Peligrosa Obsesión (Sangre y Lealtad 2) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

LORENZO

Hago el trayecto de vuelta a la mansión sin radio, sin llamadas: solo yo y lo que acabo de hacer.

Leonardo conduce su coche con Arianna en el asiento del copiloto. Yo los sigo en el mío, manteniendo la distancia justa para no perderlos de vista pero tampoco estar encima. Aprieto el volante con tanta fuerza que el cuero cruje bajo mis dedos.

Todavía siento el sabor de Arianna en mis labios.

Todavía siento la forma en que se aferró a mí como si fuera lo único sólido en su mundo.

He besado a la hermana de Leonardo. A la mujer que llevo toda la vida intentando mantener a distancia. A la única persona en el mundo que debería ser intocable para mí.

Y siento cómo la culpa pesa más con cada kilómetro que nos acerca a casa.

Llegamos a la mansión veinticinco minutos después. Leonardo aparca frente a la entrada principal y baja del coche. Arianna lo sigue con la barbilla alta y los hombros tensos. Yo aparco al lado y los alcanzo antes de que entren.

—A mi despacho —dice Leonardo sin mirar a ninguno de los dos—. Ahora.

Cruzamos el vestíbulo en silencio. Dos hombres de seguridad nos miran pasar pero tienen la sensatez de no decir nada. Subimos las escaleras. Leonardo entra a su despacho primero, Arianna después, yo cierro la puerta detrás de nosotros.

Leonardo se coloca detrás de su escritorio. Arianna se queda de pie en el centro de la habitación con los brazos cruzados. Yo me apoyo contra la pared cerca de la puerta, en mi posición habitual de vigilancia.

Pero nada de esto es habitual.

Leonardo apoya las manos sobre el escritorio y mira a su hermana durante cinco segundos que se hacen eternos.

—¿Se puede saber qué coño te pasa por la cabeza? —Su voz es baja pero cargada de una furia contenida que conozco demasiado bien.

—Ya te lo he dicho. Necesitaba salir.

—¿Salir? —Leonardo se ríe, pero no hay humor en el sonido—. ¿Te has escapado de una casa vigilada por veinte hombres armados, has viajado sola hasta un centro comercial público y has pasado dos horas ahí sin protección porque necesitabas salir?

—Sí.

—¿Tienes idea del peligro en el que te pusiste?

—No estaba en peligro. No pasó nada.

—¡No pasó nada porque tuviste suerte! —Leonardo alza la voz por primera vez—. Porque Lorenzo llegó a tiempo. Porque ningún hijo de puta del Cártel te reconoció. Pero podría haber pasado, Arianna. Podrías estar muerta ahora mismo.

—Pero no lo estoy.

Leonardo rodea el escritorio y se acerca a su hermana. Yo me tenso instintivamente, listo para intervenir si hace falta. Pero Leonardo se detiene a un metro de ella.

—No vas a volver a hacer esto. ¿Me has entendido? No vas a volver a salir de esta casa sin mi permiso. No vas a volver a escaparte. No vas a volver…

—¿O qué? —Arianna lo interrumpe con una voz afilada—. ¿O qué, Leonardo? ¿Vas a encerrarme en mi habitación? ¿Vas a poner guardias en mi puerta? ¿Vas a tratarme todavía más como a una prisionera?

—Te trato como a alguien que necesita protección.

—Me tratas como a una niña.

—Eres mi hermana. Mi responsabilidad.

—¡Soy una mujer adulta! —Arianna da un paso hacia él—. Tengo veintitrés años. He vivido sola durante años. He estudiado, he trabajado, he sobrevivido de sobra sin que nadie me dijera todo el rato lo que puedo o no puedo hacer.

—Eso era antes de que el Cártel del Desierto declarara la guerra.

—Siempre va a haber algo. Siempre va a haber una amenaza, un enemigo, un motivo para mantenerme encerrada. —Arianna se cruza de brazos—. Si no me dejas vivir ahora, nunca lo harás.

Leonardo aprieta la mandíbula.

—Estás siendo irracional.

—Estoy siendo sincera.

—Estás siendo imprudente.

—Estoy siendo humana. —La voz de Arianna se quiebra—. Estoy intentando tener una vida, Leonardo. Una vida de verdad. No esta existencia donde paso los días encerrada esperando a que alguien decida que es seguro dejarme respirar.

—Tu seguridad es más importante que tu comodidad.

—¿Mi comodidad? —Arianna se ríe con amargura—. ¿Crees que esto es sobre comodidad?

—¿Entonces de qué se trata?

—¡Se trata de respeto! —La voz de Arianna sube de volumen—. Se trata de que me tratéis como a una igual en lugar de como a un objeto frágil. Se trata de que me dejéis tener un sitio en mi propia familia.

Leonardo abre la boca pero Arianna no le deja hablar.

—Quiero aprender a defenderme. He pedido que me enseñéis y los dos os habéis negado.

Quiero trabajar para la organización. He presentado tres propuestas profesionales y las tres han sido rechazadas sin siquiera considerarlas de verdad.

Quiero salir de esta casa, aunque sea con guardaespaldas, y me decís que no.

—Se le humedecen los ojos pero no deja que las lágrimas caigan—.

¿Qué se supone que debo hacer? ¿Quedarme aquí sentada día tras día siendo la hermana decorativa del Don?

¿Fingir que soy feliz cuando me siento totalmente sola?

La última palabra me da de lleno.

Sola.

He estado tan ocupado manteniéndome alejado de ella que no me he parado a pensar en cómo debía sentirse. Encerrada en una casa llena de hombres armados que la tratan con respeto pero no con calidez. Sin amigos de verdad excepto Olivia. Sin un propósito más allá de existir.

Sola.

Por mi culpa. Por nuestra culpa.

—Así que ahí lo tenéis —continúa Arianna—. La única forma en que prometo que no voy a volver a escaparme es si me tenéis en consideración de una vez. Si dejáis de tratarme como a una niña indefensa y empezáis a verme como lo que soy: una mujer adulta que quiere contribuir a su familia.

Leonardo se pellizca el puente de la nariz.

—Arianna…

—Y si no —lo interrumpe ella—, os juro que volveré a escaparme. Y la próxima vez no voy a llevarme el móvil para que me encontréis con tanta facilidad. Voy a ir más lejos. Y no me va a importar lo que pase porque esto, esta vida que me estáis obligando a vivir, no es vivir en absoluto.

El silencio que sigue es tan pesado que cuesta respirar.

Leonardo mira a su hermana. Yo miro a Arianna. Y en su cara veo algo que me rompe: no solo rabia o frustración, sino dolor real. La clase de dolor que viene de sentirse invisible en tu propia casa.

Doy un paso al frente antes de poder detenerme.

—Yo le enseñaré —digo.

Los dos se giran hacia mí. Leonardo me mira con sorpresa. Arianna con esperanza.

—¿Qué? —pregunta Leonardo.

—Le enseñaré a defenderse. —Miro a Arianna directamente—. Si eso es lo que quieres, te voy a enseñar.

—Lorenzo…

—Tiene razón. —Me obligo a apartar la vista de Arianna para mirar a Leonardo—. Tiene razón en todo lo que ha dicho. La hemos tratado como si fuera de cristal cuando es más fuerte de lo que queremos admitir.

Leonardo abre la boca pero yo continúo antes de que pueda interrumpirme.

—Siento mucho cómo te he tratado. —Las palabras me salen con dificultad pero necesito decirlas—. Siento haberte hecho sentir sola. No era mi intención, pero eso no lo hace mejor.

Arianna me mira, y esa mirada puede conmigo.

—Lorenzo…

—Quieres aprender a defenderte, te voy a enseñar. Empezamos mañana.

Leonardo me mira durante tres segundos largos. Después suspira y se gira hacia su hermana.

—Vale —dice—. Vale, tienes razón. Los dos tenéis razón.

Arianna parpadea sorprendida.

—¿Qué?

—He sido demasiado protector. —Leonardo se sienta en el borde de su escritorio—. Y sí, te he tratado como si fueras más frágil de lo que eres. Lo siento.

Las palabras parecen costarle, pero suenan genuinas.

—En cuanto al trabajo —continúa—, dame unos días para organizarlo de forma segura. Pero te prometo que voy a revisar tus propuestas de verdad esta vez. Y si son buenas, las implementamos.

—¿De verdad? —La voz de Arianna suena incrédula.

—De verdad. —Leonardo la mira, y se le ve la culpa—. Eres mi hermana. Te quiero. Y lo último que quiero es que te sientas sola o poco querida en tu propia casa.

La expresión de Arianna se ablanda. Las lágrimas que ha estado conteniendo amenazan por fin con caer.

—Gracias —dice con la voz rota.

Leonardo asiente.

—Pero necesito que entiendas algo. El peligro es real, Arianna. El Cártel del Desierto no va a dejar de ser una amenaza porque nosotros nos sintamos culpables. Así que, si voy a darte más libertad, necesito que me prometas que vas a ser cuidadosa.

—Lo prometo.

—¿Nada de escapadas?

Arianna duda durante dos segundos. Después levanta la barbilla.

—Nada de escapadas. Siempre que cumpláis vuestras promesas.

—¿Y si no las cumplimos? —pregunto.

Arianna me mira directamente.

—Entonces vais a descubrir lo cabezona que puedo llegar a ser.

A pesar de la tensión y del miedo, casi sonrío. Casi.

—Está claro de quién has heredado eso —murmuro.

Leonardo me lanza una mirada de advertencia pero no dice nada.

Arianna camina hacia la puerta. Se detiene con la mano en el pomo y se gira hacia nosotros.

—Hablo en serio —dice—. Como esto sea solo para aplacarme y no sea real, os prometo que la próxima vez que me escape voy a ir tan lejos que ni siquiera vuestros rastreadores van a encontrarme.

Sale del despacho y cierra la puerta detrás de ella.

Leonardo y yo nos quedamos en silencio durante un buen rato.

—Ha ido bien —digo al fin.

—Define bien.

—Sigue viva. Está en casa. Ha aceptado las condiciones.

—Después de amenazarnos con escaparse otra vez si no cumplimos.

—Es tu hermana. ¿Qué esperabas?

Leonardo se ríe sin humor.

—Esperaba que fuera más fácil mantenerla a salvo.

—Nada es fácil con ella.

Leonardo me mira de una forma que me pone nervioso.

—¿Qué pasó en el centro comercial?

—La encontré. La traje de vuelta.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

Miento con una facilidad que debería preocuparme. Leonardo me estudia un momento más y después asiente.

—Bien. Porque si hubiera pasado algo más, me lo habrías dicho. ¿Verdad?

—Por supuesto.

Otra mentira.

Leonardo va al mueble bar y vuelve con dos vasos de whisky. Me tiende uno.

—Le vas a enseñar a defenderse —dice—. ¿Estás seguro?

—Sí.

—Va a ser complicado.

No tiene ni idea de cuánto.

—Puedo con ello.

Leonardo bebe un sorbo largo.

—Gracias. Por ofrecerte. Por disculparte. —Hace una pausa—. Tenías razón. Hemos sido demasiado duros con ella.

—Queríamos mantenerla a salvo.

—Lo sé. Pero había mejores formas de hacerlo.

Me bebo el whisky y agradezco que queme. Mi cabeza sigue en ese pasillo del centro comercial. En el sabor de Arianna. En la forma en que dijo mi nombre cuando la besé.

—Voy a revisar cómo salió de la casa —digo dejando el vaso vacío sobre el escritorio—. Y voy a asegurarme de que no vuelva a pasar.

—Hazlo.

Salgo del despacho antes de que Leonardo pueda hacerme más preguntas que no quiero responder.

Voy hacia las escaleras para bajar a mi habitación, pero me detengo frente a la puerta de Arianna.

Levanto la mano para llamar. La bajo antes de que los nudillos toquen la madera.

¿Qué voy a decirle?

¿Que lo siento por besarla? Sería mentira.

¿Que no debería haber pasado? Puede que sea verdad, pero no consigo creérmelo.

¿Que no puede volver a pasar? Debería decirlo, pero no confío en poder cumplirlo.

Bajo la mano y sigo caminando hasta mi habitación.

Me quito la ropa, me meto en la ducha y dejo que el agua fría me castigue durante diez minutos. Cuando salgo, me tumbo en la cama, incapaz de cerrar los ojos.

Mañana empiezo a entrenarla.

Mañana voy a tener que tocarla para enseñarle a pelear.

A partir de mañana voy a pasar demasiadas horas al día pegado a la única mujer del mundo de la que debería mantenerme lejos.

Y después de lo de hoy, de probar lo que es tenerla entre mis brazos, de sentir cómo me devolvía el beso con la misma desesperación…

No sé cómo voy a sobrevivir. Pero lo voy a hacer. Porque le di mi palabra. Porque se lo debo.

Porque por primera vez en seis días, Arianna me miró sin rabia. Me miró con esperanza. Y prefiero torturarme yo antes que decepcionarla otra vez.