Peligrosa Obsesión (Sangre y Lealtad 2) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

LORENZO

—Hemos localizado el refugio de El Patrón.

Massimo señala una ubicación en el mapa extendido sobre la mesa del despacho de Leonardo. Es lunes por la mañana, dos días después de que Arianna se convirtiera oficialmente en mía. Llevamos dos horas en esta reunión.

—Es una finca fortificada a las afueras, en pleno desierto —continúa Massimo—. Dejó Mexicali al declarar la guerra: quiere dirigirla desde nuestro propio territorio. Ahí se esconde, y desde ahí dirige toda su operación. Si tomamos la finca, lo tomamos a él.

Leonardo se inclina sobre el mapa, estudiando las rutas marcadas en rojo.

—¿Cuántos hombres necesitaríamos?

—Un equipo de asalto. Unos veinticinco hombres. —Massimo amplía la imagen—. Cuatro frentes coordinados. Entrada rápida, tomamos el edificio y salimos antes de que puedan responder.

—¿Bajas esperadas? —pregunto.

—Del Cártel, todas. De nuestro lado, mínimas si lo ejecutamos bien.

Salvatore marca algo en su tablet.

—Tenemos contactos en la policía local que pueden darnos treinta minutos de ventana. Suficiente para entrar y salir.

—¿Estás seguro de que estará allí? —pregunta Leonardo.

—Todas nuestras fuentes lo sitúan ahí —responde Massimo—. Es su centro de operaciones. No se mueve sin un ejército, y ese ejército está con él en la finca.

—Entonces vamos a por él. —Leonardo se echa hacia atrás en su silla—. En cuanto esté todo listo. Sin avisos. Que no tenga dónde esconderse.

Asiento. Es la jugada correcta. Brutal pero necesaria.

—Necesito tres días para coordinar los equipos —digo—. Y confirmación de que nuestras rutas de escape están despejadas.

—Las tendrás. —Leonardo mira a Romeo—. Refuerza la seguridad en todos nuestros almacenes. Si vamos a golpearlos, van a querer devolver el golpe.

—Ya está hecho —responde Romeo—. Tenemos triple guardia desde hace dos días.

La reunión continúa durante otra hora. Discutimos rutas, tiempos, armamento, contingencias. Mi cerebro procesa cada detalle con la precisión que he desarrollado durante años.

Pero una parte de mí está en otro lugar.

En mi habitación, donde he dejado a Arianna durmiendo hace tres horas. En mi cama, donde la hice mía por cuarta vez anoche. En el futuro que por fin puedo imaginar con ella.

—Lorenzo.

La voz de Leonardo me saca de mis pensamientos.

—¿Qué?

—Te acabo de preguntar si puedes supervisar personalmente el asalto a la finca.

—Sí. Por supuesto.

Leonardo me mira de una forma que no le conozco. Casi parece… ¿divertido?

—Bien. Entonces todo está asignado. —Se levanta—. Nos reuniremos otra vez el miércoles para confirmar los detalles finales.

Todos asentimos. La reunión se disuelve. Los capitanes salen del despacho uno por uno.

Yo me quedo atrás. Leonardo cierra la puerta cuando el último sale.

—¿Cómo está mi hermana? —pregunta sin rodeos.

—Bien. Recuperándose.

—¿Su herida?

—Limpia. Sin signos de infección. Olivia la revisó ayer.

—Bien. —Leonardo cruza los brazos—. Y tú, ¿cómo estás?

—¿Yo?

—Llevas dos días con una expresión en la cara que nunca te había visto. Como si hubieras ganado la puta lotería.

No puedo evitar la sonrisa.

—Es que la he ganado.

Leonardo suelta una carcajada. Real. Genuina.

—Me alegro por ti, hermano. De verdad. —Me pone la mano en el hombro—. Pero intenta concentrarte en las reuniones. Te necesito aquí con la cabeza, no perdido pensando en mi hermana.

—Puedo hacer ambas cosas.

—Más te vale.

Salgo del despacho con una sensación de ligereza que todavía me resulta extraña. Bajo las escaleras hasta el segundo piso. Camino por el pasillo hasta mi habitación.

Abro la puerta sin hacer ruido.

Arianna sigue dormida en mi cama. Desnuda bajo las sábanas, con el pelo extendido sobre la almohada como seda negra. La luz del mediodía se filtra por las cortinas, iluminando su piel.

Me quedo en la puerta, solo mirándola, y memorizo este momento. Porque después de años de negarme esto, todavía no puedo creer que sea real.

Abre los ojos despacio. Me ve y sonríe.

—¿Ya has terminado?

—Sí. Ya he terminado.

—¿Cuánto tiempo he estado dormida?

—Tres horas.

—Lo siento. Iba a levantarme pero…

—No te disculpes. —Cruzo la habitación y me siento en el borde de la cama—. Necesitas descansar.

—No necesito descansar. —Me coge la mano—. Te necesito a ti.

Joder.

Todavía no me acostumbro a oírla decir cosas así.

—Tengo que trabajar.

—¿Ahora?

—Tengo llamadas que hacer. Equipos que coordinar.

—¿Puedes hacerlas desde aquí?

—Arianna…

—Por favor. —Se incorpora, y la sábana se le cae y le deja los pechos al aire—. No quiero estar sola.

Y ahí está.

La única debilidad que tengo.

Lo único en el mundo que puede hacerme olvidar todo lo demás.

—De acuerdo —digo—. Pero tengo que ducharme primero.

—Yo también. —Arianna sale de la cama, desnuda—. Podemos ducharnos juntos.

Mi polla se endurece de golpe.

—Esa es una idea peligrosa.

—Bien. Me gustan las ideas peligrosas.

Camina hacia el baño con un contoneo de caderas que sabe exactamente lo que me hace. Yo la sigo, hipnotizado.

El baño es grande: una ducha de cristal, bañera separada, doble lavabo. Arianna abre el grifo de la ducha y el agua empieza a correr.

Me quito la ropa mientras el vapor llena el espacio. Arianna entra a la ducha primero. Yo la sigo, cerrando la puerta de cristal detrás de nosotros.

El agua cae sobre los dos. Arianna echa la cabeza hacia atrás, dejando que el agua le empape el pelo, y se enjabona con una lentitud deliberada.

—Estás haciendo esto a propósito —digo.

—¿Hacer qué?

—Provocarme.

—¿Está funcionando?

Mi respuesta es agarrarla de la cintura, elevarla y pegarla contra la pared de azulejos. Busco su boca con un beso que no tiene nada de suave.

Arianna gime contra mis labios y me rodea la cintura con las piernas. Mi polla presiona contra su entrada.

—¿Quieres esto? —pregunto contra su boca.

—Sí.

—¿Aquí? ¿Ahora?

—Aquí. Ahora. Siempre.

No necesito más invitación.

Empujo dentro de ella con una embestida. Arianna grita. Sus uñas se clavan en mis hombros. El agua cae sobre nosotros mientras empiezo a moverme.

No hay nada suave en esto. Nada tierno. Solo necesidad pura y primitiva.

Cada embestida la aplasta contra la pared. Cada golpe le arranca sonidos que me vuelven loco. Sus pechos rebotan contra mí. El pelo mojado se le pega a la cara.

—Lorenzo. —Mi nombre sale como una súplica—. Más fuerte.

—¿Más fuerte?

—Sí. Joder, sí.

Le doy lo que pide: más fuerza, más rápido. El sonido de nuestra piel chocando se mezcla con el agua corriendo.

Bajo una mano entre los dos, busco su clítoris y lo froto en círculos firmes.

Arianna explota.

Se corre con tanta fuerza que casi me hace caer. Sus músculos se contraen alrededor de mi polla y me aprietan tanto que no puedo contenerme.

Tres embestidas más y termino. Me vacío dentro de ella con un rugido y la marco otra vez como mía.

Cuando recuperamos el aliento, salgo de ella con cuidado. Arianna baja las piernas con esfuerzo. Tiene que apoyarse contra la pared para no caer.

—Ha sido… —No termina la frase.

—Increíble —termino por ella.

—Sí.

La lavo con cuidado. Aplico champú en su pelo. Jabón en su cuerpo. Pongo atención especial al vendaje de su costado que mantengo protegido. Ella se deja mimar, mirándome de una forma que todavía no me creo.

Salimos de la ducha y la envuelvo en una toalla. La llevo de vuelta a la cama. La tumbo sobre el colchón y me tumbo a su lado.

—Tengo que hacer esas llamadas —digo sin convicción.

—Hazlas.

—¿Ahora?

—Sí. Yo voy a quedarme aquí. Desnuda. En tu cama. Esperando a que termines.

Joder.

Voy a tardar la mitad en hacer esas llamadas.

Son las tres de la madrugada cuando bajo a la cocina.

Llevo dos horas despierto. No por pesadillas o insomnio. Simplemente porque mi cerebro no para de planificar el ataque a la finca de El Patrón que ejecutaremos en dos días.

La cocina está oscura y silenciosa. Enciendo solo la luz sobre la encimera. Abro el frigorífico buscando algo simple.

Encuentro huevos. Pan. Queso. Suficiente para hacer algo rápido.

Saco una sartén. Rompo cuatro huevos. Los bato mientras la sartén se calienta.

—¿Lorenzo?

Me giro.

Arianna está en la puerta de la cocina. Lleva una de mis camisetas y nada más, el pelo despeinado por el sueño y las piernas desnudas bajo el dobladillo.

—¿Qué haces despierta? —pregunto.

—Me he despertado y no estabas. —Entra a la cocina descalza—. ¿No puedes dormir?

—Solo tengo hambre.

—¿Te ayudo?

—No. Vuelve a la cama. Subo en un rato.

—No quiero volver a la cama sin ti.

Se acerca y se sienta en uno de los taburetes junto a la isla de la cocina. Me observa cocinar con una sonrisa en los labios.

Vierto los huevos en la sartén. Los revuelvo mientras se cocinan. Tuesto el pan. Corto el queso en lonchas finas.

—¿Siempre cocinas a las tres de la madrugada? —pregunta Arianna.

—A veces. Cuando no puedo dormir antes de hacer un trabajo importante.

—¿Y eso pasa a menudo?

—Es que ahora tengo mucho que perder.

Termino los huevos y los sirvo en dos platos. Le paso uno a Arianna junto con un tenedor.

—Gracias. —Prueba un bocado—. Está delicioso.

—Son solo huevos revueltos.

—Sí, pero son tus huevos revueltos. Eso los hace especiales.

No puedo evitar sonreír.

Comemos en silencio durante unos minutos. Yo de pie junto a la encimera. Ella sentada en el taburete. La cocina iluminada solo por la luz sobre nuestras cabezas.

Es un momento simple. Ordinario. El tipo de momento que nunca pensé que tendría.

Y es perfecto.

Arianna termina su plato y lo deja a un lado. Se baja del taburete y rodea la isla hasta donde estoy.

—¿Qué pasa? —pregunto.

—Nada. Solo quiero estar cerca de ti.

Me rodea la cintura con los brazos y apoya la cara en mi pecho. Yo dejo el plato y la abrazo.

—¿Estás bien? —pregunto.

—Estoy perfecta. —Levanta la cara para mirarme—. Estoy contigo. ¿Cómo no voy a estar perfecta?

Y me derrito por dentro.

Bajo la cabeza y la beso. Suave al principio, saboreándola. Pero el beso se vuelve hambriento enseguida.

Arianna gime contra mi boca y sube las manos por mi pecho. Yo bajo las mías por su espalda hasta su trasero. La levanto y la siento en la encimera.

—Lorenzo. —Se le entrecorta la voz—. ¿Qué estás haciendo?

—¿Qué crees que estoy haciendo?

—Aquí no.

—¿Por qué no?

—Porque alguien podría vernos.

—No hay nadie despierto a esta hora.

—Pero…

—Calla.

Subo las manos por sus muslos y descubro que no lleva nada debajo de mi camiseta.

—Interesante —digo—. ¿Siempre bajas a la cocina sin bragas?

—Solo cuando espero que pase esto.

Joder.

Meto los dedos entre sus muslos. Ya está mojada. Siempre lista para mí.

Deslizo dos dedos dentro de ella. Arianna echa la cabeza hacia atrás con un gemido. Abre más las piernas. Se aferra al borde de la encimera.

—Mírame —ordeno.

Obedece. Sus ojos verdes me miran con una mezcla de deseo y desafío.

—Voy a follarte aquí mismo —digo—. En esta encimera. Y vas a tener que mantenerte callada para que nadie nos oiga.

—No puedo prometerlo.

—Entonces tendrás que intentarlo.

Retiro los dedos. Me bajo los pantalones de chándal lo justo para liberarme y me coloco en su entrada.

Y empujo.

Arianna se muerde el labio para contener el grito. Me aprieta la cintura con las piernas y me rodea el cuello con los brazos.

Empiezo a moverme. Embestidas profundas y duras que sacuden la encimera. Los platos tintinean en los estantes. El sonido de nuestra piel chocando llena la cocina silenciosa.

—Callada —le recuerdo cuando empieza a gemir más fuerte.

—No puedo.

—Inténtalo.

Aumento la velocidad. Cada embestida la llena. Deslizo la mano entre nosotros hasta su clítoris y aprieto.

Arianna me muerde el hombro para ahogar el grito cuando llega al orgasmo. Sus músculos me aprietan tan fuerte que me ponen al límite.

—Joder, Arianna. Me vuelves loco.

—Bien.

Doy dos embestidas más y exploto. Me vacío dentro de ella otra vez. Marco lo que es mío en esta cocina donde cualquiera podría habernos descubierto.

Cuando el mundo vuelve a su sitio, me separo de ella con cuidado. Arianna se queda sentada en la encimera, temblando, sonrojada, preciosa.

—Ha sido —empieza.

—Peligroso —termino—. Completamente peligroso.

—Me ha gustado.

—A mí también.

La bajo de la encimera. Limpiamos deprisa y subimos de vuelta a mi habitación. Nos metemos en la cama juntos. Arianna se acurruca contra mi pecho.

—Lorenzo —susurra cuando está a punto de dormirse.

—¿Qué?

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por todo. Por amarme. Por dejar de huir. Por ser mío.

—Siempre he sido tuyo, Arianna. Desde el momento en que te encontré en ese baño hace once años. Solo he tardado demasiado en admitirlo.

Se queda dormida con una sonrisa en los labios.

Yo me quedo despierto un rato más, mirándola dormir, y memorizo este momento. Porque en dos días voy a asaltar la base de El Patrón para acabar con esta guerra.

Y aunque sé que voy a volver…

Aunque confío en mi entrenamiento y mi equipo…

Una parte de mí necesita memorizar esto por si acaso.

Por si algo sale mal.

Por si esta es la última vez que la sostengo así.

Pero después aparto esos pensamientos. Porque no voy a permitir que nada salga mal.

Voy a volver a ella.

Siempre voy a volver a ella.

Es una promesa.

Y las promesas se cumplen.