este lugar. El aire fresco es bueno para el alma.
—Este es definitivamente un lado tuyo que nunca esperé.
Su comentario hace que el corazón me dé un vuelco, mientras una expresión dulce se forma en su rostro.
—Sí, supongo que hay más de lo que parece —bromeo, y empiezo a remar.
Meto la mano en el agua, esperando que esté helada.
Al fin y al cabo, nos han hecho ponernos trajes de neopreno.
Sin embargo, no está tan fría como esperaba.
Aunque sigue estando fría.
—¿Te enfadarías si te volcase?
Giro la cabeza justo cuando Cameron acerca su kayak al mío.
—Eh, sí . No quiero caerme al agua.
—Ah, vale —hace un puchero—. Lo estaba pensando en serio.
Levanto una ceja.
—El agua está fría.
—Llevamos trajes de neopreno.
Sí, y estás buenísimo con el tuyo.
—¿Y?
—Estaríamos bien.
Niego con la cabeza y sigo remando, llenándome los pulmones de aire fresco y empapándome de las vistas que tengo delante.
Hace tanto tiempo que no salgo de la ciudad, y ahora me doy cuenta de que necesito hacerlo más a menudo.
—¿Alguna vez te fuiste de vacaciones con tu ex?
Vaya. No esperaba esa pregunta.
Me vuelvo para mirarlo, y su expresión es de incertidumbre mientras me quedo en silencio, pero hay algo en mí que me impulsa a contarle.
—No —respondo finalmente—. Nunca he ido de vacaciones con ningún novio. Supongo que tú sí.
—No, nunca he tenido novio.
—Sabes a qué me refiero —le digo, mirándolo fijamente mientras se ríe.
—Vale, vale —levanta las manos en señal de rendición, con el remo apoyado sobre su regazo—. Pero no, la verdad es que no. No he salido mucho con nadie. El hockey ha sido prácticamente toda mi vida.
—Lacey Reign cree que saliste con muchas chicas.
Su sonrisa se desvanece al instante.
— Nunca llegó a conocerme. A pesar de estar juntos seis meses, rara vez nos veíamos. Me dejó de hablar cuando vino a la ciudad.
—Oh —hago una pausa, sintiéndome culpable por haberle dado la lata—. Lo siento mucho. Eso es horrible.
—Sí, pero es agua pasada —dice, quitándole importancia con un gesto—. Quizás algún día encuentre a la persona adecuada para mí y siente cabeza...
Vaya.
—¿Sí?
—Sí —se encoge de hombros—. ¿Por qué? ¿Es tan difícil de creer? No quiero perderme el amor ni la oportunidad de tener una familia solo porque esté demasiado ocupado persiguiendo mis sueños.
Sus palabras me pillan desprevenida: tocan una fibra sensible en mi interior y despiertan emociones que he enterrado bajo el peso de mis aspiraciones profesionales.
—Supongo que no es tan difícil de creer, solo sorprendente oírlo de ti —siento el corazón latiéndome con fuerza en el pecho mientras hablo.
—¿Y qué hay de ti, entonces? ¿Quieres tener una familia? —pregunta.
Trago saliva con dificultad, sin saber exactamente cómo responder a su pregunta.
Porque la verdad es que, antes de obsesionarme con ascender en el mundo empresarial, mi objetivo número uno en la vida era encontrar el amor y formar una familia...
Pero entonces murió la abuela.
Y me sumergí en mi carrera para adormecer el dolor, dejando que mis relaciones y cualquier sueño de formar una familia quedaran en el olvido.
Me agarro el collar y busco la mirada de Cameron, buscando en sus ojos cualquier señal de juicio o lástima. Pero lo único que encuentro es curiosidad genuina y un atisbo de vulnerabilidad que refleja la mía.
—Solía quererlo —comienzo lentamente, tanteando las palabras a medida que salen de mis labios—. Solía querer todo eso. Amor, familia... pero la vida no siempre sale según lo planeado, ¿verdad?
La expresión de Cameron se suaviza; sus ojos reflejan una profundidad de comprensión que me sorprende.
—No, no sale —coincide en voz baja—. Pero quizás no sea demasiado tarde para retomar esos sueños.
Sus palabras quedan suspendidas en el aire entre nosotros y me atrevo a imaginar un futuro diferente, un futuro donde el amor y la familia vuelvan a estar a mi alcance.
Quizás sea posible tener una carrera exitosa y una familia .
—¿Crees que deberíamos ir a esa cena grupal esta noche? —me pregunta Cameron, ofreciéndome la distracción perfecta.
Asiento.
—Sí, veamos quién más está aquí.
Tengo los brazos doloridos mientras me pongo un vestido de punto sobre las mallas. Cameron espera fuera del dormitorio mientras me cambio, y cualquier incomodidad que había cuando llegamos se ha desvanecido en algún momento.
Aunque quizás sea solo porque ahora reviso el baño antes de desnudarme.
—Estás muy guapa —comenta cuando salgo, con el bolso colgado del hombro—. ¿Nos vamos ya?
—Va a hacer frío en el camino —digo con un suspiro mientras me pongo el abrigo.
—Estaremos bien —Cameron me abre la puerta principal y salgo a la noche. Alzo la vista al cielo y contemplo la luna llena.
Es hermosa.
Todo aquí lo es.
Cameron permanece en silencio mientras caminamos hacia el albergue principal, y parte de mí quiere preguntarle por qué está nervioso, pero no lo hago. Cada vez me resulta más fácil leerlo, y aunque no debería, lo estudio cada vez más de cerca.
No puedo evitar querer conocerlo más.
—Bienvenidos —nos dice Tina veinte minutos después, cuando entramos por las puertas principales—. Me alegra mucho que hayáis decidido uniros al grupo esta noche.
Sigo a Cameron y dejo que me guíe hacia el comedor. Hay más gente aquí de la que esperaba: casi veinte personas, si tuviera que calcular. La mayoría son hombres, lo cual no me sorprende, pero también hay algunas mujeres...
Y todos levantan la vista cuando entramos, lo que hace que se me dispare el pulso.
¿Será porque reconocen a Cameron?
Trago saliva con dificultad y me mantengo cerca de Cameron, respirando el aroma de su colonia.
Hay algo en estar cerca de él que me hace sentir segura.
Aunque quizás sea porque estamos en una habitación llena de personas potencialmente inestables por lo que siento la necesidad de acercarme más de lo habitual.
Cogemos un plato y nos abrimos paso por el bufé de comida caliente y de aspecto delicioso antes de encontrar un asiento libre en una mesa donde hay un hombre y una mujer. Tienen una silla vacía entre ellos.
—¿Os importa si nos sentamos aquí? —Cameron habla en tono desenfadado.
—Claro —dice la mujer de cabello largo y oscuro. Nos lleva fácilmente quince años, pero sigue siendo muy guapa. Aunque sus ojos oscuros reflejan inquietud—. Soy Hal.
—Encantada de conocerte —digo cuando nuestras miradas se cruzan—. Nila.
—Es un nombre poco común —me dice el hombre de cabello rubio. Está más cerca de mi edad, probablemente rondará los treinta—. Me gusta. Soy Samuel.
—Cameron.
—Eres el jugador de hockey —los ojos de Samuel recorren a Cameron de arriba abajo de una manera que me hace detenerme. Es como si lo estuviera midiendo, y eso no me gusta. Pero entonces sonríe—. Eres muy bueno.
—Gracias —dice Cameron, clavando el tenedor en un trozo de filete.
—¿Te está gustando el lugar? —me pregunta Hal con una sonrisa.
—Sí —le digo. No sé por qué estoy tan tensa. Quizá sea porque el comedor resulta tan formal, con sus manteles blancos y centros de mesa florales.
O quizá sea que desconfío de la razón por la que todos los demás están aquí.
—¿Te estás quedando en la cabaña con él? —me pregunta Samuel, sin apartar los ojos de mi cara.
—Sí —respondo, tragando saliva.
—He oído que no estás aquí por el programa.
—No —admito, y me encojo de hombros—. Solo estoy aquí...
—Para darle apoyo —termina Cameron por mí.
Asiento, entendiendo lo que pretende. Noto que está incómodo, y yo también, por razones que no sabría explicar.
—Es verdad.
Samuel se ríe entre dientes, murmurando algo por lo bajo.
—Ignóralo —me dice Hal moviendo los labios, sin emitir sonido.
Miro a Cameron y él me lanza una mirada cómplice. Estamos a punto de comer y salir pitando. Los dos comemos a toda velocidad, engullendo la comida tan deprisa que ni siquiera la saboreo.
Y quince minutos después, nos despedimos de los dos y salimos por las puertas principales.
—Eso ha sido una locura —dice Cameron, y estalla en carcajadas mientras nos dirigimos por el sendero hacia la cabaña.
Miro por encima del hombro para asegurarme de que nadie nos sigue.
—No creo que la gente sea muy simpática aquí.
—Creo que están enfadados —se ríe Cameron. Su mano roza la mía y se me corta la respiración de forma audible.
—Perdona —murmura, y aparta la mirada.
—No pasa nada —digo, con la vista fija al frente. Sé que si ve mi expresión, me delataré.
—¿Por qué no les dijiste la verdadera razón por la que estoy aquí?
—Bueno... —dice Cameron con voz tímida—. Vi cómo te miraba ese tipo, Nila.
—¿Y cómo me miraba? —pregunto mientras coronamos la primera cresta, ya fuera de la vista del albergue principal. Ahora solo hay árboles, rocas y luz de luna.
Cameron se detiene y se vuelve para mirarme.
—Como si fueras un trozo de carne.
Asiento mientras estudio su rostro.
—Así es como me miran muchos tíos.
—No deberían —gruñe—. Eres preciosa, pero no eres un objeto.
No puedo evitar sonreír al ver cómo la luz de la luna se refleja en sus ojos.
—¿Tú me ves como un objeto?
Niega con la cabeza.
—No, te veo tal como eres. No solo eres preciosa, sino también inteligente, astuta, divertida y decidida. Tienes un gran corazón. Eres cariñosa y compasiva. Hay un fuego dentro de ti capaz de iluminar hasta los lugares más oscuros...
—Vale —lo interrumpo, sonrojándome—. Eso no es profesional.
—Nada de esto es profesional —sus ojos se oscurecen—. Y lo sabes.
El corazón se me acelera mientras sus dedos me rozan la mejilla y me colocan el pelo detrás de la oreja.
Creo que nunca en mi vida me había sentido tan vista.
Y además de sentirme vista, con Cameron me siento... segura. Es como si las murallas que rodean mi corazón empezaran a desmoronarse.
Lo miro fijamente a sus preciosos ojos color avellana, esperando que se incline y vuelva a intentar besarme, pero no lo hace. En cambio, sonríe y sigue caminando por el sendero.
Lo que me deja con una sensación de vacío.
Por mucho que agradezca que intente respetar mis reglas y mis límites, cada fibra de mi cuerpo quiere romperlos ahora mismo.
—Espera —lo llamo, y le cojo la mano. Antes de que pueda siquiera pensarlo, mis dedos se entrelazan con los suyos y tiro de él hacia mí. Conteniendo la respiración, me pongo de puntillas y acorto la distancia entre nosotros.
Al diablo con las reglas.
Él lo entiende. Y sin dudarlo, sus manos se hunden en mi pelo y me atraen hacia él mientras nuestros labios se encuentran en un beso febril. Un hambre me inunda el pecho y enciende un fuego dentro de mí que nunca supe que existía. Lo agarro con fuerza, aferrándome a su camisa.
Sus labios son suaves y cálidos contra los míos, moviéndose en sincronía con una pasión que llevaba demasiado tiempo contenida.
El bosque a nuestro alrededor se desvanece mientras nos perdemos el uno en el otro bajo la luz de la luna.
Deslizo los dedos por su pelo y lo atraigo más hacia mí mientras el mundo a nuestro alrededor desaparece.
Nunca antes había sentido este deseo insaciable de romper todos los límites.
Un gemido bajo escapa de mis labios cuando nuestros cuerpos se aprietan, y mi piel hormiguea de electricidad.
Cameron responde intensificando el beso, reclamando cada centímetro de mi boca.
Su lengua baila con la mía y me envía descargas eléctricas por la columna mientras me pierdo en el momento, grabando en mi memoria su dulce sabor y la sensación de sus manos manteniéndonos unidos.
Y entonces ralentiza el beso, mordisqueándome suavemente el labio inferior antes de apartar su boca de la mía para plantar besos suaves a lo largo de mi pómulo y luego de mi mandíbula, casi haciéndome caer de rodillas.
Justo cuando creo que voy a desplomarme por la intensidad de todo esto, se aparta. Deja escapar una respiración temblorosa y se aclara la garganta de la manera más entrañablemente torpe.
—Probablemente deberíamos entrar.
Recorremos el resto del trayecto en silencio, y reprimo una sonrisa mientras él me lanza miradas furtivas de vez en cuando.
Sin embargo, con cada paso que doy, la realidad de lo que acabamos de hacer va calando.
Hemos cruzado una línea, y no estoy segura de que podamos dar marcha atrás...
Y por mucho que disfruté del momento, ya tengo la sensación de haber arruinado mi carrera.