Peligrosa Obsesión (Sangre y Lealtad 2) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

ARIANNA

Lorenzo lleva seis días sin mirarme a los ojos.

Seis días desde que me tocó en el gimnasio y me hizo desmoronarme contra la pared. Seis días desde que huyó llamándolo error. Seis días de silencio, distancia y esa educación fría que me duele más que cualquier insulto.

Sigue siendo mi guardaespaldas: camina tres pasos detrás de mí por casa y me lleva al campo de tiro dos veces por semana.

Pero no me mira. No me habla más allá de lo estrictamente necesario. Y cuando tengo que estar cerca de él, se pone tan tenso que parece a punto de romperse.

Es miércoles. Mi segundo día de trabajo en el Casino Royale.

Y estoy harta.

Por eso esta mañana me he puesto la falda más corta que tengo. Si Lorenzo se empeña en no mirarme, pienso ponérselo difícil.

Subimos al coche a las nueve y media. Leonardo conduce, yo voy en el asiento del copiloto, Lorenzo detrás. El trayecto transcurre en ese silencio incómodo que se ha vuelto costumbre.

Cuando llegamos al casino, Leonardo nos acompaña hasta el ascensor.

—Hoy tienes la presentación de tu propuesta de redes sociales —dice—. Vivian me ha dicho que has hecho un gran trabajo.

—Gracias.

—Lorenzo se queda contigo. Cualquier cosa, le avisas a él o me llamas.

—Entendido.

Leonardo se va hacia su reunión. Yo entro al ascensor con Lorenzo. Las puertas se cierran y nos quedamos solos en ese espacio pequeño que amplifica cada centímetro de distancia que mantiene.

—¿Vas a seguir sin hablarme? —pregunto.

—Estoy hablando contigo.

—Estás respondiendo con monosílabos.

—Tengo trabajo.

—Tu trabajo es protegerme. No evitarme.

Lorenzo me mira por primera vez en seis días, y la frialdad se le agrieta un momento.

—No te estoy evitando.

—Sí lo haces.

—Arianna…

—Olvídalo.

Las puertas del ascensor se abren en la tercera planta. Salgo sin esperar a que Lorenzo responda y camino hacia la sala de reuniones donde el equipo ya me está esperando.

Vivian me recibe con una sonrisa.

—¿Lista para tu presentación?

—Lista.

Me siento en mi sitio habitual. Lorenzo se coloca contra la pared del fondo, en su posición de vigilancia. Kyle entra dos minutos después y se sienta a mi lado. Demasiado cerca, como la última vez.

—Buenos días, Arianna —dice con esa sonrisa que seguro que ensaya delante del espejo.

—Buenos días, Kyle.

Esta vez no me aparto. Esta vez dejo que se siente tan cerca que nuestros hombros casi se tocan. Y cuando miro hacia donde está Lorenzo, veo cómo su mandíbula se tensa.

Bien.

Presento mi propuesta durante veinte minutos. He analizado las cuentas de redes sociales del Casino Royale, he identificado cinco problemas principales y he preparado soluciones específicas para cada uno. Vivian hace preguntas, Marcus toma notas, Elena asiente.

Kyle no presta atención a la presentación. Me presta atención a mí.

—Impresionante trabajo —dice cuando termino—. Está claro que sabes lo que haces.

—Gracias.

—Deberíamos celebrarlo. ¿Comemos juntos después de la reunión?

La semana pasada le dije que no tres veces. Esta semana, lo miro y sonrío.

—Claro, ¿por qué no?

Kyle parece sorprendido de que haya aceptado. Lorenzo, desde su posición en la pared, se queda inmóvil.

Vivian continúa la reunión repasando el calendario de implementación de mis propuestas.

Yo intento concentrarme pero una parte de mí sigue pendiente de Lorenzo.

De cómo no ha apartado la vista de Kyle desde que le dije que sí.

De cómo sus manos están cerradas en puños tan apretados que los nudillos se le han puesto blancos otra vez.

De cómo está a un gesto de cruzar la sala y sacar a Kyle de la reunión a rastras.

Y me encanta.

Cuando la reunión termina, Kyle se levanta y me tiende la mano.

—¿Vamos? Conozco un sitio italiano excelente a dos calles de aquí.

—Suena bien.

Me levanto. Kyle pone su mano en la parte baja de mi espalda para guiarme hacia la puerta.

Y entonces Lorenzo se mueve.

Cruza la sala en tres zancadas, me coge del brazo y me aparta de Kyle con un movimiento que parece casual pero no lo es en absoluto.

—Cambio de planes —dice en voz muy baja—. El Don necesita que vuelvas ahora.

—¿Ahora?

—Ahora.

Kyle frunce el ceño.

—Pero vamos a…

Lorenzo lo mira. Es una mirada que ha hecho retroceder a hombres armados. Kyle cierra la boca en el acto.

—Lo siento, Kyle —digo sin molestarme en sonar apenada—. Quizás otro día.

Lorenzo me guía fuera de la sala sin darle tiempo a Kyle a responder. Su mano en mi brazo no duele pero tampoco admite discusión. Caminamos por el pasillo hacia los ascensores. Lorenzo aprieta el botón con más fuerza de la necesaria.

—¿Se puede saber qué coño estabas haciendo? —dice cuando las puertas se cierran.

—Aceptar una invitación a comer.

—Con ese imbécil.

—Ese imbécil tiene nombre. Y parecía simpático.

—Parecía un depredador.

—A diferencia de ti, que eres un santo.

Lorenzo me acorrala contra la pared del ascensor. Su cuerpo cubre el mío por completo.

—No te hagas la lista conmigo, Arianna. Sé exactamente lo que estabas haciendo.

—¿Ah, sí? ¿Y qué estaba haciendo?

—Provocarme.

—Quizás estaba simplemente aceptando salir con alguien que no huye cada vez que me acerco.

Se le ensombrece el gesto.

—¿Eso es lo que quieres? ¿Salir con él?

—Quizás.

—Mentira.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque te conozco. —Su mano sube por mi brazo, me roza el cuello y se hunde en mi pelo—. Porque sé que estabas jugando conmigo. Porque acabas de aceptar salir con un hombre al que no soportas solo para ver qué hacía yo.

—Parece que ha funcionado.

Lorenzo aprieta el botón de parada de emergencia. El ascensor se detiene bruscamente entre plantas.

—Las cámaras… —consigo decir.

—Es el único ascensor del edificio sin cámaras. Yo diseñé el sistema.

—¿Quieres saber qué hago cuando me provocas? —Su voz baja hasta convertirse casi en un gruñido—. ¿Quieres ver lo que pasa cuando pierdo el control?

—Sí.

Me besa con una violencia que me roba el aire. Sus manos están por todas partes: en mi pelo, en mi cintura, bajo mi camiseta. Yo me aferro a él con la misma desesperación, tiro de su camisa, necesito más.

Lorenzo me levanta. Mis piernas se le enroscan a la cintura por puro instinto. Me presiona contra la pared del ascensor y su erección encaja donde la necesito.

—Eres mía —dice contra mi boca—. Ni de él. Ni de nadie. Mía.

—Demuéstralo.

Su mano baja por mi cuerpo y se desliza dentro de mi falda. Dentro de mi ropa interior. Y cuando me toca, sin preámbulos, el gemido que suelto resuena en el espacio cerrado del ascensor.

—¿Esto es lo que querías? —Sus dedos se mueven con una precisión brutal—. ¿Querías que perdiera el control? ¿Querías que te tocara hasta que no pudieras pensar en nadie más?

—Sí.

—Pues lo tienes. —Sus dedos se hunden más adentro—. Pero que te quede claro: no voy a permitir que nadie más te toque. Ni Kyle. Ni ningún otro hijo de puta que piense que tiene alguna oportunidad contigo.

Sus dedos aprietan el ritmo. Yo echo la cabeza hacia atrás contra la pared, incapaz de formar palabras coherentes.

—Mírame.

Abro los ojos. Su cara está a un palmo de la mía, consumida por un deseo oscuro y posesivo.

—Quiero que recuerdes esto cada vez que pienses en provocarme. Quiero que recuerdes quién te hace sentir así. —Su pulgar encuentra el punto exacto de mi centro de placer—. Quiero que sepas que puedes salir con mil hombres y ninguno va a hacerte esto.

El orgasmo me golpea sin previo aviso. Mi cuerpo se tensa, se arquea, se rompe. Lorenzo me sostiene mientras tiemblo en sus brazos y sus dedos no paran hasta apurar la última ola.

Cuando por fin se detiene, me deja en el suelo con cuidado. Mis piernas apenas me sostienen. Lorenzo se aparta dos pasos, sin mirarme.

—Joder —murmura.

Yo intento recuperar el aliento. Intento procesar lo que acaba de pasar.

—Lorenzo…

—Esto tiene que parar.

—¿Qué?

—Tú. Yo. Esto. —Señala el espacio entre nosotros—. Tiene que parar.

—¿Acabas de hacer que me corra en un ascensor y ahora me dices que tiene que parar?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque no puedo hacer esto contigo. —La voz apenas le sale—. No puedo darte lo que necesitas. No puedo ser el hombre que mereces. Y definitivamente no puedo seguir tocándote sabiendo que nunca va a ser suficiente.

—¿Suficiente para quién?

—Para ti.

—Eso debería decidirlo yo.

—Decides mal. —Aprieta el botón para reanudar el ascensor—. Siempre has decidido mal cuando se trata de mí.

Las puertas se abren en la planta baja. Lorenzo sale primero. Yo lo sigo con las piernas inseguras. El corazón se me rompe dentro del pecho.

Caminamos hasta el coche en silencio. Lorenzo teclea un mensaje en el móvil antes de arrancar, a Leonardo, supongo, y conduce de vuelta a la mansión. Yo miro por la ventana sin ver nada.

Pensé que provocarlo funcionaría.

Pensé que si lo hacía explotar, si lo obligaba a admitir lo que siente, cedería de verdad.

Pero me equivoqué.

Lorenzo puede tocarme, hacerme suya de todas las formas que no impliquen cruzar la línea final, admitir que soy suya y que no va a permitir que nadie más me toque.

Pero no puede darse permiso para quedarse.

Siempre va a retroceder, a llamarlo error, a esconderse detrás de esa excusa de que no es digno.

Y yo no sé cómo romper eso.

No sé qué más hacer para demostrarle que lo elijo exactamente como es. Que no me importa la sangre en sus manos o los demonios en su cabeza. Que lo único que quiero es que deje de castigarse por sentir algo real.

Llegamos a la mansión. Lorenzo aparca y baja del coche. Yo lo sigo hasta la entrada principal.

—Arianna —dice antes de que pueda entrar.

Me giro.

—¿Qué?

—Lo siento.

—¿Por qué?

—Por tocarte. Por perder el control. Por… todo.

—No te disculpes por lo único bueno que ha pasado entre nosotros.

—No ha sido bueno. Ha sido un error.

—Para ti quizás. Para mí ha sido perfecto.

Lorenzo me mira con los ojos llenos de dolor.

—Me vuelves loco, Arianna. Completamente loco. No puedo vivir sin ti cerca. Pero tampoco puedo darte lo que necesitas. Y eso me está destrozando.

—Entonces deja de pelear contra ti mismo.

—No puedo.

—¿Por qué no?

—Porque no soy digno de ti. Nunca lo seré. Y cuanto antes lo aceptes, mejor para los dos.

Entra a casa antes de que pueda responder.

Yo me quedo quieta en el camino de entrada.

Y por primera vez en semanas, no siento frustración.

Siento tristeza.

Tristeza profunda y real, porque acabo de comprenderlo.

No importa cuántas veces Lorenzo me toque. No importa cuántas veces admita que me desea. No importa cuánto me demuestre con sus acciones que siente algo por mí.

Nunca va a permitirse tenerme de verdad.

Porque la guerra que está librando no es contra las circunstancias ni contra mi hermano ni contra el mundo.

Es contra sí mismo.

Y esa es una guerra que no puedo pelear por él.

Solo puedo ver cómo se destruye desde dentro, cediendo lo justo para torturarse con lo que nunca se va a permitir tener del todo.

Y no sé si mi corazón va a sobrevivir a verlo romperse una y otra vez delante de mí.

Entro en casa.

Subo las escaleras hasta mi habitación.

Me siento en la cama y me permito sentir la tristeza completa.

Porque estoy enamorada de un hombre que nunca va a amarse lo suficiente a sí mismo como para permitirse amarme a mí.

Y no sé cómo arreglar eso.

No sé si puedo.