Peligrosa Obsesión (Sangre y Lealtad 2) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

LORENZO

Llevo tres días durmiendo cuatro horas por noche y estoy a punto de volverme loco.

No es por el trabajo. Aunque hay suficiente: verificar lealtades de todos los hombres que servían a Dante, asegurar las rutas de suministro, reuniones con los otros jefes de familia para confirmar que reconocen a Leonardo como Don legítimo.

La transición de poder nunca es limpia, y esta menos que ninguna.

Hay amenazas que flotan en el aire como humo, y mi trabajo es atraparlas antes de que se conviertan en fuego.

Podría con todo eso. He hecho cosas peores con menos horas de sueño.

El problema es Arianna.

Ahora que su hermano ha tomado la familia ha regresado a casa.

Está aquí. En la casa. Todo el puto tiempo.

Desayuna en la cocina a las ocho de la mañana, con el pelo todavía húmedo de la ducha y una camiseta tan ajustada que debería estar prohibida.

Se sienta en el sofá a leer mientras yo reviso informes en el despacho, y puedo oírla pasar las páginas.

Baja las escaleras descalza, cruza el pasillo hacia la terraza, respira.

Y yo no puedo quitarle los ojos de encima.

Esta mañana la veo antes de que me vea ella.

Estoy en la cocina preparando café cuando entra.

Lleva unos pantalones de pijama de seda y una camiseta de tirantes blanca.

Sin sujetador. Se le adivina la curva de los pechos a través de la tela fina, y tengo que agarrar la encimera con fuerza para no hacer algo de lo que me voy a arrepentir.

Tengo que girarme para que no vea lo duro que me he puesto solo mirándola.

—Buenos días —dice con una sonrisa.

—Buenos días.

Se acerca a la cafetera, tan cerca que le huelo el champú. Melocotón y algo más dulce. Se sirve una taza, se gira hacia mí y apoya la cadera en la encimera.

—¿Has dormido algo?

—Suficiente.

—Mentiroso. Tienes ojeras.

Me encojo de hombros y doy un sorbo al café. Está demasiado caliente y me quema la lengua, pero al menos me da algo en lo que concentrarme que no sea ella.

—Hay mucho trabajo —digo.

—Siempre hay mucho trabajo. —Ladea la cabeza, estudiándome—. ¿Jugamos al ajedrez esta noche? Hace meses que no jugamos una partida de verdad.

Se me tensa la mandíbula.

—Esta noche no puedo. Tengo una reunión.

—¿Y mañana?

—Mañana tampoco.

—¿Y pasado?

—Arianna…

—¿Qué? —Levanta la barbilla en ese gesto desafiante que conozco tan bien—. Solo te estoy pidiendo que juguemos una partida de ajedrez, Lorenzo. No un riñón.

Quiero decirle que sí. Quiero sentarme con ella y jugar como hacíamos antes, cuando todavía podía fingir que lo que sentía era solo cariño fraternal.

Pero sé lo que va a pasar si lo hago. Voy a mirarla demasiado.

Voy a pensar cosas que no debería. Voy a acercarme demasiado a la línea que no puedo cruzar.

—Estoy muy liado —acabo diciendo—. Quizá en un par de semanas.

Veo cómo se le borra la sonrisa de la cara. Una sombra le cruza los ojos, parecida a la decepción, antes de que aparte la mirada.

—Vale. Como quieras.

Deja la taza en la encimera y sale de la cocina sin decir nada más. Yo me quedo ahí, con las manos cerradas en puños y el café quemándome el estómago.

Joder.

Esa tarde tengo una reunión con Leonardo y tres de los capitanes que servían a Dante.

Es una reunión tensa, llena de silencios incómodos y miradas calculadoras.

Estos hombres no confían en Leonardo todavía, y Leonardo no confía en ellos.

Mi trabajo es leer entre líneas, detectar mentiras, asegurarme de que nadie está planeando una traición.

Llevo dos horas sentado en esa sala cuando Arianna entra.

No llama. No pide permiso. Simplemente abre la puerta y entra con la barbilla levantada y una carpeta en las manos.

Todos los hombres se giran hacia ella. Leonardo se tensa.

—Arianna. Estamos en una reunión.

—Lo sé. Por eso estoy aquí. —Deja la carpeta sobre la mesa delante de Leonardo—. He estado revisando los números de los casinos. El marketing es un desastre. Estáis perdiendo dinero porque nadie sabe cómo promocionar los eventos correctamente. Tengo un plan para cambiarlo.

Leonardo coge la carpeta pero no la abre. La mira a ella.

—Hablamos luego.

—No. Hablamos ahora. Porque llevas una semana diciéndome «luego» y…

—Arianna. —La voz de Leonardo es baja pero firme—. Fuera.

Veo cómo aprieta la mandíbula, cómo le tiemblan las manos antes de cerrarlas en puños, y el momento exacto en que decide no retroceder.

—He estudiado cuatro años para esto. Sé lo que hago. Y no voy a quedarme sentada decorando la casa mientras vosotros…

—Fuera. Ahora.

La tensión se masca en la sala. Los capitanes nos miran a los tres con expresiones que van desde la curiosidad hasta la diversión apenas disimulada.

Arianna sostiene la mirada de Leonardo durante unos segundos más. Luego coge la carpeta, se gira y sale dando un portazo.

Leonardo se pasa una mano por la cara.

—Disculpad. Mi hermana todavía está… adaptándose.

Retomamos la reunión, pero yo apenas escucho. Porque sigo viendo la expresión de Arianna cuando salió. Frustración. Rabia. Y algo más profundo que se me incrusta en el pecho.

Dolor.

Esa noche la encuentro en el salón. Está sentada en el sofá con el portátil en las rodillas, tecleando con tanta fuerza que estoy seguro de que va a romper las teclas. Tiene el ceño fruncido y los labios apretados en una línea fina.

Me quedo en el umbral, debatiendo si entrar o no. Debería irme, dejarla sola, hacer cualquier cosa menos acercarme.

Pero no puedo.

—¿Estás bien? —pregunto.

Levanta la vista. Me mira apenas un segundo y vuelve a la pantalla.

—Perfectamente.

—Arianna…

—He dicho que estoy perfectamente, Lorenzo. ¿O tú también vienes a decirme que me quede quietecita y deje a los hombres hacer el trabajo?

Me meto las manos en los bolsillos para no hacer algo estúpido, como cruzar la sala y abrazarla.

El deseo de reconfortarla, de arreglar cualquier cosa que pueda molestarla, es demasiado fuerte. Siempre lo ha sido. Desde el puto día en el que la conocí.

—Tu hermano solo quiere protegerte.

—No necesito que me proteja. Necesito que me escuche. Que me tome en serio.

—Estamos en una situación delicada. Todavía hay amenazas. Todavía hay gente que…

—Lo sé. —Cierra el portátil de golpe—. Créeme, lo sé. Pero eso no significa que tenga que estar de brazos cruzados mientras vosotros hacéis todo. He estudiado. Tengo ideas. Puedo contribuir.

—No es el momento.

—¿Y cuándo va a ser el momento? —Se levanta del sofá—. ¿Dentro de un mes? ¿Un año? ¿Nunca?

—Cuando las cosas se calmen…

—Las cosas nunca se van a calmar. —Da un paso hacia mí—. Porque siempre va a haber algo. Siempre va a haber una amenaza, un problema, una razón para mantenerme encerrada y apartada. Somos una familia de mafiosos.

Está demasiado cerca. Le veo las motas doradas en los ojos y el pecho que sube y baja con cada respiración. Siento el calor que emana de su cuerpo.

—No estás encerrada —digo, y mi voz suena más ronca de lo que pretendía.

—¿Ah, no? Entonces ¿por qué no puedo trabajar? ¿Por qué no puedo decidir qué hacer con mi vida? ¿Por qué no puedo ni siquiera jugar una partida de ajedrez contigo?

Joder.

—Estoy ocupado, Arianna. No es personal.

—¿Por qué llevas semanas evitándome?

Porque si no te evito, voy a hacer algo imperdonable. Porque cada vez que te veo, tengo que recordarme que eres la hermana de Leonardo. Porque estoy enamorado de ti y eso me está matando.

—No te estoy evitando —miento.

—Sí lo estás. —Se le quiebra la voz—. Y no entiendo por qué.

Aparto la mirada.

—Solo estoy haciendo mi trabajo.

Ella niega con la cabeza.

—Eres un mentiroso de mierda, Lorenzo.

Se da la vuelta y sube las escaleras. Yo me quedo ahí, con las manos todavía en los bolsillos y el pecho tan apretado que apenas puedo respirar.

Tiene razón.

Soy un mentiroso de mierda.

ARIANNA

Llevo once años enamorada de Lorenzo Benedetti y estoy a punto de rendirme.

No porque no lo quiera. Lo quiero con una intensidad que me asusta. Lo he querido desde que tenía doce años y él se sentó junto a mí en ese motel y me prometió que me cuidaría. Y cada año que ha pasado, ese amor se ha hecho más profundo, más real, más imposible de ignorar.

Pero estoy cansada.

Cansada de esperar. Cansada de intentar acercarme solo para que él levante un muro. Cansada de preguntarme qué tengo que hacer para que me vea como algo más que la hermana pequeña de Leonardo.

Esta mañana bajo a desayunar con la esperanza de encontrarlo solo en la cocina. Necesito hablar con él: entender por qué me evita y que me diga de una vez si hay alguna posibilidad de que algún día me vea como yo lo veo a él.

Y por una vez lo encuentro: está en la cocina, preparando café. Hablamos de nada, de si ha dormido, de las ojeras que no reconoce. Después reúno valor y le propongo una partida de ajedrez esta noche, como las de antes.

—Esta noche no puedo. Tengo una reunión.

—¿Y mañana?

—Mañana tampoco.

—¿Y pasado?

—Arianna…

—Solo te estoy pidiendo que juguemos una partida de ajedrez, Lorenzo. No un riñón.

—Estoy muy liado. Quizá en un par de semanas.

Se me cierra el estómago. Dejo la taza en la encimera y salgo de la cocina antes de que se me note en la cara. Tengo que morderme el labio para no gritarle.

Vale. Mensaje recibido.

Paso la mañana encerrada en mi habitación, trabajando en el plan de marketing que he estado preparando durante semanas. He revisado todos los números de los casinos de la familia. He identificado los problemas. He diseñado estrategias para aumentar las ganancias.

Sé lo que hago. Estudié cuatro años para esto. Pero cada vez que intento hablar con Leonardo, me dice que «no es el momento» o que «no necesito trabajar».

Como si el dinero fuera el problema.

No se trata del dinero, tengo más del que podría gastarme. Solo necesito abrir la boca y Lorenzo y Leonardo me darán al instante lo que necesite. Se trata de sentirme útil. De contribuir. De ser algo más que la hermana decorativa a la que hay que proteger.

Me he cansado de que me vean así. Nunca me he prestado a ser la chica indefensa.

Esa tarde, harta de esperar, bajo con la carpeta y entro en el despacho de Leonardo sin llamar.

Es una estupidez. Lo sé en cuanto veo las caras de los hombres sentados alrededor de la mesa. Antiguos capitanes de Dante, todos mirándome como si fuera un bicho raro. Leonardo me fulmina con la mirada.

Pero ya he empezado, así que no puedo retroceder.

—He estado revisando los números de los casinos —digo, dejando la carpeta sobre la mesa—. El marketing es un desastre. Tengo un plan para cambiarlo.

—Hablamos luego —dice Leonardo.

—No. Hablamos ahora.

—Arianna. Fuera.

Veo a Lorenzo de reojo. Está sentado al lado de Leonardo, con esa expresión impasible que usa cuando está en modo trabajo. No dice nada. No me defiende. No hace nada.

Y su actitud me mata.

—He estudiado cuatro años para esto —insisto—. Sé lo que hago. Y no voy a quedarme sentada decorando la casa mientras vosotros…

—Fuera. Ahora.

La voz de Leonardo no admite réplica. Cojo la carpeta, me doy la vuelta y salgo dando un portazo que debe de oírse en toda la casa.

Me importa una mierda.

Esa noche estoy en el salón, trabajando en el portátil, cuando Lorenzo aparece.

—¿Estás bien? —pregunta.

Levanto la vista. Está en el umbral, con esa expresión de preocupación que solo pone conmigo.

—Perfectamente —miento.

—Arianna…

—He dicho que estoy perfectamente, Lorenzo. ¿O tú también vienes a decirme que me quede quietecita y deje a los hombres hacer el trabajo?

Veo cómo aprieta la mandíbula. Cómo da un paso hacia el salón pero se detiene, como si tuviera miedo de acercarse demasiado.

—Tu hermano solo quiere protegerte.

—No necesito que me proteja. Necesito que me escuche.

Me suelta el discurso de siempre. Que estamos en una situación delicada. Que todavía hay amenazas. Que no es el momento. Que cuando las cosas se calmen…

Y yo exploto.

—Las cosas nunca se van a calmar —le digo—. Porque siempre va a haber algo. Siempre va a haber una amenaza, un problema, una razón para mantenerme encerrada y apartada.

Me acerco a él sin pensar. Estoy tan harta, tan frustrada, tan cansada de todo esto, que las palabras me salen antes de poder detenerlas.

—¿Por qué llevas semanas evitándome?

—No te estoy evitando.

—Sí lo estás. —Siento cómo se me quiebra la voz—. Y no entiendo por qué.

Me mira con esos ojos marrones que me atraviesan, y por un segundo creo que va a decírmelo. Que va a bajar ese muro que lleva años levantando y va a dejarme entrar.

Pero entonces aparta la mirada.

—Solo estoy haciendo mi trabajo.

—Eres un mentiroso de mierda, Lorenzo.

Lo digo bajito, casi para mí, pero sé que lo oye.

Subo a mi habitación, cierro la puerta de un golpe y me dejo caer en la cama. Me tapo la cara con las manos y dejo escapar un grito ahogado de pura frustración.

Once años.

Once años esperando a que me vea. Once años intentando acercarme. Once años queriendo a un hombre que me trata como si fuera de cristal.

Y estoy cansada.

Cansada hasta los huesos.

Cojo el móvil y abro el chat con Lorenzo. Nuestras conversaciones llenan la pantalla. Años de mensajes, de partidas de ajedrez, de llamadas nocturnas. Años de construir algo que pensé que era real.

Empiezo a escribir.

No puedo seguir haciendo esto.

Borro el mensaje antes de enviarlo.

Quiero que dejes de alejarte de mí.

Borro ese también.

Te quiero. Siempre te he querido.

Lo leo tres veces. Luego lo borro.

Tiro el móvil sobre la cama y me tumbo boca arriba y me quedo mirando el techo.

Once años.

Y todavía no sé si alguna vez va a ser suficiente.