Capítulo 29
No fui capaz de esperar dentro del taxi. En cuanto Enzo salió de la comisaría, abrí la puerta y crucé la calle sin escuchar las advertencias de Camila y Valentina. Él caminaba mirando unos documentos que llevaba en la mano. No reparó en mí hasta que estuve a pocos metros.
Al levantar la vista se quedó blanco.
—Zoe… ¿qué haces aquí?
—Lo sé todo.
Enzo miró hacia el taxi. Camila y Valentina acababan de bajar y permanecían junto al vehículo, pendientes de nosotros.
—¿Me habéis seguido?
—He ido detrás de ti hasta la casa de Luna. Te he visto entrar y he escuchado vuestra conversación. Sé que dice que eres el padre de su hijo y también sé que llevabais meses acostándoos.
A Enzo se le tensó el rostro. Cerró los ojos durante un momento y dobló los documentos con tanta fuerza que estuvo a punto de arrugarlos.
—No deberías haber estado allí.
—Eso es lo único que se te ocurre decirme.
—No. Tengo mucho que decirte, pero este no es el lugar.
—Pues elige otro, porque pienso marcharme en cuanto termine esta conversación. Me mentiste, Enzo. Te pregunté por Luna y dejaste que creyera que nunca hubo nada entre vosotros.
—Y no lo hubo.
—Ya te he oído. Y no te creo —le solté porque necesitaba ponerle a prueba. Y porque el cincuenta por ciento de mí me decía que él podía ser tan culpable como ella.
—Yo no la dejé embarazada.
—Ella dice que sí.
—Y Luna miente.
—Todo el mundo miente menos tú, claro.
Enzo miró hacia la entrada de la comisaría y tomó una decisión. Se acercó a mí, aunque mantuvo suficiente distancia para no tocarme.
—Entra conmigo —me pidió mientras me tomaba por la muñeca.
—No pienso entrar en ninguna parte —le aseguré mientras me zafaba.
—Cinco minutos, Zoe. Solo te pido cinco minutos. Después de lo que vas a ver y escuchar, si sigues sin creerme, no volveré a molestarte. Te dejaré en paz, aunque me destroce hacerlo.
—¿Qué quieres enseñarme?
—La razón por la que estoy aquí.
Camila y Valentina se acercaron. Enzo les indicó que podían entrar con nosotros y aquello terminó de convencerme. No parecía estar improvisando una excusa ni buscaba hablar conmigo a solas. Regresó al edificio, se identificó ante el agente de la entrada y preguntó por la inspectora Medina.
Nos hicieron esperar en una sala pequeña durante varios minutos.
Enzo permaneció de pie, lejos de mí, mientras Camila se sentaba a mi lado y Valentina recorría la habitación con los brazos cruzados.
Ninguna se atrevió a abrir el pico. Yo todavía tenía el teléfono en la mano y no dejaba de releer el mensaje anónimo, tratando de distinguir en aquellas palabras algo que me revelara si Luna lo escribió.
La inspectora Medina apareció con una carpeta bajo el brazo. Rondaría los cincuenta años, llevaba el cabello oscuro recogido y observó a Enzo con una familiaridad que me desconcertó.
—Pensaba que ya te habías marchado.
—Necesito que hables con Zoe —le respondió él—. Nos siguió hasta la casa de Luna y escuchó la discusión.
La inspectora me miró con seriedad. Lo más sorprendente era que me di cuenta de que ya había escuchado hablar de mí.
—¿Recibiste algún mensaje indicándote que lo hicieras?
La pregunta me sobresaltó.
—Sí. Desde un número desconocido.
—Enséñamelo, por favor.
Le entregué el teléfono. Leyó el mensaje, anotó el número y se lo pasó a uno de los agentes que trabajaba en una mesa cercana. Después nos condujo a un despacho y cerró la puerta.
—Lo primero que debes saber es que acabo de tomar declaración a Enzo por una situación de acoso —explicó—.
Ha denunciado a Luna y ha aportado información sobre lo que te está ocurriendo a ti.
No es la primera vez que viene a hablar conmigo ni la primera vez que nos advierte de que esa chica es peligrosa.
Me volví hacia Enzo.
—¿Ya habías venido antes?
—Varias veces —admitió—. Al principio solo pedí consejo. Luna no cruzó determinados límites y me dijeron que convenía registrar los incidentes y acudir de nuevo si la situación empeoraba.
—¿Qué incidentes?
La inspectora abrió la carpeta.
—Llamadas, seguimientos, amenazas veladas, apariciones en lugares donde estaba Enzo y comunicaciones a través de números que cambiaban cada pocos días.
Luna presenta un patrón complicado. No puedo darte detalles de otras personas, pero existen antecedentes de denuncias y testimonios de hombres con los que mantuvo relaciones o por los que desarrolló algún tipo de obsesión.
—¿Está diciendo que ya hizo esto otras veces?
—Con variaciones, sí. Solía iniciar relaciones breves o encuentros ocasionales.
Cuando el hombre decidía no continuar, aumentaban las llamadas, los mensajes y las amenazas.
En algunos casos intentó perjudicar sus relaciones posteriores, contactó con sus parejas o les hizo llegar información mezclada con mentiras.
También utilizó números anónimos para sembrar dudas y provocar enfrentamientos.
Camila señaló mi teléfono.
—Entonces, ¿ese mensaje lo envió Luna?
—Todavía debemos demostrarlo, pero coincide con su forma de actuar.
Desde que Enzo comunicó lo que estaba ocurriendo, localizamos a otros hombres de la isla que denunciaron conductas parecidas años atrás.
Algunos no acudieron a la policía en su momento porque creyeron que se cansaría o temían que nadie los tomara en serio.
En cuanto a Enzo, su caso fue peor. Él nunca tuvo nada con Luna, pero ella, al ser su compañera de trabajo, desarrolló una obsesión hacia él que fue a más.
Hace poco contacté con su psiquiatra, que me previno sobre su actitud.
Me comentó que esa chica sería capaz de hacer o inventar cualquier cosa con tal de salirse con la suya.
Al parecer, ha desarrollado un patrón tan tóxico que, en determinados momentos, llega a creerse sus propias mentiras.
—¿Y las cosas que pasaron en nuestra habitación? —le preguntó Camila—. La ropa que desaparecía, lo que sucedió con la fotografía…
—Eso eleva la gravedad del asunto. Enzo cree que Luna puede estar detrás y, después de lo que nos ha contado, consideramos que la hipótesis tiene fundamento.
Investigaremos los accesos al hotel, las cámaras y cualquier posible ayuda que haya recibido.
También vamos a solicitar medidas de protección.
—Pero nadie entró en la habitación —recordé—. Revisaron la cerradura.
—Que no aparezca una tarjeta registrada no significa que nadie entrara. Luna trabajó en el hotel, conocía las zonas de servicio y mantuvo contacto con empleados. Pudo conservar alguna tarjeta antigua, conseguir una copia o aprovechar una puerta abierta. También debemos averiguar si actuó sola.
Valentina se inclinó hacia delante.
—¿La van a detener?
—Estamos realizando las diligencias necesarias. Después de la denuncia presentada hoy, las amenazas y el posible acceso a vuestra habitación, existen motivos para intervenir. No puedo explicaros cada paso, pero no vamos a dejarla actuar.
La miré sin comprender todavía cómo encajaban todas las piezas.
—¿Cuándo empezaste a sospechar de ella? —le pregunté a Enzo.
—Al principio no pensé en Luna. Creí que alguien del hotel gastaba una broma estúpida o que podía tratarse de alguna persona relacionada con el espectáculo.
Esta mañana me llamó desde un número desconocido y me dijo que fuera a su casa si quería saber quién estaba jugando contigo.
Añadió que pronto comprendería lo que se sentía cuando alguien te hacía dudar de todo.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque quería hablar primero con ella y grabar la conversación. Después pensaba venir directamente aquí. Si te lo contaba y Luna descubría que estabas al corriente, podía negarlo todo o hacerte algo peor.
—Así que fuiste solo.
—Sí.
—Y nosotras detrás —intervino Camila—, gracias a un mensaje que nos ordenaba seguirte.
La inspectora dejó el móvil sobre la mesa.
—Esa era la intención. Luna quería que presenciarais el encuentro o que escucharais una parte de la conversación.
Probablemente preparó cada frase para que Zoe creyera que Enzo es el responsable de lo que está ocurriendo.
Ya usó maniobras parecidas: fabrica una situación, envía a la pareja hasta el lugar y después ofrece una versión que convierte al hombre en agresor.
—Así que lo orquestó todo…
—Puedo confirmarte que Luna lo acosa y que hoy presentó una denuncia formal contra ella.
—¿Y usted lo conoce desde hace tanto tiempo?
—Lo suficiente. Enzo es reservado y ha gestionado mal esta situación en más de una ocasión.
Él mismo lo sabe. Durante mucho tiempo intentó ignorar a Luna para no perjudicar el espectáculo ni provocar un escándalo.
Trabajar con ella se convirtió en un suplicio: interpretaba cualquier gesto profesional como una señal, exigía una intimidad que él no quería darle y reaccionaba mal cuando lo veía con otras mujeres.
Enzo permaneció callado. Ya no parecía el hombre aterrador que discutía dentro de aquella casa, sino alguien agotado por una historia que se prolongó demasiado.
—Luna nunca me lo puso fácil desde que llegué al hotel. Desde el principio, empezó a perseguirme, a controlar con quién hablaba y a amenazarme con contar historias que podían arruinar mi trabajo. Cuanto más me alejaba, peor reaccionaba.
—¿Por eso eras tan frío con todo el mundo? —preguntó María en mi recuerdo, aunque quien formuló la pregunta fue Camila.
—Si Luna me veía acercarme a alguien, convertía mi vida en un infierno. Preferí no dar motivos, no confiar en nadie y no tener relaciones dentro del hotel. Hasta que llegó Zoe.
—Joder —murmuré.
—Zoe, mi intención no fue meterte en problemas. Me gustabas de verdad y, cuando se supo lo de su embarazo, me sentí muy aliviado, pues eso la alejaría de nosotros. No quise renunciar a conocerte, pensé que algún día se alejaría del todo, que la pesadilla terminaría.
La firmeza de su respuesta me desconcertó. Hablaba con una seguridad difícil de explicar, pero antes de que pudiera insistir, la inspectora Medina recuperó mi atención.
—Necesitamos que formalices una denuncia por los hechos sucedidos, el acceso a la habitación y los mensajes. Es importante que no borres nada y que nos comuniques cualquier intento de contacto. Tampoco debes enfrentarte a Luna ni responderle si vuelve a escribirte.
—¿Y si se acerca a mí?
—Te apartas y llamas de inmediato. La vamos a localizar. Si se confirman las pruebas que estamos reuniendo, procederemos a detenerla. No le hará ninguna gracia. Mucha gente cesa en este tipo de conductas cuando comprueban las consecuencias que les pueden traer.
Valentina se dejó caer contra el respaldo de la silla.
—Perdón, pero necesito ordenar esto. Luna dejó el espectáculo, entró en la habitación de Zoe, le movió las cosas, mandó mensajes para hacerla desconfiar de Enzo, lo citó en su casa y nos llevó hasta allí para que escucháramos que el hijo era suyo.
—Esa es la hipótesis —respondió la inspectora.
—Y nosotras la seguimos en taxi por media isla.
—Eso no formaba parte del procedimiento policial —precisó Medina.
—Ya me parecía. El taxista no tenía pinta de agente encubierto, aunque manejaba bárbaro.
Camila soltó una risa nerviosa que murió enseguida. Yo no podía reír. Me sentía aliviada porque alguien confirmaba que no estaba perdiendo la razón, pero aquel alivio convivía con algo mucho más esperanzador. Enzo no era el monstruo que describía el mensaje.
La inspectora salió para preparar mi declaración. Valentina y Camila me miraron con los ojos muy abiertos, todavía incapaces de asimilar lo ocurrido. Enzo dejó de respetar la distancia y se acercó a mí, tomándome de la mano.
Salimos de la comisaría casi una hora después.
Camila y Valentina se adelantaron unos pasos y se apartaron con la excusa de pedir un taxi para ellas, aunque las dos miraban hacia nosotros cada pocos segundos.
Enzo caminó a mi lado con una sonrisa tímida de medio lado que me llegaba muy dentro.
Llevaba la declaración doblada bajo el brazo y parecía más cansado que después de cualquiera de nuestras funciones.
—Perdóname —dijo al detenerse junto a su coche—. Debí contártelo todo desde el principio.
—¿Eso incluye todo lo que te había pasado con Luna?
—Sí, me lo hizo pasar muy mal y no tenía claro que quisiera compartirlo. Si pronunciaba su nombre, temía que pudiera invocarla de alguna manera.
—Es una puñetera, pero no creo que pueda presentarse en espíritu. Sería lo que me faltase.
Enzo recibió mis palabras sin defenderse. Bajó la vista y asintió.
—Tienes razón. Cuando Luna me llamó esta mañana, debí decirte que tuve claro que ella estaba detrás de todo, dejé de tener dudas. Pensé que podía resolverlo solo: conseguir que hablara, grabarla y acudir a la policía con algo más que sospechas. No quería exponerte.
—Pero me expusiste mucho más al mantenerme a oscuras. Anoche consiguió que desconfiara de ti porque yo no sabía nada con lo que defenderme.
—Lo sé. Quise protegerte y terminé dándole a Luna justo lo que necesitaba para tratar de separarnos.
Me miró por fin. Tenía los ojos enrojecidos y toda la dureza que mostró en casa de Luna desapareció.
—No volveré a tomar una decisión así por ti. Pero no me apartes de tu lado. Me ha costado mucho abrirme a alguien y, si lo he hecho contigo, es porque tengo claro que no podría haber encontrado a nadie más especial.
—Entonces confía en mí —le respondí—. No decidas qué puedo soportar y qué no. Si vamos a tener una relación sólida, necesito conocer también las partes de tu vida que no te dejan bien. No quiero enterarme siguiendo tu coche ni agachada bajo una ventana.
—No volverá a ocurrir.
—No me lo prometas solo porque tienes miedo de perderme. Demuéstramelo cuando contarme la verdad resulte difícil.
Enzo se acercó despacio y me tomó la mano, dejando que fuera yo quien decidiera si quería apartarla. No lo hice.
—Te lo demostraré —dijo—. Sin secretos y sin intentar resolverlo todo solo.
Entrelacé mis dedos con los suyos confiando en aquella promesa que suponía un nuevo comienzo para ambos.