CAPÍTULO 6 #2
La veo limpiarse las lágrimas con el dorso de la mano y ya no puedo seguir mintiéndome.
Llevo despierto más de veinticuatro horas.
Después de su llamada no esperé a ningún vuelo comercial: alquilé un jet privado a una operadora que no hace preguntas y despegué de Las Vegas dos horas después de colgar.
No le dije a Leonardo dónde iba. No se lo dije a nadie.
Solo metí lo necesario en una bolsa y salí hacia el aeropuerto.
Porque era Arianna.
Y haría cualquier cosa por ella.
Durante todo el vuelo solo pude pensar en que estaba en peligro, en que había tenido que enfrentarse sola a un hombre violento, en que podría haberle pasado algo sin que yo estuviera ahí para impedirlo.
Cuando llegué y la vi, entera y a salvo, el alivio fue tan intenso que casi me deja sin fuerzas.
Y cuando se lanzó a mis brazos, cuando hundió la cara contra mi pecho y suspiró como si por fin pudiera respirar tranquila, supe la verdad que llevo meses esquivando.
Estoy enamorado de ella.
No es solo atracción. No es solo deseo. No es solo la necesidad de protegerla que llevo sintiendo desde que ella tenía doce años.
Es amor.
El tipo de amor que te deja en carne viva, que te hace cruzar un océano sin pensarlo, que sabes que nunca vas a poder soltar, aunque te mate mantenerlo.
Porque verla es lo mejor y lo peor de mi existencia.
Lo mejor porque es luz en un mundo que se volvió oscuro hace mucho tiempo, porque cuando sonríe todo tiene sentido y porque hablar con ella, aunque sea por mensajes, es lo único que espero cada día.
Y lo peor porque sé que nunca podrá ser mía: soy un asesino, mi vida está llena de sangre y violencia, y Leonardo, el hombre al que le debo todo, nunca querría que su hermana estuviera con alguien como yo.
Porque ella merece algo mejor.
—¿Estás bien? —pregunta Arianna, y su voz me devuelve al salón.
—Sí. Solo cansado.
—Deberías dormir.
—Debería volver a Las Vegas.
—No. —Da un paso hacia mí—. Quédate esta noche. Por favor.
Debería decir que no, poner tierra de por medio, protegerla de mí, que soy el mayor peligro al que se va a enfrentar nunca.
Pero no puedo.
—Vale —digo—. Me quedo esta noche.
Pedimos comida a domicilio. Pizza italiana que comemos sentados en el sofá, con una película de fondo que ninguno de los dos está viendo de verdad.
Arianna me cuenta cosas de la universidad, de Emma, de las asignaturas de este semestre.
Yo la escucho, y por primera vez desde su llamada, bajo la guardia.
Estar con ella siempre ha sido lo fácil.
Cuando terminamos de comer, ella apoya la cabeza en mi hombro. Despacio. Como si no estuviera segura de si puede hacerlo. Yo me quedo muy quieto.
—Gracias —susurra—. Por venir. Por estar aquí. Por… por todo.
—No tienes que dármelas.
—Sí tengo. Porque eres la persona más importante de mi vida, Lorenzo. Y no sé qué haría si no te tuviera.
Se me seca la boca. No sé qué decir. Cómo explicarle que ella es lo único bueno que tengo, que pensar en ella es lo único que me mantiene cuerdo cuando todo lo demás se va a la mierda, que no hay nada más bonito en mi puta vida que ella.
Así que no digo nada. Solo levanto el brazo y la dejo acurrucarse contra mí.
—Estoy muy cansada —murmura después de un rato.
—Pues duerme.
—¿Te vas a quedar?
—Me voy a quedar.
Siento cómo su cuerpo se relaja contra el mío. Su respiración se vuelve más lenta, más profunda. Y en cuestión de minutos, está dormida.
Yo me quedo despierto, mirando el techo, con ella apoyada contra mi pecho. Noto el calor de su cuerpo, el olor de su champú, el ritmo de su respiración, profunda y tranquila, como si no hubiera ningún lugar en el mundo donde se sintiera más segura que aquí.
Conmigo.
Y joder, cómo desearía que eso fuera verdad. Cómo desearía ser el hombre que merece: uno que pueda protegerla sin ser una amenaza él mismo, uno al que Leonardo aprobaría.
Pero no lo soy.
Soy un asesino. Hace unas horas hice una llamada, y esta noche, cuando el edificio llevaba ya horas a oscuras, dos hombres de la familia en Londres que me deben más de un favor se han llevado del desván un bulto envuelto en plástico.
Dentro de unos días, el coche de ese hombre aparecerá abandonado en el aparcamiento del ferri de Dover, con el móvil en la guantera y un billete a Calais pagado con su tarjeta, y nadie busca con ganas a un maltratador que huye.
Lo hice sin dudar, sin sentir nada, porque era una amenaza para ella. Y volvería a hacerlo mil veces más.
Esa es la verdad. Esa es la razón por la que tengo que mantenerme alejado.
Porque si me acerco demasiado, si me permito tenerla de verdad, acabaré arrastrándola a mi mundo. Y su mundo es luz, y risa, y universidad, y futuro. Y mi mundo es oscuridad.
Ella merece algo mejor.
Bajo la vista hacia su cara. Está dormida, con las pestañas oscuras sobre las mejillas y los labios entreabiertos. Parece muy joven así, inocente, intocable.
Me permito acariciarle el pelo. Una vez. Con delicadeza. Como si fuera algo sagrado que no merezco tocar.
—Eres lo mejor que me ha pasado en la vida —susurro tan bajo que sé que no puede oírme—. Y por eso tengo que renunciar a ti.
Cierro los ojos. Y me permito tenerla así, en mis brazos, durante esta noche. Porque sé que es la única vez que me voy a permitir esto.
La única vez que voy a poder fingir que puede ser mía.
Y cuando amanezca, volveré a Las Vegas. Y pondré toda la distancia posible entre nosotros.
Porque es lo correcto.
Aunque me mate hacerlo.