Peligrosa Obsesión (Sangre y Lealtad 2) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

ARIANNA

Los faros iluminan el camino de entrada a las once y cuarto de la noche.

Olivia y yo llevamos más de dos horas esperando en el salón, cada minuto más largo que el anterior desde que escuchamos por la radio que estaban vivos.

Salto del sofá en cuanto veo las luces. Olivia viene detrás de mí. Corremos hacia la puerta principal. Romeo ya la está abriendo.

Cuatro todoterrenos se detienen en el camino. Las puertas se abren. Los hombres empiezan a bajar.

Y entonces lo veo.

Lorenzo.

Vivo. De pie. Caminando hacia casa.

Está sucio. Cubierto de polvo y manchas oscuras que podrían ser sangre. Su chaleco está desgarrado en un lado. Tiene un corte en la mejilla. Pero está vivo.

Está vivo.

No espero a que llegue a la puerta. Bajo corriendo las escaleras de la entrada. Cruzo el camino. Y salto a sus brazos.

Lorenzo me atrapa en el aire. Me rodea con los brazos con tanta fuerza que apenas puedo respirar. Yo le envuelvo la cintura con las piernas y entierro la cara en su cuello.

—Estás aquí —digo contra su piel—. Estás aquí. Has vuelto.

—Te dije que lo haría.

—Lo sé. Pero tenía tanto miedo…

—Lo sé. —Me hunde la mano en el pelo—. Lo sé, mi amor. Pero estoy aquí. Estoy bien.

Me aparto lo suficiente para mirarlo a la cara. Le recorro con las manos las mejillas, la frente, los hombros. Como si necesitara tocarlo para creer que es real. Que no es un sueño.

—Estás herido.

—Es solo un rasguño.

—Estás sangrando.

—He tenido heridas mucho peores.

—Lorenzo…

—Estoy bien, Arianna. —Me mira con esos ojos marrones que me han estado destruyendo durante años—. Estoy bien porque he vuelto a ti. Como prometí.

Y entonces lo beso.

Lo beso con todo lo que tengo. Con todo el miedo que sentí mientras esperaba. Con todo el alivio que siento ahora. Con todo el amor que he estado acumulando durante once años.

Lorenzo responde con la misma hambre. Su boca se mueve contra la mía con una desesperación que reconozco: él también ha pasado las últimas horas temiendo no volver a hacer esto nunca más.

—Joder —dice Leonardo desde algún lugar detrás de nosotros—. Dejadlo para cuando estéis dentro.

A Lorenzo le cuesta separarse de mí. Me baja al suelo pero no me suelta: mantiene el brazo alrededor de mi cintura mientras caminamos hacia casa.

Leonardo está abrazando a Olivia en las escaleras. Ella está llorando contra su pecho. Él le dice algo al oído que no llego a oír, pero la hace sonreír entre lágrimas.

Entramos todos a casa. Los soldados heridos van derechos al sótano, donde el doctor Reeves los espera en una pequeña enfermería improvisada. El resto se dispersa: algunos a ducharse, otros a informar, otros a dejarse caer en el primer sofá que encuentran.

Lorenzo me guía hasta el salón. Me sienta en el sofá y se sienta a mi lado. No me suelta la mano.

Leonardo entra con Olivia. Massimo viene detrás. Y Salvatore. Y Romeo. Todos parecen igual de exhaustos que Lorenzo.

—¿Lo habéis conseguido neutralizar? —pregunto aunque ya sé la respuesta.

—La mansión está destruida —dice Leonardo sentándose en el sillón—. Completamente arrasada. Tardará meses en reconstruir sus operaciones desde ahí.

—¿Y El Patrón?

—Se escapó. —La mandíbula de Leonardo se tensa—. Tenía una ruta de escape que no conocíamos. Para cuando llegamos a su ubicación, ya se había ido.

Se me cierra el estómago.

—Entonces todavía está ahí fuera.

—Sí. Pero muy debilitado. —Massimo se apoya contra la pared—. Perdió a la mayoría de sus capitanes esta noche. Y su base de operaciones principal.

—Pero sigue vivo.

—Sí.

El silencio que sigue es pesado.

—Hay algo más —dice Leonardo mirando a Lorenzo—. Recibimos una llamada cuando veníamos de vuelta.

—¿De quién?

—De El Patrón.

Todos nos quedamos inmóviles.

—¿Qué quería? —pregunta Olivia, tensa.

—Negociar un alto al fuego.

Las palabras tardan un momento en aterrizar.

—¿Un alto al fuego?

—Sabe que no puede ganar esta guerra —explica Leonardo—. No después de esta noche. Ha perdido demasiado. Así que quiere negociar términos para una tregua.

—¿Y vais a aceptar?

—Vamos a escuchar lo que tiene que decir. —Leonardo mira a Lorenzo—. Nos ha citado a una reunión el martes. En terreno neutral. Con garantías de ambos lados.

Lorenzo asiente despacio.

—Es lo correcto. Si podemos terminar esto sin más sangre…

—Exacto.

Olivia suelta un suspiro de alivio. A mí se me afloja el pecho.

Puede que no lo hayan matado. Puede que siga vivo. Pero si está pidiendo paz…

Si está dispuesto a negociar…

Significa que hemos ganado.

—Bien —dice Leonardo levantándose—. Todos a descansar. Mañana haremos un informe completo. Esta noche solo necesitamos dormir.

Los demás asienten y empiezan a salir del salón. Leonardo ayuda a Olivia a levantarse. Se marchan juntos hacia las escaleras.

Lorenzo y yo nos quedamos solos.

Me giro hacia él y le cojo la cara con las manos. Recorro con el pulgar, con cuidado, el corte de su mejilla.

—Necesitas que el médico te cure esto.

—Puede esperar.

—Lorenzo…

—Puede esperar, Arianna. —Me coge de las manos—. Porque hay algo que necesito hacer primero.

—¿El qué?

Se levanta del sofá. Y entonces, sin que me dé tiempo a entender nada, se arrodilla delante de mí.

El corazón se me para.

—Lorenzo, ¿qué estás haciendo?

—Algo que debería haber hecho hace años.

Saca algo del bolsillo. Una caja pequeña de terciopelo negro que ha debido de llevar encima durante todo el asalto. La abre.

Dentro hay un anillo. De platino con un diamante solitario que brilla bajo la luz del salón. Sencillo. Precioso. Justo lo que habría elegido yo misma.

—Arianna Moretti. —Se le enronquece la voz—.

Llevo toda una vida amándote. Toda una vida negándome lo que más quería en el mundo.

Toda una vida convenciéndome de que no era digno de ti.

—Levanta los ojos hacia los míos—. Y esta noche, mientras estaba en esa mansión con balas volando a mi alrededor, solo podía pensar en una cosa.

En volver a ti. En abrazarte otra vez. En no desperdiciar ni un segundo más de mi vida sin tenerte del todo.

Las lágrimas me caen ya sin permiso.

—Así que te lo voy a preguntar ahora. Sucio, exhausto y seguro que oliendo fatal. —Una sonrisa pequeña tira de sus labios—. Porque no puedo esperar ni un segundo más. ¿Quieres casarte conmigo?

No me sale la voz. No me sale nada. Solo puedo mirar a este hombre arrodillado delante de mí, ofreciéndome todo lo que siempre he querido.

—Sí —digo cuando la voz vuelve—. Sí. Claro que sí, Lorenzo.

Saca el anillo de la caja. Me coge la mano izquierda y me lo desliza en el dedo. Encaja como si llevara años esperándome.

Y entonces me besa.

Me besa como si fuera la primera vez. Como si fuera la última.

Cuando nos separamos, los dos estamos muy emocionados.

—Te amo —dice con la voz rota—. Dios, Arianna. Te amo tanto que no sé cómo he sobrevivido todos estos años sin decírtelo.

—Yo también te amo. —Le sujeto la cara con las manos—. Te amo desde que te conocí. Y voy a amarte hasta que deje de respirar.

—Eso va a ser mucho tiempo.

—Bien. Porque no pienso soltarte nunca.

Lorenzo se pone de pie y me levanta con él. Me coge en brazos como si no pesara nada.

—¿Qué haces?

—Llevándote a mi habitación.

—Puedo caminar.

—No me importa. —Empieza a subir las escaleras—. Y otra cosa. Te mudas a mi habitación. Esta noche. Ahora mismo.

—Ya paso la mayoría de las noches ahí de todas formas.

—Pero ahora es oficial. —Llega al segundo piso y camina por el pasillo hacia su puerta—. Vas a dormir en mi cama todas las noches. Vas a despertarte en mis brazos todas las mañanas. Y no voy a dejar que te alejes de mi lado nunca más.

—Suena perfecto.

—Más que perfecto.

Abre la puerta con el pie. Entra a la habitación y me deja de pie junto a la cama.

—Necesito ducharme —dice mirándose—. Estoy hecho un desastre.

—No me importa.

—Arianna…

—No me importa, Lorenzo. —Le agarro el chaleco—. Te quiero ahora. Así. Sucio y exhausto y vivo.

Una sonrisa tira de sus labios. Esa sonrisa que reserva solo para mí.

Nos desnudamos el uno al otro. Despacio. Con cuidado. Como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.

Y cuando ya estamos desnudos, Lorenzo me tumba en la cama y se coloca sobre mí.

—Eres preciosa —dice—. Más que nunca esta noche. Y eres mía.

—Tuya. —Le recorro la espalda con las manos—. Siempre he sido tuya.

—Y ahora vas a ser mi esposa.

—Sí.

—Mi esposa, Arianna. ¿Sabes lo que eso significa?

—Dímelo.

—Significa que nunca voy a dejar que nadie te haga daño. Significa que voy a protegerte con mi vida. Significa que voy a amarte hasta mi último aliento. —Se coloca entre mis piernas—. Significa que eres mía entera, sin condiciones.

—Muéstramelo.

Y lo hace.

Se desliza dentro de mí con una embestida lenta y profunda que me llena entera y nos une de la forma más antigua que existe.

Esta vez no hay urgencia. No hay desesperación. Solo amor puro.

Lorenzo se mueve despacio. Cada embestida es deliberada. Cada roce está cargado de emoción. No aparta los ojos de los míos. Me acaricia la piel sin dejarse ni un rincón.

—Te amo —susurra—. Te amo, Arianna.

—Yo también te amo.

—Di que vas a casarte conmigo.

—Voy a casarme contigo.

—Di que vas a ser mía para siempre.

—Voy a ser tuya para siempre.

—Di que nunca me vas a dejar.

—Nunca te voy a dejar, Lorenzo. —Lo rodeo con las piernas y lo aprieto contra mí—. Nunca.

Su ritmo aumenta poco a poco. Más profundo. Más intenso. Pero todavía controlado. Todavía lleno de reverencia.

Bajo la mano entre los dos y empiezo a acariciarme.

—Eso es —dice Lorenzo—. Tócate para mí. Déjame verte.

Muevo los dedos más deprisa. El placer crece en oleadas. Cada embestida de Lorenzo lo aviva. Cada palabra que susurra me acerca más al límite.

—Voy a… —No puedo terminar la frase.

—Hazlo. Córrete con mi polla dentro de ti. Córrete sabiendo que vas a ser mi esposa.

Y exploto.

El orgasmo me lleva por delante y me deja sin aliento. Grito su nombre. Mis músculos se contraen alrededor de él. Todo el cuerpo me tiembla.

Lorenzo me sigue justo después. Se derrama dentro de mí con un rugido y me marca como suya una vez más.

Cuando el corazón se nos calma, Lorenzo sale de mí con cuidado y se tumba a mi lado. Me atrae contra su pecho. Enredo las piernas con las suyas y apoyo la cabeza en su pecho.

Me coge la mano y hace girar el anillo en mi dedo, despacio.

—No puedo creer que vayas a casarte conmigo.

—Será mejor que lo creas. Porque ya no puedes librarte de mí.

—No querría librarme de ti aunque pudiera.

—Bien.

Nos quedamos en silencio durante unos minutos. Solo respirando. Solo existiendo juntos.

—Lorenzo —digo al cabo de un rato.

—¿Qué?

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por volver. Por cumplir tu promesa. Por amarme incluso cuando pensabas que no debías.

—No tienes que agradecérmelo. —Me besa el pelo—. Amarte es lo más fácil que he hecho en mi vida.

—Mentiroso. Te has pasado años luchando contra ello.

—Porque soy idiota. Pero ya no voy a luchar más. —Su brazo me aprieta más fuerte—. Ya no voy a desperdiciar ni un segundo más negándome lo que más quiero.

—¿Y qué es lo que más quieres?

—A ti. Siempre a ti.

Sonrío contra su pecho.

—Eso es bueno. Porque me tienes. Para siempre.

—Para siempre.

Y mientras me quedo dormida en sus brazos, con su anillo en mi dedo y su corazón latiendo bajo mi oído, sé que por fin tenemos nuestro final feliz.

No ha sido fácil. No ha sido rápido. Hemos tardado muchos años en llegar aquí. Pero ha merecido la pena.

Cada segundo de espera. Cada momento de dolor. Cada lágrima derramada. Todo ha merecido la pena por esto.

Por él. Por nosotros.

Para siempre.