CAPÍTULO 7
LORENZO
Gino conduce la camioneta por calles cada vez más oscuras, rumbo al desierto, lejos del centro de Las Vegas. Bruno va en el asiento del copiloto fumando un cigarrillo, y Vito está sentado detrás con Mario y conmigo. La radio suena bajito: algo de rock que no reconozco.
—¿A dónde vamos? —pregunta Mario.
Tiene dieciséis años, un año menos que yo, y lleva solo dos meses entrenando con los capitanes de Dante. Todavía hace demasiadas preguntas.
—A hacer un trabajo —responde Vito sin mirarlo—. ¿Algún problema?
—No. Solo preguntaba.
Yo no digo nada. Llevo seis meses bajo la formación de estos tres: Gino, Bruno y Vito. Tres capitanes veteranos que según Dante van a convertirnos en soldados de verdad. He aprendido a pelear, a vigilar, a seguir órdenes sin cuestionar. He aprendido que hacer preguntas solo te hace parecer débil.
Pero algo en esta noche no encaja.
Nos dijeron que íbamos a recoger un pago de una casa de apuestas en el norte.
Un trabajo sencillo, rutinario, perfecto para que Mario y yo aprendamos el protocolo.
Pero llevamos veinte minutos conduciendo en dirección contraria, hacia el desierto donde no hay casas de apuestas ni nada que valga la pena recoger.
—¿El trabajo no era en el norte? —pregunto.
Gino me mira por el retrovisor. Sonríe.
—Cambio de planes, chico. Relájate.
No me relajo. El instinto me grita que algo va mal, pero no sé qué. Miro por la ventanilla: solo veo oscuridad, arena y alguna que otra estructura abandonada. Estamos en medio de la nada.
La camioneta se detiene frente a un almacén viejo que parece llevar años sin usarse. Gino apaga el motor y todos bajamos. El aire del desierto es frío, mucho más frío de lo que esperaba. Mario tiembla junto a mí, aunque no sé si es por el frío o por otra cosa.
—Entrad —dice Bruno señalando la puerta del almacén.
—¿Qué hay dentro? —pregunto.
—Tu trabajo de esta noche.
Vito nos empuja por la espalda, no con fuerza pero con intención.
Mario entra primero y yo lo sigo. El almacén huele a humedad, a metal oxidado y a algo dulzón que prefiero no identificar.
Del techo cuelga una bombilla que parpadea cada pocos segundos e ilumina a golpes las cajas viejas apiladas contra las paredes y un espacio vacío en el centro.
La puerta se cierra detrás de nosotros.
Me giro. Los tres capitanes bloquean la salida. Gino sigue sonriendo. Bruno ha sacado una porra del cinturón. Vito se quita el suyo despacio y se lo enrolla en la mano.
Tardo demasiado en entenderlo: no hay pago ni casa de apuestas ni protocolo que aprender. El trabajo somos nosotros.
—¿Qué coño…? —empiezo a decir.
Gino me golpea en el estómago antes de que termine la frase. El aire se me escapa de golpe y caigo de rodillas. Oigo a Mario gritar, oigo otro golpe, oigo risas. Las risas son lo peor: nos van a hacer pedazos y para ellos es una fiesta.
—Chicos —dice Gino agachándose frente a mí—. Esta noche vais a aprender una lección muy importante sobre cómo funciona esta famiglia.
Me agarra del pelo y me obliga a levantar la cabeza. Le brillan los ojos más de la cuenta, excitados.
—Algunos de nosotros tenemos ciertos… privilegios. Y vosotros dos acabáis de convertiros en uno de ellos.
Me suelta y se levanta. Bruno arrastra a Mario hasta el centro del almacén mientras el chaval suplica, llora, intenta negociar. Yo intento levantarme pero Vito me patea en las costillas y vuelvo a caer.
—Tú esperas tu turno —dice Vito—. Primero el niño.
Lo que pasa después lo veo desde el suelo, con las costillas ardiendo y la boca llena de sangre.
Le rompen la cara a Mario. Le arrancan la ropa.
Le hacen lo que ningún ser humano debería tener que ver, y mucho menos sufrir a los dieciséis años.
Mario grita mi nombre dos veces. Yo no me muevo.
Rezo, por primera vez desde niño, un padrenuestro que se me deshace a la mitad, y le pido a un Dios en el que ya no creo que Mario se desmaye pronto.
Cuando por fin deja de gritar, cuando su cuerpo se queda quieto, ellos no paran.
En algún momento me doy cuenta de que estoy llorando y de que me he meado encima. Ni siquiera me da vergüenza. La vergüenza vendrá después, años después, cada noche que recuerde que me quedé quieto en el suelo mientras mataban a un crío que gritaba mi nombre.
Y sé que yo soy el siguiente.
Gino se gira hacia mí cuando terminan con Mario. Tiene sangre en las manos y esa sonrisa todavía en la cara.
—Tu turno, chico.
Se acerca despacio. Disfruta cada paso. Yo intento arrastrarme hacia atrás, aunque no hay ningún sitio a donde ir, y Vito me patea otra vez, esta vez en la cara.
La nariz me cruje. La sangre me corre por la barbilla, me llena la boca, y pienso con una claridad absurda que voy a morir en un almacén que huele a óxido y que mi madre nunca va a saber dónde.
—Esto es lo que les pasa a los chicos nuevos que creen que van a llegar a algo en esta famiglia —dice Gino—. Les enseñamos su sitio.
Me agarra del brazo para levantarme.
La puerta del almacén explota hacia dentro.
El sonido es tan fuerte que todos nos quedamos paralizados por un segundo. Astillas de madera vuelan por el aire. Una figura entra por el hueco donde antes había una puerta, una silueta negra contra la oscuridad del desierto.
La bombilla parpadea y en uno de sus destellos le veo la cara: cicatrices que la cruzan desde la sien hasta la boca, por la mejilla, por la mandíbula; ojos verdes como hielo ártico; pelo negro, corto. No puede tener más de dieciocho o diecinueve años y acaba de tirar una puerta él solo.
No siento alivio, ni esperanza, ni nada que se le parezca. Siento que en el almacén acaba de entrar un depredador más grande, y que yo sigo siendo carne.
—Gino —dice el chico de las cicatrices con una voz baja que llena todo el almacén—. Bruno. Vito.
Los tres capitanes se quedan inmóviles. Gino suelta mi brazo.
—¿Quién coño eres tú? —A Gino le sale la voz rota, dos tonos más aguda que hace un minuto.
—El que lleva meses contando vuestros muertos.
No lo conocen. Tres capitanes con media vida en la famiglia, y ninguno sabe de qué agujero ha salido este hombre. Él conoce sus nombres; ellos no saben nada. Y por primera vez en toda la noche veo miedo de verdad en los ojos de Gino.
—Son solo chavales de mierda que necesitan aprender… —empieza a decir Bruno.
El desconocido se mueve tan rápido que casi no lo veo. Un segundo está en la puerta, el siguiente tiene a Bruno contra la pared con una mano alrededor de su garganta. Bruno deja caer la porra. Sus pies cuelgan a centímetros del suelo.
—¿Cuántos? —pregunta.
—¿Qué?
—¿Cuántos chicos habéis matado así?
Bruno no responde. La mano aprieta más fuerte. Oigo cómo la tráquea empieza a ceder.
—Siete —dice Gino desde atrás—. En tres años. ¿Contento?
Suelta a Bruno, que cae al suelo tosiendo. Se gira hacia Gino despacio, y la sonrisa que aparece en su cara cicatrizada es lo más aterrador que he visto en mi vida.
—Siete —repite—. Siete niños.
Saca una pistola del cinturón.
—Voy a disfrutar esto.
Lo que sigue dura menos de un minuto.
Les dispara a los tres. No en la cabeza, no rápido. En las rodillas primero. Después en los codos. Después en el estómago. Los deja retorciéndose en el suelo, entre gritos y súplicas. Y cuando termina con las balas, saca un cuchillo.
No miro el resto. Cierro los ojos, me tapo los oídos y aun así lo oigo todo: los gritos, los gorgoteos, después el silencio. Esta mañana yo me creía duro, hecho para esta vida. Ahora soy un crío que reza en el suelo de un matadero para que el monstruo de las cicatrices se olvide de que existo.
Cuando abro los ojos, el chico de las cicatrices está de pie en medio de tres cadáveres. Tiene sangre hasta los codos. Me mira, y durante un instante estoy convencido de que ahora me toca a mí: un testigo es un cabo suelto, y este hombre no parece de los que dejan cabos sueltos.
—¿Puedes levantarte?
La pregunta es tan corriente que tardo en entenderla. Asiento aunque no estoy seguro de que sea verdad. Intento incorporarme y el mundo se inclina, pero consigo ponerme de pie. Él camina hasta Mario.
—Este ya no está con nosotros —dice con una voz que suena casi tierna.
Tiene razón. Mario está muerto. Tiene los ojos abiertos pero vacíos, la boca entreabierta, el cuerpo roto en formas que no deberían ser posibles.
El chico de las cicatrices se quita la chaqueta y cubre el cuerpo del chaval con ella.
—Vamos —me dice—. ¿Puedes andar?
—Sí.
Salimos del almacén hacia la noche del desierto. Hay una moto aparcada a unos metros. Él camina hacia ella y yo lo sigo, cada paso es una agonía en mis costillas rotas.
—¿Quién eres? —pregunto.
—Leonardo.
Espero un apellido. No llega.
—¿Cómo sabías dónde encontrarnos?
—Siguen un patrón. Siempre eligen chavales nuevos, siempre los llevan al desierto, siempre dicen que el trabajo salió mal. —Se detiene junto a la moto—. Llevo meses siguiéndolos.
—¿Por qué?
Leonardo me mira con esos ojos verdes que no tienen nada de humano.
—Porque a mí también me hicieron cosas. Y decidí que nadie más iba a pasar por eso mientras yo pudiera evitarlo.
Sube a la moto y me hace un gesto para que suba detrás. Yo obedezco aunque cada movimiento me arranca un gemido. Aunque no me termine de creer del todo que me esté dejando vivir. Me agarro a su cintura y él arranca el motor.
Conducimos en silencio durante veinte minutos hasta que Las Vegas vuelve a aparecer en el horizonte. Leonardo se detiene en un motel de mala muerte en las afueras.
—Voy a conseguirte una habitación —dice—. Mañana te llevaré con un médico que no hace preguntas.
—¿Y después?
—Después decides si quieres seguir en esta famiglia o si quieres largarte mientras puedas.
Me bajo de la moto. Las piernas apenas me sostienen pero consigo mantenerme de pie. Leonardo me mira desde su asiento, con la sangre de tres hombres todavía en las manos.
—Gracias —digo.
No es suficiente. Ni de cerca. Pero es lo único que puedo decir ahora mismo.
Leonardo asiente.
—Espera aquí.
Entra al motel y vuelve cinco minutos después con una llave. Me la da y señala hacia las habitaciones.
—Número doce. Hay una ducha y una cama. Descansa.
—Espera.
Leonardo se detiene.
—Esta famiglia está podrida —digo. Me tiembla la voz, pero sigo—. Siete críos, y nadie preguntó nunca por ellos. Alguien arriba lo sabía. O no quiso saberlo, que es lo mismo.
—Ahora empiezas a entender.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Cazarlos de tres en tres el resto de tu vida?
Se queda callado un momento. Cuando habla, lo hace con la misma calma con la que ha matado a tres hombres.
—El Don intentó matarme cuando era un niño. No preguntes por qué; esta noche no te lo voy a contar. —Se roza una de las cicatrices con el pulgar—. Falló. Voy a quedarme con esta famiglia, pieza a pieza, hombre a hombre, hasta que no quede ninguno de los que permitieron lo de esta noche.
—Déjame ayudarte.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Sí lo sé. —Doy un paso hacia él aunque me cuesta todo—. Quiero ayudarte. Vuelvo mañana, cuento lo que tú me digas, agacho la cabeza y asciendo. Y todo lo que vea y todo lo que oiga te llega a ti. Puedo ser tus ojos dentro de la famiglia.
—¿Sabes lo que les hacen a los topos?
—Lo mismo que le han hecho a Mario esta noche. Por nada.
Leonardo me mira en silencio, con una expresión que no sé descifrar, parecida al dolor, o a la soledad, o a las dos cosas.
—Si te conviertes en mis ojos, tu vida va a ser peligrosa —dice—. Vas a mentir cada día a hombres que huelen la mentira. Voy a pedirte cosas que ningún ser humano debería tener que hacer. Y si te descubren, puede que yo no llegue a tiempo.
—No voy a echarme atrás.
—Puede que cambies de opinión.
—No va a pasar.
Leonardo baja de la moto. Camina hacia mí hasta que estamos cara a cara. Me saca unos centímetros, y las cicatrices de su rostro parecen más profundas bajo la luz naranja del cartel del motel.
—Si haces esto —dice—, me entregas tu lealtad. Entera. Sin condiciones.
—La tienes.
—Dilo.
—Te entrego mi lealtad. Para siempre.
Leonardo extiende la mano. Yo la estrecho con la mía, ignorando el dolor en las costillas, en la cara, en todas partes.
—Entonces eres mi hermano —dice Leonardo—. No de sangre, pero sí de todo lo demás. Y nadie puede saberlo. Ni tus amigos, ni tu madre, ni el cura si un día te da por confesarte. Ahí dentro, tú y yo no nos conocemos.
—Tu hermano —repito—. Y tu topo.
Nos soltamos las manos. Leonardo vuelve a su moto.
—Descansa, Lorenzo. Mañana empieza tu verdadero entrenamiento.
—¿Leonardo?
Se gira.
—¿Y yo qué digo mañana? Cuando pregunten por Gino y los otros. Cuando pregunten por Mario.
—Tú no sabes nada. El trabajo se canceló y te mandaron a casa; lo de la cara fue una pelea de bar, y la perdiste.
—Sonríe, y esa sonrisa cicatrizada me da más miedo que todo lo que ha pasado esta noche—.
Lo de Gino y los otros ya lo descubrirá alguien: un accidente en el desierto. Un accidente muy, muy desafortunado.
Arranca la moto y desaparece en la noche.
Yo me quedo clavado en el sitio un buen rato antes de conseguir moverme hacia la habitación número doce. Entro, cierro la puerta, me derrumbo en la cama sin quitarme la ropa.
Pienso en Mario muerto en ese almacén, en que yo debería estar muerto también, en el crío que subió a esa camioneta hace unas horas convencido de que iba a recoger un pago y que ya no va a volver.
Pienso en las palabras que acabo de pronunciar: Te entrego mi lealtad. Para siempre.
Y las creo.
Leonardo me ha salvado la vida esta noche.
No sé su apellido, no sé de dónde ha salido, no sé qué pudo hacer un niño para que el Don quisiera matarlo.
Sé lo único que importa: vamos a limpiar esta famiglia desde dentro, él con las manos y yo con los oídos, hasta que no quede ni un solo hombre como Gino. Hasta que sea suya.
Mañana volveré, contaré la mentira de la pelea de bar, agacharé la cabeza y sonreiré a hombres que a lo mejor sabían lo de los siete niños. Y esperaré.
Voy a pasarme el resto de mi vida devolviéndole ese favor.
No importa lo que me pida. No importa a dónde tengamos que ir o qué tengamos que hacer. No importa qué tenga que sacrificar.
Leonardo me salvó cuando nadie más lo habría hecho.
Y por eso voy a serle leal hasta que me muera.