CAPÍTULO 3
ARIANNA
El internado huele a cera de muebles y a silencio.
Es un edificio enorme de piedra gris con ventanas altas y pasillos que parecen no acabar nunca.
Mi habitación está en el tercer piso, con vistas a un jardín impecable que parece sacado de una postal.
Tengo una cama individual con sábanas blancas almidonadas, un escritorio de madera maciza y un armario que es tres veces más grande que el que tenía en casa de mi madre.
Debería sentirme afortunada. Eso es lo que me dice la directora cuando me enseña las instalaciones con una sonrisa que no le llega a los ojos. «Muchas niñas matarían por estar aquí.»
Yo me siento sola.
La primera noche me tumbo en la cama y miro el techo. Es liso, blanco, sin una sola grieta. Nada como el del motel donde Lorenzo se quedó despierto toda la noche cuidándome. Nada como el techo de mi habitación en Las Vegas, donde podía oír a Leonardo moverse por el pasillo y saber que estaba ahí.
Se me cierra la garganta y aprieto los ojos con fuerza. No voy a llorar. Ya he llorado suficiente. Lo que tengo que hacer es pensar. Planear. Encontrar la forma de volver con ellos.
Pero no se me ocurre nada.
Pasan dos semanas antes de que se me ocurra la solución.
Estoy en la biblioteca, fingiendo que hago los deberes de francés, cuando veo a una chica de mi clase hablando por teléfono en un rincón. Lo hace a escondidas, tapándose la boca con la mano, y cuando cuelga se guarda el móvil en el bolsillo como si fuera contrabando.
Los móviles están prohibidos en el internado. Pero eso no significa que no los tengamos.
Tardo tres días en conseguir uno. Se lo compro a una chica de cuarto curso por el doble de lo que vale, pagado con el dinero que Leonardo me dejó «por si acaso». Tiene la pantalla rayada y la batería dura cuatro horas como mucho, pero funciona.
Y eso es lo único que importa.
Esa noche, escondida bajo las sábanas con el móvil iluminándome la cara, escribo el primer mensaje.
Hola. Soy yo.
Aprieto enviar antes de arrepentirme. El corazón me late tan fuerte que lo noto en los oídos. Cuento los segundos. Diez. Veinte. Treinta.
La pantalla se ilumina.
Arianna. ¿Estás bien?
Se me escapa una sonrisa tan grande que me duelen las mejillas. Lorenzo siempre se preocupa por mí.
Sí. Solo quería hablar contigo.
¿A las once de la noche?
Es cuando puedo. Los móviles están prohibidos.
Hay una pausa. Luego:
Por supuesto que lo están. ¿Cuánto te ha costado?
No importa.
Arianna.
Vale. El doble de lo que cuesta. Pero lo necesitaba.
La próxima vez dímelo. Te lo compro yo.
Me muerdo el labio para no reírme en voz alta. Es la primera vez en dos semanas que siento que puedo respirar bien.
¿Jugamos al ajedrez? , escribo.
Ahora mismo busco una app.
Y lo hace.
A partir de esa noche, hablamos todos los días.
Al principio solo jugamos al ajedrez. Él me enseña aperturas nuevas, estrategias que no conocía, formas de pensar tres jugadas por delante. Yo pierdo más de lo que gano, pero cada partida es mejor que la anterior. Y entre jugada y jugada, hablamos.
¿Qué tal las clases?
Aburridas. Hoy hemos tenido historia del arte y la profesora se ha pasado una hora hablando de un cuadro que era solo un cuadrado rojo.
¿Y?
¿Y qué?
¿Qué pensabas tú del cuadrado rojo?
Nadie me había preguntado eso nunca. Me quedo mirando la pantalla un rato largo antes de contestar.
Que a lo mejor no era solo un cuadrado. Que a lo mejor era importante para el que lo pintó por alguna razón que yo no entiendo.
Exacto.
Me quedo con esa palabra en la cabeza el resto de la noche. Exacto. Como si mi opinión importara.
Tres meses después, llega el primer paquete.
Lo traen a mi habitación un sábado por la mañana. Es una caja de cartón con mi nombre escrito en letra clara y una dirección de remite que no reconozco. Me tiemblan las manos al abrirla, y dentro hay un libro.
El arte de la guerra , de Sun Tzu.
Y una nota.
Pensé que te gustaría. -L
Me siento al borde de la cama con el libro entre las manos y una sensación cálida que se me extiende por el pecho. Mencioné el libro una sola vez, hace dos semanas, en una conversación sobre estrategia de ajedrez. De pasada. Y él se ha acordado.
Esa noche le escribo.
Gracias por el libro.
¿Te gusta?
Todavía no lo he empezado. Pero me gusta que te acordaras.
Me acuerdo de todo lo que dices, Arianna.
Se me corta la respiración. Releo el mensaje tres veces, y cada vez siento lo mismo: un cosquilleo que me sube desde el estómago.
Gracias , escribo al final. Y luego, porque no sé qué más decir: -A
Desde ese día, firmo todos mis mensajes así.
Pasa un año.
Cumplo catorce y Lorenzo me llama por teléfono. Es la primera vez que oigo su voz desde que me dejó en Zúrich y cuando contesto casi no me sale la voz.
—Feliz cumpleaños —dice.
—Gracias.
—¿Estás bien?
—Sí. —Me muerdo el labio—. Te echo de menos.
Tarda tanto en contestar que me arrepiento de haberlo dicho. Luego:
—Yo también te echo de menos.
Hablamos durante una hora. Me cuenta cosas de Las Vegas, de Leonardo, de cómo van los planes.
Yo le hablo del internado, de las clases, de la chica francesa que se sienta a mi lado en literatura y que me cae bien.
Y cuando cuelgo, me quedo con el móvil apretado contra el pecho y los ojos cerrados, guardándome su voz para volver a escucharla cuando me sienta sola.
Los paquetes siguen llegando.
Un abrigo de invierno porque mencioné que hacía frío. Una caja de bombones suizos que le dije que me gustaban. Un juego de ajedrez de madera tallada que es tan bonito que no me atrevo a usarlo. Libros. Siempre libros. Cada uno elegido con un cuidado que me deja sin palabras.
Y con cada paquete, me enamoro un poco más.
Tengo quince años cuando me doy cuenta.
Es un martes por la noche. Estamos jugando al ajedrez online y él acaba de ganarme por tercera vez seguida. Me río y le escribo:
Algún día voy a ganarte.
Estoy seguro de ello.
¿Cómo estás tan seguro?
Porque eres brillante. Solo necesitas tiempo.
El corazón se me acelera. Brillante. Ha dicho que soy brillante. No lista. No inteligente. Brillante.
Y de repente me doy cuenta de que llevo meses esperando sus mensajes como si fueran aire.
De que me sé de memoria la hora a la que suele escribirme.
De que cada vez que veo su nombre en la pantalla se me ilumina algo por dentro que no sé nombrar.
De que cuando llega un paquete suyo, lo primero que hago es buscar la nota, aunque solo diga dos palabras, porque están escritas por él.
Me tapo la cara con las manos y dejo escapar una risa temblorosa.
Estoy enamorada de Lorenzo.
No sé cuándo ha pasado. Si fue la primera noche que me escribió, o el primer paquete, o esa llamada de cumpleaños en la que me dijo que me echaba de menos.
A lo mejor ha sido todo junto. Poco a poco.
Mensaje a mensaje. Hasta que un día miro atrás y me doy cuenta de que él es lo primero en lo que pienso al despertarme y lo último antes de dormirme.
¿Sigues ahí? , escribe.
Sí. Perdona. Me he distraído.
¿Estás bien?
Sí. Solo pensaba.
¿En qué?
En ti.
Lo escribo antes de que me dé tiempo a pensarlo. Aprieto enviar y luego me quedo paralizada, con el corazón en un puño, esperando su respuesta.
Tarda un minuto en contestar.
Yo también pienso en ti.
Me echo a reír. Bajo. Feliz. Escondo la cara en la almohada.
Pasa un año más.
Cumplo dieciséis. Sigo en el internado. Sigo hablando con Lorenzo todos los días. Sigo esperando el momento en que Leonardo me diga que puedo volver a casa.
Pero algo ha cambiado.
Ya no soy una niña.
Y cuando pienso en Lorenzo, ya no pienso en el hombre que me cuidó cuando tenía doce años y estaba sola. Pienso en el hombre al que quiero con un ansia que me asusta y me emociona a partes iguales.
Una noche, después de una partida de ajedrez que por fin he ganado, le escribo:
Algún día voy a volver. Y cuando lo haga, todo va a ser diferente.
¿Diferente cómo?
Ya lo verás. -A
No me responde durante cinco minutos. Y cuando lo hace, solo dice:
Estaré esperando.
Me quedo despierta el resto de la noche, sonriendo en la oscuridad, con el móvil todavía en la mano y el corazón latiéndome tan fuerte que estoy segura de que podría atravesar paredes.
Voy a volver.
Y cuando lo haga, voy a hacer que me vea. No como a la niña que protegió. Sino como a la mujer en la que me he convertido.