CAPÍTULO 6
ARIANNA
Son las tres de la madrugada cuando mi móvil vibra con el mensaje de Emma.
Está fuera. En el portal. Dice que quiere hablar.
Me incorporo en la cama de golpe, con el corazón latiéndome demasiado rápido.
Emma es mi vecina, la chica del piso de al lado que se hizo amiga mía el primer día de universidad.
Hace dos meses dejó a su novio después de que la empujara contra una pared durante una discusión.
Desde entonces, él no ha dejado de llamarla.
De aparecer en sus clases. De esperarla en la cafetería.
Le escribo rápido.
No le abras. Llama a la policía.
No puedo. Dice que si llamo a la policía, va a hacer que me arrepienta.
Dios.
Me levanto, me pongo unos vaqueros y una sudadera, y cojo del cajón de la mesilla los dos botes: el gas pimienta que Lorenzo me regaló hace años y el segundo espray que le pedí a Lorenzo cuando el ex de Emma empezó a rondarla.
«Por si acaso», me dijo Lorenzo. «Espero que nunca lo necesites, pero llévalo siempre encima.
Es mejor tenerlo y no necesitarlo que necesitarlo y no tenerlo. »
Salgo al pasillo justo cuando oigo el ruido. Un golpe fuerte contra una puerta. Luego otro, y un crujido de madera. Y la voz de un hombre que dice el nombre de Emma.
Corro hacia su puerta. El portal lleva semanas cerrando mal, cualquiera puede colarse si lo intenta lo suficiente y la puerta de Emma no lo ha frenado: el marco está astillado a la altura de la cerradura y la hoja ha quedado entornada. La ha reventado a patadas.
—Suéltame —escucho decir a Emma.
No pienso. Solo actúo.
Empujo la hoja astillada y entro. El tipo está en mitad del salón, con Emma agarrada del brazo. Cuando me siente, la suelta y da un paso hacia mí.
—¿Qué coño haces aquí?
—Ayudarla. Y vas a salir de aquí ahora mismo.
Se ríe. Es una risa desagradable, llena de desprecio.
—¿O qué? ¿Vas a llamar a la policía? Adelante. Para cuando lleguen, ya me habré ido.
Levanto el bote de gas pimienta.
—No voy a llamar a la policía.
Y se lo echo en la cara.
El tipo grita, se lleva las manos a los ojos y trastabilla hacia atrás, ciego. Emma me mira con los ojos abiertos como platos y yo le lanzo el segundo bote.
—Si se te acerca, échale.
No llega a cazarlo: el bote le rebota en las manos y cae al sofá.
Lo agarra como puede. Él se revuelve hacia el ruido y da manotazos a ciegas, y Emma no duda: le vacía medio bote a un palmo de la cara.
El tipo retrocede con un aullido, tropieza con la mesa baja y cae de espaldas.
La nuca le golpea el canto del aparador con un crujido seco.
Se queda en el suelo, aturdido. No está inconsciente del todo: gime, intenta incorporarse apoyado en un codo y se desploma otra vez, con los ojos hinchados y una brecha que le sangra en el nacimiento del pelo.
Nos quedamos ahí de pie, respirando fuerte, con los ojos clavados en él.
—Joder —susurra Emma—. Joder. ¿Qué hacemos ahora?
En el edificio de enfrente se enciende una ventana. Las dos nos quedamos inmóviles, sin respirar, hasta que la luz vuelve a apagarse.
—Hay que llamar a una ambulancia —dice Emma en voz baja—. Está sangrando. Dios mío, le hemos abierto la cabeza…
—Espera. Piensa un segundo. —Me tiembla la voz, pero me obligo a seguir—.
Si llamamos a una ambulancia, viene la policía.
Y lo que la policía va a encontrar es a un tío con la cara abrasada por dos espráis y un golpe en la cabeza.
Con suerte pasa la noche en el calabozo y mañana está en la calle. ¿Y entonces qué?
Emma se abraza las rodillas y rompe a llorar.
—Me dijo que si lo denunciaba me arrepentiría. Y lo decía en serio, Arianna. Lo conozco.
El tipo gime en el suelo, medio ido. No tenemos horas para decidir esto. Tenemos minutos.
Y como siempre, es Lorenzo el que me viene a la mente. Siempre él.
—Conozco a alguien que puede arreglarlo de verdad —digo al final—. Para siempre. Pero hay que aguantar hasta que llegue.
—¿Quién?
—Alguien de confianza. —Miro al tipo y luego a ella—. Hasta entonces no podemos tenerlo aquí. ¿Dónde lo metemos?
Emma tarda en contestar. Cuando lo hace, le sale un hilo de voz:
—El trastero. Arriba, en el desván. Cuando dividieron la casa en pisos, a cada vecino le tocó uno. El mío es el del fondo y tiene candado.
Le atamos las muñecas a la espalda con cinta americana de la cocina de Emma antes de moverlo.
Subirlo un piso por la escalera es lo más difícil que he hecho en mi vida.
Pesa una tonelada y estoy segura de que mañana me va a doler todo el cuerpo.
Cada vez que gime nos paramos a escuchar si se abre alguna puerta.
No se abre ninguna. Cuando por fin lo dejamos entre las cajas y cierro el candado, pego la espalda a la puerta con el corazón desbocado.
Emma se deja caer en el suelo del desván sin dejar de temblar.
—¿Y ahora qué? Cuando se despierte va a gritar. Va a…
—Ahí arriba no lo oye nadie —la interrumpo—. Del desván no llega nada a los pisos. Y yo tengo que hacer una llamada.
Bajamos juntas. Dejo a Emma en su sofá, tapada con una manta y con el segundo espray en la mano, por si acaso.
Vuelvo corriendo a mi piso. Cojo el móvil de la mesilla y busco el contacto de Lorenzo. En Las Vegas son las siete de la tarde. Tenemos ocho horas de diferencia. Estará despierto.
Marco su número con las manos temblando.
Contesta al segundo tono.
—Arianna. ¿Qué pasa?
Solo con oír su voz, siento que puedo respirar un poco mejor.
—Hemos encerrado en un trastero al ex de mi vecina.
Silencio. Luego:
—¿Estás a salvo?
—Sí.
—¿Os ha visto alguien?
—No. Son las tres y media de la madrugada. Nadie ha salido a mirar.
—¿Puede oírlo alguien si grita?
—No. Está en el desván, encima del último piso. Ahí no sube nadie y desde abajo no se oye.
—¿Está consciente?
—A medias. Se ha golpeado la cabeza al caer. Respira, pero no se entera de nada.
—Bien. —Oigo ruido de fondo, como si ya estuviera en movimiento—. Voy para allá. No lo soltéis y no llaméis a nadie hasta que llegue. ¿Me oyes? A nadie.
—Lorenzo…
—Estaré ahí en catorce horas. Aguanta.
Cuelga antes de que pueda decir nada más.
Me quedo sentada en el borde de la cama, con el móvil en las manos y una calidez nueva en el pecho. Va a venir. No es la primera vez que lo deja todo por mí, pero cada vez me sigue pareciendo increíble.
Vuelvo al piso de Emma. Ella sigue en el sofá, encogida bajo la manta, pero ya no tiembla tanto.
—¿Ha contestado? —pregunta.
—Sí. Ya está de camino.
—¿Quién es, Arianna?
—Alguien mejor que la policía.
Lorenzo llega catorce horas después.
Llama a la puerta del piso de Emma a las cinco y media de la tarde. Cuando entra, tiene ojeras, el pelo despeinado y la mandíbula apretada. Lleva una bolsa de deporte en una mano y me mira de arriba abajo, como comprobando que sigo entera.
—¿Estás bien? —pregunta.
Me lanzo a sus brazos sin pensar. Lo abrazo con fuerza, hundo la cara contra su pecho y durante unos segundos lo único que puedo hacer es respirar su olor. Jabón limpio, cuero y algo más que solo es suyo.
—Estoy bien —susurro—. Ahora que estás aquí, estoy bien.
Siento cómo me rodea con los brazos. Despacio. Como si tuviera miedo de romperme. Me aprieta contra él durante un momento largo, y juro que siento su corazón latir tan rápido como el mío.
—¿Dónde está? —pregunta contra mi pelo.
—Arriba, en el desván. Se ha despertado varias veces y ha gritado hasta quedarse ronco. Hemos subido a mirar cada dos horas: sigue atontado entre el golpe y el gas, y nadie se ha enterado de nada.
—Bien. Quédate aquí.
Me suelta y entra en el piso. Emma está sentada en el sofá, con los ojos rojos de llorar. Cuando ve a Lorenzo, se pone de pie de golpe.
—¿Tú eres…?
—Un amigo de Arianna —dice él—. Decidme cuál es. Subo solo.
—Es el último trastero del fondo. —Emma saca del bolsillo la llave del candado y se la tiende con dedos torpes.
Lorenzo la coge, recoge la bolsa de deporte y se vuelve hacia nosotras desde la puerta.
—Quedaos aquí. Las dos. No subáis, pase lo que pase. ¿Entendido?
Asiento.
Lo oímos subir la escalera. Después, nada.
Emma y yo nos quedamos en el salón, mirándonos sin hablar. Pasa media hora. Pasa una hora entera. El silencio que baja del desván es peor que cualquier grito.
Cuando vuelve, casi dos horas después, tiene la misma expresión calmada de siempre, pero la mirada le ha cambiado, y no quiero saber qué ha pasado ahí arriba.
—No vas a volver a tener problemas con él —le dice a Emma—. Nunca. Te lo prometo.
—¿Qué… qué has hecho? —susurra ella.
—Nada de lo que tengas que preocuparte. Tú friega bien este salón, arregla la puerta y cambia la cerradura.
Si alguien viene a preguntar por él, ayer a la noche no llegó a entrar y hace días que no sabes nada de él.
Y si pasa cualquier cosa, llámame. —Apunta un número en una hoja del bloc de la cocina—. A cualquier hora.
Emma coge el papel como si quemara.
—Gracias.
Lorenzo asiente y se gira hacia mí.
—Tú. Conmigo.
Me da un vuelco el corazón por su crudeza.
Lo sigo hasta mi piso. Cuando cierra la puerta, me desplomo contra ella y suelto de una vez el aire retenido desde anoche.
—Gracias —digo—. Gracias por venir. Gracias por… por todo.
—No tienes que darme las gracias.
—Sí tengo. Has cruzado el océano por mí.
—Cruzaría el mundo entero si me necesitaras.
Lo dice tan tranquilo que se me corta la respiración. Me sostiene la mirada más de la cuenta, con una expresión que no sé interpretar y que me da calor y frío a la vez.
—Leonardo me va a matar cuando se entere —digo cuando recupero la voz.
—No se va a enterar. No se lo he dicho.
Parpadeo, sorprendida.
—¿No se lo has dicho?
—No. Y no pienso hacerlo. Así que esto se queda entre nosotros.
—Pero…
—Arianna. —Da un paso hacia mí—. Si se lo digo, va a enfadarse mucho. Y sé que no quieres eso. Así que no se lo voy a decir.
Se me llenan los ojos de lágrimas y parpadeo rápido para que no caigan.
—No sé qué haría sin ti.
—No tienes que saberlo. Porque no vas a estar nunca sin mí.
LORENZO