CAPÍTULO 22
LORENZO
Voy a matar a Kyle.
No es una fantasía pasajera. No es una exageración. Es un hecho que estoy considerando muy en serio mientras lo veo inclinarse hacia Arianna por tercera vez en diez minutos.
Es miércoles por la mañana, son las once en punto, y estamos en la sala de reuniones del Casino Royale. Hace una semana que toqué a Arianna en el ascensor y después hui de nuevo; desde entonces mantengo una distancia que casi me mata mantener.
Y Kyle está sentado tan cerca de ella que sus hombros se tocan.
—Si ajustamos el presupuesto de anuncios aquí —dice señalando la pantalla del portátil de Arianna—, podemos duplicar el alcance en Instagram.
Su dedo roza el de ella sobre el teclado. No es accidental. Nada de lo que hace ese hijo de puta es accidental.
Arianna aparta la mano y sigue hablando con Vivian sobre métricas de conversión. Ni siquiera le presta atención a Kyle. Pero él no capta la indirecta. O decide ignorarla.
Mis manos se cierran en puños contra mis costados.
Podría romperle los dedos uno por uno. Podría partirle la muñeca con un movimiento simple. Podría sacar mi Glock y meterle una bala en la rodilla, aquí mismo, delante de todos.
Nadie me detendría. Soy el subjefe. Podría hacer lo que quisiera con él y lo único que pasaría es que alguien tendría que limpiar la sangre de la alfombra.
Pero Arianna me miraría con decepción. Con asco, quizás. Y eso es peor que cualquier cosa que Kyle pueda hacer.
Así que me quedo apoyado contra la pared, en mi posición de vigilancia, con cada músculo tenso como un cable a punto de saltar.
—¿Y si probamos con historias patrocinadas? —pregunta Kyle—. Tengo un contacto en Facebook que podría conseguirnos mejores tarifas.
Pone su mano sobre el respaldo de la silla de Arianna. Demasiado cerca de su hombro. Demasiado cerca de su cuello.
Demasiado puto cerca.
Calculo el tiempo que tardaría en cruzar la sala. Tres segundos. Dos si corro. Uno si no me importa tirar la mesa de camino.
Mi móvil vibra en el bolsillo. Es un mensaje de Massimo: «¿Todo bien por ahí?»
Respondo con un escueto «Sí» aunque es mentira. Nada está bien. Llevo una semana sin dormir más de tres horas seguidas porque cada vez que cierro los ojos veo a Arianna en ese ascensor. Siento sus piernas alrededor de mi cintura. Oigo los sonidos que hacía cuando la toqué.
Y después me despierto duro y furioso, odiándome por quererla tanto.
—Creo que deberíamos concentrarnos en el público local primero —dice Arianna apartando el portátil de Kyle—. Los turistas son importantes, pero los residentes generan lealtad a largo plazo.
—Tienes razón —dice Vivian—. Es una observación inteligente.
Kyle se inclina más cerca.
—Muy inteligente. Deberíamos discutirlo con más detalle. Quizás durante la comida.
—No, gracias —responde Arianna sin mirarlo.
—Vamos, solo una comida. Profesional.
—He dicho que no, Kyle.
Pero Kyle no se aparta. Su mano baja del respaldo de la silla al hombro de Arianna. La toca. Aprieta.
Y dejo de pensar.
Me aparto de la pared.
Doy un paso hacia ellos.
Mi mano va sola a la funda del arma.
Y entonces el cristal del pasillo explota.
El estruendo y los fragmentos llegan a la vez. Una ráfaga de disparos atraviesa las ventanas que dan al corredor. El cristal antibalas aguanta el primer impacto pero se agrieta como una telaraña.
Reconozco el sonido a la primera: AK-47, dos tiradores, posiciones escalonadas.
El Cártel.
—¡Al suelo! —grito.
No espero a que obedezcan. Cruzo la sala en tres zancadas, agarro a Arianna del brazo y la tiro al suelo detrás de la mesa y la cubro con mi cuerpo. Saco la Glock y apunto hacia la puerta.
Vivian grita. Marcus se tira detrás de su silla. Elena se arrastra hacia la esquina. Kyle se queda paralizado en medio de la sala como el puto inútil que es.
Una segunda ráfaga impacta contra el cristal. Esta vez cede. Los fragmentos explotan hacia dentro como metralla. Kyle levanta los brazos demasiado tarde. Un trozo le corta la mejilla.
Mi móvil vibra. Mensaje grupal de Massimo: «Ataque coordinado. Tres equipos. Evacuación inmediata».
Mierda.
Calculo opciones en dos segundos. Tres equipos significan al menos quince hombres, puede que más.
Están entrando por las escaleras principales.
Tenemos un minuto, quizás menos, antes de que lleguen a esta planta.
Y la policía tardará cinco en llenar el Strip de sirenas: sea lo que sea lo que busca el Cártel, tiene que conseguirlo antes.
—Arianna, mírame. —Me agacho junto a ella. Tiene los ojos muy abiertos pero no está gritando—. ¿Me escuchas?
—Te escucho.
—Vamos a salir de aquí. Hay un búnker en el sótano. Te vas a quedar pegada a mí. ¿Entendido?
—Entendido.
—Vivian, Marcus, Elena, James. —Los señalo uno por uno—. Id a la salida de emergencia del fondo. Vosotros no sois el objetivo. Bajáis al casino y buscáis al equipo de seguridad. Moveos.
Los cuatro corren hacia la puerta trasera. Kyle intenta seguirlos pero lo detengo con la mano.
—Tú te quedas. Estás sangrando y solo vas a ralentizarnos.
—Pero…
—Cierra la boca y escóndete.
Es mentira, y lo sé. Un corte en la mejilla no ralentiza a nadie. Pero hace dos minutos este imbécil tenía la mano encima de Arianna, y no me pagan por ser justo.
No espero su respuesta. Cojo a Arianna de la mano y tiro de ella hacia arriba.
—Ahora.
Salimos de la sala en posición baja. El pasillo está vacío pero los disparos resuenan más cerca. Giro hacia las escaleras de servicio, manteniendo a Arianna detrás de mí. Mi mano libre sostiene la Glock en posición de disparo.
Llegamos a la puerta de las escaleras. Compruebo que esté despejada antes de entrar. Vacía. Empezamos a bajar.
Arriba, una puerta se abre con un golpe metálico. Escucho voces en español. Acento mexicano inconfundible.
Nos han visto.
—Corre —le digo a Arianna—. Más rápido.
Bajamos los escalones de dos en dos. Mis botas golpean el metal en un ritmo constante. Detrás de nosotros, los pasos de los sicarios resuenan más fuerte.
Llegamos al sótano. Salgo primero, barriendo el pasillo con mi arma. Despejado por ahora. El búnker está a treinta metros, al final del corredor de mantenimiento.
Una puerta se abre arriba. Se escuchan pasos bajando por las escaleras.
—¡Corre!
Arianna corre. Yo corro detrás de ella, girándome cada pocos pasos para cubrirla. Dos hombres salen al pasillo. Levanto mi Glock y disparo. Tres balas. El primero cae. El segundo se tira detrás de una columna y devuelve el fuego.
Una bala impacta contra la pared a mi izquierda. Otra pasa tan cerca que siento el desplazamiento del aire.
Sigo corriendo.
El búnker está a diez metros. Tiene una puerta de acero reforzado, panel biométrico, está diseñado para resistir cualquier cosa. Planto el pulgar en el lector mientras más pasos resuenan en las escaleras.
La puerta se abre con un silbido hidráulico.
—Dentro. Ya.
Arianna entra. Yo la sigo y cierro la puerta justo cuando una ráfaga de disparos golpea el acero. El sonido retumba como un trueno pero la puerta aguanta sin un rasguño.
Activo el cierre de emergencia. Tres cerrojos de titanio se deslizan en su lugar con un ruido definitivo. El panel de control se ilumina en rojo: «PROTOCOLO DE EMERGENCIA ACTIVADO. APERTURA EN 72 HORAS».
Así lo diseñamos: ni desde dentro ni desde fuera, ni con todos los códigos de la familia. Una puerta que no se puede abrir es una puerta que no te pueden obligar a abrir.
Setenta y dos horas.
Tres días encerrados aquí.
Con Arianna.
Me giro hacia ella.
Está apoyada contra la pared del fondo, respirando con dificultad. El búnker es pequeño: seis metros cuadrados, paredes de hormigón reforzado, una litera empotrada en la pared, un baño diminuto con ducha, estanterías con provisiones. Iluminación LED que baña todo en una luz blanca y clínica.
—¿Estás bien? —pregunto mientras me acerco a ella.
—Estoy bien.
—¿Segura?
—Sí, solo… —Se interrumpe y se lleva la mano al costado izquierdo, justo debajo de las costillas—. Espera.
Cuando retira la mano, tiene sangre en los dedos.
El mundo se detiene.
Todo el sonido desaparece. Los disparos amortiguados fuera del búnker. Mi propia respiración. El zumbido de las luces LED.
Solo existe esa sangre.
Roja. Brillante. En sus dedos.
Sangre de Arianna.
—No es nada —dice con una voz que suena muy lejana—. Creo que solo me ha rozado…
No la oigo.
El rugido en mis oídos no me deja oír nada.
Cruzo la distancia que nos separa, le agarro la camiseta y la levanto sin pedir permiso.
Hay un corte largo en su costado. Diez centímetros, quizás más. La bala ha abierto la piel de un tajo limpio. Es superficial, la parte racional de mi cerebro registra la información: no hay daño arterial, no ha penetrado la cavidad abdominal.
Pero esa parte racional es una voz minúscula ahogada por el rugido.
Porque Arianna está sangrando. Porque una bala la ha tocado y se ha quedado a centímetros, a milímetros, de atravesarla.
—Lorenzo, de verdad, no es…
No puedo respirar.
Se me cierra el pecho. Me empiezan a temblar las manos. Todo el entrenamiento, todos los años viendo violencia, muerte y sangre… nada me ha preparado para esto.
Para ver su sangre.
Para saber que he fallado.
Para comprender lo cerca que ha estado de que le suceda algo irreversible.
Se me doblan las rodillas y caigo al suelo delante de ella. Le sujeto las caderas, la mantengo en su sitio, como si pudiera desaparecer si la suelto.
—Lorenzo…
Su voz suena asustada ahora. Asustada por mí.
Pero no puedo responder. Las palabras no me llegan a la boca. Solo puedo mirar ese corte y ver todas las formas en que podría haberla perdido.
Si la bala hubiera entrado dos centímetros más a la izquierda.
Si hubiera tardado medio segundo más en moverla.
Si hubiera estado un paso más lejos.
La habría perdido.
Y todo lo que he estado haciendo durante semanas… alejarme de ella, rechazarla, negarme lo único que he querido durante años… todo eso no habría importado.
Porque la habría perdido sin haberla tenido nunca.
Sin haberle dicho la verdad.
Sin dejar de castigarme el tiempo suficiente para darle lo que ambos queremos.
Dejo caer la frente contra su estómago, justo debajo de la herida, y le aprieto las caderas con tanta fuerza que voy a dejarle marcas.
Y la fachada que he mantenido durante años, el control que he sostenido incluso cuando todo se derrumbaba a mi alrededor…
Se rompe. Se hace pedazos.
Porque casi pierdo a Arianna. Y no sé cómo sobrevivir a eso.