CAPÍTULO 29
ARIANNA
Lorenzo sale de la ducha con una toalla alrededor de la cintura y gotas de agua todavía deslizándose por su pecho.
Son las siete de la tarde del sábado. En dos horas se va.
Lo observo desde la cama mientras se viste con unos pantalones negros tácticos. Botas de combate. Camiseta negra ajustada. Chaleco antibalas. El ritual es metódico, preciso, y cada prenda que se pone me aleja más de él.
—No tienes que ir —digo por décima vez en las últimas dos horas.
—Sí tengo que ir.
—Manda a otro. A Massimo. A Salvatore. A cualquiera menos tú.
—Arianna. —Se gira hacia mí—. Ya hemos hablado de esto.
—No hemos hablado nada. Tú has decidido y yo tengo que aceptarlo.
—Porque es la única decisión posible.
Me levanto de la cama. Todavía llevo puesta su camiseta de esta mañana y nada más. Cruzo la habitación hasta donde está.
—No es la única decisión. Podéis esperar. Planificar más. Conseguir más información.
—Llevamos días planificando esto. Tenemos toda la información que necesitamos.
—Entonces esperad una semana más.
—No podemos esperar. —Me coge la cara entre las manos—. Cada día que esperamos es un día más que El Patrón puede planear otro ataque. Otro ataque contra nosotros. Contra la familia. Contra ti.
—Me da igual.
—A mí no. —Me acaricia la mejilla con el pulgar—. No voy a arriesgar tu vida esperando el momento perfecto. El momento es ahora.
—Lorenzo…
—Tengo que hacer esto, Arianna. Tengo que eliminarlo antes de que vuelva a intentar hacerte daño. Antes de que vuelva a acercarse a ti. —Se inclina y apoya la frente en la mía—. Es la única forma de mantenerte a salvo.
Las lágrimas me queman los ojos pero me niego a dejarlas caer.
—Y si algo sale mal…
—No va a salir mal.
—Pero si sale mal, ¿qué se supone que hago yo?
—No va a salir mal.
—Lorenzo, por favor. —Me aferro a su chaleco—. Por favor, no me dejes.
—No te voy a dejar. Voy a volver. Te lo prometo.
—No puedes prometer eso.
—Sí puedo. Y lo hago. —Me besa. Suave pero firme—. Voy a volver a ti. Siempre voy a volver a ti.
Alguien llama a la puerta.
—Adelante —dice Lorenzo sin soltarme.
La puerta se abre y Leonardo entra. Va vestido igual que Lorenzo: todo de negro, chaleco antibalas, botas de combate. Tiene la cara seria, concentrada. Lista para la guerra.
—Es la hora —dice.
—Ya voy.
Leonardo me mira, y no sé qué me está diciendo esa mirada.
—¿Arianna? ¿Puedes bajar y quedarte con Olivia? Necesita compañía.
Asiento; si hablo, voy a llorar.
Lorenzo tarda en soltarme. Termina de ponerse el chaleco. Revisa el arma, el cargador, el cuchillo de la bota. Cada movimiento es automático, practicado mil veces.
—Te veo abajo en cinco minutos —le dice a Leonardo.
Leonardo asiente y sale, y la puerta se cierra detrás de él.
Lorenzo se gira hacia mí. Me coge de la mano y me lleva hasta la cama. Me sienta en el borde y se arrodilla delante de mí.
—Escúchame —dice—. Voy a volver. Voy a terminar esto. Y cuando vuelva, vamos a tener la vida que merecemos. Sin amenazas. Sin miedo. Sin tener que mirar por encima del hombro cada segundo. —Me aprieta las manos—. Solo tú y yo. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
—Dilo como si lo creyeras.
—De acuerdo. —Me tiembla la barbilla—. De acuerdo, Lorenzo. Vuelve a mí.
—Siempre.
Me besa, largo, profundo, un beso que sabe a promesa. Y después se levanta y se va.
Yo me quedo sentada en esa cama, mirando la puerta cerrada.
Y entonces me obligo a moverme.
Me visto rápido: vaqueros, camiseta, zapatillas. Bajo las escaleras hasta la planta baja. Del vestíbulo llegan voces masculinas: Lorenzo, Leonardo, Massimo, Salvatore, Romeo. Veinte soldados más esperan fuera, junto a los coches.
Encuentro a Olivia en el salón.
Está de pie junto a la ventana, mirando hacia el camino de entrada. Va vestida con pantalones de chándal y una sudadera de Leonardo. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y la cara pálida.
—Olivia.
Se gira hacia mí. Tiene los ojos rojos.
—He intentado convencerlo —dice—. Le he dicho que esperara. Que planificara más. Que mandara a otros. Pero no me ha escuchado.
—Yo he hecho lo mismo y Lorenzo tampoco me ha escuchado.
—¿Cómo pueden pedirnos esto? —Olivia se abraza a sí misma—. ¿Cómo pueden pedirnos que nos quedemos aquí tranquilas esperando mientras ellos van a…?
No termina la frase. No necesita hacerlo.
Cruzo el salón y la abrazo. Olivia se aferra a mí y se le escapan las lágrimas que estaba conteniendo.
—Van a volver —digo sin creerlo del todo—. Van a volver con nosotras.
—No lo sabes.
—Lo sé. Porque nos aman. Y no van a dejarnos solas.
Olivia asiente contra mi hombro pero sigue temblando.
La puerta principal se abre. Pasos resuenan en el vestíbulo. Leonardo y Lorenzo aparecen en la entrada del salón.
Olivia se separa de mí y corre hacia Leonardo. Él la atrapa entre los brazos. La sostiene tan fuerte que duele mirarlos. Le susurra al oído algo que no alcanzo a oír.
Lorenzo cruza el salón hacia mí. Me coge de la mano.
—Romeo va a quedarse aquí con vosotras —dice—. Y diez hombres más. Nadie entra ni sale sin autorización. Las puertas están cerradas. Las ventanas, reforzadas. Aquí estaréis seguras.
—No quiero estar segura. Quiero que estés aquí.
—Volveré pronto.
—¿Cuánto es pronto?
—En cuatro horas. Cinco como máximo.
Cinco horas.
Cinco horas que pueden ser una eternidad.
—Os vais a llevar radios, ¿verdad? —pregunta Olivia desde los brazos de Leonardo.
—Sí. ¿Por qué?
—Quiero una. —Ahora la voz no le tiembla—. Quiero poder escuchar lo que está pasando. Quiero saber que estáis bien.
—Olivia…
—No voy a quedarme aquí sentada sin saber nada durante cinco horas. —Se separa de Leonardo y lo mira a los ojos—. Dame una radio o te juro que salgo de esta casa y os sigo.
Leonardo la mira un momento. Después saca una radio del cinturón y se la pasa a Olivia.
—Canal tres —dice—. Pero solo escucha. No hables a menos que sea una emergencia absoluta. ¿Entendido?
—Entendido.
Leonardo mira a Lorenzo.
—Lo mismo para ti —dice—. Solo escucha. No hables. Y pase lo que pase, no salgas de esta casa.
Asiento.
—Vuelve a mí.
—Siempre.
Me besa una última vez. Y después se van.
Leonardo y Lorenzo salen del salón. Oigo abrirse la puerta principal. Pasos. Voces. Motores que arrancan.
Corro hacia la ventana. Olivia viene conmigo.
Vemos cuatro todoterrenos negros salir por el camino de entrada. Las verjas se abren automáticamente. Los coches desaparecen en la noche.
Y nosotras nos quedamos ahí, mirando el camino vacío donde estaban las luces un segundo antes.
—Van a volver —susurro.
—Tienen que volver —responde Olivia.
Nos quedamos junto a esa ventana durante diez minutos. Sin hablar. Sin movernos. Solo mirando la oscuridad como si pudiéramos hacerlos volver a base de fuerza de voluntad.
Al final, Olivia se gira hacia mí.
—Vamos arriba —dice—. A mi habitación. Allí hay un sofá donde podemos esperar juntas.
Asiento.
Subimos las escaleras hasta la tercera planta. La habitación de Leonardo y Olivia es enorme: cama king size, zona de estar con sofá y sillones, baño privado, vestidor. Pero sin mi hermano parece vacía.
Nos sentamos juntas en el sofá. Olivia enciende su radio y la sintoniza en el canal tres. La estática llena la habitación.
—¿Cuánto tardarán en llegar? —pregunto.
—Cuarenta minutos. Quizás cincuenta.
—¿Y después?
—Después no lo sé.
Nos quedamos en silencio. Escuchando la estática. Esperando.
Los minutos se arrastran.
A las diez menos cuarto, la estática se interrumpe. Una voz sale de la radio. Massimo.
«Llegando a posición. ETA dos minutos.»
«Recibido.» La voz de Leonardo. Firme. Controlada. «Todos los equipos en sus posiciones. Esperamos señal.»
Olivia se inclina hacia delante y me busca la mano. Nuestros dedos se entrelazan.
«Equipo Alfa en posición norte.»
«Equipo Bravo en posición sur.»
«Equipo Charlie en posición este.»
«Equipo Delta en posición oeste.»
La voz de Lorenzo. «Perímetro asegurado. Preparados para entrada.»
«Treinta segundos» dice Leonardo.
Treinta segundos que duran una vida entera.
«Quince segundos.»
Olivia me aprieta la mano tan fuerte que duele.
«Diez segundos.»
Cierro los ojos.
«Cinco.»
Por favor. Por favor que vuelvan.
«Ahora. Todos los equipos, adelante.»
El sonido que sigue es caótico. Explosiones. Disparos. Gritos. Órdenes gritadas por encima del ruido.
«¡Contacto este! Tres sicarios, neutralizados.»
«¡Entrada despejada! Avanzando interior.»
«¡Cuidado izquierda!»
Más disparos. Una explosión que hace crepitar la radio.
«¡Massimo, informe!»
«¡Estoy bien! Segunda planta despejada.»
«¡Lorenzo, situación!»
La voz de Lorenzo sale por la radio. «Planta baja asegurada. Avanzando hacia el objetivo.»
Respiro. Por primera vez en dos minutos, respiro.
«¡Contacto! Refuerzos desde el sótano.»
«¡Rocco, cúbrelos!»
«¡Recibido!»
El caos continúa. Minuto tras minuto de disparos, explosiones, órdenes gritadas. Olivia y yo nos quedamos en ese sofá, aferradas la una a la otra, escuchando cómo los hombres que amamos se juegan la vida.
«¡Objetivo localizado! Tercera planta, ala oeste.»
«¡Todos los equipos, converger en tercera planta!»
Pasos. Más disparos. El sonido de algo pesado cayendo.
«¡Última puerta! ¡Prepárate para resistencia!»
Una explosión. Más fuerte que las anteriores. La radio crepita con estática.
«¿Leonardo?» La voz de Lorenzo, tensa. «¿Leonardo, respondes?»
Dos segundos de silencio.
Olivia suelta un sollozo.
«Estoy bien.» La voz de Leonardo. «Puerta reventada. Entrando ahora.»
Tres segundos de nada. Solo respiración pesada por la radio.
Y después disparos. Muchos disparos. Tanto que no puedo distinguir cuántos.
«¡Posición tomada!» La voz de Leonardo. «¡Repito, la base es nuestra!»
«¡Edificio despejado!» grita alguien.
«Confirmado. Todos los equipos, evacuación inmediata. Tenemos cinco minutos antes de que lleguen refuerzos.»
«¡Recibido!»
«¡Equipo Alfa saliendo!»
«¡Equipo Bravo saliendo!»
«¡Equipo Charlie saliendo!»
«¡Todos en los vehículos! ¡Ahora!»
Arrancan los motores. Más voces. Pero esta vez hay algo distinto en el tono.
Alivio.
«Todos los equipos, informe de bajas.»
«Equipo Alfa, dos heridos leves. Ningún muerto.»
«Equipo Bravo, un herido moderado. Ningún muerto.»
«Equipo Charlie, todos ilesos.»
«Equipo Delta, un herido leve. Ningún muerto.»
La voz de Lorenzo. «Leonardo, estamos fuera. Todos vivos.»
«Confirmado. Rumbo a casa.»
Y después la radio se queda en silencio.
Olivia y yo nos miramos. Nos caen las lágrimas por la cara, pero esta vez son de alivio.
—Lo han hecho —susurra Olivia—. Lo han hecho y están vivos.
—Están vivos.
Nos abrazamos en ese sofá, llorando y riéndonos al mismo tiempo. Porque nuestros hombres están vivos. Porque van a volver. Porque por fin podemos respirar.
La radio crepita una última vez.
«Arianna.» La voz de Lorenzo. Baja. Solo para mí. «Te amo. Voy a casa contigo.»
Me llevo la radio a la boca. Sé que me ha dicho que no hable. Pero no puedo evitarlo.
—Te amo —susurro—. Vuelve a mí.
—Siempre.
Y me quedo ahí sentada, abrazada a Olivia, con la radio contra el pecho. Esperando. Porque esta vez sé que va a volver. Esta vez sé que lo ha conseguido. Esta vez sé que estamos a salvo.
Y cuando vuelva, cuando cruce esa puerta y me tome en sus brazos, voy a besarlo como si fuera la primera vez. Voy a amarlo como si fuera la última. Voy a darle las gracias por volver. Por cumplir su promesa. Por ser mío.