Peligrosa Obsesión (Sangre y Lealtad 2) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

LORENZO

Arianna se despierta a las seis de la mañana. En el panel de la puerta, la cuenta atrás marca veintinueve horas para la apertura.

Yo no he dormido. No he dormido más de dos horas seguidas desde que entramos aquí. Cada vez que cierro los ojos veo la sangre en sus dedos. Cada vez que me quedo dormido, me despierto con el corazón desbocado y compruebo que siga respirando.

Llevo cuarenta y tres horas sentado en esta litera junto a ella. Cuarenta y tres horas vigilando cada respiración, cambiándole el vendaje cada ocho horas como me indicó Olivia, obligándola a beber agua y a comer las raciones de emergencia cuando despierta el tiempo suficiente.

Cuarenta y tres horas comprendiendo que casi la pierdo.

Y que no voy a poder alejarme de ella otra vez.

—Buenos días —dice Arianna con una voz todavía débil.

—Buenos días. ¿Cómo te sientes?

—Mejor. —Se incorpora despacio, haciendo una mueca de dolor—. ¿Cuánto tiempo he dormido?

—Doce horas esta vez.

—¿Y tú?

—Estoy bien.

—Lorenzo, tienes que dormir.

—Dormiré cuando salgamos de aquí.

Me levanto y voy hasta las estanterías. Cojo una de las botellas de agua y se la llevo. Arianna bebe con sorbos pequeños. Tiene más color en las mejillas que ayer y los ojos más claros.

—Mañana se abre la puerta —digo sentándome otra vez en el borde de la litera.

—¿Mañana?

—A las once y cuarto. Setenta y dos horas exactas después de que activé el protocolo.

—Entonces casi hemos terminado.

—Casi.

Arianna termina el agua y me devuelve la botella. Nuestros dedos se rozan. Ese contacto mínimo me eriza la piel.

—Necesito ducharme —dice—. O al menos limpiarme. Llevo demasiados días con la misma ropa.

—Puedo traerte toallitas húmedas del botiquín.

—Lorenzo, necesito agua. De verdad. Apesto y me siento sucia.

—No es buena idea. Todavía estás débil.

—Estoy bien.

—Te desmayaste hace dos días.

—Porque había perdido sangre. Ya no estoy sangrando. Olivia dijo que la herida estaba limpia cuando cambiaste el vendaje anoche.

—Eso no significa que…

—Por favor. —Me mira con esa expresión a la que no sé decir que no—. Me siento asquerosa. Solo quiero estar limpia.

Mierda.

—Si te mareas, me lo dices enseguida.

—Lo haré.

—Y yo me quedo ahí. Por si acaso.

—De acuerdo.

Vuelvo a las estanterías, donde está la ropa de emergencia. Cojo dos toallas, pantalones de chándal y, de mi mochila de emergencia, una camiseta mía limpia para ella. El baño del búnker es minúsculo: un metro cuadrado con una ducha, un retrete y un lavabo. Apenas caben dos personas.

Abro el grifo de la ducha. El agua sale fría los primeros segundos y después se calienta. El chorro no es muy potente, pero el agua sale caliente y es suficiente.

Arianna entra al baño despacio. Yo me quedo en la puerta.

—¿Necesitas ayuda? —pregunto.

—Puedo hacerlo sola.

—Arianna…

—Estoy bien, Lorenzo. De verdad.

Cierra la puerta.

Escucho desde la puerta. El sonido del agua. Sus movimientos dentro. Espero cualquier señal de que está mareándose.

Y entonces oigo un sonido ahogado de dolor.

Abro la puerta sin pensar.

Arianna está de pie frente a la ducha, todavía vestida, intentando levantar los brazos para quitarse la camiseta. Pero el movimiento le tira de la herida del costado y ella hace una mueca.

—Joder —maldigo—. Te dije que esperaras.

—Puedo hacerlo.

—No puedes. —Cruzo el baño en un paso y le aparto las manos—. Déjame.

—Lorenzo…

—Déjame ayudarte, Arianna. Por favor.

No sé qué oye en mi voz, pero deja caer las manos.

Cojo el borde de su camiseta con cuidado. La levanto despacio, muy despacio, sin tirar del vendaje del costado. Arianna levanta los brazos solo lo necesario. Cuando la tela pasa por su cabeza, la dejo caer al suelo.

Lleva un sujetador negro. Simple. Práctico. Y joder, es lo más erótico que he visto en mi vida.

Aparto la vista.

—¿Puedes quitarte el resto? —pregunto mirando la pared.

—Creo que sí.

Escucho el susurro de la tela. El sujetador que cae. Los vaqueros que se deslizan por sus piernas.

No miro. No puedo mirar.

—Listo —dice con una voz más suave.

—¿Puedes entrar a la ducha?

—Sí.

Escucho el agua golpear su piel. Su suspiro de alivio.

—Está perfecta —dice—. El agua.

—Bien.

Sigo de pie como un idiota, con la mirada fija en la pared, intentando no pensar en que Arianna está desnuda a un metro de mí.

Pasan dos minutos. Tres.

—Lorenzo.

—¿Qué?

—Me estoy mareando.

Mierda.

Me giro y la veo. Entera. Desnuda bajo el agua, con una mano apoyada contra la pared para sostenerse. El vendaje en su costado está empapado; tendré que cambiárselo en cuanto salga. Su piel brilla con el agua. Sus pechos… joder, sus pechos me secan la boca.

Aparto la vista de nuevo.

—Voy a sacarte.

—No. Solo… necesito ayuda para lavarme. Por favor.

—Arianna…

—Por favor, Lorenzo. Solo ayúdame. Puedo quedarme de pie pero no puedo alcanzar mi espalda. Y no quiero salir todavía.

Cierro los ojos y cuento hasta diez.

Esto va a matarme.

Me quito la camiseta y la dejo caer. Entro a la ducha todavía con los pantalones puestos. El espacio es tan pequeño que tengo que pegarme a ella para caber. Mi pecho roza su espalda. El agua cae sobre los dos.

—¿Dónde está el jabón? —pregunto, ronco.

—Ahí. —Señala una pequeña barra en la repisa.

La cojo. La espumo entre las manos. Y después, porque no hay otra forma de hacer esto, le pongo las manos en la espalda.

Arianna suspira al contacto y arquea la espalda hacia mis manos.

Le lavo la espalda con movimientos lentos y cuidadosos, memorizando cada curva, cada centímetro de ella. Bajo por su columna. Subo hasta sus hombros. Al rozar con los dedos los lados de sus pechos, tengo que morderme la lengua para no gemir.

Mi polla está tan dura que duele. Presiona contra mis pantalones empapados. Si Arianna se gira, lo va a ver. Va a saber exactamente lo que me está haciendo.

—Tu pelo —digo, aunque ya sé la respuesta—. ¿Puedes lavártelo tú?

Arianna levanta un brazo hacia la repisa y se detiene a medio camino, con un gesto de dolor.

—No llego. Me tira la herida.

Cojo el champú y se lo aplico yo, despacio, con los dedos hundidos en su pelo. Arianna deja caer la cabeza contra mis manos y se le escapa un gemido bajito que no me ayuda en nada.

Intento respirar. Intento recuperar algo de control. Pero el agua sigue cayendo sobre nosotros y su cuerpo sigue a centímetros del mío y no puedo pensar en nada más que en tocarla.

En tumbarla en esa litera y hacerle todas las cosas que llevo años imaginando.

En hacerla mía sin guardarme nada.

Le aclaro el pelo con una mano en la frente para apartarle el agua de la cara, dejo el champú en la repisa y retrocedo lo poco que la ducha me permite.

—Listo. Te espero fuera.

—Falta el resto.

—¿El resto?

—El frente. No puedo inclinarme sin que me duela.

Le tiendo el jabón.

—Puedes hacerlo tú.

—No puedo. —Me lo devuelve y me sostiene la mirada—. Y aunque pudiera, no querría.

Voy a morir.

Voy a morir aquí mismo en esta ducha diminuta con Arianna desnuda delante de mí.

—Date la vuelta —digo.

Obedece. Se gira despacio. Y ahora está de frente, con sus pechos a la altura de mis costillas, con el agua cayendo entre nosotros, con sus ojos verdes mirándome como si pudiera ver cada pensamiento sucio en mi cabeza.

Espumo el jabón otra vez. Le recorro los hombros, los brazos, el cuello. Cada roce es una promesa que no puedo cumplir.

—Lorenzo.

—Dime.

—Estás temblando.

—Estoy bien.

—No lo estás.

Bajo por su esternón. Rozo el valle entre sus pechos. Me detengo ahí, con las manos a milímetros de donde más quiero tocarla.

—Tengo que… —Me cuesta sacar la voz—. ¿Puedo?

—Sí.

Le cubro los pechos con las manos. Los lavo con una suavidad que contrasta con lo duro que estoy. Cuando mis pulgares le rozan los pezones, Arianna suelta un ruidito que casi me hace perder la cabeza.

—Joder, Arianna.

—No pares.

—Tengo que parar.

—¿Por qué?

—Porque si no paro ahora, voy a hacer algo de lo que me voy a arrepentir.

—No vas a arrepentirte.

—Sí voy a arrepentirme. No es el momento adecuado. —Aparto las manos y retrocedo todo lo que puedo en el espacio diminuto—. Sal. Ya estás limpia.

—Lorenzo…

—Sal de la puta ducha, Arianna.

Mi voz sale más dura de lo que pretendo. Pero es eso o romperme del todo.

Arianna sale. Yo cierro el grifo y la sigo. Cojo una toalla y la envuelvo en ella, sin tocarla más de lo necesario. Mis manos siguen temblando.

La levanto en brazos. Ella deja escapar un grito de sorpresa.

—¿Qué haces?

—Llevarte a la cama antes de que hagas algo estúpido. Como desmayarte otra vez.

—No voy a desmayarme.

—No voy a arriesgarme.

La llevo hasta la litera y la dejo ahí con cuidado. Cojo la camiseta limpia que he preparado y se la paso.

—Póntela.

—Lorenzo…

—Póntela ahora.

Obedece. Se pone la camiseta sin quitarse la toalla primero. Cuando está vestida, deja caer la toalla al suelo.

La camiseta le queda grande. Le llega hasta medio muslo. Tiene las piernas desnudas debajo, y el pelo mojado le gotea sobre los hombros.

Cojo la otra toalla.

—Te voy a secar el pelo. Como te lo dejes así, vas a coger frío.

La siento en el borde de la litera y le seco el pelo con la toalla, mechón a mechón, con todo el cuidado del que soy capaz. Arianna se deja hacer, con los ojos cerrados, y por un momento el búnker entero se reduce a esto: mis manos, su pelo, el silencio.

Cuando termino, se lo aparto de la cara.

Nunca he visto nada tan hermoso ni tan peligroso.

—Una cosa más —digo—. El vendaje. Se te ha mojado en la ducha.

Alcanzo el botiquín y le levanto el borde de la camiseta lo justo para dejar la herida al aire. Retiro la gasa empapada y seco la piel de alrededor sin apretar. La herida tiene buen aspecto: limpia, cerrada, sin rastro de infección. Olivia estaría orgullosa.

Le pongo una gasa nueva, la fijo con esparadrapo y le bajo la camiseta.

—Túmbate —digo—. Necesitas descansar.

—No necesito descansar. —Se queda sentada en el borde de la litera mirándome—. Necesito otra cosa.

—Arianna…

—Hazme el amor.

Las palabras son un puñetazo.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque estás herida. Porque acabas de ducharte y casi te desmayas. Porque…

—Porque sigues huyendo.

—No estoy huyendo.

—Sí lo haces. —Se levanta y da un paso hacia mí—. Llevas cuidándome desde que se cerró esa puerta. Sin dormir. Mirándome como si fuera a esfumarme en cuanto apartes la vista. Pero todavía no puedes hacer esto.

—No es que no pueda. Es que no debo.

—¿Por qué no?

—Porque… —No tengo una respuesta que tenga sentido sin revelarle lo que necesito hacer primero—. Porque no.

—Esa no es una razón.

—Es la única que tengo ahora mismo.

Arianna me mira durante un buen rato, sin decir nada. Y después vuelve a la litera y se tumba.

—De acuerdo —dice, más bajito—. No voy a presionarte.

—Gracias.

—Pero Lorenzo.

—¿Qué?

—Algún día vas a tener que dejar de castigarte. Y cuando lo hagas, voy a estar esperando.

No respondo. No puedo responder.

Me siento en el suelo al lado de la litera, todavía sin camiseta, con los pantalones empapados pegándose a la piel. Mi polla sigue dura. Mi cuerpo sigue pidiendo lo que mi cabeza se niega a permitir.

Y Arianna tiene razón.

Llevo cuidándola desde que se cerró esa puerta como si fuera lo único que importa en el mundo. Porque lo es. Sin poder pensar en otra cosa que no sea ella, sabiendo que casi la pierdo y que no puedo volver a alejarme.

Pero todavía no puedo cruzar esa última línea. No sin hablar antes con Leonardo, cara a cara, como se hacen estas cosas: lo que Arianna me ofrece no pienso tomárselo a escondidas, en un búnker, como un ladrón.

Y si la cruzo y después algo sale mal… si la tengo y después la pierdo de verdad… no voy a sobrevivir.

Arianna se queda dormida diez minutos después. Su respiración se vuelve lenta y profunda.

Me quedo sentado a su lado, contando cada respiración como si fuera oro.

Mañana se abre la puerta. Mañana volvemos al mundo real.

Y no tengo ni puta idea de qué voy a hacer con todo lo que siento.