CAPÍTULO 20
ARIANNA
Al día siguiente de mi estreno en el Casino Royale, Lorenzo llega al gimnasio con veinte minutos de retraso.
Llevo todo ese tiempo estirando en las colchonetas, preparándome para la sesión de entrenamiento, pero sobre todo preparándome para él. Para lo que voy a hacer hoy.
Porque estoy cansada de esperar.
Estoy cansada de sus rechazos, de sus excusas, de esa nobleza autodestructiva que lo hace alejarse cada vez que se acerca demasiado.
Y estoy cansada de dormir cada noche con mi mano entre las piernas pensando en él, en cómo me besó, en cómo se puso duro contra mí, en todo lo que podríamos hacer si dejara de castigarse por existir.
—Llegas tarde —digo cuando entra.
—Tenía una reunión con Leonardo.
Lorenzo deja una botella de agua sobre el banco y se acerca a las colchonetas. Lleva pantalones de chándal negros y una camiseta ajustada que deja ver cada línea de músculo. Tiene el pelo aún húmedo, como si se acabara de duchar. Huele a jabón y, debajo, a él. Me dan ganas de acercarme.
—¿Qué vamos a hacer hoy? —pregunto levantándome.
—Defensa contra ataques múltiples. Cómo identificar prioridades cuando hay más de un agresor.
—Suena complicado.
—Lo es. Por eso vamos a practicarlo.
Lorenzo se coloca frente a mí en posición de combate. Yo copio su postura. Pasamos los primeros quince minutos revisando movimientos básicos: bloqueos, esquivas, contraataques rápidos.
Cada roce es una tortura deliberada.
Cuando me muestra cómo girar para liberarme de un agarre, sus manos se quedan en mi cintura más de lo necesario. Cuando demuestro un movimiento, me aseguro de que mi cuerpo roce el suyo. Cuando él corrige mi postura, arqueo la espalda más de lo que debería.
Y Lorenzo lo nota.
Se lo veo en la mandíbula, que se le tensa cada vez que lo toco; en la respiración, que se le acelera cuando me acerco demasiado; en las manos, que se le cierran en puños cuando tiene que apartarse.
—Otra vez —dice cuando fallo un movimiento a propósito—. Pero esta vez concéntrate.
—Estoy concentrada.
—No lo estás.
Me coloco en posición. Lorenzo se acerca por detrás, me coge ambos brazos y me los inmoviliza contra la espalda. Es una posición de control total: no puedo moverme, no puedo liberarme, estoy a su merced.
—Desde aquí —dice contra mi oído—, usas el peso del cuerpo para…
—Lorenzo.
—¿Qué?
—Para.
Sus manos se aflojan un poco, pero no me suelta.
—¿Estás bien?
—No.
—¿Te he hecho daño?
—No es eso.
Me suelto de su agarre con un movimiento que él no espera y me giro para enfrentarlo. Lorenzo me mira, desconcertado.
—¿Entonces qué?
—Necesito que pares de fingir.
—No estoy fingiendo nada.
—Sí lo estás. Llevas días fingiendo que no sientes nada. Que tocarme es solo parte del entrenamiento. Que no te afecta.
Lorenzo da un paso atrás.
—Arianna…
—Pero te afecta. —Avanzo hacia él—. Te vi la cara cuando Kyle intentó ligar conmigo. Te he sentido ponerte duro cuando te rozo. Te he oído admitir que estar cerca de mí te quema.
—No deberíamos estar hablando de esto.
—¿Por qué no?
—Porque ya hemos tenido esta conversación. Y nada ha cambiado.
—Todo ha cambiado. —Me acerco más—. Ahora sé que me deseas. Ahora sé que el único obstáculo eres tú. Tu cabeza. Tus excusas.
—No son excusas.
—Sí lo son.
Lorenzo me mira con esos ojos oscuros contra los que no tengo defensa.
—¿Qué quieres de mí, Arianna?
—Sabes exactamente lo que quiero.
—No puedo dártelo.
—¿No puedes o no quieres?
—Las dos cosas.
Doy otro paso. Ahora estamos tan cerca que puedo sentir su calor.
—Entonces al menos sé honesto conmigo. Dime que no sientes nada y me alejaré. Dime que todo esto está en mi cabeza y pararé.
Lorenzo tarda en contestar. El silencio se estira entre los dos.
—No puedo decirte eso.
—¿Por qué no?
—Porque sería mentira y lo sabes.
Las palabras caen entre nosotros y ahí se quedan. Lorenzo cierra los ojos como si le doliera haberlas dicho.
Yo aprovecho.
Me acerco hasta que nuestros cuerpos casi se tocan. Levanto la mano y la coloco sobre su pecho, justo encima de su corazón. Le late tan fuerte que puedo sentirlo a través de la tela.
—Lorenzo, mírame.
Abre los ojos. El deseo que veo en ellos me da el valor que me faltaba.
—No hagas esto. —La voz le sale estrangulada.
—¿Hacer qué?
—Tentarme. Provocarme. Hacerme querer cosas que no debería querer.
—¿Y si yo también las quiero?
—Da igual lo que quieras. No puedo dártelo.
—¿Ni siquiera un poco?
Mi mano baja por su pecho, rozando cada músculo tenso. Lorenzo me agarra la muñeca antes de que llegue más abajo.
—Arianna, para.
—No quiero parar.
—Pues deberías.
—Dame una razón.
—Te he dado mil razones.
—Dame una que no sea mi hermano o lo indigno que te sientes. —Mi voz baja hasta convertirse casi en un susurro—. Dame una razón que sea solo sobre nosotros.
Lorenzo me mira un instante. Y entonces, en lugar de responder, me suelta la muñeca y camina hacia el otro lado del gimnasio.
Se queda ahí de pie de espaldas a mí, con las manos apoyadas contra la pared y la cabeza baja.
—No hay un «nosotros» —dice por fin.
—Mentira.
—Arianna…
—Llevo días esperando a que cedas. Semanas buscando grietas. Pero cada vez que me acerco, huyes. —Camino hacia él despacio—. ¿Sabes lo frustrante que es eso?
—Imagino que tanto como lo es para mí.
—¿Entonces por qué sigues resistiéndote?
Lorenzo se gira. Un músculo le palpita en la mejilla.
—Porque si cedo una vez, no voy a poder parar.
—Quizás no deberías parar.
—Joder, Arianna. —Resopla—. ¿Tienes idea de lo que me estás pidiendo?
—Sí.
—No la tienes. No tienes ni puta idea de las cosas que pienso cuando te miro. De lo que quiero hacerte. De lo difícil que es mantener las manos quietas cuando estás cerca.
—Entonces deja de mantenerlas quietas.
Se le descompone el gesto.
—¿Eso es lo que quieres? ¿Que pierda el control?
—Sí.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Sé exactamente lo que estoy diciendo.
Lorenzo da dos pasos hacia mí. Su presencia me envuelve, grande y peligrosa.
—Si hago esto —dice tan bajo que casi no lo oigo—, no hay vuelta atrás.
—No quiero volver atrás.
—Arianna…
—Te necesito, Lorenzo. —Las palabras salen cargadas de toda la frustración y el deseo acumulados durante años—. Necesito que me toques. Necesito saber cómo se siente. Necesito…
No termino la frase porque Lorenzo cruza la distancia que nos separa y me besa.
No es como el beso en el centro comercial. Ese fue furia y alivio y pérdida de control momentánea. Este es deliberado, hambriento, como si hubiera tomado una decisión y ahora nada fuera a detenerlo.
Sus manos se hunden en mi pelo y me sujetan justo donde quiere. Su lengua invade mi boca con una posesividad que me hace gemir. Yo me aferro a su camiseta y tiro de él. Necesito más.
Lorenzo me levanta sin esfuerzo y me lleva hasta la pared del fondo. Mi espalda golpea contra el espejo que la cubre entera. El cristal está frío contra mi piel, un contraste delicioso con el calor que emana de Lorenzo.
—Dime que pare —murmura contra mis labios—. Dímelo ahora y pararé.
—No pares.
Sus manos bajan por mis costados y se amoldan a cada curva. Una se desliza bajo mi camiseta deportiva, piel contra piel. Yo arqueo la espalda y me presiono contra su palma.
Lorenzo rompe el beso y me mira. Sus ojos están tan oscuros que casi parecen negros.
—¿Cuánto quieres?
—Todo.
—No puedo darte todo.
—Entonces dame lo que puedas.
Traga saliva. Sus manos bajan hasta el borde de mis mallas y se detienen ahí, esperando permiso.
Yo asiento.
Lorenzo desliza los dedos bajo la tela. Bajo la ropa interior. Y cuando me toca por primera vez, sin barreras, el sonido que hago es mitad gemido, mitad su nombre.
—Joder —murmura—. Estás empapada.
No puedo responder porque sus dedos empiezan a moverse. Trazan círculos lentos, precisos, justo donde lo necesito. Mi cabeza cae hacia atrás contra el espejo y mis manos se aferran a sus hombros.
—Mírame —ordena Lorenzo.
Abro los ojos. Su cara está a centímetros de la mía. Estudia cada reacción, cada cambio en mi expresión.
—Quiero ver cómo te corres —dice—. Quiero verte perder el control como yo lo he perdido por ti.
Sus dedos se mueven más rápido. Más firmes. Mi respiración se convierte en jadeos entrecortados. El placer trepa por mi columna, se acumula, amenaza con destruirme.
—Lorenzo… —Su nombre sale como una súplica.
—¿Estás cerca?
—Sí.
—Bien. —Sus dedos no paran, implacables—. Déjate ir, Arianna. Déjame verte.
Y me dejo ir.
El orgasmo me sacude entera. Las piernas me fallan, pero Lorenzo me sostiene contra el espejo sin dejar de mover los dedos y prolonga cada ola de placer hasta que no puedo más.
Cuando al fin para, me quedo ahí colgada de él, jadeando, mientras intento recordar cómo se respira.
Lorenzo retira la mano y da un paso atrás. Me mira con una expresión que no sé descifrar.
Yo me despego del espejo con las piernas temblorosas. Mi mano va derecha a su entrepierna, donde su erección presiona contra los pantalones con tanta fuerza que tiene que dolerle.
—Déjame… —empiezo.
Lorenzo me coge la muñeca antes de que pueda tocarlo.
—No.
—Lorenzo…
—He dicho que no. —Me suelta y retrocede tres pasos—. Esto ha sido un error.
Me quedo helada.
—¿Qué?
—No debería haber pasado. No va a volver a pasar.
—Estás de broma.
—Hablo muy en serio.
Me río, pero no hay humor en el sonido.
—Acabas de hacer que me corra contra una pared y ahora me dices que ha sido un error.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque he perdido el control. Porque he hecho justo lo que prometí no hacer. Porque… —Se frota la mandíbula—. Porque esto no puede continuar.
—¡Yo quería que pasara!
—Da igual lo que quisieras. No debería haberte tocado.
—Pero me has tocado. Me has hecho sentir… —No encuentro las palabras—. Y ahora vas a fingir que no ha significado nada.
—No ha significado…
—No te atrevas. —Mi voz sube de volumen—. No te atrevas a decir que no ha significado nada. He visto tu cara, Lorenzo. He visto cómo me mirabas. Eso ha significado algo.
Lorenzo me sostiene la mirada un largo momento.
—Sí ha significado algo. Y por eso no puede volver a pasar.
Se gira hacia la puerta.
—Lorenzo, espera…
—La sesión ha terminado. Voy a darme una ducha.
—¡Lorenzo! —le grito para que se detenga.
Pero ya ha salido del gimnasio y ha cerrado la puerta detrás de él.
Yo me quedo ahí, todavía temblando, sintiendo sus dedos fantasmas sobre la piel.
Y entonces la frustración estalla y casi grito.
Este hombre es imposible.
Me ha dado placer, pero no me ha dejado devolverle el favor. Me ha tocado como si lo necesitara tanto como yo, y luego ha huido y lo ha llamado error. Se permite ceder una vez, solo una, y después levanta el muro otra vez y aquí no ha pasado nada.
Pero yo acabo de desmoronarme en sus manos. Y él acaba de admitir, con cada caricia, lo mucho que me desea.
Me dejo caer en las colchonetas y me tapo la cara con las manos.
¿Qué tengo que hacer para que ese hombre se permita quererme? ¿Cuántas veces va a negarse a sí mismo antes de aceptar que esto es real? ¿Cuánto más va a castigarse por sentir algo que no es un crimen?
No tengo las respuestas. Pero sí tengo una certeza nueva.
Lorenzo ha cruzado una línea que llevaba semanas negándose a cruzar. Me ha tocado. Me ha hecho suya de la forma más íntima posible sin llegar hasta el final.
Y ahora que sabe cómo es, ahora que ha probado lo que podría tener… le va a resultar mil veces más difícil seguir resistiéndose.
Porque yo no voy a dejar que lo olvide, ni que finja que esto no ha pasado, ni que vuelva a esconderse detrás de sus excusas.
Lorenzo acaba de descubrir lo que se siente al tocarme. Ahora solo necesito convencerlo de que merece hacerlo otra vez. Y otra. Y todas las veces que los dos queramos.
Aunque me cueste el resto de mi vida.