CAPÍTULO 12
ARIANNA
Cierro la puerta de mi habitación y me apoyo contra ella.
El corazón todavía me va a mil. Me hierve la adrenalina después de la discusión con Leonardo, después de ver a Lorenzo interponerse entre mi hermano y yo, después de escuchar las palabras que, estoy segura, lo van a cambiar todo: Lorenzo va a ser tu guardaespaldas personal. Veinticuatro horas .
Veinticuatro horas.
Camino hasta la cama y me dejo caer sentada en el borde. Las manos me tiemblan, así que las apoyo sobre las rodillas y respiro hondo.
Veinticuatro horas al día con Lorenzo.
Desde que volví a Las Vegas lo he intentado todo. Le he propuesto cenar juntos, jugar al ajedrez como hacíamos antes, salir a cualquier sitio. Cada vez ha tenido una excusa: reuniones, informes, vigilancia, trabajo. Siempre trabajo. Como si mantenerse ocupado fuera un escudo contra mí.
Y lo conozco lo suficiente para saber que se está escondiendo de mí.
Pero ahora Leonardo acaba de quitarle ese escudo de las manos.
Me levanto y me acerco al ventanal que da al jardín trasero.
Desde aquí veo las luces del perímetro, los hombres apostados en puntos estratégicos, la piscina iluminada que nadie usa.
Esta casa es una fortaleza disfrazada de hogar, y yo llevo sintiéndome como una prisionera privilegiada desde que llegué.
Leonardo no me deja trabajar. Le he presentado tres propuestas diferentes para el marketing de los casinos: renovación de imagen después de todo lo que pasó con Dante, estrategias digitales, eventos para atraer a un público más joven.
Tres propuestas profesionales, cada una con datos, análisis y proyecciones.
Las tres rechazadas con la misma respuesta: «No necesitas trabajar».
Como si la cuestión fuera necesitarlo.
Quiero contribuir. Quiero ser algo más que la hermana del Don a la que mantener ocupada con tareas decorativas. Sé organizar eventos, se me da bien, y Olivia dice que tengo buen ojo. Pero lo que quiero de verdad es usar los cuatro años que pasé estudiando para algo que no sea solo entretenerme.
Quiero que dejen de verme como un florero caro.
Pero esa batalla es con Leonardo, y puedo seguir peleándola mañana.
Ahora mismo tengo algo más importante en lo que pensar.
Me giro hacia el espejo del armario y me miro. El pelo negro me cae suelto sobre los hombros, los ojos verdes son idénticos a los de mi hermano y la camiseta blanca que me he puesto esta mañana está arrugada después de pasarme el día dando vueltas por la casa en busca de algo útil que hacer.
Me siento en el borde de la cama otra vez y cojo el móvil de la mesilla. Tengo un mensaje de Olivia de hace media hora que no he visto hasta ahora.
¿Estás bien? He oído gritos desde el salón.
Sonrío y escribo rápido.
Estoy perfecta. Leonardo acaba de nombrar a Lorenzo mi guardaespaldas personal.
La respuesta llega en segundos.
¿Y eso es bueno o malo?
Bueno. Muy bueno.
¿Segura?
Segurísima.
Dejo el móvil y me tumbo en la cama y me quedo mirando al techo.
Llevo enamorada de Lorenzo desde que tenía quince años.
Puede que antes, si soy sincera: desde los doce, cuando me encontró en ese baño asqueroso y me prometió que iba a estar a salvo; desde los catorce, cuando me llamó por mi cumpleaños desde el otro lado del mundo y hablamos durante una hora de todo y de nada; desde cada mensaje que me enviaba, cada libro que elegía para mí, cada partida de ajedrez online donde me enseñaba a pensar tres movimientos por adelantado.
Pero fue a los quince cuando lo supe con certeza.
Estábamos jugando al ajedrez online, como todas las noches.
Yo acababa de perder por tercera vez seguida y de preguntarle cómo podía estar tan seguro de que algún día lo vencería.
Lorenzo me escribió: «Porque eres brillante.
Solo necesitas tiempo». Palabras que se me clavaron en el pecho y no salieron nunca.
Esa noche me quedé despierta hasta las cuatro de la madrugada pensando en él, en qué pasaría cuando por fin volviera a Las Vegas, cuando por fin estuviéramos en la misma ciudad.
Pensaba que todo sería diferente cuando llegara ese momento.
Y lo es, pero no de la forma que esperaba.
Lorenzo me evita como a una apestada. Me rechaza con educación, con profesionalidad, con esa distancia impecable que ha construido entre nosotros y que me está volviendo loca.
Hasta ahora.
Me incorporo y voy hasta el armario. Abro las puertas y miro la ropa que cuelga ordenada por colores. Vestidos que Olivia me ayudó a elegir, vaqueros cómodos, camisetas básicas, ropa interior que compré en Londres pensando en un futuro que todavía no ha llegado.
Veinticuatro horas al día con Lorenzo.
No puede evitarme si su trabajo es no separarse de mí ni un momento. No puede inventarse excusas de reuniones o vigilancia si su única tarea es vigilarme a mí. No puede huir.
Y yo no pienso facilitárselo.
Cierro el armario y me siento en el suelo con la espalda contra la cama. Cojo el móvil otra vez y abro el chat con Lorenzo. El último mensaje es mío, de hace dos días: «¿Cenamos juntos esta noche?» . Sin respuesta.
Escribo algo nuevo y lo borro tres veces antes de decidir que no voy a enviar nada esta noche. Mañana empieza su trabajo como mi guardaespaldas. Mañana empieza todo.
Dejo el móvil y cierro los ojos.
Lorenzo lleva toda la vida tratándome como a una niña pequeña. Como si siguiera teniendo doce años y necesitara que alguien me explicara cómo funciona el mundo.
Pero no soy una niña.
Soy una mujer de veintitrés años que sabe muy bien lo que quiere. Y lo que quiero es que Lorenzo Benedetti deje de huir de mí y me mire como lo que soy: alguien que puede estar a su altura.
Alguien que está hecha para él.
Puede que Lorenzo no esté enamorado de mí. Puede que todo lo que he interpretado como atracción sea solo incomodidad, o responsabilidad hacia su Don, o cualquier otra historia que mi cabeza haya construido durante años de espera.
Pero puedo trabajar con eso.
Puedo hacer que me desee.
La idea se planta en mi cabeza con la claridad de un jaque mate. No se trata de forzar nada. Se trata de estar ahí, de ser imposible de ignorar, de recordarle a cada paso que ya no soy la niña que protegió una vez.
Se trata de tentarlo hasta que no pueda seguir resistiéndose.
Me levanto del suelo y cruzo la habitación hasta el espejo. Me miro otra vez, pero esta vez veo algo diferente. No veo a la hermana pequeña del Don que tiene que quedarse callada y esperar a que los hombres tomen decisiones por ella.
Veo a alguien que acaba de encontrar su ventaja.
Abro el armario otra vez y saco el vestido negro que compré en Londres y que todavía no me he puesto. Es sencillo pero favorecedor: cuello alto, sin mangas, corte que marca la cintura sin exagerar. El tipo de vestido que dice «profesional» pero que también dice otras cosas si sabes mirar.
Lo cuelgo en la puerta del armario donde pueda verlo mañana al despertar.
Después saco tres conjuntos más y los dejo sobre la silla. Vaqueros que me quedan bien, camisetas que no son tan básicas como parecen, un vestido verde que Olivia dijo que hacía juego con mis ojos. Ropa que no grita pero que tampoco pasa desapercibida.
Mañana voy a desayunar temprano. Voy a estar en la cocina cuando Lorenzo baje, como llevo haciendo todas las mañanas desde hace meses. Pero esta vez no voy a preguntarle si quiere hacer algo juntos. Esta vez voy a hacer como si su presencia constante fuera lo más normal del mundo.
Voy a dejar que se acostumbre a estar cerca de mí.
Y después voy a acercarme un poco más.
Me siento en la cama con el portátil sobre las rodillas y abro el documento donde tengo la última propuesta de marketing que Leonardo rechazó.
La leo entera aunque ya me la sé de memoria.
Es buena. Sé que es buena. El problema es que él ni la mira.
Los casinos necesitan renovar su imagen después de lo de Dante, necesitan atraer a un público más joven, necesitan mostrar que la famiglia Moretti bajo Leonardo es diferente.
Pero Leonardo no va a escucharme hasta que demuestre que puedo contribuir de verdad.
Y puede que Lorenzo sea la forma de hacerlo.
Cierro el portátil y lo dejo en la mesilla. Me quito la ropa y me pongo el pijama: pantalones cortos y una camiseta vieja que me llega a medio muslo. Me meto en la cama y apago la luz.
En la oscuridad, pienso en mañana.
Imagino a Lorenzo bajando a desayunar, la cara que pondrá al encontrarme ahí. Pienso en pasar el día entero con él a mi lado, en tenerlo cerca sin que pueda escapar, en cada oportunidad que voy a tener de enseñarle en quién me he convertido.
Pienso en la forma en que me miró esta tarde cuando se interpuso entre Leonardo y yo. Había en sus ojos una fiereza que no le había visto antes, un instinto protector que iba más allá del deber hacia su Don.
Puede que Lorenzo no esté enamorado de mí.
Pero tampoco es indiferente.
Y eso me basta para empezar.
Me doy la vuelta y me acurruco contra la almohada.
Por primera vez en meses, siento algo parecido a la esperanza.
No es la esperanza ingenua de una niña que espera que todo salga bien por arte de magia.
Es la esperanza calculada de alguien que acaba de identificar su estrategia y está lista para ejecutarla.
Lorenzo lleva meses huyendo de mí.
Pero mañana empieza su trabajo como mi guardaespaldas, y huir ya no va a ser una opción.
Sonrío en la oscuridad.
Voy a seducirlo.
Voy a hacer que me vea como la mujer que soy, no como la niña que fui. Voy a acercarme lo suficiente para que no pueda ignorarme, voy a tentarlo hasta que su control se agriete, voy a recordarle que entre nosotros siempre hubo algo más que protección y deber.
Cierro los ojos y dejo que el cansancio me venza. Mañana va a ser el primer día en que deje de esperar a que Lorenzo dé un paso y empiece a darlo yo.
He esperado once años.
Se acabó la espera.