CAPÍTULO 18
ARIANNA
Encuentro a Lorenzo en su despacho a las once de la noche.
Está sentado detrás del escritorio, enfrascado en los informes con esa concentración que es su manera de no pensar en nada más.
Llamo dos veces a la puerta entreabierta. Lorenzo levanta la vista y se le descompone el gesto al verme. Es casi como si sintiera pánico.
—Arianna.
—Necesito hablar contigo.
—Ahora no es buen momento.
—Nunca es un buen momento. —Entro al despacho, cierro la puerta detrás de mí y dejo sobre su escritorio el tablero de ajedrez que traigo bajo el brazo—. Juega conmigo.
Lorenzo mira el tablero. Después a mí.
—¿Qué?
—Al ajedrez. Juega una partida conmigo o me escapo mañana a primera hora.
—Ese chantaje ya lo has usado una vez. No te va a funcionar toda la vida, Arianna.
—No necesito que funcione toda la vida. Solo necesito que funcione esta noche.
Lorenzo deja el bolígrafo sobre el escritorio con un suspiro.
—¿Por qué?
—Porque llevamos meses sin jugar. Porque antes no parábamos de jugar. Porque me lo debes después de huir del gimnasio como si te persiguiera el diablo.
Algo se tensa en su mandíbula.
—No hui.
—Saliste corriendo.
—Me fui porque la sesión había terminado.
—Saliste corriendo porque te pusiste duro y no querías que lo notara. —Las palabras salen directas, sin filtro—. Pero lo noté, Lorenzo. Lo sentí.
El silencio que sigue dura lo que él tarda en recomponerse.
Lorenzo me mira con cara de póquer, pero no lo niega. Sabe que no soy tonta. Sus manos se cierran en puños sobre el escritorio.
—Una partida —dice por fin—. Y después te vas a tu habitación y no volvemos a hablar de esto.
—De acuerdo.
Cojo el tablero del escritorio. El que me regaló cuando yo estaba interna en Suiza. El mismo que llevamos años usando para comunicarnos cuando las palabras no son suficientes.
Lo coloco sobre la mesa baja frente al sofá. Nos sentamos uno frente al otro. Lorenzo empieza a colocar las piezas con movimientos precisos.
—Blancas o negras —dice.
—Blancas.
Me pasa las piezas blancas. Yo las voy poniendo en su sitio mientras le observo la cara. Tiene ojeras que no tenía esta mañana. La mandíbula más tensa de lo normal. Las manos firmes pero con un temblor casi imperceptible cuando coge el rey negro.
—Si gano —digo—, me respondes con honestidad a una pregunta.
Lorenzo me mira.
—No.
—¿Tienes miedo de perder?
—Tengo miedo de lo que vas a preguntar.
—Entonces no pierdas.
Lorenzo me escruta la cara un momento. Después asiente.
—Vale. Pero si gano yo, dejas de provocarme.
—No te estoy provocando.
—Sí lo haces. Llevas días haciéndolo.
Sonrío.
—Vamos a jugar.
Empiezo la partida moviendo el peón de rey dos casillas. Lorenzo responde con el mismo movimiento. Jugamos en silencio durante diez minutos. Cada movimiento es deliberado, pensado. No hablamos, pero el tablero dice todo lo que necesitamos decir.
Lorenzo juega a la defensiva. Protege a su rey, construye muros, evita riesgos. Yo juego agresiva. Ataco, presiono, busco grietas en su defensa.
Como siempre.
—¿Por qué huiste? —pregunto mientras muevo mi alfil.
—Jugamos. Después hablamos. —No levanta la vista del tablero—. Esa era la condición.
—La condición era una partida. Nadie dijo que fuera muda.
—Arianna.
—Lorenzo. —Muevo una pieza sin pensarla. Por fuera, tengo puesta cara de ajedrez; por dentro, el corazón me va al galope. Si esta noche no consigo que hable, no voy a reunir el valor de intentarlo otra vez—. ¿Por qué huiste?
Su caballo se retira a una casilla segura. Cree que el silencio también es una defensa.
—Saliste del gimnasio como si te quemara estar cerca de mí —insisto—. Y los dos sabemos que no fue por la sesión.
Mueve otra pieza sin mirarme. Estoy segura de que no va a contestar. Y entonces:
—Porque estar cerca de ti me quema.
Las palabras quedan suspendidas en el aire. Yo muevo mi torre.
—Jaque.
Lorenzo bloquea con su alfil.
—Eso no significa lo que crees que significa.
—¿No?
—No.
Jugamos cinco movimientos más. Yo tomo su alfil. Lorenzo toma mi caballo. El tablero se va vaciando hasta que solo quedan las piezas esenciales.
—Cuando estábamos en el gimnasio —digo moviendo mi reina—, noté que te excitabas.
Lorenzo se queda inmóvil con la mano sobre su torre.
—Arianna…
—Y no te apartaste porque no quisieras. Te apartaste porque sí querías. Demasiado.
—No sabes de lo que estás hablando.
—Lo sé mejor de lo que crees. —Muevo mi reina otra vez—. Jaque mate.
Lorenzo mira el tablero. Su rey está acorralado, sin salidas. Ha perdido y lo sabe.
Se recuesta en su asiento y me mira de una manera que no había visto antes.
—Pregunta.
Me inclino hacia delante y acorto la distancia entre nosotros.
—¿Por qué huyes de mí si es obvio que me deseas?
Sus ojos se agrandan un instante, pero luego recobra la compostura de nuevo.
—Arianna…
—Me has dicho que estar cerca de mí te quema. Acabas de admitir que te afecta. Así que dime: ¿por qué sigues alejándote?
Lorenzo echa la cabeza atrás y suelta el aire.
—Porque esto no puede pasar.
—¿Por qué no?
—Por mil razones.
—Dame una.
—Tu hermano.
—Leonardo no tiene que enterarse.
Lorenzo se ríe sin humor.
—¿Crees que podría ocultárselo? ¿Crees que no se daría cuenta?
—No lo sabremos si no lo intentamos.
—No vamos a intentarlo.
Me levanto del sofá y voy a sentarme a su lado, tan cerca que no le queda más remedio que notar mi presencia.
—Esta mañana te pusiste duro cuando te rocé. No fue accidental. No fue algo que pudieras controlar. —Bajo la voz—. A mí me gustó. Me gustó mucho saber que te afecto así.
—Arianna, por Dios…
—Quiero explorar esto contigo. —Sueno más valiente de lo que me siento por el miedo a que me rechace—. Quiero saber lo que es que me toques sin contenerte. Quiero…
—¿Quieres qué?
—Quiero que seas tú.
Lorenzo me mira con una intensidad que quema.
—¿El qué?
—Mi primera vez. —Trago saliva—. Soy virgen, Lorenzo. Y si voy a estar con alguien, quiero que seas tú.
Lorenzo se levanta del sofá de un salto y casi tira la mesa.
—No. Ni de coña. Ni en un millón de putos años.
—¿Por qué no?
—Porque… —Se gira hacia mí con los ojos más oscuros que nunca—. Porque no soy digno de eso. De ti. De nada de lo que estás ofreciendo.
—Eso no es verdad.
—Sí lo es. —Da un paso hacia mí—. Soy un asesino, Arianna.
He matado a más hombres de los que puedo contar.
Tengo las manos manchadas de una sangre que nunca va a lavarse.
Y tú… —Se le rompe la voz—. Tú mereces a alguien limpio.
A alguien bueno. A alguien que no pase las noches despierto pensando en formas de matar gente.
—No me importa.
—Debería importarte.
—Pues no me importa. Te quiero a ti.
—No me quieres. Quieres una fantasía.
—Te conozco desde que tenía doce años, Lorenzo. No eres una fantasía para mí.
Lorenzo se pasa las manos por el pelo.
—No puedo darte lo que quieres.
—¿Por qué no?
—Porque le debo la vida a tu hermano. —La desesperación se le cuela en cada palabra—. Leonardo me salvó cuando nadie más lo habría hecho. Me dio una familia cuando no tenía nada. No puedo traicionarlo estando contigo.
—Eso no es justo.
—La vida no es justa. —Se acerca más—. Leonardo no quiere que acabes con alguien de este entorno. No quiere que te cases con un hombre que lleva un arma al desayuno y tiene enemigos que matarían a su familia para hacerle daño. Y tiene razón. Te mereces algo mejor que esto.
—¿Y si yo no quiero algo mejor?
—Entonces estás confundida.
—No lo estoy.
Lorenzo me mira en silencio. Y en sus ojos veo algo que me rompe: dolor real mezclado con un deseo tan intenso que casi da miedo.
—La atracción nunca ha sido el problema —dice con una voz tan baja que casi no lo oigo—. Podría desearte durante el resto de mi vida y no sería el problema. El problema es que no soy lo suficientemente bueno para ti. Nadie en este puto mundo lo es. Y yo menos que nadie.
Se gira y camina hacia la puerta.
—Lorenzo…
—Vete a tu habitación, Arianna. Y olvídate de esto.
—No puedo.
—Inténtalo.
Sale del despacho y cierra la puerta detrás de él.
Y yo me quedo ahí sentada en el sofá, mirando el tablero de ajedrez con las piezas todavía en su posición final. Mi reina acorralando a su rey. Una victoria perfecta.
Pero no sabe a victoria.
Sabe a herida recién abierta, una que Lorenzo lleva años intentando mantener cerrada.
Me levanto y me acerco a la ventana. Al otro lado del cristal, el jardín trasero está iluminado por focos de seguridad. Dos hombres patrullan el perímetro. Tanta protección contra lo de fuera, y lo que de verdad nos separa no está ahí: lo lleva Lorenzo dentro.
Porque no se siente digno.
Esa es su verdadera barrera. Ni Leonardo. Ni las circunstancias. Ni el peligro.
Lorenzo no se cree lo suficientemente bueno para mí.
Y eso lo explica todo. Cada rechazo. Cada vez que se apartó. Cada momento en que vi dolor en sus ojos cuando me miraba.
No estaba protegiéndome de él.
Estaba protegiéndome de lo que cree que él es.
Apoyo la frente en el cristal frío de la ventana y repaso lo que acabo de descubrir.
Lorenzo me desea. Lo admitió sin admitirlo. Dijo que la atracción nunca ha sido el problema, lo que significa que la atracción existe y es real y es fuerte.
Y Lorenzo no se siente digno de mí. Cree que soy demasiado buena para él. Cree que merezco algo mejor que un asesino con las manos manchadas de sangre.
Las dos piezas del rompecabezas encajan.
Lorenzo siente algo por mí. Lo suficiente para rechazarme una y otra vez porque cree que es lo mejor para mí. Lo suficiente para mantener una distancia que le está afectando.
Lo suficiente para huir cada vez que su control se agrieta.
Sonrío despacio.
Ahora sé contra qué estoy luchando.
No contra su indiferencia. Contra su autocastigo.
No contra su falta de deseo. Contra su exceso de nobleza mal entendida.
Y eso puedo combatirlo.
Puedo demostrarle que se equivoca. Que sí es lo suficientemente bueno. Que lo elijo a él por quien es, no a pesar de ello.
Puedo hacerle ver que esa sangre derramada y esas manos sucias son justo lo que quiero. Porque esas manos me protegieron cuando nadie más lo hizo. Porque esa sangre se derramó manteniendo a salvo a las personas que quiero.
Porque Lorenzo Benedetti es el único hombre que he querido en mi vida. Y no voy a rendirme solo porque él haya decidido que no se merece ser querido.
Salgo del despacho y subo las escaleras hacia mi habitación.
Mañana seguiré presionando. Seguiré buscando grietas. Seguiré demostrándole que cada razón que tiene para alejarse de mí es una razón para acercarse.
Porque ahora lo sé. Lorenzo me desea. Y solo necesito convencerlo de que merece tenerme.