CAPÍTULO 13
ARIANNA
Han pasado cinco días desde que Lorenzo se convirtió oficialmente en mi guardaespaldas.
Cinco días en los que mi brillante plan de seducción se ha estrellado contra un muro de granito llamado Lorenzo Benedetti.
Estoy sentada en el salón con un libro abierto en las rodillas; llevo media hora sin leerlo. Lorenzo está de pie junto a la ventana, justo donde ha estado durante los últimos cuarenta minutos: vigilando el jardín, el perímetro, cualquier cosa que no sea mirarme a mí.
—Quiero salir —digo sin levantar la vista del libro.
—No.
—Ni siquiera he dicho a dónde.
—No importa. La respuesta es no.
Cierro el libro de golpe y lo tiro sobre la mesa. Lorenzo no se gira.
—Llevo cinco días encerrada en esta casa, Lorenzo, sin poner un pie fuera de este jardín. ¿Para qué tengo un guardaespaldas si no puedo ir a ningún sitio?
—Para mantenerte a salvo.
—Puedo estar a salvo y salir al mismo tiempo.
—No mientras el Cártel del Desierto siga siendo una amenaza.
Me levanto del sofá y me planto a su lado junto a la ventana, lo bastante cerca para que tenga que notar mi presencia. Lorenzo, que ya parece de granito, se pone más rígido todavía.
—Quiero ir al Casino Royale —digo—. Necesito ver las instalaciones si voy a trabajar en el marketing.
—No vas a trabajar en el marketing.
—Leonardo todavía no ha dado un no definitivo.
—Sí lo ha dicho. Tres veces.
Aprieto los puños. Lorenzo tiene razón: Leonardo ha rechazado mi propuesta tres veces en cinco días. Pero eso no significa que vaya a rendirme.
—Entonces llévame al Imperiale. O al casino del norte. A cualquiera. Solo quiero salir de esta casa.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque mi trabajo es protegerte, no darte un paseo turístico por Las Vegas.
—No es un paseo turístico. Es…
—La respuesta es no, Arianna.
Me giro hacia él con tanta brusquedad que Lorenzo tiene que dar un paso atrás. Bien. Quiero que retroceda. Quiero que por una vez sienta aunque sea una mínima parte de la frustración que yo llevo acumulando.
—Entonces enséñame a defenderme —digo—. Si no puedo salir, al menos enséñame algo útil.
—No.
—¿Por qué demonios no?
Lorenzo me mira por primera vez en toda la conversación. Sus ojos marrones están tan vacíos de emoción que dan ganas de gritarle solo para ver si consigo provocarle alguna reacción.
—Porque no necesitas saber defenderte mientras yo esté aquí.
—¿Y si tú no estás? ¿Y si pasa algo y no llegas a tiempo?
—Siempre voy a llegar a tiempo.
—No puedes saberlo.
—Puedo. —Se gira del todo hacia mí—. Es mi trabajo, Arianna. Mantenerte a salvo. Y eso incluye no enseñarte a pelear cuando no hay ninguna necesidad.
—Hay necesidad si estoy encerrada en esta puta casa sin poder hacer nada.
—Cuida ese lenguaje.
Me río. No puedo evitarlo. Una risa corta y amarga que sale sola.
—¿En serio? ¿Me estás diciendo que cuide mi lenguaje? Lorenzo, tengo veintitrés años. No soy una niña.
—Lo sé.
—¿Ah, sí? Porque me tratas como si todavía tuviera doce.
Un gesto le cruza la cara, tan rápido que desaparece antes de que pueda leerlo.
—No te trato como si tuvieras doce años —dice con esa voz baja que usa cuando se está conteniendo.
—Entonces deja de negarte a todo lo que te pido.
—Me niego porque es mi trabajo negarme.
—Tu trabajo es protegerme, no mantenerme prisionera.
—No eres una prisionera.
—¿No? —Señalo hacia la ventana—. Llevo cinco días sin salir de esta propiedad. Cinco días pidiéndote que me enseñes a defenderme, y tú negándote. Cinco días intentando convencerte de que me acompañes al casino para trabajar y recibiendo un no por respuesta. ¿Cómo se supone que debo llamar a esto?
Lorenzo no responde. Se limita a mirarme con esa expresión controlada que me saca de quicio.
—Voy a hablar con Leonardo —digo.
—Buena suerte.
Salgo del salón antes de que pueda decir nada más. Me siento mucho más allá de frustrada.
Encuentro a Leonardo en su despacho revisando informes. Llamo a la puerta dos veces y entro sin esperar respuesta. Mi hermano levanta la vista y suspira.
—Arianna.
—Necesito hablar contigo.
—Si es por lo del marketing de los casinos, la respuesta sigue siendo no.
—No se trata solo de eso. —Cierro la puerta y me acerco al escritorio—. Es sobre Lorenzo.
Leonardo deja el bolígrafo que tenía en la mano y se recuesta en su silla.
—¿Qué pasa con Lorenzo?
—No me deja hacer nada. No quiere llevarme a los casinos, ni enseñarme a defenderme, ni dejarme salir de esta casa aunque sea para dar un paseo.
—Está haciendo su trabajo.
—Su trabajo es protegerme, no mantenerme encerrada.
—En estos momentos es lo mismo.
Me apoyo contra el borde del escritorio y cruzo los brazos.
—Leonardo, llevo cinco días sin salir de aquí y sin hacer nada productivo. No puedo seguir así.
—Claro que puedes.
—No. No puedo. —Me inclino hacia delante—. Necesito hacer algo útil, trabajar, sentir que aporto algo más que decorar el salón.
Leonardo se levanta de la silla y va al mueble bar. Llena dos vasos y me tiende uno. Yo lo cojo aunque no me apetece beber.
—Entiendo tu frustración —dice—. Pero ahora mismo tu seguridad es más importante que cualquier otra cosa.
—Mi seguridad no está en peligro si salgo acompañada de Lorenzo.
—El Cártel del Desierto ha declarado la guerra, Arianna. Dieron tu nombre. ¿Entiendes lo que eso significa?
—Sé lo que significa.
—¿Ah, sí? —Leonardo bebe un sorbo largo—. Significa que hay gente ahí fuera esperando una oportunidad para usarte contra mí. Significa que cada vez que sales de esta casa te conviertes en un objetivo. Significa que prefiero tenerte frustrada y viva a contenta y muerta.
—No voy a morirme por ir al Casino Royale.
—No puedes saberlo.
Es la misma frase que usó Lorenzo hace una hora. Me pregunto si lo tienen ensayado.
—Entonces enséñame a defenderme —digo—. Dame herramientas para protegerme si algo sale mal.
—Tienes a Lorenzo.
—Lorenzo no puede estar en todas partes al mismo tiempo.
—Puede estar donde tú estés, que es lo único que importa.
Doy vueltas al vaso solo por tener las manos ocupadas y al final bebo un trago. El whisky quema al bajar, pero no me calma.
—No voy a cambiar de opinión sobre esto —dice Leonardo—. Vas a quedarte en casa hasta que la situación se estabilice.
—¿Y cuándo va a ser eso?
—Cuando yo lo diga.
Dejo el vaso sobre el escritorio con un golpe seco y me aparto.
—No puedes mantenerme encerrada para siempre, Leonardo.
—Puedo mientras sea necesario.
—Esto es una jaula.
—Es una jaula cara con todo lo que necesitas para estar a salvo. Acostúmbrate.
Salgo del despacho y cierro de un portazo.