Peligrosa Obsesión (Sangre y Lealtad 2) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

LORENZO

Respira.

Joder, respira.

La orden viene de la parte de mi cerebro que todavía funciona mientras todo lo demás se desmorona. Los pulmones obedecen. Una inhalación. Otra. El aire entra pero no parece llegar a ninguna parte.

Arianna está sangrando.

Arianna está herida.

Arianna casi…

No.

No puedo pensar en eso ahora.

Me obligo a levantarme del suelo. Las piernas me tiemblan, pero me sostienen. Cruzo el búnker hasta las estanterías en tres pasos que se me hacen treinta. Barro los estantes con las manos en busca del botiquín. Tiro una caja de raciones de emergencia. Una linterna cae y rueda por el suelo.

Ahí.

Cojo el botiquín médico y vuelvo corriendo junto a Arianna. Ella sigue apoyada contra la pared, con la mano apretada contra el costado. La sangre se le filtra entre los dedos.

—Siéntate —digo abriendo el botiquín con manos que no dejan de temblar—. En la litera. Ahora.

—Lorenzo, de verdad, no es tan…

—Siéntate.

Esta vez me obedece. Se sienta en la litera inferior con movimientos cuidadosos. Le levanto la camiseta otra vez y dejo el corte a la vista.

Sigue sangrando.

No mucho. No lo suficiente para ser mortal. Pero cada gota que cae es una más de las que no debería estar perdiendo.

Saco gasa, antiséptico, vendas, todo lo que hay. Muevo las manos, pero el temblor no desaparece. Empapo la gasa en antiséptico y la presiono contra la herida.

Arianna sisea de dolor y se pone rígida.

—Lo siento —murmuro—. Lo siento, tengo que…

—Lo sé. Está bien.

No está bien. Nada está bien.

Limpio la sangre alrededor del corte. La herida es larga pero superficial. La bala solo ha abierto la piel, sin tocar nada vital. Lo sé porque he visto suficientes heridas para reconocerlas. Lo sé porque llevo años haciendo esto.

Pero mis manos siguen temblando.

—¿Lorenzo?

La voz de Arianna suena débil. Demasiado débil.

Levanto la vista. Está más pálida de lo normal. Tiene gotas de sudor en la frente y los ojos vidriosos.

—¿Cuánto te duele? —pregunto.

—No mucho. Es solo… todo da vueltas un poco.

Mierda.

—Túmbate. Ahora.

—Estoy bien de verdad…

—Túmbate, Arianna. Por favor.

Debe de oír algo en mi voz, porque obedece sin protestar más. Se tumba en la litera con cuidado. Yo me inclino sobre ella, sin dejar de presionar la herida con una mano, mientras busco el móvil con la otra.

Tres barras de cobertura. El búnker tiene repetidor interno.

Marco el número de Olivia. Responde al segundo tono.

—¿Lorenzo? ¿Estáis bien?

—Arianna está herida. Una bala la ha rozado en el costado izquierdo. Le ha hecho un corte de unos diez centímetros. Es superficial, pero está sangrando y se está mareando.

—¿Cuánta sangre ha perdido?

—No mucha. Pero sigue saliendo.

—¿Está consciente?

—Sí.

—¿Pálida? ¿Sudando?

—Las dos cosas.

Oigo a Olivia moverse al otro lado de la línea. Noto que está inquieta.

—Vale. Necesito que me escuches con atención. ¿Tienes botiquín ahí?

—Sí.

—¿Gasas estériles?

—Sí.

—Cógelas. Vas a hacer presión directa sobre la herida durante al menos cinco minutos. Sin levantar la gasa para mirar. ¿Me entiendes? Cinco minutos completos.

—Entendido.

Cojo un puñado de gasas estériles del botiquín. Las coloco sobre el corte y presiono con firmeza. A Arianna se le escapa un quejido de dolor que me duele más que una bala.

—Lo siento —digo otra vez—. Lo siento mucho, pero tengo que…

—Está bien. —Su mano encuentra la mía y la aprieta—. Haz lo que tengas que hacer.

—¿Lorenzo? —La voz de Olivia en el teléfono me devuelve a la realidad—. ¿Estás presionando?

—Sí.

—Bien. Mantenlo. Voy a explicarte qué hacer después.

Los siguientes cinco minutos son los más largos de mi vida.

Mantengo presión en la herida mientras Olivia me da instrucciones: cómo limpiar bien la herida, cómo vendar para mantener la presión sin cortar la circulación, qué señales buscar de infección o hemorragia interna.

Sigo cada paso con precisión mecánica. Pero una parte de mí está desconectada del proceso.

Esa parte solo puede mirar a Arianna: la cara cada vez más pálida, los ojos que tardan más en volver a abrirse, la respiración más y más superficial.

—Arianna, mírame —digo mientras termino el vendaje—. Mantén los ojos abiertos.

—Estoy cansada.

—Lo sé. Pero necesito que te quedes despierta.

—Solo un minuto…

—No. Nada de minutos. Mírame.

Abre los ojos con esfuerzo. El verde de sus iris está opaco.

—¿Lorenzo?

—Estoy aquí.

—¿Vamos a estar bien?

—Vamos a estar bien.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

Su mano aprieta la mía con menos fuerza que antes.

—Vale. Te creo.

Y eso me desarma otra vez.

Porque confía en mí. Incluso ahora, herida, asustada y sangrando, confía en que voy a mantenerla a salvo.

Y casi le he fallado.

—Olivia, está cada vez más pálida —digo al teléfono.

—Es normal con la pérdida de sangre y el shock. ¿Cuánto líquido ha perdido aproximadamente?

Miro la gasa empapada que he dejado a un lado.

—No mucho. Quizás medio vaso.

—Entonces está bien. Su cuerpo solo está reaccionando al trauma. Necesita descansar. Mantenla caliente y vigila que respire con normalidad.

—¿Y si empeora?

—Llámame enseguida. Pero Lorenzo… —Olivia hace una pausa—. Has hecho todo bien. Va a estar bien.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque la herida no es grave. Y porque sé que no vas a apartarte de su lado hasta que se recupere.

Tiene razón.

No voy a moverme de aquí.

Cuelgo y dejo el móvil a un lado. Cojo una de las mantas térmicas de emergencia de las estanterías y la extiendo sobre Arianna. Ella ya tiene los ojos cerrados otra vez.

—Arianna.

—Mmm.

—No te duermas todavía.

—Solo un poco…

—Arianna, por favor. —Me falla la voz—. Por favor, mantén los ojos abiertos.

Pero no me escucha. O no puede. Sus ojos permanecen cerrados. Su respiración se vuelve más lenta, más profunda.

Se está desmayando.

Me inclino sobre ella y pongo la mano sobre su pecho, justo encima del corazón. Late fuerte. Regular. Su pecho sube y baja con ritmo constante.

Está respirando.

Está viva.

No la he perdido.

—No te mueras —susurro—. Por favor, Arianna. Por favor, no te mueras.

Sé que no puede oírme. Sé que está inconsciente. Pero las palabras salen de todas formas, cargadas con todo lo que he estado negando durante años.

—No puedo perderte. No puedo. La vida sin ti no tiene ningún puto sentido.

Su pecho sigue subiendo y bajando. Constante. Viva.

Me quedo inclinado sobre ella, con la mano sobre su corazón, sintiendo cada latido como si fuera el mío.

Y comprendo algo que debería haber comprendido hace mucho tiempo.

No puedo vivir sin ella.

No quiero vivir sin ella.

Todas las excusas que me he estado dando… que no soy digno, que no puedo darle lo que necesita, que es mejor para ella que me aleje…

Son mentiras.

Mentiras que me he estado diciendo para protegerme del terror de quererla tanto.

Pero casi la pierdo hoy. Y si hubiera muerto sin saber la verdad… Si hubiera muerto pensando que la rechazaba porque no la quería… No me lo habría perdonado nunca.

Mi móvil vibra. Es Leonardo. Contesto sin apartar la vista de Arianna.

—Estamos bien —digo antes de que pueda preguntar—. En el búnker del sótano del Casino Royale. Arianna está herida. Una bala la ha rozado en el costado, pero Olivia dice que va a estar bien. He activado el cierre de emergencia así que no podemos salir hasta que pasen las setenta y dos horas.

—¿Cómo de grave es la herida?

—Superficial. Ha sangrado bastante pero ya está controlado. Se ha desmayado pero respira con normalidad.

—¿Estás bien?

—Estoy… —No tengo palabras para describir cómo estoy—. Estoy con ella. Voy a quedarme con ella.

—Bien. —Leonardo hace una pausa—. Has hecho un buen trabajo, Lorenzo. La has sacado de ahí. La has mantenido a salvo.

No me lo parece. Me parece un fracaso que, por pura suerte, no ha terminado en tragedia.

—¿Qué está pasando ahí fuera? —pregunto.

—Ha sido un ataque coordinado. Golpearon todos nuestros casinos al mismo tiempo. Casino Royale, Imperiale, Fortuna, Vesubio. Quince muertos de nuestro lado. Decenas de heridos, aún los están contando. Del Cártel, veintidós muertos que hemos confirmado. Los demás huyeron.

Veintidós muertos. Quince de los nuestros.

Los números se registran en mi cerebro pero no significan nada. Solo puedo pensar en uno.

Arianna está viva.

—¿Necesitas que haga algo desde aquí? —pregunto.

—No. Descansa. Cuida de Arianna. Cuando salgáis en tres días, hablamos.

—Leonardo.

—¿Qué?

—Gracias. Por dejarme protegerla.

—No me las des. Eres el único en quien confío para esto.

Cuelga.

Yo dejo el móvil a un lado y devuelvo toda mi atención a Arianna.

Su pecho sigue subiendo y bajando. Constante. Viva.

Me siento en el borde de la litera junto a ella. Busco su mano bajo la manta. Tiene los dedos fríos; se los froto despacio para devolverles el calor.

Tres días. Setenta y dos horas encerrados aquí juntos. Tres días en los que no voy a poder alejarme de ella aunque quisiera.

Tres días en los que voy a tener que enfrentarme a todo lo que he estado negando.

Miro su cara. Incluso inconsciente y pálida, sigue siendo la mujer más hermosa que he visto en mi vida.

Y es mía.

Ha sido mía desde el momento en que entré en ese baño hace once años y la encontré desafiándome, con la barbilla alta, en un funeral barato.

Ha sido mía cada segundo desde entonces, aunque me haya pasado años negándolo.

Ha sido mía en cada mensaje que intercambiamos cuando estaba en Suiza. En cada partida de ajedrez. En cada momento robado cuando creía que nadie me veía mirarla.

Y cuando salgamos de aquí… Cuando despierte y esté recuperada… Voy a decirle la verdad que llevo años escondiendo. Y voy a dejar de castigarme por quererla.

Porque hoy he estado a punto de perderla. Y la vida es demasiado corta para desperdiciarla negándote lo único que importa.

Su mano se contrae apenas en la mía. Su respiración cambia, se vuelve más profunda. Sigue dormida. Pero está ahí. Viva. Respirando.

Y mientras su pecho suba y baje, mientras pueda sentir su pulso bajo mis dedos, mientras siga aquí conmigo… Nada más importa.