CAPÍTULO 17 #2
Me levanto de la colchoneta y camino hacia la salida. Tengo una estrategia nueva que planear. Porque si Lorenzo piensa que puede seguir resistiéndose después de esto, está muy equivocado.
Voy a exprimir esta ventaja que acabo de descubrir hasta la última gota.
LORENZO
Subo las escaleras de dos en dos.
Llego a mi habitación, entro y cierro la puerta de un golpe. El corazón me martillea tan fuerte que me duele el pecho. La sangre me bombea en los oídos. Y mi puta erección presiona contra los pantalones con tanta fuerza que casi me hace daño.
Mierda.
Mierda, mierda, mierda.
Me aparto de la puerta y me meto en el baño. Abro el grifo de la ducha, pongo el agua fría, y me quito la ropa con movimientos bruscos. La camiseta cae al suelo. Los pantalones. La ropa interior.
Entro bajo el chorro helado.
No sirve de nada.
Sigo duro como una piedra. Sigo viendo a Arianna retorciéndose contra mí. Sigo sintiendo la forma en que arqueó las caderas, cómo su cuerpo se frotó contra el mío buscando liberarse.
Sigo oyendo los ruiditos que se le escapaban mientras forcejeaba.
La mano me baja por el estómago antes de que pueda detenerla. Los dedos se me cierran alrededor de la polla y aprieto, buscando alivio, cualquier cosa que haga que esto pare.
No debería estar haciendo esto.
No debería estar pensando en ella así.
Pero mi cuerpo no escucha a mi cabeza. Mi cuerpo solo sabe que acaba de tener a Arianna apretada contra él, caliente y jadeante, su cuerpo contra el mío, sus ojos verdes mirándome como si quisiera que me la follara ahí mismo contra la pared.
Mi mano empieza a moverse.
Cierro los ojos y me dejo ir. Me permito pensar en las cosas que llevo años prohibiéndome. En besarla otra vez, pero esta vez sin interrupciones. En arrancarle esa ropa deportiva que se le pega a cada curva. En probar cada centímetro de piel que he pasado siglos memorizando desde la distancia.
Me la imagino debajo de mí en mi cama. En las colchonetas del gimnasio. Contra la pared donde acabo de tenerla inmovilizada. Me la imagino diciendo mi nombre con la voz rota y necesitada.
Mi respiración se acelera. El agua fría golpea mi espalda pero no hace nada para enfriar el fuego que me consume.
Aprieto más fuerte. Muevo la mano más rápido. Pienso en cómo sabía cuando la besé. En cómo se aferró a mí como si el suelo hubiera desaparecido bajo sus pies. En cómo se arqueó contra mí hace cinco minutos, completamente inconsciente de lo que me estaba haciendo.
O quizás no tan inconsciente.
Quizás lo sabía de sobra.
Quizás quería provocarme.
Ese pensamiento casi me hace correrme.
Me la imagino haciendo justo eso: provocándome a propósito, retorciéndose contra mí sabiendo muy bien lo que me hace. Me la imagino sonriendo cuando me ve perder el control. Me la imagino susurrándome al oído que deje de resistirme y le dé de una vez lo que los dos queremos.
Un gemido bajo se me escapa sin permiso.
Mi mano se mueve más rápido. Más dura. El placer me sube por la columna, se concentra en la base, se acumula hasta que ya no puedo contenerlo.
Pienso en Arianna desnuda. En sus piernas alrededor de mi cintura. En sus uñas clavándose en mi espalda. En sus ojos verdes mirándome mientras le hago todas las cosas que llevo años soñando hacerle.
Pienso en hacerla mía de todas las formas posibles.
Y me corro con su nombre en los labios.
El orgasmo me atraviesa con una intensidad que casi me tumba. Me apoyo contra la pared de la ducha con la mano libre, la otra todavía en movimiento, apurando cada sacudida de placer hasta que no queda nada.
Me quedo ahí de pie bajo el agua fría, jadeando, esperando a que mi respiración se normalice.
Cuando por fin abro los ojos, la realidad me cae encima de golpe.
Acabo de masturbarme pensando en Arianna.
En la hermana de Leonardo.
En la mujer que se supone que debo proteger, no desear.
La culpa me encoge el pecho, pero viene mezclada con algo peor: la certeza absoluta de que voy a volver a hacerlo. Que esto no ha aliviado nada. Que si acaso, solo ha empeorado las cosas.
Porque ahora sé lo que es perderme en ella, aunque sea solo en mi imaginación.
Y no sé cómo voy a sobrevivir las siguientes sesiones de entrenamiento sabiendo que lo único que me separa de hacerlo realidad es mi propia fuerza de voluntad.
Una fuerza de voluntad que se agrieta más cada día.
Me obligo a salir de la ducha. Me seco con movimientos mecánicos. Me visto con ropa limpia. Y cuando estoy a punto de salir de la habitación, mi móvil suena.
Leonardo.
Reunión en una hora. Nuevos movimientos del Cártel.
Respondo con un escueto «Vale» y dejo el móvil.
Una hora. Tengo una hora para recomponerme. Para volver a ser el subjefe leal y controlado que Leonardo necesita. Para olvidar lo que acaba de pasar en esa ducha.
Para olvidar que Arianna Moretti va a acabar conmigo.
Me miro en el espejo. El hombre que me devuelve la mirada tiene los ojos demasiado oscuros y la mandíbula demasiado tensa.
Parece alguien al borde del precipicio.
Y puede que lo esté.
Porque Arianna es la mujer más impresionante que he conocido en mi vida. Inteligente, feroz, imposible de ignorar. Y cada día que paso cerca de ella me hace más difícil recordar por qué no puedo tenerla.
Me obligo a apartar la vista del espejo.
Tengo trabajo que hacer. Una reunión a la que asistir. Un Don al que no puedo traicionar.
Y una atracción que no puedo permitirme sentir.
Aunque me esté matando por dentro.