Peligrosa Obsesión (Sangre y Lealtad 2) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

ARIANNA

No aguanto más en esta prisión.

Encuentro a Olivia en su habitación a media mañana. Está sentada en el suelo rodeada de vendajes, gasas, desinfectante y un botiquín que parece salido de un hospital.

—¿Qué haces? —pregunto cerrando la puerta detrás de mí.

—Inventario. —Levanta la vista y me sonríe—. Tres de los hombres de seguridad se pelearon anoche con unos tipos del Cártel en el norte. Nada grave, pero necesitaban curas y he gastado mucho material. Estoy mirando qué tengo que comprar.

Me siento en el suelo a su lado y cojo uno de los vendajes.

—¿Leonardo te deja hacer eso?

—No le hace ninguna gracia pero no me lo impide. —Olivia enrolla una venda con movimientos precisos—. Soy enfermera. Es lo que hago. Y prefiero sentirme útil aunque sea curando heridas de bala en el sótano.

—Al menos tú puedes hacer algo.

Olivia deja la venda y me mira.

—¿Siguen sin dejarte salir?

—¿Tú qué crees? Lorenzo no quiere ni oír hablar del tema, y mi hermano, menos. Ni siquiera puedo bajar al puñetero jardín sin que alguien me vigile como si fuera a evaporarme.

—Están preocupados por ti.

—Están asfixiándome.

—No sabes cómo te entiendo, pero no podemos hacer nada. Para Leonardo la prioridad es que estemos seguras.

—Mi hermano es un exagerado.

Olivia suspira. Coge otra venda y la añade a la pila ordenada. Yo observo sus manos moverse con eficiencia practicada durante años en urgencias, y se me retuerce el estómago.

—Tú al menos tienes tus habilidades —digo—. Puedes curar a los soldados, puedes ser útil. Yo no tengo nada.

—Tienes tu formación en marketing.

—Que Leonardo se niega a dejar que use.

—Dale tiempo.

—Llevo dándole tiempo toda mi vida, Olivia. —Me levanto del suelo y me asomo a la ventana—. Me mandaron lejos cuando tenía trece años para protegerme. Estuve diez años esperando a que me dejaran volver. Y ahora que estoy aquí, sigo encerrada. Sigo siendo la niña a la que hay que proteger.

Olivia guarda el botiquín en silencio. Cuando termina, se acerca y se coloca a mi lado frente a la ventana.

—¿Qué vas a hacer?

—No lo sé.

Miento. Claro que sé lo que voy a hacer. Lo llevo planeando desde anoche, desde que me quedé dormida con la rabia todavía ardiendo en el pecho.

Pero no puedo decírselo a Olivia. Si lo hago, se lo dirá a Leonardo o intentará detenerme. Y no puedo permitir que ninguna de las dos cosas pase.

—Ten paciencia —dice Olivia—. La situación con el Cártel no va a durar para siempre.

—¿Y después qué? ¿Aparecerá otra amenaza? ¿Otro motivo para mantenerme encerrada?

—Puede.

—Entonces nunca voy a salir de aquí.

Olivia pone una mano en mi hombro.

—Sí vas a salir. Solo necesitas esperar el momento adecuado.

Asiento aunque no la creo. El momento adecuado nunca va a llegar si espero a que Leonardo y Lorenzo lo decidan por mí.

Olivia se marcha veinte minutos después con el botiquín bajo el brazo. Yo me quedo en su habitación durante cinco minutos más, mirando por la ventana hacia el jardín trasero donde dos hombres de seguridad patrullan el perímetro.

Vuelvo a mi habitación y cierro la puerta.

Paso el resto de la mañana planeando cada detalle.

Lorenzo está en el despacho de Leonardo revisando los turnos de vigilancia. Lo sé porque me dijo que no me moviese hasta que hubiera acabado. Tienen reunión con Massimo a las dos sobre las rutas del Cártel, lo que significa que voy a tener al menos noventa minutos de margen.

Noventa minutos para salir de esta casa y demostrarles que no pueden controlarme.

No es solo por salir. Podría quedarme aquí sentada, leer un libro, esperar con paciencia a que decidan que es seguro dejarme respirar aire fresco. Pero eso sería aceptar que tienen razón, que soy demasiado frágil para valerme sola, que necesito que dos hombres tomen todas las decisiones por mí.

Y no voy a aceptar eso.

Voy a escaparme porque puedo. Porque quiero. Porque están tan seguros de que no me atreveré que cuando descubran que lo he hecho, van a tener que replantearse cada suposición que han hecho sobre mí.

Voy a hacerlo para molestarlos.

Para demostrarles que no soy una muñeca que puedan guardar en una vitrina. Que voy a tomar mis propias decisiones y que tendrán que aceptarlas.

Me pongo vaqueros negros, una camiseta gris y zapatillas cómodas. Nada llamativo, nada que destaque. Cojo la cartera y meto dentro efectivo, la tarjeta de crédito y el móvil.

Bajo las escaleras a la una y media. La casa está medio vacía: la mayoría de los hombres están en sus puestos de vigilancia o durmiendo después del turno de noche. Paso por delante del despacho de Leonardo y escucho voces dentro. Perfecto.

Espero a que la ronda del jardín se aleje hacia el lado contrario y salgo por la puerta trasera hacia el garaje lateral donde aparcan los hombres de seguridad cuando no están de servicio.

Hay cuatro coches: un todoterreno negro, dos sedanes oscuros y una furgoneta.

Reconozco la furgoneta: es de Nino, uno de los soldados nuevos que Leonardo contrató hace dos semanas.

Ayer le oí comentar en la cocina que hoy, antes del reparto de media tarde, tenía que recoger un encargo en el Fashion Show Mall.

Por eso he elegido su furgoneta: va justo adonde yo quiero ir.

Pruebo las puertas. Cerradas.

Rodeo la furgoneta y pruebo el portón trasero. Se abre con un clic suave: el cierre está vencido y no encaja del todo.

El espacio es más grande de lo que esperaba: suficiente para que quepa y no me vea si me hago un ovillo. Hay una manta vieja en el fondo y una caja de herramientas. Aparto la caja hacia un lado y me subo.

Cierro el portón desde dentro y espero.

Nino sale del garaje a las dos y cuarto.

Oigo sus pasos acercarse, la puerta del conductor abrirse, el motor arrancar. La furgoneta se mueve hacia delante y yo me afianzo contra el lateral, con una mano en el suelo, para no rodar con cada giro.

El trayecto dura casi media hora. Media hora en la que repaso cada posible consecuencia de lo que estoy haciendo. Lorenzo se va a subir por las paredes cuando descubra que no estoy. Leonardo va a ponerse hecho una furia. Los dos van a mandar a todos los hombres disponibles a buscarme.

Y yo voy a demostrarles que puedo cuidar de mí misma durante unas horas sin que nadie muera en el proceso.

La furgoneta se detiene. Escucho a Nino hablar por teléfono con alguien: la entrega del norte se retrasa, así que recogerá el encargo con calma y hará tiempo por aquí. La puerta se cierra y sus pasos se alejan.

Espero un par de minutos.

Después empujo el portón desde dentro. Se abre con un chirrido. Salgo con cuidado de no hacer ruido y miro alrededor.

Estoy en un aparcamiento público. El Fashion Show Mall, según el cartel gigante que veo desde aquí. Justo donde Nino dijo que vendría. El plan ha salido redondo.

Cierro el portón y camino hacia la entrada del centro comercial sin mirar atrás.

El centro comercial está lleno de gente.

Familias con niños, grupos de adolescentes, parejas de turistas con cámaras colgando del cuello. La música de fondo suena desde los altavoces y el olor a café se mezcla con los perfumes caros de las tiendas de cosmética.

Me quedo parada en mitad del pasillo, respirando.

Libertad.

Nadie me vigila. Nadie me sigue. Nadie me dice que no puedo estar aquí o que es demasiado peligroso o que debería volver a casa donde estoy a salvo.

Camino sin rumbo durante diez minutos. Entro a una tienda de ropa y finjo mirar vestidos que no pienso comprar. Salgo y entro a una librería donde paso los dedos por los lomos de novelas disfrutando de su tacto.

No he venido aquí a comprar nada.

He venido a demostrar que salir fuera no es tan peligroso.

Me siento en un banco frente a una fuente decorativa en mitad del centro comercial. Observo a la gente pasar: una pareja discutiendo sobre qué tienda visitar primero, un grupo de chicas riéndose de algo que ven en sus móviles, un hombre mayor leyendo el periódico mientras bebe café.

Gente normal, vidas normales.

Gente que no tiene guardaespaldas pegados a su espalda veinticuatro horas al día, que puede salir de su casa sin pedir permiso, que no tiene un hermano obsesionado con protegerla hasta el punto de asfixiarla.

Me pregunto cómo sería ser una de ellas.

Tener una vida donde el mayor problema sea decidir qué tienda visitar o qué vestido comprar. Una vida donde nadie te nombre como objetivo de un cártel, donde nadie te encierre en una mansión por tu propio bien, donde nadie te trate como si fueras de cristal.

Una vida normal.

Una vida en la que el hombre al que amas no te vea como a una niña.

Me levanto del banco y sigo caminando. Paso por delante de una joyería, una tienda de electrónica, un restaurante italiano que huele demasiado bien. Subo por las escaleras mecánicas hasta la segunda planta y encuentro una cafetería.

Pido un café con leche y me siento junto a la ventana que da al aparcamiento.

Desde aquí veo coches que entran y salen, gente que carga bolsas en los maleteros, niños que corren mientras sus padres intentan seguirles el ritmo.

Veo vida normal.

Y me doy cuenta de que esto es justo lo que necesitaba.

No la libertad permanente. Solo un recordatorio de que existe. Un par de horas donde puedo ser solo Arianna, no la hermana del Don, no el objetivo del Cártel, no la muñeca de la vitrina.

Solo yo.

Bebo el café despacio, saboreando cada sorbo. No tengo prisa por volver. Lorenzo y Leonardo todavía estarán en la reunión durante al menos media hora más. Y cuando salgan y descubran que no estoy, van a tardar otro tanto en organizar mi búsqueda.

Tengo tiempo.

Termino el café y bajo otra vez a la primera planta. Entro a una tienda de complementos y me pruebo gafas de sol que no necesito. La dependienta me sonríe y me pregunta si busco algo en particular. Le digo que solo estoy mirando.

Es verdad. Solo estoy mirando.

Estoy mirando lo que se siente: estar en un sitio público sin que nadie me vigile, tomar decisiones por mí misma sin que dos hombres me digan que no a todo, ser libre aunque sea solo un rato.

Salgo de la tienda y me apoyo contra la barandilla que da al piso inferior. Desde arriba veo la planta baja entera: la fuente, las tiendas, la gente moviéndose como hormigas en un hormiguero.

Y sonrío.

Porque lo he conseguido.

He salido de la mansión sin que nadie me lo impidiera. He burlado la seguridad, he viajado en la parte de atrás de una furgoneta como una fugitiva, y ahora estoy aquí tomando café y mirando tiendas como cualquier otra persona.

Lorenzo va a estar furioso.

Leonardo va a estar más que furioso.

Y no me importa.

Que se enfaden. Que monten en cólera. Que se den cuenta de que no pueden mantenerme encerrada para siempre sin consecuencias.

Que aprendan que no soy la niña indefensa que creen.

Quiero que sepan lo que he hecho.

Que me he escapado. Que he pasado dos horas en un centro comercial sin que ningún sicario del Cártel me secuestrara.

Quiero que tengan que reconocer que puedo cuidar de mí misma.

Me quedo esperando a que vengan a buscarme.

Y por primera vez en seis días, me siento viva.