Peligro, ¡italiano suelto! Capítulo 27
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Capítulo 27

El mensaje llegó aquella misma tarde, poco después de que el responsable de seguridad abandonara nuestra habitación sin ofrecernos ninguna respuesta.

Revisó el registro de la cerradura, habló con el personal de limpieza y comprobó la puerta, pero no encontró accesos extraños ni signos de que alguien hubiera forzado la entrada.

Según él, la noche anterior nadie utilizó una tarjeta maestra.

La habitación se abrió con la llave de Camila, a las once y cuarenta y tres, y permaneció cerrada hasta que Enzo y yo entramos por la mañana.

Estaba sentada en la cama, tratando de recordar cada minuto de aquella mañana, cuando mi teléfono vibró. La pantalla mostró un número desconocido y un mensaje tan largo que pensé que se trataba de publicidad. Estuve a punto de borrarlo sin abrirlo, pero las primeras palabras me detuvieron.

“Me preocupas, Zoe. No sé qué te habrá contado Enzo, pero no es el hombre que crees. Ha hecho daño a muchas mujeres. En realidad es frío, distante y no siente nada por nadie. A veces se encapricha con alguna y cambia durante un tiempo, justo lo necesario para que confíe en él. Después empieza a poner barreras, a confundirla y a jugar con su cabeza hasta volverla loca. Siempre hace lo mismo. Tengo pruebas y te las enseñaré cuando llegue el momento. Si quieres saber la verdad, síguelo mañana. No le digas nada. En cuanto veas adónde va, entenderás de qué te hablo”.

Lo leí dos veces. A la tercera, las letras comenzaron a desenfocarse y tuve que apoyar el teléfono sobre la colcha.

Camila estaba en el baño hablando con Théo mediante una videollamada y sus carcajadas atravesaban la puerta.

La llamé con tanta urgencia que apareció enseguida, todavía con el cepillo del pelo en una mano y el francés preguntando desde la pantalla si ocurría algo.

—Luego te llamo —le dijo antes de colgar—. ¿Qué te pasa?

Le tendí el móvil. Leyó el mensaje de pie, primero con el ceño fruncido y después con una expresión que borró por completo el buen humor de su cara.

—¿Quién te ha enviado esto?

—No lo sé.

—¿Has llamado al número?

—Acaba de llegar.

Lo marcó ella. La llamada ni siquiera dio señal; una grabación indicó que el número no estaba disponible. Camila lo guardó en su teléfono, buscó si estaba asociado a alguna cuenta y trató de añadirlo a una aplicación de mensajería, pero no apareció ninguna fotografía ni nombre.

—Puede ser una tarjeta de prepago —dijo—. O un número falso de esos que se generan por internet. No entiendo demasiado, pero hay formas de enviar mensajes sin usar tu línea normal.

Volví a coger el teléfono y me detuve en una frase: “Después empieza a poner barreras, a confundirla y a jugar con su cabeza hasta volverla loca”.

—Esto no puede ser casualidad.

—Claro que no es casualidad. Quien lo escribió sabe lo que está ocurriendo.

—¿Y si es verdad?

Camila levantó la vista de golpe.

—¿Qué parte?

—La de Enzo.

Pronunciarlo me revolvió el estómago. Una parte de mí esperaba que Camila se riera, lo negara y consiguiera convertir aquella teoría en un disparate. Sin embargo, se sentó a mi lado y leyó el mensaje otra vez.

—No digo que Enzo sea quien hace estas cosas —aclaró—, pero tampoco voy a decirte que ignores esto. Quien te escribe sabe algo y quiere que desconfíes de él. Eso ya es suficiente para tener cuidado.

—Esta noche iba a quedarme con él.

—Pues esta noche te quedas conmigo.

—¿Y qué le digo?

Camila pensó durante unos segundos.

—Que me encuentro mal. Una intoxicación, una migraña o una crisis sentimental provocada por la belleza de un francés. Tengo muchas posibilidades y todas resultan bastante creíbles.

Enzo llamó a la puerta poco después de las once.

Venía de hablar con Rebeca y con el jefe de seguridad, y me explicó que al día siguiente cambiarían la cerradura y colocarían una cámara en el pasillo.

Tuve que obligarme a no retroceder cuando intentó besarme.

Lo conocía de memoria: el olor de su piel, las marquitas que aparecían junto a sus ojos cuando sonreía, la forma en que pronunciaba mi nombre al notar que algo me preocupaba.

Nada en él parecía amenazante, pero el mensaje consiguió alterar cada detalle.

—Camila no se encuentra bien —le dije—. Voy a quedarme con ella esta noche.

Él miró hacia el interior de la habitación. Camila estaba acostada, tapada hasta la barbilla, con una interpretación tan dramática que habría resultado cómica en cualquier otra circunstancia.

—¿Qué le pasa?

—Me duele muchísimo el estómago —respondió ella con voz débil—. Creo que algo de la cena me sentó mal.

—Habéis comido lo mismo.

—Ya, pero mi intestino tiene inquietudes artísticas.

Enzo sonrió, aunque volvió a concentrarse en mí.

—Puedo quedarme con las dos.

—No hace falta. Descansa, mañana no tenemos ensayo y llevamos días durmiendo fatal.

Me acarició la mejilla y mantuvo la mano allí unos segundos.

—Cierra por dentro. Si ocurre cualquier cosa, me llamas.

—Tú también ten cuidado.

—¿Con qué?

—Con todo. Hasta que sepamos quién está detrás de esto.

Asintió sin preguntar más. Me besó en la frente, se despidió de Camila y salió. Esperamos a que sus pasos desaparecieran por el pasillo antes de cerrar con el pestillo.

—¿Has visto cómo te miraba? —preguntó Camila al levantarse de un salto—. O te adora o es un psicópata con un nivel interpretativo impresionante. No hay término medio.

—Gracias, eso me tranquiliza muchísimo.

Pasamos más de una hora investigando sus redes sociales.

Enzo no publicaba demasiado. Su perfil se componía casi por completo de vídeos de baile, fotografías de escenarios, viajes y paisajes.

Había imágenes con grupos de compañeros, pero ninguna mujer aparecía de forma repetida ni existían comentarios que revelaran una relación. Retrocedimos varios años y encontramos exactamente lo mismo: trabajo, hoteles, aeropuertos, gimnasios y alguna fotografía familiar con Sofía.

—Es raro —dijo Camila—. Un hombre así, con gancho y ese físico, debería tener algún rastro sentimental. Aunque solo fuera una ex enfadada dejándole una berenjena en los comentarios.

—Puede borrar las fotografías cuando termina con alguien.

—O nunca las publica. Tampoco demuestra nada.

Buscamos etiquetas, perfiles antiguos y fotografías compartidas por otros bailarines.

Encontramos a Enzo en espectáculos de Italia, Francia, Grecia y varios complejos turísticos, pero las mujeres que aparecían con él eran compañeras de trabajo.

En unas imágenes sonreía; en otras mantenía aquella expresión seria y distante que recordaba de mis primeros días en el hotel.

—Antes era otro —murmuré—. María me dijo que nunca conocieron a ninguna novia suya y que iba por libre. Todos pensaban que era un engreído.

—Eso encaja con parte del mensaje.

—También puede ser lo que cualquiera del grupo sabe de él.

—Necesitamos otra opinión.

Camila llamó a Valentina y le pidió que subiera sin explicar el motivo. La argentina apareció diez minutos después con un pantalón corto, una camiseta de Joel y el pelo recogido con un lápiz.

—Más vale que sea importante, porque dejé a Joel medio dormido y abrazado a una almohada. Si se despierta y confunde el tacto, capaz que empieza una relación nueva.

Le enseñamos el mensaje y le contamos nuestra teoría. Valentina lo leyó con los labios apretados y, por una vez, no improvisó ninguna broma.

—No quiero armar un quilombo sin saber qué pasa —dijo al devolverme el móvil—. Enzo nunca me hizo nada y ahora parece un tipo genial. Está enamorado de vos, cualquiera puede verlo.

—¿Pero antes qué pensabas de él?

Valentina se encogió de hombros.

—Antes no parecía de fiar. No porque anduviera detrás de todas, al contrario: no le daba bola a nadie.

Era frío, se creía por encima del resto y terminaba la función para desaparecer.

Si le preguntabas algo personal, te cerraba la puerta en la cara sin mover un músculo.

Después llegaste vos y cambió muchísimo.

—¿Demasiado?

—No sé, Zoe. La gente cambia cuando se enamora.

—El mensaje dice que siempre hace lo mismo. Se encapricha, se muestra distinto y luego empieza a volver loca a la mujer.

—Eso puede escribirlo una ex despechada, una persona que quiere separarlos o quien está moviendo tus cosas —señaló Valentina—. Lo único claro es que todo resulta raro. El mensaje, las desapariciones y el cambio de Enzo. Demasiadas cosas juntas.

—Me pide que lo siga mañana.

—Entonces lo seguimos —decidió Camila.

—¿Las tres?

Valentina levantó la barbilla.

—¿Qué querés, que las deje solas haciendo de detectives? Ustedes dos no podrían seguir a una tortuga sin que se diera cuenta.

Dormimos las tres en nuestra habitación.

Valentina regresó un momento junto a Joel para recoger su teléfono y explicarle que pasaría la noche con nosotras porque Camila no andaba bien.

No le contó lo del mensaje. Mientras tanto, Camila apagó las luces y dejó el móvil sobre una silla, con la cámara orientada hacia la puerta.

También colocó una botella vacía junto al pestillo para que cayera si alguien intentaba entrar.

—Esto es seguridad de última generación —aseguró—. La tecnología punta de una botella de agua mineral.

No ocurrió nada. Aun así, apenas dormí. Cada crujido del pasillo me despertó y miré el reloj tantas veces que vi avanzar la noche minuto a minuto.

Poco antes de las siete, recibí otro mensaje del mismo número.

“Ya sale”.

Me incorporé de golpe y desperté a Camila.

Valentina abrió los ojos cuando escuchó la puerta del pasillo y las tres nos asomamos con cuidado.

Enzo caminaba hacia los ascensores vestido con vaqueros, una camisa oscura y gafas de sol colgadas del cuello.

Llevaba las llaves del coche en la mano.

No miró hacia nuestra habitación ni escribió para avisarme de que salía.

Nos vestimos a toda velocidad. Valentina pidió un taxi desde una aplicación y bajamos por las escaleras para no coincidir con él. Cuando alcanzamos la entrada, vimos su coche alejándose por la avenida principal.

—El taxi llega ya —anunció Valentina—. Menos mal, porque en unos minutos este hombre puede abandonar el país.

—Estamos en una isla —recordó Camila.

—Entonces tenemos una ventaja geográfica.

El taxi paró y Camila se sentó delante para explicarle al conductor que debía seguir un vehículo que aún se divisaba a lo lejos. El hombre nos miró por el espejo con una curiosidad evidente.

—Es mi hermano —mintió—. Se ha olvidado una medicación importante y no contesta al teléfono.

—¿Qué medicación? —preguntó el conductor.

—Para la próstata.

—Enzo te mataría si te oyera —murmuré.

—Si descubrimos que es inocente, jamás lo sabrá.

Atravesamos buena parte de la isla detrás de él. Dejamos atrás la zona de hoteles, circulamos por carreteras estrechas y pasamos junto a pequeñas urbanizaciones dispersas.

Enzo conducía deprisa, aunque no parecía comprobar si alguien lo seguía. En un momento determinado se desvió hacia el interior y temimos perderlo, pero el taxista mantuvo una distancia prudente sin dejar de verlo.

—Este señor está disfrutando demasiado —susurró Valentina—. En cualquier momento pone música de persecución.

El coche de Enzo tomó un camino bordeado de árboles y se detuvo delante de una casa blanca de una sola planta. Pedimos al conductor que parara unos metros antes, detrás de una furgoneta estacionada. Camila pagó mientras las tres observábamos a Enzo bajar del vehículo.

No parecía nervioso. Miró la fachada, guardó las llaves en el bolsillo y caminó hacia la entrada con la seguridad de quien conocía perfectamente el lugar. Llamó al timbre.

—¿Quién vive ahí? —preguntó Camila.

—No tengo ni idea.

Las cortinas de una ventana se movieron. La puerta tardó unos segundos en abrirse y, cuando lo hizo, sentí que el aire desaparecía del interior de mis pulmones.

Luna estaba al otro lado.

Llevaba un vestido holgado y el cabello recogido de un modo impecable. Su embarazo comenzaba a notarse bajo la tela. Al ver a Enzo, no mostró sorpresa ni enfado; sencillamente se apartó para dejarle paso, como si esperara su llegada.

—No puede ser —susurró Camila.

Valentina me agarró la mano mientras abandonábamos al taxi, pero apenas sentí sus dedos. Enzo dijo algo que no conseguimos escuchar y Luna respondió sin apartar los ojos de él. Después miró hacia el camino y tuve la impresión de que observaba directamente la furgoneta tras la que nos ocultábamos.

Un instante más tarde, Enzo cruzó el umbral.

Luna cerró la puerta detrás de él.