Peligrosa Obsesión (Sangre y Lealtad 2) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

LORENZO

La llamada de la directora llegó ayer, a media tarde, hora de Las Vegas: Arianna y otras tres chicas habían saltado la verja del internado y se habían ido al pueblo. Para cuando las encontraron en un bar, sin alcohol y sin incidentes, Leonardo ya había colgado y estaba pidiendo el jet.

No hablamos en todo el vuelo. Leonardo pasó las once horas con los ojos clavados en la ventanilla y una expresión que no le veía desde hacía años.

Miedo. Yo las pasé con los puños cerrados sobre las rodillas, imaginando todas las formas en que aquello podía haber salido mal.

Un pueblo desconocido. De noche. Cuatro chicas solas.

Arianna es lista. Demasiado lista para hacer una estupidez como esta. Pero también es impulsiva, cabezota, y está harta de estar encerrada. Lo sé porque me lo dice en cada mensaje, en cada partida de ajedrez, en cada llamada. «Quiero vivir, Lorenzo. No solo existir.»

Está claro que se le ha acabado la paciencia.

Hemos aterrizado a media mañana. En el internado, la directora nos ha recibido con cara de pocos amigos y un discurso sobre normas que Leonardo ha cortado con una sola pregunta: dónde estaba su hermana.

Arianna está sentada en el borde de su cama cuando entramos. Tiene el pelo recogido en una coleta despeinada, los ojos rojos como si hubiera llorado, y los brazos cruzados en una postura defensiva que conozco demasiado bien. Cuando nos ve, levanta la barbilla.

—Hola —dice.

Leonardo no responde. Se queda de pie en mitad de la habitación, mirándola con una intensidad que me pone los pelos de punta. Yo me apoyo contra la pared, con las manos en los bolsillos, e intento deshacer el nudo que se me ha formado en el pecho desde que recibimos la llamada.

—Nos vamos —dice Leonardo al final—. He alquilado un apartamento en el pueblo. Vamos a pasar la noche allí y mañana hablamos de esto. Coge lo que necesites.

Arianna parpadea, sorprendida.

—¿No me vas a gritar?

—Todavía no. Primero necesito ducharme y calmarme. Porque si te hablo ahora, voy a decir cosas que no quiero decir.

Se gira y sale de la habitación. Yo me quedo ahí, mirándola. Ella me sostiene la mirada durante unos segundos y luego aparta los ojos.

—Lo siento —susurra.

No sé qué decir. Así que no digo nada. Solo espero a que coja una mochila y salimos.

El apartamento que Leonardo ha alquilado tiene dos dormitorios separados por un salón pequeño. Es funcional, limpio, impersonal. Leonardo deja la llave sobre la mesa y señala la puerta del fondo sin mirar a su hermana.

—Tú duermes en mi habitación. Yo me quedo el sofá. —Su voz es plana, contenida, mucho peor que un grito—. Y ahora voy a darme esa ducha.

Se encierra en el baño sin esperar respuesta. Fiel a lo que dijo en el internado: primero calmarse, después la bronca. Un momento después se oye el grifo.

Arianna se queda en mitad del salón, con la mochila colgando de un hombro y una expresión perdida que duele mirar.

—Ya lo has oído —le digo, señalando la habitación de Leonardo—. Intenta dormir.

Ella asiente, pero no se mueve. Sigue ahí de pie, mordiéndose el labio, y de repente parece mucho más joven de lo que es. Tiene dieciséis años. Joder. Solo tiene dieciséis años.

La dejo ahí antes de hacer alguna estupidez, como abrazarla. Entro en mi habitación, cierro la puerta y me siento en el borde de la cama con la cabeza entre las manos. Va a ser una noche muy larga.

No llevo ni un minuto así cuando la puerta se abre y Arianna se cuela en mi habitación, descalza, con la mochila abrazada contra el pecho. Cierra con un cuidado de ladrona y se apoya contra la madera.

—¿Se puede saber qué haces?

—Esconderme. —Lo dice como si fuera evidente—. Cuando salga de la ducha vendrá a por mí, y esta noche no puedo con la bronca. Si no me encuentra despierta, la dejará para mañana.

—Arianna, es tu hermano. Sal ahí fuera.

—Por favor.

Antes de que pueda echarla, el grifo se cierra. Se escuchan pasos en el salón. Dos golpes en mi puerta que me paran el corazón.

—¿Y Arianna? —pregunta Leonardo desde el otro lado.

Ella junta las manos en un ruego mudo. La respuesta correcta es abrir la puerta y entregarla: es su hermano, la bronca se la ha ganado y él tiene todo el derecho a dársela. Lo sé. Lo tengo clarísimo.

—Acostada ya —digo en cambio—. Déjala dormir. Mañana os será más fácil a los dos.

Se escucha un silencio largo, un gruñido, pasos que se alejan y el crujido del sofá al recibir el peso de mi mejor amigo, al que acabo de mentir por su hermana pequeña.

Arianna suelta el aire y me sonríe, cómplice, como si acabáramos de atracar un banco. Y ese es justo el problema. Que en algún momento de estos años, entre partidas de ajedrez y mensajes a deshoras, esta cría se me ha instalado en el corazón. Y precisamente por eso no debería estar escondiéndola.

—¿Por qué lo has hecho? —pregunto en voz baja.

—Porque estoy harta —dice, y su voz tiembla—. Estoy harta de estar encerrada. De que me digan lo que puedo y no puedo hacer. De que me traten como si fuera de cristal.

—No eres de cristal. Pero sí eres importante. Y si algo te pasa…

—¿Qué? ¿Qué va a pasar, Lorenzo?

No contesto. No sé cómo explicarle que la idea de que le pase algo me aterra de una forma que no controlo.

Ella me mira un momento más. Después cruza la habitación, y antes de que pueda apartarme se pone de puntillas y me besa en la mejilla.

Es un beso rápido. Sus labios apenas rozan mi mejilla un instante antes de apartarse. Y lo odio. Lo odio por lo que me hace sentir: se me desata el corazón, la sangre me ruge en los oídos y tardo un segundo de más en dar el paso atrás.

—Arianna —digo, y mi voz sale más dura de lo que pretendo—. Yo también creo que has hecho mal las cosas. Ahora no intentes ablandarme.

—Era un gracias.

—No te tenía por una descerebrada. Y escaparte de noche a un sitio que no conoces… es de descerebradas.

—No soy una descerebrada —replica, levantando la barbilla—. Soy una chica que quiere vivir experiencias. Y a vosotros todo os parece peligroso.

—Porque todo es peligroso. Para ti, todo es peligroso.

—¡Porque vosotros lo decidís! —Se acuerda tarde de dónde está y baja la voz de golpe, con una mirada de pánico hacia la puerta—. Yo no pedí esta vida, Lorenzo. No pedí que me escondierais. No pedí estar sola en un internado a miles de kilómetros de todo lo que conozco.

Se le quiebra la voz al final. Parpadea rápido para no llorar, y eso me puede más que el beso.

—Pero sabes que si regresas estarás en peligro —digo, porque es lo único que me queda—. Eres una niña.

—Ya no soy una niña, Lorenzo.

—Tienes dieciséis años.

—Casi diecisiete.

—Eso no cambia nada.

—Sí lo cambia. —Se cruza de brazos—. No me puedes seguir tratando como si fuera una cría.

—No te trato como una cría. Te trato como alguien que necesita protección. Que es diferente.

—Pues yo no quiero que me protejas. Quiero vivir.

Joder.

—Lo que quiero es que no vuelvas a ponerte en peligro —digo al final—. Ni esta noche, ni nunca. Y de tu hermano no vas a poder esconderte para siempre: mañana la bronca te la comes entera. Te la mereces.

—Lo sé. —Se encoge de hombros, y por primera vez esta noche parece arrepentida de verdad—. Por eso la quería para mañana.

Abro mi puerta sin hacer ruido y compruebo el salón. Leonardo respira hondo y regular en el sofá, con un brazo sobre los ojos. Le hago un gesto a Arianna y la veo cruzar de puntillas, pegada a la pared, hasta colarse en la habitación de su hermano.

Cierro la puerta y me quedo a oscuras, con el fantasma de sus labios en mi mejilla y su «ya no soy una niña» dando vueltas en mi cabeza.

Una hora después me rindo: no voy a dormir. Salgo al salón a por un vaso de agua y me encuentro a Leonardo despierto, sentado en el sofá, con la vista clavada en la puerta de la habitación donde duerme su hermana.

—¿Ahora sí que está dormida? —pregunta.

—Sí.

Me siento a su lado. Él suspira.

—Es un peligro —dice—. Es demasiado cabezota, demasiado impulsiva. Tengo pánico de que se escape de nuevo, de que le ocurra algo y yo no esté ahí para protegerla.

—Lo sé.

—¿Crees que deberíamos traerla de vuelta? ¿Tenerla cerca?

Niego con la cabeza.

—Aquí está más segura. Aunque no lo parezca.

Leonardo se queda callado durante un rato. Luego dice:

—Gracias por venir conmigo.

—Siempre.

Se tumba en el sofá y cierra los ojos. Yo vuelvo a mi habitación, aunque sé que no voy a dormir.

No hay una fuerza en el mundo entero que pueda parar a Arianna. Lo sé. Y solo puedo rezar para que nunca le pase nada.

Porque si le pasa algo, voy a perder la puta cabeza.