Peligrosa Obsesión (Sangre y Lealtad 2) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

LORENZO

—Leonardo. Necesito hablar contigo.

Mi voz resuena en el vestíbulo vacío. Leonardo se detiene a mitad de la escalera y me mira. Tiene una expresión de curiosidad que no le he visto nunca, y eso me pone los nervios de punta.

—De acuerdo —dice bajando el resto de los escalones—. Vamos a mi despacho.

Lo sigo escaleras arriba hasta su despacho. Me muevo como un autómata, pero siento cada paso como si caminara hacia mi propia ejecución. Y quizá me esté encaminando a eso.

Leonardo entra primero. Yo cierro la puerta detrás de nosotros y me quedo plantado, buscando las palabras.

Leonardo se sienta detrás de su escritorio. Se echa hacia atrás en la silla y me estudia con esos ojos verdes idénticos a los de Arianna. Ojos que han visto demasiado. Que saben demasiado.

—Siéntate —dice.

—Prefiero estar de pie.

—Lorenzo. Siéntate.

Obedezco. Me siento en una de las sillas frente a su escritorio. Cierro los puños sobre los muslos.

—¿De qué quieres hablar? —pregunta Leonardo.

Respiro hondo. No hay forma fácil de hacer esto. No hay forma de suavizar lo que tengo que decir.

Así que simplemente lo digo.

—Estoy enamorado de Arianna.

El silencio que sigue a mi declaración es absoluto.

Leonardo no se mueve. No parpadea. No reacciona de ninguna forma visible.

Yo continúo porque si me detengo ahora, nunca voy a poder terminar.

—Llevo años enamorado de ella. Desde mucho antes de atreverme a admitirlo.

—Las palabras salen atropelladas ahora, años de secreto volcándose de golpe—.

He intentado alejarme. He intentado negarlo.

He intentado convencerme de que era solo atracción o que se me pasaría con el tiempo.

Pero no se ha pasado. Y después de estos tres días en ese búnker…

Me detengo. Trago saliva.

—Después de esos tres días, sé que no puedo vivir sin ella.

Y sé que no puedo seguir mintiéndote. No puedo estar con ella escondiéndome como un cobarde.

Así que te lo estoy diciendo ahora. Te estoy diciendo la verdad que debería haberte dicho hace años.

—Levanto la vista y lo miro directamente—.

Amo a tu hermana. La he respetado. No he…

no hemos cruzado esa línea… pero la amo.

Y si decides que eso es una traición imperdonable, lo entenderé.

Si decides que ya no puedo estar en tu confianza, lo aceptaré.

Si decides matarme por ello lo aceptaré con gusto.

«La he respetado.» La frase me sabe a mentira nada más decirla. El gimnasio. El ascensor. El búnker. Pero esas verdades también son de Arianna, y no me toca a mí entregarlas.

—Lorenzo.

La voz de Leonardo corta el aire como un cuchillo.

Espero el estallido. La furia. Las amenazas. La violencia que he visto dirigida a otros hombres que cruzaron líneas que no debían cruzar.

Pero no llega.

Leonardo se inclina hacia delante, apoya los codos en el escritorio y me mira con una expresión que casi parece… ¿divertida?

—Ya lo sabía —dice.

Tardo tres segundos en entender lo que acaba de decir.

—¿Qué?

—Que estás enamorado de mi hermana. Ya lo sabía.

—No… ¿cómo…?

—Me di cuenta el día que te interpusiste entre ella y yo. —Leonardo cruza las manos bajo su barbilla—. En este despacho. Cuando discutí con Arianna sobre su seguridad.

Recuerdo ese momento con una claridad devastadora. Leonardo gesticulaba cerca de Arianna; mi cuerpo se movió antes de que mi cerebro pudiera detenerlo, y me coloqué entre los dos por puro instinto.

—Levanté la mano para tocarme el pelo con frustración —continúa Leonardo—.

Y tú te pusiste delante de mi hermana como si fuera a golpearla.

Como si necesitara protección de mí. —Hace una pausa—.

Esa no es la reacción de un guardaespaldas que cumple órdenes, Lorenzo.

Esa es la reacción de un hombre que protege a la mujer que ama.

Me quedo sin aire.

No puedo procesar lo que está diciendo.

—Pero… si lo sabías… —Apenas consigo hablar—. Si lo sabías, ¿por qué…?

—¿Por qué te hice su guardaespaldas? —Leonardo sonríe.

Es una sonrisa pequeña pero real—. Porque si mi hermana tiene que tener un hombre a su lado veinticuatro horas al día, prefiero que sea alguien en quien confío absolutamente.

Alguien que daría su vida por ella sin pensarlo.

Alguien que la ve como algo más valioso que su propia supervivencia.

Me quedo mirándolo, mudo.

—No conozco un hombre mejor para mi hermana que tú —dice Leonardo con una voz más seria ahora—.

Sé lo que eres. Sé lo que has hecho. Sé que tienes sangre en las manos igual que yo.

Pero también sé que eres honorable. Que eres leal.

Que cuando amas a alguien, lo amas con todo lo que tienes.

—Se echa hacia atrás en la silla—. Lo sé porque así es como me amas a mí.

Como a un hermano. Y sé que harías lo mismo por Arianna.

—Haría cualquier cosa por ella —digo con una voz ronca—. Daría mi vida por ella sin dudarlo un segundo.

—Lo sé. Por eso estoy teniendo esta conversación contigo en lugar de matarte.

Las palabras deberían asustarme pero solo siento un alivio tan intenso que me marea.

—Sé lo que le dije a Carbone: que mi hermana haría bien en enamorarse de un hombre corriente, lejos de todo esto.

Pues me equivocaba —continúa Leonardo—. A veces, para mujeres tan importantes como Arianna o como Olivia, es mejor estar con un monstruo.

Con alguien que hará lo necesario para mantenerlas a salvo.

Con alguien que no dudará en mancharse las manos para protegerlas.

—Me mira con esos ojos que han enterrado demasiado—. Tú eres ese hombre para Arianna.

El alivio puede conmigo.

Tres días de tensión. Años de culpa. Décadas de convencerme de que no era digno.

Todo se desmorona de golpe.

—Joder —murmuro—. Joder, Leonardo…

Leonardo se toma su tiempo antes de volver a hablar.

—Pero hay algo que necesito saber antes de darte mi bendición oficialmente —dice—. Y no es algo que podamos responder nosotros.

—¿El qué?

—Necesito saber qué quiere Arianna. —Se levanta de la silla—. Porque puedo aceptar que la ames. Puedo aceptar que seas el hombre adecuado para ella. Pero si ella no te quiere de la misma forma…

—Lo entiendo.

—¿Sí?

—Sí. Si ella no me quiere, me alejaré. No volveré a tocarla. Haré lo que sea mejor para ella aunque me mate hacerlo.

Leonardo asiente.

—Bien. Entonces vamos a preguntarle.

—¿Ahora?

—¿Tienes alguna razón para esperar?

No la tengo.

Leonardo va hasta la puerta y la abre. Le hace un gesto a alguien en el pasillo.

—Dile a Arianna que venga al despacho.

Oigo pasos que se alejan. Después, silencio.

Yo me quedo sentado en la silla sintiendo cada latido de mi corazón como si fuera a explotar.

Va a preguntarle.

Lorenzo va a preguntarle si me quiere.

Y si dice que no…

Si dice que lo que siente por mí era solo atracción o curiosidad o que se confundió en ese búnker…

Voy a tener que aceptarlo.

Voy a tener que alejarme y dejarla encontrar a alguien mejor.

Los pasos regresan por el pasillo. Más lentos esta vez. Inseguros.

La puerta se abre.

Arianna entra al despacho.

Lleva ropa limpia ahora: vaqueros y una camiseta blanca simple. El pelo le cae suelto sobre los hombros. Tiene mejor color que hace unas horas, pero aún se la ve frágil.

Me mira a mí primero. Después a Leonardo.

—¿Qué pasa? —pregunta—. ¿Está todo bien?

—Todo está bien —dice Leonardo cerrando la puerta—. Pero necesito preguntarte algo importante.

—De acuerdo.

Leonardo se apoya contra su escritorio. Cruza los brazos sobre el pecho y mira a su hermana con una expresión seria.

—Lorenzo acaba de confesarme que está enamorado de ti.

Arianna se queda inmóvil.

Me mira con los ojos muy abiertos, llenos de algo que podría ser miedo o esperanza, o las dos cosas. No sé distinguirlo.

—Y antes de dar mi bendición —continúa Leonardo—, necesito saber qué quieres tú. Así que te lo voy a preguntar directamente, Arianna. ¿Quieres a Lorenzo?

Este silencio no se acaba nunca.

Arianna me mira sin parpadear. Respira cada vez más deprisa. Aprieta los puños a los costados.

—¿Arianna? —dice Leonardo.

—Sí.

La palabra sale como un susurro.

—¿Sí qué? —pregunta Leonardo.

—Sí. —Arianna levanta la barbilla. Su voz se vuelve más fuerte—.

Sí, quiero a Lorenzo. Lo quiero desde que tenía doce años y me encontró plantándole cara en ese baño.

Lo quiero desde cada partida de ajedrez que jugamos cuando estaba en Suiza.

Lo quiero desde cada mensaje que intercambiamos.

Lo quiero desde que me defendió de ti en este mismo despacho.

Lo quiero desde… —Su voz se quiebra—. Lo quiero desde siempre.

Y voy a seguir queriéndolo hasta que deje de respirar.

No puedo moverme.

No puedo respirar.

No puedo hacer nada excepto mirarla y aprenderme cada palabra de memoria.

—Entonces creo que la respuesta es clara —dice Leonardo.

Se aparta del escritorio, camina hacia donde estoy sentado y me pone la mano en el hombro.

—Tienes mi bendición, Lorenzo. Puedes estar con mi hermana.

Puedes amarla. Puedes hacerla tuya. —Me aprieta el hombro con fuerza suficiente para que duela—.

Pero más te vale mantenerla feliz y segura.

Porque si la lastimas de cualquier forma, si le haces daño o la haces llorar o le rompes el corazón… te mataré. Y no será rápido.

—Si la lastimo —digo levantándome para mirarlo a los ojos—, si le hago daño de cualquier forma, yo mismo te rogaré que me mates. Porque no voy a querer seguir viviendo en un mundo donde Arianna esté sufriendo por mi culpa.

Leonardo me sostiene la mirada un instante más.

Después asiente.

—Bien. —Suelta mi hombro y se gira hacia Arianna—. Entonces está decidido. Sois libres para estar juntos. Con mi bendición y mi apoyo. —Camina hacia la puerta y la abre—. Y ahora voy a dejaros solos. Porque claramente tenéis cosas de las que hablar.

Sale del despacho.

Cierra la puerta detrás de él.

Y Arianna y yo nos quedamos ahí, mirándonos desde lados opuestos de la sala.

Ella con los ojos brillantes de lágrimas no derramadas.

Yo con el corazón latiendo tan fuerte que duele.

—Lorenzo —susurra.

Y esa es toda la invitación que necesito.

Llego hasta ella en cuatro pasos. Le cojo la cara con las manos y hundo los dedos en su pelo. Y por primera vez en años, me permito hacer lo que he estado negándome.

La beso sin contenerme.

La beso como si mi vida dependiera de ello. Como si fuera lo único real en un mundo que se ha vuelto oscuro.

Y ella responde con la misma desesperación. Se aferra a mi camiseta, se aprieta contra mí, abre la boca bajo la mía, y el sabor de ella me destruye y me recompone al mismo tiempo.

Cuando nos separamos, ambos estamos respirando con dificultad.

—Te amo —digo porque necesito que lo escuche de mi boca—. Te amo, Arianna. Llevo años amándote. Y voy a seguir amándote hasta que me muera.

—Te amo —responde con lágrimas corriendo por sus mejillas—. Dios, Lorenzo, te amo tanto que duele.

La beso de nuevo. Más suave esta vez. Más lento. Saboreando cada segundo.

Porque por fin puedo.

Por fin me lo permito.

Por fin he dejado de castigarme el tiempo suficiente para quedarme con lo único que he querido durante años.

Y cuando nos separamos otra vez, la abrazo contra mi pecho y aprieto la cara contra su pelo.

—Eres mía —susurro—. Mía, Arianna. Para siempre.

—Tuya —responde—. Siempre he sido tuya.

Y en ese momento, en ese despacho, con la bendición de Leonardo todavía resonando en mis oídos y el sabor de Arianna en mis labios…

Todo cambia.

Todo se arregla.

Todo, al fin, tiene sentido.