CAPÍTULO 25
LORENZO
El panel de control emite un pitido a las once y catorce minutos de la mañana.
«PROTOCOLO DE EMERGENCIA FINALIZADO. APERTURA EN TREINTA SEGUNDOS».
Arianna está sentada en la litera, vestida con ropa limpia del búnker: pantalones de chándal grises y la camiseta que le di. Lleva el pelo recogido en una coleta. Tiene más color en las mejillas que hace tres días pero todavía se ve frágil.
Los cerrojos de titanio se deslizan con un ruido metálico. La puerta hidráulica silba al abrirse despacio.
Leonardo está al otro lado.
Detrás de él: están Massimo, Salvatore, el doctor Reeves con su maletín médico y cuatro soldados que forman un perímetro de seguridad. Todos armados. Todos en posición de alerta máxima.
—Lorenzo. —Leonardo entra al búnker primero. Su mirada va directa a Arianna—. ¿Cómo está?
—Estable. La herida está limpia. Sin signos de infección. Pero necesita revisión médica completa.
—El doctor Reeves la revisará en el coche de camino a casa.
Leonardo cruza el búnker hasta la litera. Se fija un instante en el vendaje que asoma bajo la camiseta y luego, por primera vez desde que lo conozco, el capo le cede el sitio al hermano: se agacha y abraza a Arianna con un cuidado que solo le he visto usar con Olivia, hunde la cara en su pelo.
—No vuelvas a darme un susto así —dice en voz baja—. No sabía si volvería a verte.
—Estoy bien —responde ella contra su hombro—. Lorenzo me ha cuidado.
—Lo sé. —Leonardo se aparta, le besa la coronilla y se endereza. El capo regresa otra vez—. ¿Puedes caminar?
—Puedo caminar —responde Arianna.
—Bien. Vamos.
Leonardo pone la mano en la espalda de Arianna para guiarla hacia la puerta. Yo doy un paso hacia ellos antes de poder detenerme.
No quiero perderla de vista.
Arianna me mira, me busca con la mirada. Lo que veo en sus ojos se parece demasiado al pánico.
—Lorenzo viene con nosotros, ¿verdad? —pregunta.
—Lorenzo tiene que quedarse: hay reunión de seguridad por el ataque y lo necesitan allí —dice Leonardo—. Lo verás en casa en un par de horas.
—Pero…
—Arianna. —La voz de Leonardo no admite discusión—. Vamos.
Arianna se gira para mirarme. Intenta retroceder, resistirse, pero Leonardo la sostiene con cuidado del brazo.
—Lorenzo —dice, con la voz encogida.
—Estaré ahí pronto —consigo decir—. Ve con Leonardo.
—No quiero…
—Ve.
La palabra me sale más brusca de lo que quiero. Pero es eso o cruzar ese pasillo, apartarlos a todos y llevarme a Arianna yo mismo.
Leonardo la guía fuera del búnker. Arianna mira hacia atrás una vez más antes de desaparecer por el pasillo del sótano.
Y entonces se va.
La puerta del búnker permanece abierta. Me quedo mirando el espacio vacío donde estaba hace un segundo.
La pérdida es física.
Como si los últimos tres días hubieran tejido un cordón invisible entre nosotros y alguien acabara de cortarlo con un cuchillo.
Tres días cuidándola, sin separarme de ella. Tres días en los que ha sido lo único que existía en mi mundo.
Y ahora se la han llevado.
Me obligo a respirar. A mover los pies. Salgo del búnker hacia el pasillo donde Salvatore me está esperando.
—¿Estás bien? —pregunta.
—Estoy bien.
—Pareces hecho una mierda.
—Llevo tres días sin dormir.
—Entonces mejor que esto sea rápido.
Caminamos por el sótano hasta las escaleras de servicio.
Subimos tres plantas. El casino está operativo otra vez: oigo las máquinas tragaperras, las voces de los clientes, la música ambiental.
Como si nada hubiera pasado. Nadie diría que hace tres días yo corría por estos mismos pasillos con las balas zumbando a mi alrededor.
Llegamos a la planta de oficinas. La sala de reuniones donde todo empezó está acordonada. El cristal destrozado todavía cubre parte del suelo. Hay manchas de sangre en la alfombra que todavía no han desaparecido del todo.
Seguimos hasta el despacho privado de Leonardo en el casino. Romeo y Massimo ya están ahí. Todos tienen cara de no haber dormido mucho en los últimos tres días.
—Siéntate —dice Massimo señalando una silla.
Me siento. El cuerpo me funciona por inercia, pero la cabeza sigue en ese búnker. Sigue viendo la cara de Arianna cuando se la llevaban.
Massimo pone una tablet sobre la mesa delante de mí.
—Resumen rápido —dice—. Ataque coordinado del Cártel a cuatro de nuestros casinos simultáneamente: Casino Royale, Imperiale, Fortuna y Vesubio. Dieciocho muertos de nuestro lado. Treinta y dos heridos. Del Cártel, veintiséis confirmados muertos. Doce capturados. Los demás huyeron.
Desliza la pantalla y aparecen imágenes de los daños. Cristales rotos. Sangre. Cuerpos cubiertos con sábanas.
—Además del ataque a los casinos —continúa Massimo—, intentaron golpear dos de nuestros almacenes y la casa de apuestas de la Calle Fremont. Los rechazamos en los tres sitios. Cinco muertos más de nuestro lado. Nueve del Cártel.
—¿Civiles? —pregunto.
—Cuatro heridos en el Imperiale. Ningún muerto. Evacuamos rápido.
Romeo se inclina hacia delante.
—Capturamos a uno de sus capitanes. Rico Mendoza, segundo de El Patrón. Leonardo lo ha estado interrogando durante dos días.
—¿Y?
—Confirmó lo que ya sabíamos. El Patrón quiere guerra total. Quiere expulsarnos de Nevada completamente. —Romeo hace una pausa—. Y quiere a las mujeres. Específicamente. Tessa, Arianna y Olivia. Dio los tres nombres.
La rabia se me retuerce en el pecho, negra y violenta.
—¿Dónde está ese hijo de puta ahora?
—¿Mendoza? Muerto. Leonardo terminó con él anoche.
—Bien.
Salvatore toma el control de la presentación.
—Hemos reforzado la seguridad en todos los casinos.
Triple guardia. Escáneres en todas las entradas.
Protocolos de evacuación revisados. —Pasa a la siguiente pantalla—.
También hemos puesto vigilancia veinticuatro horas en la mansión.
Doce hombres en rotación constante. Nadie entra ni sale sin autorización directa de Leonardo o tuya.
—¿Olivia?
—En la mansión con Arianna. Hemos asignado dos guardaespaldas más a cada una. Más los doce del perímetro.
Asiento. Es lo correcto. Es lo que hay que hacer.
Pero una parte de mí odia que Arianna esté ahí sin mí. Odia que otros hombres estén protegiéndola. Odia no poder verla ahora mismo y comprobar que sigue bien.
—Leonardo quiere empezar a planificar la respuesta —dice Massimo—. Tenemos una reunión completa del consejo mañana a las nueve. Todos los capitanes. Necesitamos montar una estrategia coordinada.
—¿Qué tipo de respuesta?
—El tipo que les enseñe que no se toca a nuestra famiglia sin consecuencias.
Las siguientes dos horas son un desfile de información táctica. Movimientos del Cártel. Rutas de suministro. Alianzas posibles. Debilidades que podemos explotar. Yo escucho, tomo notas mentales, hago las preguntas que tocan.
Pero en realidad no estoy ahí.
Estoy pensando en Arianna en ese coche con Leonardo y el doctor Reeves. Preguntándome si le duele. Si está asustada. Si se pregunta por qué no he ido con ella.
Estoy pensando en esos tres días en el búnker. En cómo la cuidé. En cómo la toqué. En cómo casi…
En cómo todo cambió.
Y estoy pensando en Leonardo.
Mi mejor amigo. Mi hermano. El hombre que me salvó la vida cuando tenía diecisiete años y no tenía nada. El hombre por el que he matado y mataría otra vez sin pensarlo.
El hombre cuya hermana acabo de tocar.
Cuya hermana he estado tocando durante semanas.
Cuya hermana llevo años queriendo.
El estómago se me cierra.
He pasado tres días en ese búnker comprendiendo que no puedo vivir sin Arianna. Tres días sabiendo que cuando saliera, todo tendría que cambiar. Que no podría volver a la vida de antes. Que no podría seguir escondiéndome detrás de excusas.
Pero hay algo más que tengo que hacer primero.
Algo que debería haber hecho hace años.
Tengo que decírselo a Leonardo.
Todo.
Lo que pasó en el búnker, en el ascensor, en el gimnasio. Cada vez que toqué a su hermana, que la besé, que le di placer sabiendo que traicionaba su confianza.
Y más que eso.
Tengo que decirle la verdad completa.
Que llevo años enamorado de Arianna. Desde mucho antes de atreverme a admitirlo.
Que cada segundo de aquel compromiso pactado con Tessa fue una mentira porque solo quería a una mujer.
Que la deseo desde que se convirtió en una mujer, no antes, y que aun así soy justo el tipo de hombre del que debería protegerla.
Tengo que confesarlo todo.
Porque Leonardo merece saberlo. Porque le debo más de lo que nunca voy a poder pagarle. Porque si voy a estar con Arianna, y joder, claro que voy a estar con Arianna, no puedo hacerlo escondiéndome como un cobarde.
Porque soy muchas cosas, pero honorable es la única que me importa ser.
Y si Leonardo decide que esto es una traición imperdonable…
Si decide que tocar a su hermana significa que ya no puedo estar en su confianza…
Si decide matarme por ello…
Tendré que aceptarlo.
La reunión termina a las dos de la tarde. Massimo cierra la tablet.
—¿Preguntas? —dice.
—Ninguna.
—Entonces vete a casa. Duerme. Pareces a punto de colapsar.
—Voy.
Me levanto. Mi cuerpo protesta por el movimiento después de estar sentado dos horas. Camino hacia la puerta pero Massimo me detiene con una mano en el hombro.
—Lo has hecho bien ahí dentro —dice—. Has mantenido a Arianna con vida. Leonardo sabe que Arianna sigue viva gracias a ti.
Asiento porque la voz no me da para más.
Salgo del despacho y bajo hasta el garaje. Uno de nuestros coches blindados me está esperando. Salvatore conduce. Yo me siento atrás y miro por la ventana sin fijarme en nada.
El trayecto hasta la mansión dura veinte minutos. Veinte minutos en los que no puedo dejar de pensar en lo que tengo que hacer.
Hablar con Leonardo.
Decirle la verdad.
Arriesgar todo lo que he construido durante toda mi vida.
Porque no hay otra opción.
Porque si voy a tener a Arianna (cuando la tenga), no puede ser escondiéndome, ni mintiendo, ni traicionando al hombre que es para mí más que un hermano.
Tiene que ser con la verdad.
Aunque esa verdad me cueste todo.
Llegamos a la mansión. Las verjas se abren automáticamente. Cuento seis guardias en el perímetro exterior. Otros tres en la entrada principal. Massimo no estaba exagerando con la seguridad.
Bajo del coche. Subo las escaleras hasta la puerta principal. Uno de los guardias nuevos me saluda con un gesto de cabeza.
Entro en casa.
Y lo primero que veo es a Leonardo bajando por las escaleras.
Nos miramos.
Y sé, en ese momento, que no puedo esperar más.
Que tiene que ser ahora.
Que tengo que decírselo antes de que pierda el valor.
Antes de que vea a Arianna y olvide todas las razones por las que esto es lo correcto.
—Leonardo —digo—. Necesito hablar contigo.