CAPÍTULO 15
LORENZO
La reunión termina a las cuatro menos diez.
Leonardo cierra la carpeta con los informes de Massimo sobre las rutas del Cártel y se recuesta en su silla. Tengo el cuello tenso después de tantas horas revisando mapas, puntos de distribución y posibles emboscadas. El Cártel del Desierto está moviéndose más rápido de lo que esperábamos.
—Refuerza la vigilancia del perímetro norte —dice Leonardo—. Y quiero dos hombres más en cada casino.
—Hecho.
—¿Cómo está Arianna?
La pregunta me pilla desprevenido. Leonardo me mira de esa manera suya que lee demasiado y me pongo alerta.
—A salvo, pero frustrada. Cabreada con los dos. Lo normal.
—¿Te está dando problemas?
—Nada que no pueda manejar.
Leonardo asiente despacio.
—Ve a buscarla. Deberíais comer algo. Yo me voy a quedar un rato más aquí.
Salgo del despacho y cierro la puerta detrás de mí. El pasillo está vacío, silencioso salvo por el sonido lejano de un empleado trabajando en la limpieza. Bajo las escaleras hasta la segunda planta y llamo a la puerta de la habitación de Arianna.
Doy tres golpes. No obtengo ninguna respuesta.
—Arianna.
Silencio.
Pruebo el pomo y la puerta se abre.
La habitación está vacía. El baño, también.
Saco el móvil y le envío un mensaje.
Vamos a comer. ¿Dónde estás?
Espero treinta segundos mirando la pantalla. Los segundos se convierten en un minuto. El mensaje no se marca como leído.
Bajo las escaleras y recorro la planta baja buscándola. Salón vacío. Comedor vacío. Cocina vacía salvo por uno de los hombres de servicio preparando algo para la cena. Le pregunto si ha visto a Arianna. Me dice que no desde esta mañana.
Subo otra vez y compruebo todas las habitaciones de la segunda planta. El despacho pequeño donde Olivia a veces lee. El cuarto de baño al final del pasillo. La biblioteca que nadie usa excepto Leonardo.
Vacías.
Bajo al sótano. Al gimnasio, al campo de tiro, a la sala de cine, a la bodega. Todo vacío.
Vuelvo a la planta baja y salgo al jardín trasero. Dos hombres de vigilancia patrullan el perímetro. Les pregunto si han visto a Arianna. Los dos niegan con la cabeza.
—Nadie ha salido por aquí en las últimas tres horas, señor Benedetti —dice uno de ellos.
El primer rastro de pánico me trepa por la columna. Es absurdo: Arianna está enfadada y ha decidido ignorarme. Eso es todo. Seguro que está escondida en algún sitio de la casa, haciendo vete a saber qué para castigarme por mantenerla encerrada.
Pero el pánico no desaparece.
Saco el móvil y abro la aplicación de rastreo. Instalé el programa en el teléfono de Arianna hace años sin decírselo. Me dije que es una medida de seguridad estándar: todos los miembros de la famiglia tienen rastreadores en sus dispositivos.
La pantalla tarda una eternidad en cargar.
La señal aparece en el mapa.
Está en el Fashion Show Mall. A veinticinco minutos de aquí.
Es entonces cuando comprendo lo que está pasando.
El aire se me escapa de los pulmones de golpe.
No está en casa. No está en ningún sitio donde debería estar.
Arianna se ha escapado.
Bajo las escaleras de tres en tres. Cruzo el salón hacia el garaje sin detenerme a pensar. Subo a mi coche, arranco el motor y salgo disparado por el camino de entrada mientras marco el número de Leonardo desde los mandos del volante.
Su voz suena por los altavoces al segundo tono.
—¿Qué pasa?
—Arianna no está.
—¿Cómo que no está?
—No está en casa. He revisado cada habitación, cada rincón. He preguntado a los hombres de vigilancia. Nadie la ha visto desde esta mañana. Se ha escapado.
—Joder. ¿Dónde está?
—En el Fashion Show Mall. Según el rastreador de su móvil.
Leonardo suelta una retahíla de insultos en italiano que no me molesto en procesar. Salgo a la carretera principal y piso a fondo.
—Voy para allá —dice Leonardo—. Llego en veinte minutos.
—Voy a matarla.
—Ponte a la cola.
Cuelgo con un toque en la pantalla y aprieto el volante con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos.
¿En qué coño estaba pensando?
¿Cómo coño ha salido de la casa sin que nadie la viera?
¿Cuánto tiempo lleva ahí fuera, sola, sin protección, en medio de un puto centro comercial donde cualquiera del Cártel podría reconocerla?
El miedo se me hunde en el pecho como un cuchillo. Imágenes que no quiero ver se agolpan en mi cabeza: Arianna secuestrada, Arianna herida, Arianna muerta en algún callejón mientras yo estaba sentado en el despacho de Leonardo con los mapas.
Acelero más.
Los veinticinco minutos se convierten en dieciocho. Aparco en el primer sitio que encuentro frente al centro comercial y bajo del coche sin cerrar la puerta. Corro hacia la entrada principal con el móvil en la mano, siguiendo el punto azul que marca la ubicación de Arianna.
Primera planta. Zona oeste. Cerca de las escaleras mecánicas.
Las subo a la carrera porque no tengo paciencia para esperar el ascensor. La gente me mira pasar pero no me importa. Llego a la primera planta y recorro el pasillo a zancadas largas.
Y entonces la veo.
Está de pie frente a una tienda de complementos, mirando el escaparate tan campante. Lleva unos vaqueros negros, una camiseta gris y tiene el pelo suelto sobre los hombros. Está viva. Entera. Ajena por completo al ataque al corazón que casi me provoca hace veinte minutos.
Camino hacia ella con pasos que retumban contra el suelo.
Arianna se gira justo cuando llego a su lado. Sus ojos se abren de par en par.
—Lorenzo…
No la dejo terminar. La agarro de la cintura, me la echo al hombro y empiezo a caminar hacia la salida.
—¡Bájame! —grita—. ¡Lorenzo, suéltame ahora mismo!
—Ni de coña.
—¡Que me sueltes!
Me golpea la espalda con los puños. Yo la ignoro y sigo caminando. La gente se aparta a nuestro paso. Una mujer mayor me mira con horror. Un guardia de seguridad del centro comercial da un paso hacia nosotros pero algo en mi expresión lo hace retroceder.
—¡Lorenzo, te juro por Dios que como no me bajes voy a…!
Llego a un pasillo lateral vacío entre dos tiendas cerradas y la bajo al suelo. La acorralo contra la pared con mi cuerpo antes de que pueda escapar. Mis manos se apoyan a cada lado de su cabeza, enjaulándola.
—¿En qué coño estabas pensando? —La voz me sale más baja y más peligrosa de lo que pretendía.
—Estaba pensando en que necesitaba salir de esa casa.
—¿Salir? —Me río, pero no hay nada de humor en el sonido—. Te has escapado sin decirle a nadie, sin protección, sin una sola persona que supiera dónde estabas.
—Puedo cuidar de mí misma.
—No puedes. Está claro que no puedes, porque si pudieras no estarías aquí en medio de un puto centro comercial donde cualquier hijo de puta del Cártel podría haberte reconocido.
Arianna levanta la barbilla. Sus ojos verdes me desafían con una furia que iguala la mía.
—Llevo dos horas aquí y no me ha pasado nada.
—¿Dos horas? —El pánico regresa, mezclándose con la rabia—. ¿Llevas dos horas aquí?
—Sí. Dos horas siendo una persona normal. Dos horas sin que nadie me dijera qué puedo o no puedo hacer.
—Dos horas en las que podrías haber muerto.
—¡No iba a morir por tomar un café!
—¡No lo sabes! —La voz se me rompe y acaba en grito—. No sabes lo que podría haber pasado. No tienes ni idea de la cantidad de formas en que esto podría haber salido mal.
—Pues no ha salido mal. Estoy bien.
—Ahora estás bien. Ahora que he llegado.
—No te necesitaba aquí.
Esas palabras me golpean más fuerte que ningún puño.
—Sí me necesitabas. Me necesitas, aunque te niegues a admitirlo.
—Lo que necesito es que dejes de tratarme como si fuera una niña.
—No te trato como a una niña.
—Sí lo haces. Tú y Leonardo. Los dos me tratáis como si fuera de cristal, como si fuera a romperme si me dejáis respirar sin supervisión.
—Te tratamos como lo que eres: alguien en peligro real.
—¡Estoy cansada de estar en peligro! —Arianna me empuja el pecho con ambas manos pero no me muevo—. Estoy cansada de estar encerrada. Estoy cansada de no poder hacer nada sin pedir permiso. Y estoy cansada de ti.
—¿De mí?
—Sí. De ti. —Sus ojos brillan: de lágrimas o de furia o las dos cosas—. De cómo me evitas. De cómo me rechazas. De cómo actúas como si estar cerca de mí fuera una tortura.
—Porque lo es.
Las palabras me salen solas, cargadas de una verdad que llevo toda la vida intentando esconder.
Arianna se queda inmóvil. Me mira con los ojos muy abiertos, la respiración acelerada, los labios entreabiertos.
—¿Qué?
El poco control que me quedaba se hace añicos.
La agarro de la nuca y estampo mi boca contra la suya.
No es suave. No es tierno. Es furia y miedo y toda una vida de resistencia que se desintegra en un segundo.
Mis dedos se enredan en su pelo, tirando lo suficiente para que eche la cabeza hacia atrás.
Arianna jadea contra mis labios y yo aprovecho para profundizar el beso, para invadir su boca con mi lengua, para tomar todo lo que llevo toda una vida negándome.
Ella gime. El sonido me atraviesa como electricidad.
Sus manos se aferran a mi camisa y tiran de mí como si no pudiera acercarse lo suficiente. Yo la aprieto contra la pared con mi cuerpo hasta que no queda ni un resquicio entre nosotros. La beso como si llevara toda la vida esperando este momento.
Y es verdad.
Le muerdo el labio inferior. Arianna se estremece y sus uñas se clavan en mi espalda a través de la tela. El dolor me arranca un gruñido bajo que muere contra su boca. Sabe a café, a desafío, a todo lo que no debería querer y no puedo dejar de necesitar.
Mis manos bajan por sus costados, memorizando cada curva. Una se desliza bajo su camiseta y siento su piel caliente contra mi palma. Arianna arquea la espalda, presionándose más contra mí. Siento su corazón latiendo tan fuerte como el mío.
La beso más profundo. Más duro. Como si pudiera borrar cada día de distancia con la presión de mis labios y hacerle entender con este beso lo que no puedo decirle con palabras: que llevo años queriendo hacer esto, que ya no me queda voluntad para fingir lo contrario, que si no me detengo ahora no voy a poder detenerme nunca.
Pero no me detengo.
Bajo la boca hasta su mandíbula y sigo por su cuello. Arianna echa la cabeza hacia atrás, ofreciéndose, y ese gesto de rendición casi me termina de romper. La muerdo justo donde el cuello se encuentra con el hombro. Ella suelta un sonido estrangulado que es mitad gemido, mitad mi nombre.
—Lorenzo…
Su voz me destroza.
Vuelvo a su boca y la beso con una desesperación que no sabía que tenía dentro. Una de mis manos se enreda en su pelo otra vez, la otra la sostiene por la cintura, justo donde la quiero. Arianna me devuelve el beso con la misma intensidad: muerde, exige, reclama.
Es perfecto.
Es un desastre.
Es todo lo que no debería estar pasando.
Y no puedo parar.
Hasta que escucho pasos.
Pasos rápidos y pesados que se acercan. Una voz conocida maldiciendo en italiano.
Leonardo.
Me aparto de Arianna tan deprisa que casi la hago tropezar. Doy dos pasos atrás y me pongo entre ella y el pasillo principal. Mi respiración sale entrecortada, el corazón me late tan fuerte que me lo noto en los oídos.
Arianna me mira aturdida, con los labios hinchados, el pelo revuelto donde mis manos han estado. Se toca la boca con los dedos como si no pudiera creer lo que acaba de pasar.
Los pasos se acercan más.
—¿Lorenzo? —grita Leonardo desde algún lugar cercano—. ¿Dónde coño estáis?
Me obligo a recuperar el control. A respirar. A pensar.
—Aquí —consigo decir, y mi voz suena casi normal—. En el pasillo lateral.
Leonardo aparece al final del pasillo tres segundos después. Su mirada va de mí a Arianna, evaluando, buscando daños.
—¿Estás bien? —le pregunta a su hermana.
Arianna asiente. No creo que pueda hablar todavía.
—Estoy bien.
Leonardo camina hacia nosotros con pasos medidos. Su cara es una máscara de furia contenida.
—¿Se puede saber en qué coño estabas pensando?
Arianna se aparta de la pared. Se cruza de brazos y levanta la barbilla.
—Estaba pensando en que necesitaba salir.
—¿Salir? ¿Sin decirle nada a nadie? ¿Sin protección?
—No necesitaba protección. Estoy bien.
—Estás bien porque Lorenzo ha llegado a tiempo. —Leonardo se gira hacia mí—. ¿Cómo ha salido de casa?
—No lo sé. Todavía.
Pero voy a averiguarlo. Y cuando lo haga, van a rodar cabezas.
Leonardo devuelve su atención a Arianna. Su mirada da miedo.
—Volvemos a casa. Ahora. Y tú y yo vamos a tener una conversación muy larga sobre las consecuencias.
—Leonardo…
—Ahora, Arianna.
Leonardo se gira y empieza a caminar hacia la salida. Arianna me mira una última vez. Hay algo en sus ojos que no puedo descifrar. ¿Confusión? ¿Esperanza? ¿Miedo?
Sigue a su hermano sin decir nada más.
Y yo me quedo ahí, recuperando el control de mi respiración, de mi pulso, de cada parte de mí que todavía está vibrando con lo que acaba de pasar.
La he besado.
Después de toda una vida manteniéndome alejado, después de años diciéndome que era imposible, después de cada voto de mantenerla a distancia…
La he besado.
Y ha sido perfecto.
Y ha sido un error.
El peor error que he cometido en mi vida.