Peligrosa Obsesión (Sangre y Lealtad 2) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

ARIANNA

Llevo cinco meses viviendo con ellos y por fin sé lo que significa tener una familia.

No es una familia normal. Leonardo se pasa días enteros encerrado en su despacho con hombres que huelen a pólvora y hablan en voz baja.

Hay armas por toda la casa, guardadas en cajones que él cree que no he encontrado pero que localicé la primera semana.

Y Lorenzo entra y sale a horas raras, siempre con el mismo traje oscuro y la misma expresión seria que solo se le suaviza cuando me mira a mí.

Pero me siento más protegida que nunca.

Leonardo me compró ropa nueva, libros, me puso una habitación entera solo para mí con ventanas enormes que dan a un jardín que yo no sabía que pudiera existir.

Me mira con esos ojos verdes que son iguales a los míos y a veces, cuando cree que no me doy cuenta, se le queda una expresión extraña en la cara.

Como si no supiera muy bien qué hacer conmigo pero estuviera decidido a hacerlo bien.

Pero es Lorenzo el que está conmigo de verdad.

Lorenzo, que baja a hacer la compra los sábados por la mañana y siempre vuelve con cruasanes de chocolate que deja en la mesa de la cocina sin decir nada.

Lorenzo, que se sienta conmigo después de cenar y me enseña a jugar al ajedrez con una paciencia infinita, moviendo las piezas despacio y explicándome cada jugada como si fuera lo más importante del mundo.

Lorenzo, que me pregunta cómo ha ido el día y espera de verdad la respuesta.

Me gusta cómo huele. A jabón limpio y a algo más que no sé identificar pero que me hace sentir segura. Me gusta cómo se ríe cuando digo algo ingenioso, esa risa baja que parece sorprenderle a él mismo. Y la forma en que me mira, como si yo fuera alguien que importa.

Por eso, cuando Leonardo me dice que me tengo que ir, se me cae el mundo encima.

Estamos en su despacho. Él está de pie detrás de su escritorio con los brazos cruzados y esa expresión dura que usa cuando ha tomado una decisión y no va a cambiar de opinión. Lorenzo está apoyado contra la pared, con las manos en los bolsillos, y no me mira.

—Te vas a ir a un internado en Suiza —dice Leonardo—. Ya está todo arreglado. Sales mañana.

Se me corta la respiración y tengo que apoyarme en el respaldo de la silla para no tambalearme.

—¿Qué? No. No me quiero ir.

—No es una opción, Arianna.

—¡Me da igual! —Se me quiebra la voz y me odio por ello, pero no puedo evitarlo—. No me quiero separar de vosotros. Me da igual el peligro. Vosotros también sois peligrosos y confiáis en que podéis cuidaros, ¿no? Pues yo confío en que me podéis cuidar a mí.

Leonardo niega con la cabeza. Su mirada me duele más que sus palabras.

—No funciona así. La gente está empezando a verte. A hacer preguntas. Si descubren que eres hija de mi padre también, estarás en peligro. Un peligro real. Y no voy a permitirlo.

Se me llenan los ojos de lágrimas y parpadeo con fuerza para que no caigan.

—Pues que no me vean. Me esconderé. No saldré de casa. Lo que sea.

—Arianna…

—¡No! —El grito me sale de las tripas—. Acabo de encontraros. Acabo de tener una familia. No me podéis echar así.

—No te estoy echando —dice Leonardo, y por primera vez su voz suena cansada—. Te estoy protegiendo. Cuando todo esto acabe, cuando haya conseguido el control de la familia, podrás volver. Te lo prometo.

Me giro hacia Lorenzo. Él sigue sin mirarme. Tiene la mandíbula apretada y los ojos clavados en algún punto de la pared.

—Lorenzo, díselo. Dile que no hace falta que me vaya.

Por fin me mira, y lo que veo en su cara me parte en dos.

—Tu hermano tiene razón —dice en voz baja—. Es lo mejor para ti.

Se me escapa un sollozo. Me tapo la boca con la mano, pero ya es demasiado tarde. Las lágrimas me caen por las mejillas y no puedo pararlas.

—Te odio —susurro, aunque sé que no es verdad.

Salgo del despacho dando un portazo y me encierro en mi habitación. Me tiro en la cama y lloro hasta que me duele el pecho y ya no me quedan más lágrimas.

Esa noche no bajo a cenar. No quiero ver a ninguno de los dos.

LORENZO

La llevo yo.

Leonardo tiene que quedarse en Las Vegas, y aunque no lo dice, sé que tampoco soportaría despedirse de ella. Dejarla allí. Así que el que sube con Arianna al avión privado soy yo.

Ella no me ha dirigido la palabra en todo el día.

Esta mañana bajó con una mochila al hombro y los ojos rojos de llorar, me miró una vez con una expresión que me atravesó como un disparo, y luego apartó la vista.

En el coche, en el aeropuerto, subiendo las escaleras del avión: nada. Silencio absoluto.

Me está matando.

Nos sentamos uno frente al otro en los asientos de cuero blanco.

Ella se pone a mirar por la ventanilla, con la barbilla apoyada en la mano y el ceño fruncido.

Tiene trece años y es demasiado joven para llevar ese peso en los hombros, pero no hay otra opción.

Leonardo tiene razón: si se queda, la van a usar contra él. Y si eso pasa, no podré protegerla.

El avión despega. Arianna sigue sin mirarme.

Saco el tablero de ajedrez de la bolsa de mano de Arianna. Lo coloco en la mesita entre nosotros y empiezo a poner las piezas en su sitio, despacio, dándole tiempo. Ella me mira de reojo, como si no quisiera que me diera cuenta, y luego vuelve a girarse hacia la ventanilla.

—Tienes las blancas —digo.

Silencio.

—Arianna.

—No quiero jugar —dice sin mirarme.

—Vale. Entonces juego yo solo.

Hago mi primer movimiento. Peón a E4. Espero. Cuento hasta treinta para mis adentros. Y entonces, como sabía que pasaría, ella suspira, se gira y mueve su peón a E5.

No digo nada. Solo muevo mi caballo.

Jugamos en silencio durante diez minutos. Es buena. Cada vez mejor. Piensa antes de mover, estudia el tablero con la misma intensidad que Leonardo. Pero hoy está distraída. Comete errores que no suele cometer.

—Vas a perder si sigues así —digo.

—Me da igual.

—No es verdad.

Me lanza una mirada furiosa. Tiene los ojos brillantes otra vez, al borde de las lágrimas, y el pecho se me retuerce con tanta fuerza que me cuesta respirar.

—Convéncelo —dice de repente—. Convence a Leonardo de que me deje volver.

Me quedo quieto, con la mano sobre una torre que no llego a mover.

—No puedo hacer eso.

—Sí que puedes. Él te escucha. Si se lo pides, lo hará.

Niego con la cabeza. Las palabras me pesan en la lengua.

—Estoy de acuerdo con él, Arianna. Lo mejor es que estés lejos. Que estés a salvo.

Aparta el tablero de un manotazo. Las piezas salen volando y ruedan por el suelo del avión. Se levanta de golpe, con las manos apretadas en puños y las mejillas rojas de rabia.

—¡Pues me da igual lo que pienses! ¡No quiero estar a salvo si eso significa estar sola!

Se va al fondo del avión y se sienta en uno de los asientos de atrás, de espaldas a mí. Veo cómo se encoge sobre sí misma, abrazándose las rodillas, y sé que está llorando aunque no haga ruido.

Me quedo donde estoy. Recojo las piezas del suelo una a una, sin prisa, dándome tiempo para pensar. Para intentar tragarme todo lo que no le puedo decir.

Odio esto.

Odio verla enfadada conmigo. Odio que me mire como si la hubiera traicionado. Pero odio mucho más la idea de que le pase algo. De que alguien la use para hacer daño a Leonardo y ella acabe herida. De que desaparezca de este mundo antes de que haya tenido la oportunidad de vivirlo de verdad.

Me levanto y camino hasta donde está. Me siento en el asiento de al lado, sin decir nada. Ella no se gira, pero sé que sabe que estoy ahí.

—No te estoy echando —digo en voz baja—. Ni Leonardo tampoco. Te estamos protegiendo. Hay una diferencia.

—No la hay —susurra.

—Sí la hay. —Busco las palabras antes de seguir—. Eres lo más importante para mí, Arianna. Tú y Leonardo. Y mi trabajo es mantenerte a salvo. Aunque eso signifique que me odies durante un tiempo.

Se gira para mirarme. Tiene las mejillas mojadas y los párpados hinchados, y joder, verla así me duele más de lo que debería.

—No te odio —dice con la voz rota—. Pero me duele.

—Lo sé.

—¿Y a ti no te duele?

Me duele más de lo que ella se imagina. Pero no se lo digo. En lugar de eso, levanto el brazo y la dejo apoyarse contra mí. Ella se acurruca a mi lado, pequeña y rota, y yo me quedo inmóvil porque no sé qué más hacer.

—Volverás —digo—. Te lo prometo. Cuando todo esto acabe, volverás a casa.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

Se queda callada. Respira despacio, profundo, y poco a poco se relaja contra mí, hasta quedarse dormida. Cuando aterrizamos en Zúrich once horas después, sigue dormida. La despierto con cuidado y la acompaño hasta el coche que la llevará al internado.

Antes de irse, se gira y me abraza. Fuerte. Con los brazos alrededor de mi cintura y la cara hundida contra mi pecho. Tardo un momento en reaccionar, y luego le devuelvo el abrazo. Despacio. Como si pudiera romperse.

—Cuídate —digo.

—Tú también.

Se sube al coche y no mira atrás.

Yo me quedo ahí, de pie en la acera, viéndola desaparecer. Y por primera vez en años, siento que una parte de mí acaba de subirse a ese coche y se aleja cada vez más.

Vuelvo al avión. Me siento en el mismo asiento donde estaba ella hace un rato. Y me digo a mí mismo que esto es lo correcto.

Que es la única forma de mantenerla a salvo.

Que en unos años ella estará aquí otra vez y todo volverá a estar bien.

Pero mientras el avión despega y Zúrich desaparece bajo las nubes, lo único que siento es el peso de su ausencia.