Peligrosa Obsesión (Sangre y Lealtad 2) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

LORENZO

Llevamos tres horas reunidos y todavía no hemos terminado.

Estamos en el despacho de Leonardo: él detrás de su escritorio de caoba, yo de pie junto a la ventana desde donde controlo la puerta y las dos salidas.

Hemos recibido a siete hombres esta mañana.

Capitanes que servían a Dante y que ahora vienen a jurar lealtad al nuevo Don, soldados que buscan confirmar que sus territorios siguen siendo suyos, encargados de operaciones que necesitan luz verde para seguir funcionando.

Leonardo los ha recibido a todos con la misma expresión imperturbable: escucha, evalúa, decide. Algunos salen con lo que vinieron a buscar. Otros salen con menos de lo que tenían antes de entrar.

Así se construye el poder.

La puerta se abre y entra el octavo hombre de la mañana. Massimo lo anuncia desde el pasillo.

—Don Leonardo. Giulio Carbone solicita audiencia.

Leonardo asiente y Carbone entra.

Lo conozco de vista: cuarenta y tantos años, trajes caros, dirigía una de las casas de apuestas de Dante en el norte de la ciudad.

Operación limpia, números impecables, nunca daba un problema.

Es el tipo de hombre que sabe cuándo hablar y cuándo quedarse callado.

Tiene una cicatriz fina que le cruza la ceja izquierda y camina con la seguridad de quien ha sobrevivido a cambios de poder anteriores.

—Don Leonardo —dice Carbone inclinando la cabeza—. Gracias por recibirme.

—Giulio. —Leonardo señala la silla frente al escritorio—. Siéntate.

Carbone se sienta y yo me quedo donde estoy, con la espalda contra la pared y las manos cruzadas delante.

Desde aquí veo su nuca, sus manos sobre los reposabrazos, la forma en que cruza los tobillos.

Tiene un lenguaje corporal relajado. O es estúpido o viene con algo que cree que Leonardo va a querer escuchar.

—He venido a renovar mi juramento de lealtad —dice Carbone—. La casa de apuestas del norte ha funcionado sin problemas durante estos años, y quiero que sepas que seguirá siendo así bajo tu mando.

—Aprecio tu lealtad —responde Leonardo con esa voz plana que no revela nada.

—Hay algo más. —Carbone se inclina un poco hacia delante—. Algo que creo que puede beneficiar a ambas partes.

Leonardo espera. Yo también.

—He oído que tienes una hermana.

Cada músculo de mi cuerpo se tensa. Leonardo no se mueve, pero algo cambia en el aire del despacho. Algo frío.

—¿Y? —pregunta Leonardo.

—Es una mujer excepcional, por lo que tengo entendido. Educada, inteligente, hermosa. El tipo de mujer que haría honor a cualquier famiglia.

Sé lo que viene antes de que lo diga. Lo sé, y el cuerpo entero se me pone a gritar.

—Vengo a pedir formalmente su mano, Don Leonardo.

El silencio que sigue se hace eterno.

Las manos se me cierran en puños. Calculo distancias: cuatro pasos hasta Carbone, dos segundos para cruzar el despacho, otro segundo para romperle el cuello.

Podría hacerlo antes de que Leonardo dijera una palabra.

Podría partirle la tráquea con las manos desnudas y después preguntarle qué coño le hacía pensar que tenía derecho a pronunciar el nombre de Arianna.

—¿De mi hermana? —dice Leonardo.

—Sí. —Carbone sonríe. El hijo de puta sonríe—. Creo que sería una unión beneficiosa. Mi operación es sólida, mis contactos son valiosos, y puedo ofrecerle una vida cómoda. Segura.

Segura.

Este cabrón no sabe lo que significa mantenerla a salvo. No ha pasado años vigilando cada amenaza, cada sombra, cada puto movimiento que pudiera ponerla en peligro. Y aun así habla de ella como si fuera una transacción comercial.

Pienso en treinta formas de matarlo. Podría usar el abrecartas de plata que está sobre el escritorio de Leonardo: una estocada limpia en la carótida, tres segundos de agonía, muerte en menos de un minuto.

O mis propias manos: más personal, más satisfactorio, ver sus ojos mientras la vida se le escapa.

Podría hacerlo parecer un accidente, o justo lo que es: un mensaje para cualquier otro imbécil que piense que puede venir aquí y pedir lo que no le pertenece.

—Giulio —dice Leonardo, y su voz me corta los pensamientos en seco—. Aprecio tu interés, pero la respuesta es no.

Carbone parpadea.

—¿Puedo preguntar por qué?

—Porque mi hermana no está disponible para negociaciones matrimoniales.

—Con todo respeto, Don Leonardo, un matrimonio dentro de la famiglia fortalecería…

—No.

Una sola palabra. Final, inapelable. Leonardo se inclina hacia delante y apoya los codos sobre el escritorio.

—Mi hermana no va a casarse con nadie de este mundo —dice—. Ni con un capitán, ni con un soldado, ni con un aliado. Ni con nadie que forme parte de esta vida.

Carbone abre la boca, pero Leonardo levanta una mano.

—Arianna es dura. Cabezona. Más inteligente que la mitad de los hombres que trabajan para mí.

—Hace una pausa—. Por eso mismo haría bien en enamorarse de un hombre corriente.

Alguien con un trabajo normal, una vida normal.

Alguien que no tenga sangre en las manos ni enemigos esperando una oportunidad para vengarse.

Se me clava en el pecho algo afilado que reconozco como verdad.

—¿Lo entiendes? —pregunta Leonardo.

Carbone asiente despacio.

—Lo entiendo.

—Bien. —Leonardo se recuesta en su silla—. Tu lealtad está aceptada, Giulio. La casa de apuestas sigue siendo tuya. Pero este tema no vuelve a mencionarse. Ninguno de vosotros es digno ni siquiera de tocar el suelo que ella pisa.

—Por supuesto, Don Leonardo.

Carbone se levanta, hace una reverencia y sale del despacho. Yo me quedo inmóvil junto a la ventana, con las manos todavía cerradas en puños y la mandíbula agarrotada.

Leonardo me mira con curiosidad.

—¿Está todo bien?

—Sí.

Se levanta y camina hacia el mueble bar. Sirve dos whiskys y me tiende uno. Yo lo cojo porque negarme sería admitir que algo me pasa, y no puedo permitirme esa conversación nunca.

Leonardo bebe un sorbo largo y se recuesta en el borde del escritorio.

—Van a seguir viniendo —dice—. Peticiones como esa. Ofertas de matrimonio disfrazadas de alianzas estratégicas.

—Lo sé.

—Y las voy a rechazar todas.

No digo nada. Leonardo me mira con esos ojos verdes que leen demasiado.

—Arianna merece algo mejor que esto —continúa—. Mejor que esta casa, mejor que esta famiglia, mejor que cualquier hombre que haya tenido que matar para mantenerse vivo.

Bebo otro trago. El whisky me quema pero no lo suficiente.

—Tienes razón —digo.

Y lo creo. Cada puta palabra.

Por un lado siento alivio: Leonardo no va a casar a Arianna. Por el otro, un puto vacío, porque jamás seré digno de ella.

Pero eso ya lo sabía. Siempre lo he sabido. No es solo por la deuda de vida que tengo con Leonardo. Es porque Arianna se merece algo mucho mejor. Lo que no sé es si seré capaz de verla con otro sin asesinarlo.

Arianna merece algo mejor que un tipo como Carbone, que solo la ve como una forma de escalar posiciones.

Merece algo mejor que esta vida de amenazas constantes, de reuniones donde se negocian vidas como si fueran acciones bursátiles, de noches en vela preguntándose si los hombres que ama van a volver vivos a casa.

Merece algo mejor que yo.

—Me alegro de que estemos de acuerdo —dice Leonardo.

La reunión termina veinte minutos después. Leonardo tiene llamadas que hacer y yo tengo que revisar los turnos de vigilancia del perímetro. Salgo del despacho y bajo las escaleras hacia el ala este de la mansión, donde está mi oficina.

Paso por delante del salón y la veo.

Arianna está sentada en el sofá con un portátil sobre las rodillas. Lleva vaqueros y una camiseta blanca, el pelo suelto sobre los hombros. Está concentrada en la pantalla, mordiéndose el labio inferior mientras teclea algo. No me ve.

Me detengo en el umbral unos segundos que no debería robarme. Unos segundos mirándola mientras mi cabeza repite las palabras de Leonardo como un mantra.

Merece algo mejor.

Un hombre corriente.

Alguien que no tenga sangre en las manos.

Tengo sangre hasta los codos. Tengo una lista de hombres muertos tan larga que llevaría horas recitarla. Tengo pesadillas que no desaparecen por lo que me intentaron hacer esos hijos de puta hace muchos años y una lealtad a su hermano que me define más que cualquier otra cosa.

No tengo nada que ofrecerle salvo peligro.

Arianna levanta la vista y me ve. Sonríe, y esa sonrisa me atraviesa como una bala.

—Hola —dice.

—Hola.

—¿Has terminado ya con las reuniones?

—Por ahora.

Se muerde el labio otra vez.

—¿Tienes tiempo para…?

—Tengo que revisar los turnos de vigilancia —la corto antes de que termine la frase.

La sonrisa desaparece. Algo se apaga en sus ojos.

—Claro.

—Luego.

—Sí. Luego.

Me doy media vuelta y sigo caminando antes de que pueda ver mi expresión. Antes de que pueda ver que cada paso que me aleja de ella me cuesta más que el anterior.

Llego a mi oficina y cierro la puerta. Me quedo con la espalda contra la madera y los ojos cerrados.

Merece algo mejor.

Leonardo tiene razón. Lo supe la primera vez que la vi con doce años y ojos demasiado grandes en una cara demasiado pequeña.

Lo supe cada vez que le escribí un mensaje sabiendo que no debería.

Lo supe cuando fui a Londres y la encontré en ropa interior y tuve que huir como un cobarde porque quedarme habría sido cruzar una línea que no puedo cruzar.

Lo sé ahora.

Arianna merece a alguien que pueda darle una vida normal.

Alguien que la lleve a cenar sin llevar un arma oculta.

Alguien que no tenga que calcular salidas de emergencia antes de entrar a un restaurante.

Alguien que no haya matado a un hombre hace dos semanas y que no vaya a tener que matar a otro la semana que viene.

Alguien que no sea yo.

Abro los ojos y camino hasta mi escritorio. Enciendo el ordenador y abro el archivo de turnos de vigilancia. Tengo trabajo que hacer. Tengo una famiglia que proteger y una hermana del Don a la que mantener a salvo.

Mantenerla a salvo significa mantenerla alejada de mí.

Renovar ese voto debería ser más fácil después de tres semanas de práctica. Después de rechazar cada invitación, cada propuesta de pasar tiempo juntos, cada mirada que me ofrece y que yo finjo no ver.

Pero no lo es.

Cada día es más difícil que el anterior: verla es un recordatorio de todo lo que no puedo tener, y oírle decir mi nombre, una prueba de resistencia que no sé cuánto tiempo más voy a poder superar.

Pero voy a seguir intentándolo.

Por ella. Por Leonardo. Por la deuda que nunca voy a terminar de pagar y por la única forma que conozco de amarla sin destruirla.

Manteniéndome alejado.

Esa noche ceno en mi oficina.

Uno de los hombres me sube un plato que apenas toco.

Reviso informes, actualizo protocolos, respondo mensajes de los encargados de seguridad de tres casinos diferentes.

Trabajo hasta pasada la medianoche, hasta que los números en la pantalla empiezan a difuminarse y sé que si no duermo algo voy a cometer un error.

Subo a mi habitación en la segunda planta. Paso por delante de la puerta de Arianna y veo luz por debajo. Sigue despierta.

Me detengo. No debería, pero lo hago.

Imagino que llamo a su puerta. Imagino que entro y me pregunta qué necesito. Imagino que le digo la verdad: que llevo años enamorado de ella, que cada día sin tocarla es una forma de tortura, que si pudiera elegir cualquier vida sería una donde mereciera estar a su lado.

Imagino su reacción, cien versiones diferentes de lo que podría pasar después.

Y después imagino a Leonardo descubriendo que he traicionado su confianza: la decepción en sus ojos, la pérdida de lo único que me ha mantenido vivo durante años, mi lealtad al hombre que me salvó cuando no había ninguna razón para hacerlo.

Imagino a Arianna atada a un hombre como yo: alguien que tiene enemigos, alguien que no puede prometerle un futuro sin violencia, alguien que la convertiría en objetivo solo por estar a su lado.

Me aparto de su puerta y sigo pasillo adelante.

En mi habitación, me quito la ropa y me meto en la ducha. El agua fría me martillea la nuca hasta que el cuerpo se me entumece y la mente se me aquieta.

Cuando salgo, me tumbo en la cama, mirando al techo.

Hoy un hombre ha venido a pedir la mano de Arianna. Mañana vendrá otro, y pasado mañana otro más. Van a seguir viniendo porque Arianna es hermosa, inteligente, y la hermana del Don más poderoso de Las Vegas.

Y yo voy a seguir aquí, rechazando invitaciones a cenar, evitando conversaciones, construyendo muros más altos cada día.

Porque Leonardo tiene razón.

Arianna merece algo mejor.

Y por mucho que me joda admitirlo, ese algo mejor nunca voy a ser yo.