EPÍLOGO
ROMEO
La sangre bajo mis uñas se niega a desaparecer del todo.
Me he lavado las manos tres veces en el lavabo del sótano, pero todavía puedo ver las líneas oscuras en los bordes. Restos del interrogatorio que acaba de terminar, del sicario del Cártel que ya no hablará con nadie.
Lo preocupante es que ya ni me molesta.
Subo las escaleras desde el sótano hacia la planta baja. La mansión está en silencio. Solo escucho a los guardias nocturnos patrullando el perímetro.
Necesito una ducha: quitarme la ropa manchada y lavarme la sangre que sé que todavía me cubre las partes del cuerpo donde no ha llegado el agua del lavabo.
Giro hacia las escaleras que llevan al segundo piso, donde está mi habitación.
—Romeo.
Me detengo. Me vuelvo.
Massimo está en el pasillo. Su expresión es seria. Más seria de lo habitual.
—Leonardo te está esperando en su despacho.
—¿Ahora?
—Ahora.
—Acabo de terminar con el interrogatorio. Necesito ducharme.
—Puede esperar. Leonardo no puede.
Su tono me pone en alerta. No es una petición. Es una orden.
—¿De qué se trata?
—Él te lo dirá.
Massimo da media vuelta y camina hacia el ala este, donde está el despacho de Leonardo. Yo lo sigo; la tensión se me acumula en los hombros.
Llegamos a la puerta del despacho. Massimo llama dos veces antes de abrir. Entra primero. Yo entro detrás.
Leonardo está sentado tras su escritorio. Lorenzo está de pie junto a la ventana. Salvatore está apoyado contra la pared izquierda. Cuando entro, Massimo cierra la puerta y se queda junto a ella.
Todos me miran.
Me basta verles la cara para darme cuenta de que estoy a punto de recibir una orden que no me va a gustar.
—Siéntate —dice Leonardo.
—Prefiero estar de pie.
—Romeo. Siéntate.
Aprieto la mandíbula, molesto, pero obedezco. Le debo demasiado a este hombre como para negarle nada. Me siento en una de las sillas frente a su escritorio. Cruzo los brazos sobre el pecho y espero.
Leonardo se echa hacia atrás en su silla. Me estudia un buen rato antes de hablar.
—¿Cómo ha ido el interrogatorio? —pregunta.
—Bien. Ha sido productivo. El sicario ha confirmado tres rutas de suministro que no conocíamos. Y dos nombres de capitanes que trabajan directamente para El Patrón.
—¿Y después?
—Después ha dejado de ser útil.
—¿Está muerto?
—Sí.
Leonardo asiente como si hubiera esperado justo esa respuesta.
—Bien. Entonces ya no tenemos que preocuparnos por él.
Nadie dice nada. El silencio se vuelve incómodo, como si todos esperaran a que otro hablara primero.
Al final, Leonardo se inclina hacia delante.
—Tenemos que hablar sobre el pacto con El Patrón.
—¿Qué pacto?
—El alto al fuego. La tregua que negociamos después del ataque a su mansión.
—Sé que hubo una reunión. No sé los términos.
—Por eso estás aquí. Los términos son simples. —Leonardo junta las manos bajo la barbilla—. Los territorios quedan divididos, las rutas se respetan y no habrá ningún ataque directo durante cinco años como mínimo.
—Suena demasiado fácil.
—Lo es. Por eso hay una garantía adicional.
—¿Qué tipo de garantía?
—Un matrimonio.
Tardo un momento en asimilar la palabra.
—¿Un matrimonio?
—Una de sus hijas se casará con uno de mis hombres. El matrimonio sellará el pacto: es la garantía de que las dos partes respetarán los términos.
Frunzo el ceño.
—¿Y me estás contando esto porque…?
—Porque el hombre que se va a casar con ella eres tú.
Un frío me baja por la columna. Lo conozco bien: es el mismo que les meto yo a los hombres del sótano.
Me quedo mirando a Leonardo sin poder encajar lo que acaba de decir, sin creer que sea real.
—No —digo por fin—. Absolutamente no.
—Romeo…
—No, Leonardo. —Me levanto de la silla—. No puedo hacer eso.
—Sí puedes.
—No puedo. No soy… —Busco las palabras—. No soy adecuado para estar con una mujer. Con cualquier mujer. Y mucho menos con la hija de El Patrón.
—Por eso eres exactamente el hombre adecuado.
—¿De qué cojones hablas?
Leonardo se levanta. Rodea el escritorio y se apoya contra el borde delante de mí.
—Sé lo que eres, Romeo. Sé lo que has hecho. Sé lo que eres capaz de hacer. —Su voz es firme pero no cruel—. Sé que estás roto. Sé que crees que estás loco. Sé que piensas que no deberías estar cerca de nadie que no esté tan jodido como tú.
—Entonces sabes por qué no puedo hacer esto.
—No. Sé exactamente por qué tienes que hacerlo. —Leonardo cruza los brazos—. Porque este matrimonio es una trampa.
—Explícate.
—El Patrón no está ofreciendo a su hija como garantía de paz. La está ofreciendo como arma. —Leonardo me mira de frente—. Está enviando a alguien para destruirnos desde dentro. Y necesito al hombre más paranoico, más letal y más imposible de manipular que tengo para neutralizar esa amenaza.
—Hay otros…
—No hay nadie como tú. —Lorenzo habla por primera vez desde que entré—. Nadie detecta una traición como tú, nadie se protege como tú te proteges, y nadie sobreviviría a lo que sea que El Patrón esté planeando.
—Entiendo la lógica. —Mi voz sale más dura de lo que pretendo—. Entiendo que queráis joder a El Patrón poniendo a alguien como yo cerca de su hija. Pero no podéis pedirme esto.
—No te lo estoy pidiendo —dice Leonardo—. Te lo estoy ordenando.
—No me jodas, Leonardo.
—Eres mi ejecutor. Mi amigo. Uno de los pocos hombres en los que confío sin reservas. —Se acerca un paso—. Pero también eres uno de mis soldados. Y cuando te doy una orden, la sigues.
—No cuando se trata de atar a una mujer inocente a un monstruo como yo.
—¿Inocente? —Leonardo suelta una carcajada sin humor—. Romeo, esa mujer va a intentar matarnos. A mí. A Lorenzo. A ti. A todos nosotros. No es inocente. Es peligrosa. Y por eso necesito que seas tú quien esté cerca de ella.
Quiero seguir negándome, decirle que encuentre a otro, salir de este despacho y volver al sótano, donde las cosas tienen sentido.
Pero entonces Salvatore se mueve desde su posición contra la pared. Se acerca al escritorio y me tiende una carpeta.
—Su informe —dice sin entonación—. Aquí tienes todo lo que hemos podido conseguir sobre ella en los últimos días.
Miro la carpeta sin tocarla.
—No necesito verlo.
—Sí que lo necesitas —dice Leonardo—. Míralo.
—Leonardo…
—Míralo, Romeo.
Suelto un suspiro de frustración. Cojo la carpeta. La abro.
Y me quedo inmóvil.
Hay una fotografía en la primera página. Una fotografía de ella.
La hija de El Patrón.
La mujer con la que se supone que debo casarme.
Y joder.
Es preciosa.
No. Es más que preciosa. Es devastadora.
El pelo castaño le cae sobre los hombros en ondas suaves y los ojos parecen brillar con inteligencia incluso en una fotografía. Tiene los rasgos delicados pero definidos. Y unos labios que…
No puedo apartar la mirada.
Parece dulce, inocente, pura en un mundo oscuro. Justo lo que un hombre como yo no debería ni mirar.
Y mucho menos tocar.
Y aun así, ya estoy pensando en lo que sería mancharla.
—Se llama Isabella —dice Leonardo desde muy lejos—. Tiene veinticuatro años, se educó en colegios privados y estudió Literatura en una universidad de California.
Paso la página. Hay más fotografías: Isabella en una galería de arte, en una cafetería, sonriendo a alguien fuera de cámara.
En cada imagen sale igual de hermosa. Igual de inalcanzable para alguien como yo.
—No tenemos mucha información más allá de lo básico —continúa Leonardo—. El Patrón la ha mantenido alejada del negocio. O eso quiere que creamos.
—¿Qué significa eso?
—Significa que no sabemos si es inocente de verdad o si está entrenada para parecer inocente. —Leonardo abre las manos—. No sabemos si es una víctima o un arma. Y por eso necesito que estés preparado para cualquier cosa.
Cierro la carpeta. Pero no puedo dejar de ver su cara. Esos ojos. Esa sonrisa.
No se merece esto.
No se merece acabar atada a un monstruo como yo.
Pero…
Miro la carpeta otra vez. La abro por la página de su fotografía.
Y sé que no voy a poder negarme.
No después de verla.
No después de saber que existe.
No después de comprender que va a ser mía de una forma u otra.
—¿Cuándo? —me oigo preguntar.
—La boda es en tres días —responde Leonardo—. Será una ceremonia pequeña, solo con la familia más cercana y los capitanes. El Patrón insistió en que fuera rápido.
—Por supuesto que lo hizo.
—Tienes tres días para prepararte. Para investigar todo lo que puedas sobre ella. Para estar listo para lo que sea que intente.
—¿Y cuando intente matarme? Porque lo intentará. ¿Qué hago con ella?
—Entonces la detienes. Sin matarla. Todavía la necesitamos viva para mantener el pacto.
—Qué generoso.
—Romeo. —La voz de Leonardo es seria ahora—. Sé que esto no es lo que querías. Sé que no es justo para ti. Pero necesito que lo hagas. Necesito saber que tengo a alguien capaz de manejar lo que sea que El Patrón esté tramando.
—¿Y si no puedo manejarlo?
—Podrás. Porque eres el mejor en lo que haces. Y porque no vas a dejar que una mujer, por muy hermosa que sea, te destruya.
Vuelvo a mirar la fotografía.
Esos ojos, esa sonrisa, esa inocencia que puede o no ser real.
Y pienso que, con esa mirada, con quien va a acabar es conmigo.
Me obligo a no parecer afectado.
—¿Hay algo más que necesite saber?
—Sí. —Leonardo me sostiene la mirada—. Que cuando esa mujer entre en tu vida, todo va a cambiar. Estés preparado o no. Quieras o no.
—Lo sé.
—¿Estás seguro?
—No. —Me guardo la carpeta bajo el brazo—. Pero voy a hacerlo de todas formas.
Porque no tengo opción, porque Leonardo me lo ha ordenado y porque, joder, después de ver esa fotografía no puedo imaginar a ningún otro hombre cerca de ella.
Lo que significa, casi seguro, que ya estoy jodido.
Salgo del despacho con la carpeta bajo el brazo. Subo las escaleras hacia mi habitación. Entro y cierro la puerta.
Me siento en el borde de la cama y abro la carpeta de nuevo.
Su cara me mira desde la fotografía.
Isabella.
Mi futura esposa.
Mi potencial asesina.
Mi perdición.
—Tres días —murmuro—. En tres días vas a ser mía. Y que Dios nos ayude a los dos.
Porque algo me dice que cuando Isabella entre en mi vida, no va a haber escapatoria.
Para ninguno de los dos.
FIN