Peligrosa Obsesión (Sangre y Lealtad 2) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

ARIANNA

El campo de tiro está en el sótano, al fondo de un pasillo que parece no terminar nunca.

Lorenzo camina delante de mí con una caja de munición en una mano y dos pistolas en la otra. Lleva vaqueros oscuros y una camiseta negra que se le pega a la espalda y le marca hasta el último músculo al andar. Yo intento concentrarme en cualquier otra cosa, pero es inútil.

Han pasado dos días desde el centro comercial. Dos días desde el beso. Dos días en los que Lorenzo no ha vuelto a mencionar lo que pasó, como si pudiera borrarlo fingiendo que nunca ocurrió.

Pero yo no puedo fingir.

Todavía siento la presión de sus labios contra los míos. Todavía siento sus manos en mi pelo, en mi cintura. Todavía escucho el sonido bajo que hizo cuando lo mordí.

Lorenzo abre la puerta del campo de tiro y me hace un gesto para que entre. La sala es más grande de lo que esperaba: hay tres carriles separados, dianas al fondo, paredes insonorizadas. Huele a pólvora y a metal.

—¿Has disparado alguna vez? —pregunta dejando la caja sobre la mesa.

—No. Nunca.

—¿Y no te impone?

—Al contrario. Me muero de ganas.

Lorenzo casi sonríe. Casi.

—Eso me preocupa.

Coge una de las pistolas y comprueba que está descargada. Después me la tiende.

—Es una Glock 19. Nueve milímetros. Sirve para la mayoría de las situaciones. —Sus dedos rozan los míos cuando cojo el arma—. Pesa más de lo que parece, ¿verdad?

—Un poco.

—Acostúmbrate. Vas a llevarla encima todo el tiempo cuando salgamos.

La idea de llevar un arma me provoca una emoción extraña. Poder. Control. Lo que llevo semanas buscando.

Lorenzo se coloca detrás de mí. Tan cerca que siento su calor contra mi espalda.

Se me acelera el pulso.

—Pies separados. Anchura de hombros. —Su voz suena más ronca de lo normal—. Flexiona un poco las rodillas.

Obedezco. Lorenzo me toca el codo con los dedos para ajustarme la postura.

—Brazos extendidos. Las dos manos en el arma. La mano dominante alta, la otra apoyando desde abajo.

Sus manos cubren las mías, corrigiendo la posición. Cada punto de contacto me quema la piel.

—Mira por la mira. Alinea el punto de mira delantero con el trasero. —Se inclina más, y su aliento me roza el cuello—. Respira. Exhala. Dispara entre respiraciones.

Me concentro en la diana al final del carril. En la sensación del metal frío en mis manos. En cualquier cosa que no sea lo cerca que está Lorenzo.

—Ahora tú —dice apartándose.

El frío que deja su ausencia es casi doloroso.

Cargo la pistola como me ha enseñado. Adopto la postura. Apunto. Disparo.

La bala impacta en el borde exterior de la diana.

—No está mal para el primer tiro —dice Lorenzo—. Pero estás anticipando el retroceso. Relájate.

Disparo otra vez. Esta vez más cerca del centro.

—Mejor.

Vaciamos el cargador completo. Para el último tiro, tres de cinco balas están en el círculo interior de la diana. Lorenzo se cruza de brazos y me mira con auténtica sorpresa.

—Tienes talento natural para esto.

—¿Es un cumplido?

—Es una observación. Y un problema.

—¿Por qué es un problema?

Lorenzo se acerca y me quita la pistola de las manos. Sus dedos rozan mi muñeca, mi palma, demorándose un segundo más de lo necesario.

—Porque eres peligrosa, Arianna. Y acabas de volverte más peligrosa todavía.

Me sostiene la mirada durante tres segundos. En sus ojos hay una oscuridad hambrienta que no le había visto antes y que me acelera el pulso.

—¿Otra ronda? —pregunto.

—Otra ronda.

Pasamos dos horas en el campo de tiro. Cuando salimos, tengo los brazos cansados y los oídos zumbando a pesar de la protección auditiva. Pero también tengo una sonrisa que no puedo borrar.

Lorenzo me ha enseñado. Me ha tocado. Me ha mirado como si fuera algo más que la hermana pequeña del Don.

Es un comienzo.

Al día siguiente, Lorenzo me espera en el gimnasio a las nueve de la mañana.

Lleva pantalones de chándal negros y una camiseta sin mangas que deja ver los músculos de sus brazos. Y, dios, está buenísimo. Hay una cicatriz pequeña en su hombro izquierdo que nunca había visto antes. Me pregunto cómo se la hizo.

—Hoy vamos a aprender defensa personal básica —dice señalando las colchonetas en el centro de la sala—. Escapes, bloqueos, puntos de presión.

—¿Vas a enseñarme a pelear?

—Voy a enseñarte a no morir si alguien te agarra.

Me coloco frente a él en la colchoneta. Lorenzo me estudia durante dos segundos.

—Si alguien te coge del brazo así —me agarra la muñeca con fuerza—, no tires hacia atrás. Gira hacia el pulgar. Es el punto más débil del agarre.

Lo intento: giro la muñeca hacia su pulgar y tiro. La mano se me suelta con una facilidad que me sorprende.

—Otra vez.

Repetimos el ejercicio veinte veces. Después me enseña cómo liberarme si alguien me agarra por detrás, cómo bloquear un puñetazo, dónde golpear para causar más daño.

Cada movimiento implica contacto. Sus manos en mi cintura, en mis hombros, en mi cuello, demostrando dónde aplicar presión.

Y mi cuerpo lleva la cuenta de todas: me quema la piel allí donde me toca y se me queda fría cuando me suelta, como si protestara.

Cuando me coloca desde atrás, con el pecho pegado a mi espalda y el aliento en mi nuca, el calor se me derrama vientre abajo y tengo que morderme la mejilla por dentro para no soltar un ruido que lo delataría todo.

No es solo el roce. Es saber que es él. Que son sus manos, las que llevo años imaginando, las que me recolocan las caderas con una paciencia de instructor que no se cree ni él.

Así que dejo de ponérselo fácil: fallo el siguiente escape a propósito, para que tenga que corregirme con todo el cuerpo, y arqueo la espalda un poco más de lo que pide la lección. Si él va a fingir que esto es solo entrenamiento, yo voy a encargarme de que le cueste.

Estamos practicando escapes desde el suelo cuando pasa.

Lorenzo me tiene inmovilizada boca arriba, con las manos sujetándome las muñecas por encima de la cabeza y el cuerpo cubriendo el mío. Es una posición de demostración. Profesional. Inocente.

Excepto que no lo es. Y yo me he dejado atrapar justo así, en el último escape, sabiendo dónde íbamos a acabar.

Su cara queda a un suspiro de la mía. Su respiración me golpea los labios.

El peso de su cuerpo contra el mío enciende todo lo que llevo días alimentando a propósito: cada roce de estos entrenamientos, cada corrección con las manos, cada excusa para tenerlo cerca.

No quiero ignorarlo. Quiero que a él le pase lo mismo y que no pueda seguir fingiendo lo contrario.

Los ojos de Lorenzo bajan a mi boca. Vuelven a subir. Y todo mi cuerpo se despierta.

—Desde aquí —dice, y la voz le sale hecha grava—, usas las caderas para…

Se detiene. Me mira. Y por primera vez veo lo que Lorenzo nunca me había dejado ver: deseo, puro, sin tapar, y debajo algo que se parece al miedo, como si el peligro de esta habitación fuera él y no un atacante imaginario.

Las manos que me sujetan las muñecas se aprietan un instante, involuntarias: tocarme le quema, y aun así no suelta.

Se levanta tan de golpe que casi me hace daño en las muñecas.

—Es suficiente por hoy.

—Lorenzo…

—He dicho que es suficiente.

Sale del gimnasio sin mirar atrás.

Yo me quedo tumbada en la colchoneta, mirando al techo, con el corazón tan desatado que debe de oírse desde el pasillo.

Al tercer día, Lorenzo llega tarde.

Llevo veinte minutos esperando en el gimnasio cuando aparece por fin. Tiene ojeras, como si no hubiera dormido. Su mandíbula está más tensa de lo normal.

—Hoy vamos a ensayar movimientos de pelea —dice sin saludarme si quiera—. Cómo responder si alguien te ataca.

Me enseña combinaciones básicas: puñetazos, patadas, cómo usar los codos y las rodillas. Después me pone contra la pared y me muestra cómo defenderme si alguien intenta inmovilizarme.

—Agárrame con fuerza —digo.

—¿Qué?

—Como lo harías de verdad. Para enseñarme a liberarme.

Lorenzo duda un instante. Después se acerca, me coge ambas muñecas y las presiona contra la pared por encima de mi cabeza.

—Desde aquí —dice con una voz plana que se le nota forzada—, levantas la rodilla hacia…

—No puedo hacer bien la prueba si no lo haces de verdad.

—Arianna…

—Hazlo bien, Lorenzo. Como si fueras un atacante de verdad.

Algo oscuro cruza su expresión. Se acerca más, aprieta su cuerpo contra el mío y usa su peso para inmovilizarme. No hay espacio entre nosotros. Ni un centímetro.

—¿Así? —pregunta con una voz baja y peligrosa.

—Así.

El calor de su cuerpo me atraviesa. Huele a jabón y sudor y algo más oscuro que no sé identificar. Sus dedos aprietan mis muñecas con la fuerza justa para ser efectivo pero no para hacerme daño.

—Ahora intenta liberarte —dice.

Intento levantar la rodilla como me ha enseñado. No funciona desde este ángulo. Intento girar las muñecas. Tampoco.

—No puedo.

—Inténtalo otra vez.

Lo intento. Retuerzo las caderas buscando palanca. Me arqueo contra él para ganar espacio. Mis movimientos son instintivos, desesperados, sin pensar.

Y entonces lo siento.

La presión dura contra mi cadera. Inconfundible. Innegable.

Lorenzo está excitado.

Me quedo inmóvil.

Lorenzo maldice en voz baja, me suelta y retrocede tres pasos. Su cara es una máscara de control pero sus ojos…

Sus ojos son puro fuego.

—Se acabó —dice.

—Lorenzo…

—He dicho que se acabó.

Sale del gimnasio como si lo persiguieran demonios.

Yo me quedo ahí de pie, quieta. Después me dejo caer en las colchonetas boca arriba, mirando al techo otra vez.

Lorenzo se ha puesto duro.

Conmigo.

Por mí.

Se me escapa una sonrisa lenta.

Dios.

Esto es lo mejor que me podría haber pasado.

Llevo desde hace años buscando grietas en su control. Años intentando que me vea como algo más que la hermana de su Don. Años preguntándome si de verdad siente algo o si todo está en mi cabeza.

Y acaba de darme la respuesta.

Lorenzo me desea.

Me desea tanto que no puede ocultarlo. Tanto que prefiere huir a enfrentarse a mí.

Tanto que acaba de perder el control que tan cuidadosamente mantiene.