Capítulo Trece
Nila
Los ronquidos me despiertan. Me doy la vuelta y cojo el móvil. Uf… la alarma va a sonar en menos de diez minutos.
Mejor me levanto ya.
Echo un vistazo al suelo, pero Cameron no está.
¿Dónde demonios está?
La verdad, estaba tan cansada ayer que me quedé dormida en cuanto se puso el sol. Insistió en que durmiera en la cama, y no iba a discutir. Ahora que estoy despierta, se me ocurre que podríamos turnarnos.
Hace un frío que pela en el dormitorio, y me froto los brazos con energía mientras me incorporo en la cama y aparto las mantas. Antes de que empiece el día, necesito desesperadamente una ducha.
Cojo la bata y me dirijo al baño. Al entrar en la habitación a oscuras, abro el grifo de la enorme ducha de piedra, cuelgo la bata en el gancho y enciendo el calefactor.
Me quedo ahí unos momentos, esperando impaciente a que el agua se caliente, y en cuanto lo hace, me quito la camiseta enorme.
—Vaya.
Oigo una voz somnolienta a mi espalda.
Pego un bote del susto y enciendo la luz.
—¿Qué demonios haces aquí?
Veo a Cameron, encajado en la bañera con una almohada y una manta. Me reiría al ver al pívot de hockey de más de metro ochenta metido en la bañera, pero entonces caigo en la cuenta.
No llevo camiseta.
Mis manos vuelan para cubrir el suave sujetador de encaje que llevo puesto, pero sé que es demasiado tarde.
Por no mencionar que mis pantalones cortos ajustados apenas me tapan.
Cameron me mira con los ojos como platos, y su mirada recorre mi cuerpo semidesnudo de una manera que me hace estremecer... de emoción .
—¡Para ya!
—¿Parar qué? —Sonríe con descaro—. Eres tú la que se ha quitado la ropa. Aunque menuda vista para despertarse. Puedes seguir. —Me hace un gesto con la mano, moviendo las cejas.
—Eres asqueroso —le espeto—. Sal para que pueda ducharme.
—Vale, vale. Lo siento —se ríe.
Debería ponerme la bata, pero es lo último en lo que pienso mientras él se pone de pie y estira los brazos por encima de la cabeza, con solo unos bóxer puestos. Se me enciende la cara cuando sale de la bañera.
Ahora yo soy la que se queda embobada.
Me mira y se ríe.
—Supongo que no eres la única indecente aquí.
—Obviamente —consigo decir con voz entrecortada, mientras me deleito con la vista de su torso cincelado y definido.
Cada músculo parece ondularse y flexionarse con cada movimiento, y mi mirada se clava en ellos como atraída por un imán.
Tiene los bíceps marcados y los abdominales esculpidos, con una llamativa línea en V bajo el ombligo.
Intento mantener los ojos de la cintura para arriba, optando por no ver qué más hay que admirar.
—Te estás sonrojando.
—Porque esto es totalmente poco profesional —razono, aunque me tiembla la voz mientras coge la manta y la almohada, tapándome la vista.
Es entonces cuando me doy cuenta de que he bajado las manos mientras lo miraba...
Y ahora él tiene una vista completa de mi escote, que casi se desborda del sujetador.
Dios mío.
Mis manos vuelan hacia arriba mientras él se detiene a un palmo de mí, con los ojos bailándole de diversión.
—¿Qué? —pregunto.
—Esto va a ser más divertido de lo que pensaba.
Alargo la mano y le doy un manotazo en el brazo. Siento la cara como si estuviera en llamas.
—Para ya.
—Ríete, Nila. Si no, es incómodo —se ríe, con voz ronca, aunque sus ojos no se apartan de mi cara.
Hay una sinceridad genuina en sus palabras que me conmueve, y noto que una sonrisa me asoma a los labios.
—Sí, supongo que tienes razón.
—La tengo. —Sus ojos se suavizan—. Todo está bien. No sabías que estaba aquí.
Asiento, y se me encoge el corazón ante sus palabras tranquilizadoras.
—Gracias.
—Lo mismo digo. —Me guiña un ojo—. Para que conste, creo que es la mejor vista con la que me he despertado en mi vida.
Desaparece del baño y me quedo boquiabierta mirándolo.
Y sonrojándome.
Sonrojándome a más no poder.
Pero justo cuando empiezo a recomponerme, su cabeza asoma de nuevo por la puerta y pego un respingo.
—Voy a prepararnos el desayuno. ¿Cómo te gustan los huevos?
—¿Tú... cocinas? —pregunto, arqueando una ceja.
—Oh, puedo hacer mucho más que cocinar, Nila. Pero empecemos por el desayuno, ¿vale? —Sonríe, con los ojos brillándole de picardía.
—Muy bien —me río nerviosa—. Los quiero con la yema blandita... sobre tostadas.
Se me hace la boca agua al pensar en tostadas calientes, crujientes y con mantequilla, cubiertas de cremosa yema de huevo.
—Excelente elección. Huevos con la yema blandita sobre tostadas, marchando —dice mientras desaparece por la puerta.
Me quedo atónita un momento.
No tenía ni idea de que Cameron pudiera ser tan... encantador .
Pero me lo quito de la cabeza y echo el pestillo antes de terminar de desnudarme. A partir de ahora, sin falta comprobaré la bañera antes de quitarme la ropa.
Miro a Cameron mientras nos dirigimos al edificio principal, que está a casi un kilómetro de caminata.
Tina no bromeaba cuando dijo que menos mal que estábamos en forma.
El descenso es algo traicionero con la nieve que aún queda, pero solo puedo imaginar cómo será cuando volvamos subiendo a la cabaña.
—Necesito hacer más ejercicio —resoplo, con las pantorrillas ardiendo mientras el edificio principal asoma al final del sendero.
—No se nota —se burla Cameron.
—No sé qué significa eso ni cómo tomármelo.
Me mira, con los ojos brillando bajo el sol de la mañana. No tengo ni idea de por qué está de tan buen humor.
—Tómatelo como un cumplido.
—Pero sonó a sarcasmo.
Niega con la cabeza, pero luego hace una mueca y se frota la nuca.
—No lo era.
—Puedes quedarte con la cama esta noche —ofrezco, sintiéndome culpable. Al fin y al cabo, él es quien está aquí para la terapia, no yo.
—No, no voy a hacer que duermas en el suelo o en la bañera. Mi padre me despellejaría por eso.
—Sí, pero seguro que Tina puede conseguirnos un colchón inflable o algo así.
—O podríamos dormir en la misma cama —razona—. No es tan grave. No voy a intentar tocarte ni nada.
—Lo sé —digo, apartando la mirada—. Es solo que no es muy profesional.
—Venga ya, Nila. —Cameron me mira fijamente—. Actúas como si fuera a contárselo al mundo entero. Solo intento facilitarte las cosas. Vamos a estar aquí un tiempo.
—Estás intentando presionarme para que duerma contigo —replico, entornando los ojos.
Su expresión se descompone.
—No, para nada. Lo siento. Veré si puedo encontrar una solución.
Genial, ahora me siento mal.
—Ya lo resolveremos esta noche.
—Me parece bien —murmura Cameron, y guarda silencio mientras terminamos la caminata. Al entrar en el albergue principal, me sorprende lo lujoso que es. Bien podría ser un resort, a juzgar por los techos altos y la elegante decoración.
—Buenos días —nos saluda Tina con una sonrisa—. Supongo que vienen a ver a su consejero, ¿verdad?
Cameron asiente.
—Sí, el horario decía que tenía cita a las diez.
—Correcto. Los llevaré a la consulta del Dr. Shadid. Es uno de los mejores, ¿saben?
—Seguro que sí —refunfuña, siguiéndola.
Caminamos por un largo pasillo y, al pasar junto a las otras puertas, me doy cuenta de que están numeradas como habitaciones de hotel.
—¿Estas son para los otros huéspedes?
Tina me mira.
—Ajá. Los huéspedes se alojan en la primera planta. La segunda es solo para el personal: ahí están todas las oficinas.
Asiento, abrazándome a mí misma. Siempre hago la maleta para cualquier estación cuando salgo de viaje, así que mi jersey y mis vaqueros son más que suficientes para el clima primaveral de la montaña. Aun así, tengo frío por alguna razón.
—Aquí está su consulta. —Señala una puerta de madera de cerezo oscuro—. Siempre es puntual, así que seguro que ya está listo para recibirle.
—Gracias. —Cameron abre la puerta y se vuelve hacia mí al ver que me quedo fuera—. ¿Vienes?
—Supongo que las sesiones con tu consejero son privadas...
—Lo son —confirma Tina, asintiendo en mi dirección antes de mirar a Cameron—. Los acompañantes no pueden asistir a las sesiones sin consentimiento.
Cameron pone los ojos en blanco.
—Bueno, pues tienes mi consentimiento. Vamos.
Arqueo las cejas, sorprendida, igual que Tina.
—¿Estás seguro?
—Sí, claro que estoy seguro. No tengo nada que ocultar. No es que de verdad tenga problemas de control de la ira —añade, ignorando cómo Tina niega con la cabeza.
Seguro que eso lo oye mucho por aquí .
—Si él da su consentimiento, puede asistir a la sesión —me dice Tina, haciéndome un gesto para que me una a Cameron—. Adelante.
Asiento despacio, sin saber muy bien qué pensar. Pero me obligo a entrar en la consulta, iluminada con una luz cálida, donde un hombre mayor con gafas de montura oscura está sentado tras el escritorio.
—Cameron Hastens —dice el hombre, poniéndose de pie y tendiéndole la mano—. Es un placer tenerlo aquí. Creo que es el primer jugador de la NHL que recibimos.
—Mmm —responde Cameron, estrechándole la mano.
—¿Y veo que ha traído a su pareja?
El silencio de Cameron me sobresalta.
—No soy su pareja —aclaro, ya que él no lo hace—. Solo estoy aquí para documentar el proceso. Me llamo Nila.
—Es un arreglo poco común —dice el Dr. Shadid, tendiéndome la mano también—. Pero es un placer tenerla aquí. Tomen asiento.
—Bueno, es parte de reparar mi imagen —dice Cameron mientras retrocede y se deja caer en el sofá.
—Reparar su imagen. —El Dr. Shadid se ríe y toma asiento también.
Soy la única que sigue de pie, así que opto por sentarme junto a Cameron en el sofá mientras observo el entorno, que me recuerda más a una biblioteca que a una consulta. Las paredes están forradas de estanterías repletas de libros.
—¿Te gusta leer, Nila?
Giro la cabeza hacia el Dr. Shadid.
—Eh... Sí.
—Puedes echar un vistazo y llevarte un libro si quieres.
—Oh... Eh...
—Te dará algo que hacer en tu tiempo libre. Siempre lo recomiendo. Es una forma estupenda de relajarse. No hay nada como un fuego cálido, una taza de té y un buen libro.
Asiento.
—Eso suena bien.
—Lo es.
Sonríe y luego se vuelve hacia Cameron.
—Entonces, hablemos de ti, Cameron.
—Mis amigos me llaman Cam.
Vaya. A mí nunca me ha dicho que lo llame así.
—Ah, ¿entonces prefieres que te llame así?
Se encoge de hombros.
—No lo sé.
—Entonces lo iremos viendo sobre la marcha. ¿Has ido a terapia o a algún tipo de asesoramiento antes?
—Sí, cuando murió mi madre.
Intento no escuchar. No quiero entrometerme, pero al mismo tiempo, me conmueve que Cameron quisiera que me sentara con él... ¿o tal vez sintió que no tenía otra opción? Me propongo preguntarle al respecto más tarde. No quiero sobrepasar los límites...
Yo no querría que alguien se sentara en mis sesiones de terapia.
—¿Qué edad tenías?
—Diecisiete.
Se me hace un nudo en el estómago cuando los labios de Cameron se curvan hacia abajo. El dolor asoma en sus ojos, y conozco demasiado bien ese sentimiento. Me aclaro la garganta, sintiéndome como una intrusa en esta conversación tan profundamente personal.
El Dr. Shadid me mira como si notara mi incomodidad.
—Nila, ¿estás bien? —pregunta.
Cameron se vuelve para mirarme, con el ceño fruncido.
—Sí, por supuesto.
Fuerzo una sonrisa.
—Solo estaba observando la habitación.
Cameron entrecierra los ojos.
—No pareces estar bien.
—Yo diría que parece alguien que comprende —dice el Dr. Shadid con calidez—. Veo reconocimiento y comprensión.
Levanto las cejas. Este tipo sabe calar a la gente.
Sin embargo, eso es todo lo que dice al respecto. Enseguida pasa a hacerle a Cameron algunas preguntas sobre su padre y también sobre sus amigos. Nada demasiado profundo, en realidad. Y cuarenta y cinco minutos después, estamos saliendo de la consulta del doctor.
Y Tina está justo ahí.
—Entonces, tendrán tiempo libre hasta el almuerzo —anuncia—.
Luego, después del almuerzo, hay varias actividades entre las que pueden elegir.
La mayoría requiere emparejarse con alguien de aquí, pero ustedes ya tienen pareja, si ella quiere.
Después, tenemos una fogata por la noche.
Es un buen momento para relajarse y charlar con los demás. El Dr. Shadid suele estar presente.
Asiento, intentando mantener la sonrisa en mi rostro mientras miro de reojo a Cameron. Es como si estuviéramos en un campamento de verano...
Y no estoy segura de cómo me siento al respecto.