CAPÍTULO 5
LORENZO
El vuelo a Londres dura dos horas y media.
Arianna habla durante todo el trayecto. De la universidad, de las asignaturas que va a cursar, del piso que Leonardo le ha conseguido en Kensington, de lo emocionada que está por empezar esta nueva etapa.
Yo la escucho, asiento cuando toca, e intento no pensar en que hace dos años que no la veo en persona.
Dos años hablando solo por mensajes y partidas de ajedrez online. Dos años escuchando su voz solo por teléfono.
Cuando aterriza el avión y la miro de verdad, me doy cuenta de que estaba equivocado en todo. Ya no es la niña que recordaba.
Tiene dieciocho años recién cumplidos. El pelo negro le cae suelto sobre los hombros, más largo que la última vez, y lleva unos vaqueros ajustados y una camiseta básica blanca que no debería ser sexy pero lo es.
Se ha maquillado un poco, solo un toque en los ojos que hace que el verde sea todavía más intenso.
Cuando sonríe, se le forman dos hoyuelos en las mejillas que no recordaba.
Está preciosa.
Y yo estoy jodido.
El piso está en una zona tranquila de Kensington, en un edificio de ladrillo rojo con seguridad veinticuatro horas.
Discutimos porque ella me quiere ayudar a subir las maletas pero yo no quiero que lo haga.
Cuando entramos en el piso vemos que es un espacio luminoso con ventanas enormes, dos habitaciones, una cocina moderna y un salón que da a una terraza pequeña.
—Es perfecto —dice Arianna, girando sobre sí misma en mitad del salón—. Dile a Leonardo que es perfecto.
—Díselo tú. Te va a llamar luego.
—Lo haré. Pero tú también díselo.
Me apoyo contra la pared y la observo mientras explora cada rincón del piso como una niña en una juguetería. Abre armarios, comprueba la presión del agua en el baño, se asoma a la terraza con una sonrisa que le ilumina toda la cara.
Ya no es una niña.
Aparto esa idea de mi cabeza antes de que eche raíces.
—¿Tienes hambre? —pregunto—. Podemos salir a cenar algo.
Se gira hacia mí con los ojos brillantes.
—¿Te quedas unos días?
—Hasta que te instales. Leonardo me ha pedido que me asegure de que tienes todo lo que necesitas.
—Lo que necesito es que te quedes.
Lo dice con esa naturalidad que me desarma, como si le encantase tenerme a su lado.
—Me quedo —digo, porque no soy lo bastante fuerte como para decir que no.
Cenamos en un restaurante italiano cerca del piso. Arianna pide pasta y vino, y cuando el camarero le pregunta la edad, le enseña el pasaporte con una sonrisa triunfal. Tiene dieciocho. Es mayor de edad.
Intento no pensar en eso.
Hablamos de todo y de nada. De la universidad, de Las Vegas, de Leonardo y de cómo van los negocios.
Ella me cuenta historias del último año en el internado, de las amigas que ha hecho, de la profesora de literatura que la ayudó a elegir la carrera.
Yo la escucho, y por primera vez en años, me permito relajarme un poco.
Es fácil estar con ella. Siempre lo ha sido.
—¿Y tú? —pregunta, apoyando la barbilla en la mano—. ¿Cómo estás?
—Bien.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Me lanza una mirada exasperada.
—Llevas años diciéndome que estás bien. Pero nunca me cuentas nada de verdad.
—No hay mucho que contar.
—Mentira. Siempre hay algo que contar. Solo que tú te lo guardas todo.
Tiene razón, pero no pienso admitirlo.
—Come —digo, señalando su plato—. Se te va a enfriar.
Ella pone los ojos en blanco, pero obedece. Y durante el resto de la cena, no deja de mirarme de una forma que me pone la piel de gallina, como si pudiera ver a través de todas las capas de protección que he construido a mi alrededor durante años.
Cuando volvemos al piso, son las once de la noche. Arianna desaparece en su habitación para cambiarse y yo me quedo en el salón revisando el móvil, e intento no pensar en que estamos solos en un piso en una ciudad extranjera y que ella está a solo unos metros de distancia.
—Lorenzo, ¿puedes venir un momento?
Su voz llega desde el pasillo. Me levanto y camino hacia su habitación. La puerta está entreabierta.
—¿Qué pasa? —pregunto.
—¿Puedes ayudarme con esta maleta? No consigo abrirla.
Empujo la puerta y entro.
Y entonces la veo.
Está de espaldas a mí, inclinada sobre la maleta que está en el suelo junto a la cama.
Lleva solo un sujetador de encaje negro y unas bragas a juego.
El pelo le cae sobre un hombro y le deja toda la espalda descubierta: la piel suave, dorada, sin una sola imperfección; la curva de la cintura, el arco de la espalda, las piernas largas y tonificadas.
Se me olvida cómo respirar.
—Creo que la cremallera está atascada —dice, sin girarse—. ¿Puedes…?
No termina la frase porque se gira y me ve. Me ve mirándola. Con los ojos recorriendo cada centímetro de su cuerpo como un hombre hambriento ante un festín.
Debería apartar la mirada, salir de la habitación, decir algo, lo que sea, para romper este momento.
Pero no puedo.
Porque es la mujer más hermosa que he visto en mi puta vida.
El sujetador realza la curva de sus pechos, más generosos de lo que imaginaba. La cintura es estrecha, las caderas redondeadas; me pican las manos por tocarla. Y esas piernas. Joder. Esas piernas que parecen no terminar nunca.
—Lorenzo —dice en voz baja.
Su voz me saca del trance. Levanto la mirada hacia su cara. Tiene las mejillas sonrojadas y los labios entreabiertos. Pero no parece avergonzada. Parece… satisfecha.
Como si esto fuera justo lo que quería que pasara.
—Lo siento —consigo decir, y mi voz suena ronca—. No sabía que…
—No pasa nada.
Sí pasa. Pasa todo.
Me obligo a girarme, dándole la espalda. El corazón me late tan fuerte que estoy seguro de que puede oírlo. Tengo las manos cerradas en puños y una tensión en la entrepierna que me está volviendo loco.
Estoy duro. Joder. Estoy duro mirando a Arianna.
—Deberías vestirte —digo.
—¿Por qué? —Su voz suena más cerca ahora—. No me importa que me veas así.
—Arianna…
—¿Qué?
Me giro hacia ella sin pensar. Error. Grave error. Porque ahora está a solo un metro de distancia, todavía en ropa interior, mirándome con esos ojos verdes que me atraviesan como balas.
—Vístete —repito, y esta vez suena como una orden.
Ella ladea la cabeza y me estudia.
—¿Te pongo nervioso?
—No.
—Mentiroso.
Da un paso hacia mí. Yo doy uno atrás. Mi espalda choca contra la puerta.
—Arianna, para.
—¿Por qué?
—Porque no eres una niña y yo no soy un santo. Y si sigues así, voy a hacer algo de lo que nos vamos a arrepentir.
—¿Y si yo no me arrepiento?
Joder. Joder.
Aprieto la mandíbula hasta hacerme daño. El calor se me concentra en la entrepierna, casi hasta el dolor. Me late la sangre en los oídos y siento cada centímetro de distancia entre nosotros como un imán que tira de mí hacia ella.
Y lo peor de todo es que quiero ceder.
Quiero cerrar esa distancia, saber cómo sabe su boca, descubrir si su piel es tan suave como parece, escuchar los sonidos que haría si la tocara.
Pero no puedo.
—Vístete —digo por tercera vez—. Ahora.
Algo en mi tono debe de llegarle, porque al fin da un paso atrás. Coge una camiseta de la cama y se la pone por la cabeza. Es enorme, probablemente mía de hace años, y le llega hasta medio muslo. De alguna forma, es todavía peor que verla en ropa interior.
—Ya está —dice—. ¿Contento?
No. No estoy contento. Estoy furioso. Conmigo mismo por mirarla. Con ella por provocarme. Con el universo entero por ponerme en esta situación imposible.
—Me voy a mi habitación —digo, y salgo antes de que pueda responder.
Cierro la puerta de mi dormitorio y apoyo la espalda en la madera. Suelto el aire de golpe. Las manos me tiemblan, el corazón me late descontrolado y mi erección sigue ahí, dura y dolorosa, recordándome lo jodido que estoy.
Me meto en el baño y abro el grifo de la ducha. Agua fría. Necesito agua fría.
Me quito la ropa y me meto bajo el chorro helado. El impacto me corta la respiración durante un segundo, pero no ayuda. Nada ayuda. Porque cada vez que cierro los ojos, la veo: la curva de su espalda, la piel dorada, las piernas desnudas, cómo me miró cuando se giró y me pilló mirándola.
Como si lo hubiera planeado.
Recuesto la espalda en los azulejos y dejo que el agua me golpee. Intento pensar en cualquier otra cosa. En el trabajo. En Leonardo. En todos los motivos por los que esto está mal.
Pero solo puedo pensar en ella.
En cómo ha cambiado. En cómo ya no es la niña de doce años que se reía para no venirse abajo en un baño, ni la adolescente de dieciséis de Suiza. Es una mujer. Una mujer espectacular, brillante, imposible. Y yo la deseo con una intensidad que me asusta.
¿Cómo es posible que me ponga cachondo mirando a una mujer que siempre he cuidado?
Joder.
Menos mal que ya es mayor de edad.
Esa idea me sienta como un puñetazo en el estómago. Porque significa que una parte de mí, esa parte oscura y egoísta que llevo años intentando ignorar, ya lo estaba considerando, calculando, esperando.
Y eso me convierte en un hijo de puta.
Cierro el grifo y salgo de la ducha. Me seco con más fuerza de la necesaria y me pongo el pantalón del pijama. No me molesto con la camiseta. Hace demasiado calor, y además, no voy a salir de esta habitación en toda la noche.
Me tumbo en la cama y miro el techo. Son las doce de la noche. Arianna está a solo unos metros, quizá ya dormida, con esa camiseta enorme y nada más.
No pienses en eso.
Cojo el móvil e intento distraerme. Reviso correos del trabajo. Leo informes. Contesto mensajes de Leonardo.
Nada funciona.
Porque no me quito de la cabeza que tengo que largarme de aquí. Rápido. Antes de que haga algo imperdonable.
Antes de que cruce una línea que no tiene vuelta atrás.
A la mañana siguiente, voy al salón temprano. Arianna ya está despierta, preparando café en la cocina. Lleva unos pantalones cortos de pijama y una camiseta de tirantes, el pelo recogido en un moño despeinado, la cara sin maquillar. Está jodidamente preciosa.
—Buenos días —dice con una sonrisa.
—Buenos días.
Me sirve una taza de café sin preguntar. Sabe cómo me gusta: solo, sin azúcar. Me la tiende y nuestros dedos se rozan un instante.
Es como una descarga eléctrica.
—Tengo que volver a Las Vegas —digo—. Hoy.
La sonrisa se le borra de la cara.
—¿Hoy? Pero si acabamos de llegar.
—Leonardo me necesita. Ha surgido algo.
Es mentira. Y por cómo me mira, sé que ella lo sabe.
—¿Es por lo de anoche? —pregunta en voz baja.
—No.
—Lorenzo…
—Ya tienes todo lo que necesitas. El piso está listo. La universidad empieza en dos días. Estarás bien.
—Lo sé. Pero…
—Tengo que irme, Arianna.
Guarda silencio un rato largo. Luego asiente.
—Vale.
No dice nada más. Solo se gira y empieza a recoger la cocina. Yo me quedo ahí, con la taza de café en las manos, viéndola moverse de un lado a otro con esa gracia natural que tiene para todo.
Debería sentirme aliviado, contento de poner distancia entre nosotros, convencido de que hago lo correcto.
Pero lo único que siento es el peso de la culpa y el sabor amargo del arrepentimiento.
Me voy esa misma tarde.
Arianna no me acompaña al aeropuerto. Se despide de mí en la puerta del piso, con un abrazo rápido y una sonrisa apagada.
—Cuídate —dice.
—Tú también.
—Lorenzo.
Me giro antes de salir.
—¿Sí?
—Algún día vas a dejar de huir de mí.
No respondo. No puedo.
Bajo en el ascensor, salgo del edificio, me meto en el coche que me llevará al aeropuerto. Y durante todo el trayecto, no consigo pensar en nada que no sean sus ojos verdes mirándome en esa habitación. En ese cuerpo que no debería haber visto. En la promesa implícita en sus palabras.
«Algún día vas a dejar de huir de mí.»
Joder.
Tengo que mantenerme alejado de ella, olvidar lo que vi anoche, volver a verla como a la niña que protegí durante años.
Pero sé que es imposible.
Porque ya la he visto. Ya sé cómo es. Ya he cruzado esa línea en mi mente.
Y ya no hay vuelta atrás.