Peligrosa Obsesión (Sangre y Lealtad 2) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

ARIANNA

El ataúd de mi madre es el más barato que existe.

Es de madera clara sin barnizar, sin flores, sin nada que haga pensar que alguien la quiso alguna vez.

Estoy sentada en la primera fila de una sala que huele a humedad y a desinfectante barato, con las manos apretadas sobre el regazo y el vestido negro que me queda dos tallas grande.

Es el único vestido que tengo. Carol, la mejor amiga de mi madre, está a mi lado con los ojos rojos, pero no sé si llora por ella o por el dinero que va a dejar de ganar ahora que mamá ya no está.

Mi madre no era cariñosa. Nunca me dijo que me quería, nunca me abrazó sin motivo, nunca jugó conmigo.

Pero me mantenía a salvo. Me daba de comer, me llevaba al colegio cuando podía, y sobre todo se aseguraba de que ninguno de esos hombres asquerosos que venían a verla me tocara.

Eso cuenta, ¿verdad? Eso tiene que contar.

Ahora está muerta y yo estoy sola.

Solo tengo doce años pero he visto suficiente miseria como para saber que mi vida puede ir a peor. Mucho peor. Justo cuando empezaba a pensar que en unos años podría buscarme un trabajo, arreglar las cosas, hacer algo con mi vida, ella se muere y todo se va al demonio.

Carol se inclina hacia mí y me aprieta la mano. Tiene las uñas pintadas de rojo chillón y huele a tabaco y a perfume dulzón.

—Todo va a salir bien, cariño —me susurra—. Ya verás.

No la creo.

Fuera de la sala se empieza a oír un murmullo.

Voces bajas, nerviosas, como si algo hubiera pasado.

Carol levanta la cabeza y frunce el ceño.

Yo estoy demasiado cansada, demasiado vacía como para que me importe.

Pero entonces se abre la puerta y entran dos hombres, y todo el aire de la sala cambia de golpe.

El primero es enorme. Viste un traje negro impoluto, tiene los hombros anchos, y una cara que me deja sin respiración: está cubierta de cicatrices.

Líneas gruesas y blancas que le cruzan la sien, la mejilla, la mandíbula.

Parece sacado de una pesadilla. Pero no es él quien me hace olvidar dónde estoy.

Es el otro.

Más joven, más alto, con el pelo negro y ojos oscuros que barren la sala como si estuviera midiendo cada rincón.

Lleva el mismo tipo de traje, la misma postura recta, pero me recuerda a los galanes de esas películas antiguas que mi madre veía a veces.

Es un chico guapo. Eso es lo que pienso, y la idea es tan ridícula, tan fuera de lugar en este momento, que se me escapa una risa.

Es una risa histérica, aguda, que suena horrible en el silencio de la sala.

Los dos hombres se vuelven hacia mí. Me tapo la boca con las manos y me callo de golpe. No es bueno llamar la atención. Nunca es bueno.

Carol se levanta rápido y se acerca a ellos.

Los tres hablan en voz baja, tan baja que no llego a oírlos, pero veo cómo el hombre de las cicatrices saca algo del bolsillo interior de su chaqueta.

Dinero. Un fajo grueso que le pasa a Carol.

Ella lo cuenta rápido, con dedos temblorosos, y luego levanta la mano y me señala.

El estómago se me cae a los pies.

Me ha vendido.

La tristeza se esfuma. Solo queda el instinto. Supervivencia. Me levanto de un salto y echo a correr hacia la puerta lateral. Oigo una voz detrás de mí, grave y tranquila:

—Ve tú. No quiero asustarla más yendo yo.

Es el de las cicatrices el que habla.

Corro por el pasillo con el corazón golpeándome las costillas. Sé que no voy a poder escapar. Soy rápida, pero no lo suficiente. Mi única opción es armar suficiente escándalo como para que alguien llame a la policía. Prefiero un centro de acogida a lo que me espere con ellos.

El baño de mujeres está al final del pasillo. Entro a toda prisa, cierro la puerta de un cubículo y me subo a la tapa del váter. Respiro por la boca para no hacer ruido. Tal vez no se atreva a entrar aquí. Tal vez…

La puerta del baño se abre.

—Arianna.

Es el otro. El joven. Su voz es tranquila, casi suave.

—No tienes nada que temer. Hemos venido a salvarte.

Me sale una risa amarga que me duele en la garganta.

—Perdona si eso me suena a trola. ¿Qué ibais a decirme para secuestrarme? ¿La verdad?

Hay un silencio. Y luego se ríe. Se ríe de verdad, con ganas, y eso me desconcierta tanto que me quedo en blanco. Nadie se ríe de mis ocurrencias. Siempre me dicen que soy demasiado borde, demasiado marimacho. A mí me gusta pensar que soy una superviviente.

—No pensaba que una niña tan joven pudiera ser tan inteligente —dice, y su voz suena más cerca.

Me asomo por la rendija de la puerta y lo veo: se ha sentado en el suelo, con la espalda contra la pared de azulejos sucios, justo frente a mi cubículo. Tiene las piernas estiradas y las manos sobre las rodillas, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Bajo la mirada y veo mis zapatillas asomando por debajo de la puerta. Mierda. Me he despistado. Me subo otra vez a la taza y me abrazo las rodillas.

—Tu madre ha muerto —dice con calma—. Este sitio ya no es seguro para ti.

El hombre con el que he venido es tu hermano.

Leonardo. Sé que las cicatrices dan miedo, pero es la persona más decente que existe en este mundo.

Me salvó la vida. Y desde que supo de tu existencia, te ha estado protegiendo. Pero ahora no podemos dejarte aquí.

Me quedo callada durante unos segundos. Luego digo:

—No me ha protegido muy bien. Siempre he tenido una vida de mierda.

Se vuelve a reír. El sonido me rebota en el pecho.

—¿Cómo te llamas? —pregunto.

—Lorenzo.

—Pues Lorenzo, no voy a salir. Ni voy a irme con vosotros.

—Vale —dice, sin más—. Entonces yo tampoco me voy.

Nos quedamos en silencio. Puedo escuchar mi propia respiración y el goteo de un grifo al otro lado del baño. No sé cuánto tiempo pasa. Cinco minutos. Diez. Luego suena un teléfono.

—Sí —contesta Lorenzo—. Estamos en el baño de mujeres, del pasillo principal.

Se levanta. Oigo cómo se sacude los pantalones.

A los pocos minutos, la puerta del baño se abre de nuevo.

—¿Cómo va la cosa? —pregunta una voz grave. Es el de las cicatrices.

—Bien —responde Lorenzo—. Te puedo asegurar que es tu hermana. Es cabezota e inteligente.

El otro suelta una risa corta.

—Seguro que le han asustado mis cicatrices. Joder. Lo mejor es largarnos rápido, cuanto menos llamemos la atención mejor. No quiero que nadie nos relacione: eso la pondría en peligro.

—¿Y qué pretendes que hagamos? —dice Lorenzo—. No la podemos obligar. Si lo hacemos, nos va a odiar y no se va a fiar de nosotros nunca.

—Joder —repite el otro.

Salgo del cubículo antes de pensármelo.

Los dos se vuelven a la vez. El de las cicatrices me mira con una intensidad que me atraviesa, y de repente lo veo: sus ojos. Verde esmeralda. Los mismos que me devuelve el espejo cada mañana.

—¿De verdad eres mi hermano? —pregunto.

Me sostiene la mirada sin pestañear.

—Sí. Tenemos el mismo padre. Y estás en peligro. Nos tenemos que ir. Si no quieres estar conmigo por las cicatrices, estarás con Lorenzo.

—No me preocupan lo más mínimo tus cicatrices —digo—. He visto a personas horribles con caras de ángel.

Algo cambia en su expresión. La comisura de su boca se eleva apenas un milímetro.

—Te lo prometo —añado, levantando la barbilla—. Si me hacéis daño, os voy a hacer la vida imposible.

Su sonrisa se ensancha.

—Bienvenida a la familia.

Esa noche dormimos en un motel de carretera.

La habitación huele a ambientador barato y tiene dos camas con colchas de flores desteñidas.

Leonardo está dormido en el sofá, con un brazo sobre los ojos y el pecho subiendo y bajando despacio.

Yo estoy tumbada en una de las camas, con la colcha áspera rozándome la piel y los ojos clavados en las grietas del techo.

Tengo el estómago cerrado como un puño. Me arden los ojos de contener las lágrimas y las manos me tiemblan aunque las aprieto contra el pecho.

Mi vida era una mierda, pero era mía. Conocía las reglas, sabía cómo sobrevivir.

Ahora estoy en un sitio que no huele a nada familiar, con dos hombres a los que no conozco, y cada vez que intento imaginar qué pasará mañana se me cierra el pecho.

—¿Necesitas algo?

El corazón me da un vuelco y me incorporo como un resorte. Lorenzo está de pie junto a la cama, tan quieto que no lo he oído acercarse. Tiene las manos en los bolsillos y me mira con una calma que no entiendo.

—¿Tienes hambre? ¿Sed?

Niego con la cabeza. Tengo un nudo en la garganta tan grande que apenas puedo hablar.

—No. Es solo que… tengo miedo. —Se me quiebra la voz y me odio por ello—. Estoy sola. No conozco nada de esto.

Se sienta en el borde de la cama, despacio, como si yo fuera un animal asustado que puede salir corriendo en cualquier momento. El colchón se hunde bajo su peso y puedo sentir su calor desde aquí.

—No estás sola —dice, y su voz es tan firme que aflojo un poco los puños—. Nos tienes a nosotros. Y yo voy a cuidar de ti. Con el tiempo, aprenderás a confiar en mí.

Lo miro a los ojos. Son oscuros y serios, sin rastro de mentira. El nudo de la garganta se me aprieta más, pero esta vez es diferente. Por alguna razón que no entiendo, le creo.

—Vale —susurro.

—Ahora duerme.

Me tumbo de nuevo. Él se queda ahí, sentado en el borde de la cama, y su presencia es tan sólida que por primera vez en todo el día el miedo me da una tregua. Cierro los ojos. El cansancio me pesa en los huesos como plomo fundido, pero mi mente no para de dar vueltas: qué va a pasar conmigo.

Poco a poco, el calor de Lorenzo al lado de la cama y el sonido suave de su respiración me van arrastrando. Cuando por fin me quedo dormida, todavía puedo sentirlo ahí.

Me despierto a medianoche con el grito atrapado en la garganta. Una pesadilla. Mi madre, la sala fúnebre, las manos de Carol que me empujan hacia la oscuridad. Abro los ojos de golpe, desorientada, y lo primero que veo es a Lorenzo.

Sigue ahí.

Sentado en la misma posición, con la espalda recta y los ojos abiertos. Vigilando. Como si no tuviera intención de moverse en toda la noche.

Me mira y algo en su gesto me dice que no tengo que explicar nada.

Vuelvo a cerrar los ojos. Esta vez, con la certeza de que alguien me cuida, duermo de verdad. Profundo. Sin pesadillas.

Es la primera vez en mi vida que doy las gracias por tener a alguien a mi lado.