Peligrosa Obsesión (Sangre y Lealtad 2) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

ARIANNA

Leonardo me espera en el vestíbulo a las diez de la mañana.

Lleva uno de sus trajes oscuros impecables y la expresión seria de sus días de trabajo.

Lorenzo está a su lado, igual de imponente, con vaqueros negros y una camisa gris que realza el color de sus ojos.

Lleva el arma en la funda bajo la chaqueta.

Se le adivina el bulto discreto de la funda contra las costillas.

—¿Lista? —pregunta Leonardo.

—Más que lista.

Han pasado tres días desde la partida de ajedrez. Tres días desde que Lorenzo admitió que la atracción nunca ha sido el problema. Tres días en los que apenas nos hemos cruzado más allá de las sesiones de entrenamiento que se han vuelto más cortas y más tensas.

Pero hoy todo eso queda en segundo plano.

Hoy voy a empezar a trabajar.

Subimos al coche blindado de Leonardo. Él conduce, yo voy en el asiento del copiloto, Lorenzo detrás.

El trayecto hasta el Casino Royale dura veinte minutos.

Nadie habla, pero no es un silencio incómodo.

Es el silencio de tres personas que saben bien lo peligrosa que es la situación.

Sé lo tensos que los pone llevarme fuera y les agradezco mucho que estén cumpliendo su palabra.

Leonardo aparca en el garaje privado del casino. Bajamos y entramos por la entrada de servicio. Los pasillos traseros son un laberinto de oficinas, almacenes y salas de seguridad. Nada del glamour que ven los clientes arriba.

—El departamento de marketing está en la tercera planta —dice Leonardo mientras subimos en un ascensor privado—. Van a presentarte al equipo. Vas a empezar revisando las campañas actuales, después propones mejoras.

—¿Cuándo puedo venir?

—Una vez a la semana. Los miércoles. Siempre con Lorenzo.

—¿Solo una vez?

Leonardo me mira.

—Es lo que puedo ofrecerte ahora mismo con la situación del Cártel. Si las cosas se estabilizan, hablamos.

No es perfecto. Pero es mil veces mejor que estar encerrada en casa sin hacer nada.

—De acuerdo.

El ascensor se abre en la tercera planta. Leonardo camina por un pasillo de cristal que da a las mesas de juego abajo. Yo lo sigo, Lorenzo camina tres pasos detrás de mí. Puedo sentir su presencia como siempre: sólida, vigilante, demasiado cerca y demasiado lejos al mismo tiempo.

Leonardo abre la puerta de una sala de reuniones amplia. Hay cinco personas sentadas alrededor de una mesa: tres hombres y dos mujeres, todos entre veinticinco y cuarenta años. Se levantan cuando entramos.

—Equipo, ella es Arianna Moretti —dice Leonardo—. Mi hermana. Va a trabajar con vosotros en marketing y estrategia digital.

Los cinco me miran con una mezcla de curiosidad y respeto. Uno de los hombres, rubio y de unos treinta años con una sonrisa demasiado confiada, me observa más tiempo del necesario.

—Arianna, ellos son tu equipo —continúa Leonardo señalando a cada uno—. Vivian, directora de marketing. Marcus, estrategia digital. James, contenido. Elena, análisis de datos. Y Kyle, campañas.

Kyle es el rubio. Me tiende la mano con esa sonrisa todavía en su cara.

—Encantado de conocerte, Arianna.

Le estrecho la mano un segundo y la suelto.

—Igualmente.

Leonardo se gira hacia mí.

—Tengo reunión con los gerentes de los otros casinos. Lorenzo se queda contigo. Cualquier cosa que necesites, hablas con Vivian.

—Entendido.

Leonardo sale de la sala. La puerta se cierra detrás de él y de repente soy el centro de atención de cinco personas que no saben muy bien qué hacer con la hermana del Don.

Vivian, una mujer de unos cuarenta años con el pelo recogido en un moño perfecto, rompe el silencio.

—Bienvenida al equipo, Arianna. ¿Por qué no te sientas y nos cuentas un poco sobre tu formación?

Me siento en una de las sillas. Lorenzo se coloca contra la pared cerca de la puerta, en su posición habitual de vigilancia. Puedo sentir sus ojos en mí aunque no lo esté mirando.

—Estudié Marketing y Comunicación en la London School of Economics —digo—. Me especialicé en estrategia digital y branding de lujo. He hecho prácticas en dos agencias de Londres, una enfocada en hostelería de alta gama.

Marcus se inclina hacia delante con interés.

—¿Tienes experiencia con campañas para casinos?

—No directamente. Pero trabajé en la campaña de rebranding de un hotel cinco estrellas en Mayfair. Los principios son similares: atraer clientela de alto nivel, crear experiencias exclusivas, generar lealtad.

Vivian asiente.

—Nos vendrá bien una perspectiva fresca. Llevamos dos años con las mismas estrategias.

Pasamos la siguiente hora revisando las campañas actuales del Casino Royale. Vivian me muestra presentaciones, números, análisis de competencia. Yo tomo notas mentales de todo: lo que funciona, lo que está obsoleto, dónde hay oportunidades.

Kyle se sienta a mi lado durante la presentación. Demasiado cerca. Su rodilla roza la mía bajo la mesa y no se aparta. Soy yo la que la quita de golpe.

—Si necesitas ayuda para ponerte al día —dice con una sonrisa que debe de funcionarle con otras mujeres, pero yo no solo estoy enamorada de otra persona: es que además me gustan los hombres mucho más rudos—, puedo enseñarte todo lo que necesitas saber.

—Estoy segura de que puedo apañármelas sola.

—Aun así, estaría encantado de ayudar. Quizás podríamos tomar un café después de la reunión. Fuera del trabajo.

—No, gracias.

Kyle no capta la indirecta. O decide ignorarla.

—Vamos, solo un café. Puedo contarte cómo funcionan las cosas aquí. Los trucos que no están en los informes.

—He dicho que no, gracias.

Esta vez me sale la voz más fría. Kyle se da por aludido y se echa hacia atrás en su silla.

Miro hacia donde está Lorenzo. Sigue en la misma posición contra la pared, pero algo ha cambiado. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y las manos cerradas en puños. Sus nudillos están blancos de la presión. Y su cara…

Su cara es puro control forzado, y ni así oculta la tensión de la mandíbula.

Está furioso.

Lo archivo para más tarde y vuelvo a centrarme en Vivian, que ha empezado a hablar sobre las métricas del último trimestre.

Pero una parte de mí sigue consciente de Lorenzo.

De cómo no ha apartado la vista de Kyle desde que intentó invitarme a café.

De cómo sus hombros están más tensos de lo normal.

De cómo parece a dos segundos de cruzar la sala y partirle la cara.

La reunión continúa durante otra hora. Vivian me asigna mi primer proyecto: revisar la estrategia de redes sociales del Casino Royale y proponer mejoras. Elena me pasa acceso a todas las cuentas y métricas. James me explica el calendario de contenido actual.

Kyle intenta hablarme dos veces más. Las dos veces le respondo con monosílabos y me vuelvo hacia otra persona.

Y las dos veces, veo cómo Lorenzo aprieta más los puños.

Cuando la reunión termina, Vivian me acompaña a la puerta.

—Ha sido un placer tenerte aquí, Arianna. Nos vemos el miércoles que viene.

—Gracias por la bienvenida.

Salgo de la sala con Lorenzo pisándome los talones. No dice nada mientras caminamos por el pasillo hacia el ascensor. No dice nada cuando las puertas se cierran y empezamos a bajar.

Pero la tensión que emana de él casi se puede masticar.

—¿Estás bien? —pregunto.

—Perfectamente.

—No lo pareces.

—Estoy bien.

Las puertas del ascensor se abren en el garaje. Leonardo está apoyado contra el coche esperándonos.

—¿Cómo ha ido? —pregunta.

—Bien. El equipo parece competente. —Sonrío—. Gracias por esto, Leonardo. De verdad.

Mi hermano asiente.

—Me alegro. ¿Algún problema?

Miro a Lorenzo. Él me sostiene la mirada un instante y después la aparta.

—Ningún problema —digo.

Subimos al coche. El trayecto de vuelta a casa es silencioso. Leonardo conduce mientras revisa mensajes en su móvil. Yo miro por la ventana, rumiando la mañana.

He conseguido lo que quería. Voy a trabajar. Voy a contribuir. Voy a tener un propósito más allá de existir en esa casa esperando a que alguien decida que es seguro dejarme vivir.

Debería sentirme feliz, sin peros.

Y lo estoy.

Pero también estoy pensando en Lorenzo. En sus nudillos blancos. En su cara cuando Kyle intentó ligar conmigo. En la furia apenas contenida que le salía por cada poro.

Lorenzo no quiere estar conmigo.

Me lo ha dejado claro una y otra vez. No se siente digno. Le debe lealtad a Leonardo. Cree que merezco algo mejor que un hombre con sangre en las manos.

Pero tampoco quiere que nadie más me toque.

No quiere ceder. Pero no puede soportar la idea de que yo esté con otro.

Es posesivo sin permitirse poseerme.

Y eso me dice más que cualquier admisión verbal.

Lorenzo siente algo por mí. Algo tan fuerte que lo pone furioso cuando otro hombre muestra interés. Tan profundo que le agrieta el control solo de ver a Kyle sentarse demasiado cerca.

Llegamos a la mansión. Leonardo aparca y baja del coche. Lorenzo me abre la puerta y me ofrece la mano para ayudarme a salir. Es un gesto automático, profesional. Pero cuando mis dedos tocan los suyos, siento cómo se tensa.

—Gracias —digo sin soltar su mano todavía.

Lorenzo me mira. En sus ojos hay una sombra que esta mañana no estaba. Oscura y peligrosa.

—De nada.

Me suelta la mano y se aparta.

Entramos a la casa. Leonardo sube directo a su despacho. Lorenzo me sigue hasta el salón y después se detiene.

—¿Necesitas algo? —pregunta.

—No.

—Entonces voy a revisar los turnos de vigilancia.

—Lorenzo.

Se detiene con la mano en el pomo de la puerta.

—¿Qué?

—¿De verdad estás bien?

Se gira hacia mí. Su expresión se cierra: la de cuando contiene algo demasiado grande.

—Estoy perfectamente, Arianna.

—No lo pareces.

—Pues lo estoy.

—Parecías enfadado en la reunión.

Se le oscurece la cara.

—No estaba enfadado.

—Tus nudillos estaban blancos.

—Es mi trabajo estar alerta.

—Estar alerta no explica la forma en que mirabas a Kyle.

Lorenzo aprieta la mandíbula.

—Kyle es un imbécil que no sabe mantener las manos quietas.

—No me tocó.

—Lo intentó. Vi cómo te miraba. Vi cómo se sentó demasiado cerca. —Su voz baja hasta convertirse casi en un gruñido—. Vi cómo intentó invitarte a salir delante de mí como si yo no estuviera ahí.

—Y yo le dije que no.

—Lo sé.

—¿Entonces por qué sigues enfadado?

Lorenzo calla, peleándose consigo mismo.

—Porque debería haberte apartado de él. Porque debería haberle roto la puta mano cuando te rozó. Porque… —Se corta en seco y sacude la cabeza—. Olvídalo.

—No. Dímelo.

—No hay nada que decir.

—Lorenzo…

—Tengo trabajo que hacer, Arianna.

Sale del salón antes de que pueda detenerlo.

Yo me quedo ahí de pie.

Lorenzo estaba celoso.

Tan celoso que apenas podía contenerse. Tan celoso que tuvo que salir de la sala antes de hacer algo de lo que se arrepintiera.

Y lo ha admitido. No con palabras directas, pero sí con cada gesto, cada mirada, cada sílaba cargada de tensión.

Me siento en el sofá y sonrío.

Lorenzo no quiere ceder a lo que siente. Pero no soporta que otro hombre se me acerque. No puede tenerme. Pero no puede dejarme ir. Y esa contradicción va a destruirlo desde dentro si no hace algo al respecto. O si yo no lo obligo a hacer algo al respecto.

Porque ahora tengo otra pieza del rompecabezas. Lorenzo me desea. No se siente digno. Y es posesivo hasta un grado que roza lo irracional. Las tres piezas juntas son pólvora.

Solo tengo que seguir apretando donde ya hay grietas.

Y tarde o temprano va a romperse. No porque yo lo fuerce. Sino porque él no va a poder resistirse más.

Me levanto del sofá y subo las escaleras hacia mi habitación. El miércoles que viene vuelvo al casino. Y voy a asegurarme de que Kyle vuelva a intentar ligar conmigo.

Solo para ver qué hace Lorenzo cuando lo haga.