Capítulo 26
A la mañana siguiente, la fotografía de mis padres estaba boca abajo.
La guardaba en un marco pequeño sobre la mesilla. No porque quisiera contemplar su matrimonio roto al despertar, sino porque era una imagen antigua, tomada durante unas vacaciones en las que aún parecíamos una familia.
Mi padre sonreía con un brazo alrededor de mi madre y yo, con nueve o diez años, estaba delante de ellos haciendo una mueca. Camila sabía que no debía tocarla. Enzo ni siquiera entró en nuestra habitación aquella noche, porque cumplí mi promesa y dormí con él.
Al darle la vuelta descubrí que el cristal estaba agrietado justo sobre la cara de mi madre.
Me quedé sentada en la cama con el marco entre las manos hasta que Camila salió del baño.
—¿Qué ha pasado?
—Estaba boca abajo.
—Se habrá caído.
—No puede caerse y volver a colocarse en la mesilla.
Camila miró la grieta y después me miró a mí. Esta vez no bromeó.
—Zoe, ayer te llamó tu madre. ¿Te dijo algo más de tu padre?
—¿Qué tiene que ver?
—A lo mejor estás más afectada de lo que crees. Primero te enteraste de que se fue con otra mujer y luego de que va a tener un hijo con ella. Eso no es precisamente una noticia pequeña. Puede que anoche volvieras, vieras la fotografía y…
—Yo no hice esto.
—No digo que lo hicieras a propósito. Quizás estabas enfadada, la tiraste y esta mañana no lo recuerdas.
—Dormí en la habitación de Enzo.
—Antes estuviste aquí para coger tu neceser.
—Entré, lo cogí y me fui. No toqué la fotografía. Y mucho menos rompí el cristal.
Mi respuesta salió con tanta dureza que Camila levantó las manos. Se disculpó y me aseguró que solo intentaba comprenderlo, pero la sospecha ya estaba allí. No creía que mintiera; pensaba que podía actuar sin recordarlo. Y lo peor fue que durante unos segundos yo también lo consideré.
Los pequeños episodios continuaron durante los días siguientes.
Una mañana encontré mis zapatillas de ensayo dentro del armario de Camila.
Por la tarde, mi cepillo apareció en el baño de María y Malena, dos plantas más abajo.
La alarma del teléfono cambió de hora y llegué tarde otra vez, aunque recordaba haberla programado antes de acostarme.
En otra ocasión, la puerta de la habitación quedó abierta cuando las dos estábamos seguras de haberla cerrado.
Cada suceso tenía una explicación posible.
Camila podía coger mis zapatillas por error.
Yo podía dejar el cepillo en otro baño después de la función.
El teléfono podía actualizarse o yo podía equivocarme al poner la alarma.
La puerta quizás no encajó bien. Sin embargo, todos juntos formaban algo que me resultaba mucho más difícil ignorar.
En una cena, el grupo volvió a hablar del asunto. Sofía propuso instalar campanillas en mis pertenencias y Álex se ofreció a comprar una cámara, aunque ella rechazó la idea porque no quería que descubriéramos “cosas incompatibles con la dignidad humana” cuando Camila y Zoe se quedaban solas.
—En esa habitación no ocurre nada incompatible con la dignidad —aseguró Camila, pendiente de su teléfono—. Ahora, si Théo decide volver, puede que tengamos que revisar esa declaración.
—¿Qué te ha dicho? —preguntó María.
—Que echa de menos mi sentido del humor.
—Una forma muy francesa de decir que quiere repetir —opinó Joel.
—No sé qué le dijiste para enamorarlo —comentó Álex con un gesto sombrío.
—Ni vos ni nadie necesita saberlo —intervino Valentina—. Hay secretos que protegen la paz mundial.
Camila les mostró una fotografía que Théo acababa de enviar desde un aeropuerto, y la conversación se llenó de especulaciones acerca de si pensaba regresar al hotel.
Sofía aseguró que, si volvía, no competiría otra vez por él porque ahora tenía “un producto nacional con muy buenas prestaciones”, y Álex trató de ofenderse, aunque la sonrisa lo delató.
Yo los observaba sin participar apenas. Todos parecían felices.
Valentina y Joel discutían por cuál de los dos era más necesario para el otro; Sofía no dejaba de rozar la rodilla de Álex debajo de la mesa; Camila escribía al francés y disimulaba su ilusión inventando bromas.
Enzo me tomó la mano y me acarició los dedos, pero incluso su contacto me produjo un sobresalto.
—¿Qué pasa? —me preguntó.
—No encuentro mi pulsera. Siempre la llevo puesta salvo cuando me la quito para ducharme, pero la dejo a mano, la veo y me la pongo. No ha debido ser el caso…
Miré mi muñeca desnuda. Era una cadena fina con una pequeña estrella que Enzo me regaló después de nuestra salida en barco.
Aunque era absurdo, pues estaba claro que no me la había puesto, por las dudas busqué en el suelo, debajo de la silla y sobre la mesa.
Todos se sumaron y apartaron vasos, platos y servilletas.
Un camarero revisó el pasillo entre las mesas. Nadie la encontró.
—Seguro que se te cayó por el camino —dijo Malena—. Después la buscamos con las linternas.
—En realidad, no sé si la traía puesta —le respondí dubitativa.
—¿Te encuentras bien, cariño? —me preguntó María.
—Sí, sí, solo que un poco confusa…
Cogí el bolso para guardar el teléfono y la pulsera apareció sobre mi cartera, dentro del compartimento principal.
Nadie dijo nada al principio. Yo la saqué con los dedos temblorosos y la deposité en la mesa.
—¿La habías guardado? —preguntó Eric.
—No.
—Quizás se desprendió cuando metiste la mano —sugirió María—. Pudo quedarse enganchada y caer dentro.
—El bolso estaba en el respaldo de la silla. No lo toqué desde que nos sentamos.
—Entonces la guardarías antes —opinó Camila con cautela.
La mesa quedó en calma, aunque las miradas circularon con una rapidez que me hizo sentir observada. Sofía fue la primera en reaccionar.
—Bueno, tenemos tres opciones: Zoe ha desarrollado poderes de teletransportación, el hotel contrató a un mago con demasiado tiempo libre o alguien está haciendo el imbécil. Personalmente, apuesto por la tercera.
—¿Quién va a hacer algo así? —preguntó Álex.
—Ese es el pequeño detalle que nos falta para terminar la investigación, Sherlock.
Rebeca llegó cuando todavía hablábamos de ello.
Escuchó la historia con expresión seria y decidió comunicarlo al responsable de seguridad.
También pidió que cambiaran la cerradura electrónica de nuestra habitación y revisaran el registro de entradas, aunque advirtió que las llaves maestras no siempre identificaban al empleado que las utilizó.
—No quiero que esto se convierta en un rumor —dijo—. Mañana tenemos función y necesito a todo el mundo concentrado.
—Yo también necesito estar concentrada —le respondí—, pero no puedo si cada día desaparece algo.
—Lo comprendo. Por eso vamos a investigarlo.
Noté que elegía las palabras con cuidado, de la misma forma que se habla con alguien al borde de una crisis. Me levanté antes de terminar la cena y salí al jardín. Enzo me siguió, pero le pedí que me dejara unos minutos a solas.
Caminé hasta una zona apartada, cerca de la piscina, y me senté en uno de los bancos.
Desde allí llegaban las risas del comedor.
Todo seguía funcionando: las familias cenaban, los niños corrían, la música sonaba en la terraza y el equipo planeaba la siguiente noche libre.
Solo yo sentía que algo se cerraba a mi alrededor.
Enzo apareció un rato después con dos vasos de agua.
—He respetado tus minutos. Te he dado doce, lo cual me convierte en un novio extraordinariamente comprensivo.
—Estoy volviéndome loca.
—No estás volviéndote loca.
—Los pendientes, la camiseta, la fotografía, las zapatillas, el cepillo, la alarma y ahora la pulsera. Todo aparece en lugares distintos y nadie ve nada. O alguien entra en mi habitación, me sigue por el hotel y mueve mis cosas, o soy yo quien lo hace sin recordarlo. No sé qué opción me asusta más.
Enzo se sentó a mi lado y me obligó a mirarlo.
—A mí solo me interesa la primera, porque la segunda no me la creo.
—Camila sí.
—Camila está intentando encontrar una explicación que no dé miedo. No significa que dude de ti.
—Me preguntó si rompí la fotografía de mis padres y lo olvidé.
—Porque sabe que lo de tu padre te hizo daño.
—Mi padre dejó a mi madre por otra mujer y ahora va a tener un hijo con ella.
Sí, me hizo daño. Me enfurece que mi madre tenga que reconstruir su vida mientras él celebra una familia nueva, pero no estoy tan destrozada como para romper cosas y perder la memoria.
Vine aquí para alejarme de aquello y durante semanas lo conseguí. Hasta que empezó todo esto.
—Entonces no permitas que nadie utilice esa historia para hacerte dudar de ti.
Su frase me dejó inmóvil.
—¿Crees que alguien lo hace a propósito?
—Creo que ocurrieron demasiadas cosas. Y también creo que quien las hace sabe qué objetos elegir. Los pendientes de tu madre, la fotografía de tus padres, la pulsera que te regalé… No ha desaparecido una botella de champú ni una camiseta cualquiera.
Sentí un escalofrío pese al calor de la noche. Hasta entonces me concentré en el movimiento de los objetos, no en lo que significaban.
—¿Quién sabe tanto de mí?
—Esta noche duermes conmigo otra vez. Mañana revisaremos el registro de la puerta y, si vuelve a ocurrir algo, pediremos que instalen una cámara en el pasillo.
Acepté porque no quería entrar sola en mi habitación. Camila regresó conmigo para recoger algunas cosas y trató de disculparse. Me explicó que no pensaba que estuviera loca; solo le preocupaba que las noticias de mi familia me afectaran más de lo que reconocía.
—Estoy aquí para ayudarte, incluso cuando digo tonterías —añadió—. Y ya sabes que digo muchísimas. Es prácticamente mi especialidad.
La abracé, aunque la tensión no desapareció por completo. Guardé el pijama, el neceser y los pendientes dentro de una bolsa. Antes de salir, los saqué y me los puse.
—¿Qué haces? —me preguntó Camila.
—Quiero saber dónde están. No pienso quitármelos.
Dormí junto a Enzo con la puerta cerrada y una silla colocada delante, a pesar de que él consideró que aquello era más teatral que útil. Me desperté varias veces, palpé los pendientes y los encontré en su sitio. Al amanecer los comprobé de nuevo frente al espejo del baño. Seguían allí.
Después del desayuno volvimos a mi habitación para esperar al encargado de seguridad. La puerta estaba entreabierta.
Enzo se detuvo antes de tocarla.
—¿La dejaste así?
—No.
Entramos juntos. Todo parecía intacto. La cama de Camila estaba sin hacer, la ropa seguía sobre la silla y las maletas permanecían cerradas. Lo único que no seguía igual, a priori, era mi calma, la cual había perdido.