Penalti de amor (Hockey Glaciares 1) Capítulo catorce
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Capítulo catorce

Cameron

—Así que habéis elegido la ruta de senderismo de diez kilómetros, por lo que veo —dice Tina mientras le entrego el papel—. Sois los únicos que la han elegido hasta ahora, así que será tranquila y agradable. Pero espero que os planteéis comer con los demás después. —Me lanza una mirada cómplice.

Aún no me he apuntado al almuerzo grupal; he pasado las últimas horas echando una siesta en la cabaña. Nila se quedó absorta en el libro que tomó prestado de la consulta del Dr. Shadid.

Hasta ahora, el día ha sido bastante tranquilo.

Y estoy aburrido como una ostra.

—Hay marcadores en el sendero —explica Tina—. Seguidlos y no tendréis problema. El mirador es muy bonito, y creo que es un buen primer ejercicio para vosotros. Mañana haréis kayak.

—Genial —digo, sin haber hecho kayak nunca en mi vida.

—Me encanta el kayak —comenta Nila, y no puedo ocultar mi sorpresa—. Mi abuelo solía llevarme hace años.

—Pues entonces. —Tina sonríe—. Espero que os traiga alegría mientras creáis nuevos recuerdos.

Nila asiente con entusiasmo.

—Eso espero.

—Que tengáis una buena caminata —dice Tina antes de pasar al siguiente grupo.

—Deberíamos conocer a los demás —comenta Nila en cuanto echamos a andar por el sendero—. Creo que nos vendría bien.

—¿Por qué? —pregunto mientras mis botas de montaña crujen sobre el camino rocoso—. Seguro que ya me están juzgando por todo.

—Actúas como si todo el mundo siguiera el hockey. —Nila niega con la cabeza y se adelanta. Lleva unos leggings ajustados. Es una distracción tremenda y me hace recordar lo del baño de esta mañana.

Dios. Está tan buena.

No suelo ser de los que se quedan mirando a las mujeres, pero el recuerdo de Nila en sujetador y pantalones cortos ajustados es imposible de ignorar. Sus curvas son de infarto, y la imagen de su piel desnuda se me ha quedado grabada en el cerebro para siempre.

—¿Has hecho senderismo alguna vez? —Me mira por encima del hombro y aparto los ojos de sus piernas, avergonzado.

—Solía hacer senderismo con mis padres —respondo—. Les encantaba el aire libre.

—A mis abuelos también. Solíamos ir de acampada constantemente en su autocaravana. Es una forma barata de irse de vacaciones.

—Pensaba que habías crecido en Nueva York.

Niega con la cabeza.

—En el norte del estado de Nueva York. Me mudé a Nueva York para ir a la universidad.

—Entonces, ¿te gusta vivir allí? —Algo se remueve en mi interior al pensar en la distancia entre Atlanta y Nueva York.

Aunque ni siquiera sé por qué la estoy calculando.

—Me gusta Nueva York, sí. —Saca la botella de agua—. Pero ya no siento el mismo apego de antes. Ya no lo siento como mi hogar.

Asiento.

—Lo entiendo. —Mi mirada se pierde más allá de ella, contemplando los árboles altos y el cielo azul. El aire es fresco y puro.

Quizá debería pasar más vacaciones en la montaña .

—Entonces, ¿eres de Atlanta? —La pregunta de Nila hace que vuelva a mirarla, y acelero el paso para alcanzarla y caminar a su lado por el sendero ancho.

—No, qué va —le digo, captando un toque de su perfume—. En realidad crecí en Misuri. No me mudé a Atlanta hasta que empecé a jugar en los Glaciares.

—Ah, ¿entonces tu padre se fue contigo?

—Sí. Mi padre se mudó a Atlanta para estar más cerca de mí. Aunque todavía tenemos nuestra finca en Misuri.

Asiente y me mira de reojo.

—Eso debe de estar bien.

—Lo está. Supongo que eso es lo que considero mi hogar.

—La verdad es que ya no tengo un lugar al que pueda llamar hogar...

Su comentario hace que se me encoja el corazón.

Nuestras miradas se cruzan y veo la soledad en el verde de sus ojos.

Está claro que Nila también arrastra su propia carga. Quiero preguntarle, indagar más, pero no sé cómo sacar el tema. Así que decido no complicar las cosas por ahora.

—Bueno, quizá simplemente aún no has encontrado un lugar al que llamar hogar. O sea, yo digo que Misuri es mi hogar, pero a lo mejor no lo sentiría así si volviera ahora mismo. La vida cambia, y el hogar también.

Se encoge de hombros y vuelve a sonreír, aunque no es la misma sonrisa de antes.

—No lo sé. Quizá algún día lo descubra.

—Sí, si lo descubres, avísame.

—Hecho. —Se ríe.

Caminamos otro kilómetro y medio casi en silencio, contemplando las vistas a nuestro alrededor.

El hecho de que Nila esté aquí lo hace todo mucho más significativo...

y hermoso , pero no puedo decírselo, la asustaría.

Pero es la verdad. Y cuanto más tiempo paso con ella, menos puedo ignorar lo que siento por ella.

Es una tortura.

—Vaya. —La exclamación de Nila capta mi atención cuando salimos del bosque al final del sendero—. Menudo mirador.

Me uno a ella y abro los ojos de par en par ante la vista montañosa. —Deja en ridículo la vista de la cabaña.

Contemplo el escarpado acantilado, rodeado de grandes barandas de madera.

Mientras la brisa agita el cabello de Nila, siento cosas que ni siquiera reconozco. No creo haber estado nunca tan fascinado por alguien.

—Es precioso —dice ella, con la mirada puesta en la extensa cordillera ante nosotros.

—Sí, tú... lo es —me muerdo el interior de la mejilla, esperando que Nila me pille... pero no lo hace. No creo que haya oído mi desliz.

—Entiendo por qué esto es terapéutico.

—¿Quieres que te haga una foto para tus redes? —ofrezco, acercándome a la barandilla junto a ella.

—Eh, no, está bien... —suspira—. Una foto no le haría justicia a esto, pero... probablemente debería hacerte una a ti .

Nila hurga en su bolsillo lateral y saca el móvil.

—No bromeaban cuando dijeron que no hay cobertura —se ríe mientras desbloquea la pantalla.

—Sí, a mí no me importa.

—No me sorprende —bromea, levantando el móvil—. Sonríe.

—Creo que es la primera vez que me diriges mientras me haces una foto —me río, dedicándole una sonrisa. Se sonroja detrás de la cámara, pero no dice nada. Sigo sonriendo mientras toma unas cuantas más y luego guarda el móvil.

—Entonces, ¿volvemos por el sendero? —pregunta.

—Supongo. A menos que quieras quedarte aquí arriba un rato.

—Oh, quiero probar algo.

Pasa corriendo junto a mí hacia la barandilla y se sube a ella.

—¿Qué haces? —la agarro, deteniéndola cuando llega a la barandilla superior—. Esto es peligroso.

—Lo dice el hombre que se gana la vida con un deporte de contacto.

—Hablo en serio —replico, con las manos en sus caderas. Debería apartarlas, pero de verdad no quiero que se caiga.

—Yo también —me mira desde arriba y sonríe—. Quería saber si me sentiría como si volara estando aquí arriba, como en el Titanic .

—Dios mío —gruño y suelto una carcajada—. No tenía ni idea de que fueras tan friki.

Se ríe.

—Puedes sujetarme si te da tanto miedo que me caiga.

No protesto mientras me quedo ahí con su trasero justo delante de mi cara. Menuda vista, incluso mejor que las montañas, creo. Pero aun así, levanto la mirada mientras ella extiende los brazos y cierra los ojos. El sol brilla sobre su piel, y vuelvo a sentir esa sensación.

—¿Quieres que cante la canción del Titanic ? —le pregunto antes de tararear la intro.

Se ríe.

—No, no estamos en un barco. No hay agua salpicándome la cara.

—Eso tiene arreglo —ofrezco—. Voy a por mi botella de agua.

—Por favor, no.

Abre un ojo para mirarme. Y entonces su sonrisa se desvanece y abre los dos. Sus ojos verdes se suavizan al encontrarse con los míos, y mis manos se aferran al tejido de sus mallas.

—¿Me ayudas a bajar?

Asiento despacio, intentando que no se me seque la boca mientras se gira hacia mí. La anticipación es palpable y ahoga todos los sonidos excepto el latido de nuestros corazones.

Da un paso adelante y apoya suavemente las palmas en mis hombros, dejándose caer despacio hacia mi abrazo expectante. Una descarga eléctrica me recorre cuando su cuerpo se pega al mío y siento cómo se le corta la respiración. Una voz en mi cabeza me dice que la suelte, pero no puedo.

Su cuerpo esbelto se desliza contra el mío y encaja perfectamente en cada curva y ángulo.

Me inclino hacia ella por instinto y la envuelvo en mis brazos.

Los ojos de Nila se encuentran con los míos y me sorprende la intensidad y la pasión que arde en ellos.

Es embriagador, enciende algo primitivo y salvaje dentro de mí.

Cuando sus pies tocan el suelo, alza la cabeza para encontrarse con mi mirada y es entonces cuando lo veo: el deseo latente bajo la superficie. Es una fuerza magnética que me atrae más con cada segundo que pasa.

Mi nariz roza la suya mientras nos quedamos ahí, sin que ninguno se atreva a romper el momento. Sus pestañas aletean al cerrarse y siento cómo su cuerpo se relaja contra el mío.

Nuestros labios están a solo unos centímetros.

Pero antes de que podamos cerrar ese pequeño espacio, de repente se tensa en mis brazos y se aparta un poco.

—No podemos hacer esto —susurra sin aliento, y sus palabras rompen el hechizo entre nosotros.

—Lo siento —murmuro, bajando las manos y apartándome de ella—. Lo siento mucho. No sé en qué estaba pensan...

—Cameron, está bien —dice, aunque le tiembla la voz al encontrarse con mi mirada—. Simplemente nos dejamos llevar por el momento. Pasa.

Y con eso, echa a andar por el sendero.

Joder, soy idiota.

Corro para alcanzarla, aunque me mantengo unos pasos por detrás.

El silencio resulta ensordecedor. Los minutos parecen horas. Y me resigno a la idea de que probablemente he arruinado la dinámica juguetona entre nosotros...

Y eso duele más que su rechazo.

—Me ha costado mucho superar la pérdida de mi abuela hace un par de años —suelta Nila de repente.

Frunzo el ceño.

No entiendo qué tiene que ver eso con el momento que acabamos de compartir en el mirador, pero desde luego es una manera fuerte de empezar una conversación.

—Lo siento —le digo.

—Ha sido muy difícil seguir adelante sin ella.

Trago saliva con dificultad; lo comprendo de una forma que me duele.

—Sí, lo entiendo.

—Sé que lo entiendes —dice en voz baja—. Es reconfortante estar con alguien que lo comprende. Intenté ir a terapia de duelo, pero nunca pareció ayudarme. ¿A ti te ayudó la terapia?

Me mira de reojo.

Dudo.

—Ahora, con perspectiva, creo que sí me ayudó. Aunque en su momento no sentí que me sirviera de nada.

Asiente.

—Sí, quizá a mí me pasó lo mismo. Ella amaba las montañas, y no he dejado de pensar en ella desde que empezamos esta caminata. Le habría encantado esto.

Genial, y yo solo pensé en tu trasero.

Soy un cerdo.

Me sacudo la culpa de encima.

—¿Ibais de vacaciones a las montañas?

—No. Íbamos sobre todo a lagos y ríos. Bueno, creo que ella había estado en las Montañas Rocosas, pero fue antes de conocerme. No lo sé. Solo desearía que la gente viviera para siempre.

Se me encoge el corazón al oír el dolor en su voz.

—Yo también. Creo que es el único dolor que el tiempo no siempre cura. No es que se vuelva más fácil; simplemente aprendes a vivir con su ausencia.

—Es una forma muy buena de explicarlo.

Nila me mira.

—¿Eso lo aprendiste en terapia?

—No, de internet —esbozo una sonrisa.

Se ríe, y la tensión incómoda se disipa entre nosotros.

—Supongo que el Dr. Google puede dar buena información a veces.

—Diría que rara vez, pero sí.

Caminamos un rato en silencio, y luego la llamo.

—¿Nila?

—¿Sí?

—No me importa dormir en la bañera.