Peligro, ¡italiano suelto! Capítulo 28
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Capítulo 28

—Tenemos que acercarnos —dije.

—Tenemos que volver al hotel y preguntarle a Enzo qué carajo hace acá —respondió Valentina—. Esto ya se nos fue de las manos.

—Si le preguntamos, puede mentirme.

—Y espiar por una ventana tampoco parece la base de una relación saludable —señaló Camila.

—¿Saludable? ¿Qué parte de que ya no me puedo fiar de Enzo es la que no entiendes? —le pregunté indignada.

Eché a andar antes de que pudieran detenerme.

La parcela estaba delimitada por un muro bajo y una verja que habían dejado abierta.

Entré y rodeé la casa procurando no hacer ruido.

Valentina y Camila me siguieron, aunque ambas murmuraron varias amenazas relacionadas con encerrarme en un centro de salud mental si salíamos vivas de aquello.

Una de las ventanas laterales estaba entornada. Debía de pertenecer al salón porque distinguimos las voces con claridad. Nos agachamos bajo el alféizar, ocultas por unos arbustos. Al principio no entendimos las palabras, solo el tono alterado de Luna y las respuestas secas de Enzo.

—No puedes aparecer ahora, decirme que estoy embarazada de ti y exigirme que lo acepte —dijo él—. No soy el padre y lo sabes.

Valentina me apretó el brazo. Camila se cubrió la boca con una mano.

—No quieres saber nada de tu hijo porque eres un cobarde —replicó Luna—. Estoy apartada de mi carrera por tu culpa mientras tú sigues bailando, viviendo tu romance perfecto y fingiendo que no existo. ¡Eres un maldito!

—Estás loca. Estoy harto de tus historias, de tus amenazas y de todas las cosas que inventas para conseguir lo que quieres.

—¿Ahora resulta que lo invento? Llevábamos meses acostándonos, Enzo. Meses. Te convenía buscarme cuando estabas aburrido y luego echarme de tu cama antes de que amaneciera, pero desde que apareció esa cría ya no recuerdas nada.

Dejé de escuchar durante varios segundos.

Las palabras se repitieron dentro de mi cabeza y borraron todo lo demás.

Meses acostándose. Enzo me aseguró que nunca tuvo una relación con Luna.

Cuando le pregunté directamente, respondió que entre ellos no existió nada.

Yo interpreté que no la besó, que no la tocó, que aquella hostilidad se debía a una rivalidad profesional. Él permitió que lo creyera.

Empecé a incorporarme, decidida a entrar en la casa y exigirle una explicación, pero Valentina reaccionó antes. Tiró de mi camiseta y me obligó a agacharme.

—Quieta —susurró junto a mi oído—. Si te levantás, te van a ver.

—Me ha mentido.

—Lo sé, pero ahora no podés entrar ahí.

Las lágrimas me nublaron la vista. Camila me rodeó con un brazo y me pidió que aguantara un poco más, aunque ella también parecía horrorizada. En el interior de la casa, Luna continuaba llorando y Enzo elevó la voz.

—No hubo ninguna relación. No voy a permitir que utilices eso para endosarme un hijo que no es mío.

Las palabras me hicieron más daño que la revelación, quizás por la brutalidad con la que le hablaba. Aquel hombre no se parecía al que navegó conmigo, me cuidó antes de salir al escenario o me hizo reír durante semanas. Sonaba frío, cruel y tan enfurecido que daba miedo escucharlo.

—¿Y tampoco significó nada cuando empezaste a jugar conmigo? —gritó Luna—. Me trataste como basura, me confundiste y me hiciste creer que estaba perdiendo la cabeza. Por eso me caí en el jardín. ¡Por ti! Y ahora estás haciendo lo mismo con Zoe.

—No metas a Zoe en esto.

—¿Por qué? ¿Porque ya has empezado a volverla loca?

Se produjo una pausa. Enzo respondió con una voz más baja, aunque la rabia seguía en cada palabra.

—¿Qué sabes tú de eso?

—Más de lo que crees.

—A Zoe le están ocurriendo cosas. Alguien entra en su habitación, mueve sus pertenencias y le envía mensajes. Sospecho de ti, Luna. Si descubro que tienes algo que ver, te juro que…

—¡Eres un maldito! —lo interrumpió ella—. Vienes a mi casa, me acusas y todavía pretendes convertirte en su salvador. Fuiste tú quien trató de volverme loca. Tú empezaste todo esto y ahora repites la historia con ella.

—Estás majara.

—No me llames así.

—¿Qué palabra prefieres? Me sigues, me amenazas, inventas un embarazo mío y ahora sabes lo que le está ocurriendo a Zoe. Dime cómo te enteraste.

—Apechuga de una vez. Eres el padre de mi hijo y voy a demostrarlo delante de todo el mundo. Cuando termine contigo, nadie volverá a contratarte.

—Ni loco voy a aceptar una mentira así.

—No te quedará otra opción.

Escuchamos pasos en el interior. La voz de Enzo se acercó a la ventana y nos pegamos a la pared para que no pudiera vernos.

—Me voy. No vuelvas a acercarte a Zoe.

—Voy a destrozar tu relación con ella —replicó Luna—. Le contaré lo que eres y todo lo que hiciste conmigo. Cuando conozca la verdad, no querrá volver a verte.

—No te atrevas.

—¿Por qué? ¿Porque no le contaste que te acostabas conmigo?

La puerta principal se abrió con violencia. Permanecimos inmóviles mientras Enzo atravesaba el jardín hacia su coche. Apenas tuvimos tiempo de verlo desde nuestra posición, pero caminaba con los hombros rígidos y las manos cerradas. Luna salió detrás de él y lo agarró por la muñeca.

—Esto no va a quedar así.

Enzo se soltó y se volvió hacia ella.

—No vuelvas a tocarme.

—¿Qué vas a hacer? ¿Tratarme como a las demás?

Luna le dio una bofetada. El golpe sonó en mitad de la calle y Enzo giró el rostro.

Durante un instante temí que respondiera.

Parecía furioso y su expresión no conservaba nada del hombre al que creía conocer, pero no levantó la mano.

La miró con desprecio, abrió el coche y subió sin decir otra palabra.

Esperamos a que se alejara antes de salir de nuestro escondite. Luna entró en la casa y cerró la puerta de un portazo.

—El taxi viene de camino otra vez —anunció Valentina, mirando su teléfono—. Lo pedí cuando empezaron a gritar.

—¿Cómo sabías que íbamos a necesitarlo?

—Porque no pensaba dejar que volviéramos caminando después de espiar una pelea entre dos personas que están peor que nosotros. Aunque reconozco que el listón estaba alto.

El coche llegó y le dimos al conductor la dirección del hotel, pero en cuanto alcanzamos la carretera vimos el vehículo de Enzo unos metros por delante.

Camila pidió que lo siguiera y el hombre aceptó sin hacer preguntas, lo cual confirmó mi sospecha de que los taxistas de aquella isla estaban acostumbrados a turistas con vidas demasiado complicadas.

Enzo no tomó el camino del hotel. Condujo hasta la localidad más cercana, atravesó varias calles y estacionó frente a un edificio oficial.

—Es una comisaría —dijo Camila.

Lo vimos entrar con el teléfono en la mano.

Valentina pidió al taxista que aparcara al otro lado de la calle. Ninguna de las tres dijo nada mientras esperábamos. Yo seguía oyendo la voz de Enzo asegurando que el hijo no era suyo, recordaba la acusación de Luna y pensaba en cada objeto que apareció fuera de su sitio.

Ya no sabía quién mentía.

Solo sabía que los dos ocultaban una historia que podía destruir la nuestra.