Peligro, ¡italiano suelto! Capítulo 25
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Capítulo 25

La primera vez ocurrió con unos pendientes.

No eran caros ni especialmente llamativos, apenas dos pequeños aros de plata que mi madre me regaló cuando cumplí dieciocho años, pero los usaba a menudo y sabía perfectamente dónde los había dejado.

Aquella mañana me los quité antes de entrar en la ducha y los puse sobre la repisa del lavabo, junto al frasco de perfume de Camila. Juro que los dejé allí, pero me olvidé de ellos.

Cuando regresé al mediodía, ya no estaban.

—¿Has cogido mis pendientes? —le pregunté desde la puerta.

—¿Qué pendientes?

—Los aros pequeños que me regaló mi madre. Los dejé en el baño esta mañana y ahora no están.

—No los he tocado. Mira bien, que por las mañanas tenés menos luces que una lancha de contrabando.

—La argentina es Valentina, no tú. No uses ese acento conmigo, chalada.

—Se me está pegando. Convivir con ella tiene consecuencias lingüísticas y probablemente judiciales.

Volví al baño y registré la repisa, el cajón, el neceser y hasta el interior del lavabo, aunque sabía que no podían estar allí.

Levanté las toallas, vacié el cesto de la ropa y me agaché para mirar debajo del mueble.

Camila apareció detrás de mí con el teléfono en la mano y una sonrisa que no consiguió disimular.

—¿Te está escribiendo el francés?

—Sí, me está escribiendo el francés —admitió, satisfecha—. Resulta que Théo piensa en mí más de lo que esperaba. Acaba de mandarme una fotografía desde París y, antes de que preguntes, está vestido. Es una decepción desde el punto de vista artístico, pero…

—Me alegro mucho, pero ayúdame a buscar.

Su sonrisa desapareció cuando advirtió que estaba preocupada de verdad.

Dejó el móvil sobre la cama y revisó conmigo cada rincón del baño y de la habitación.

Sacudimos las sábanas, apartamos las maletas y miramos incluso dentro de mis zapatillas.

Al cabo de diez minutos, Camila afirmó que probablemente los habría guardado sin darme cuenta, aunque ninguna de las dos los encontró y tuvimos que marcharnos porque llegábamos tarde al almuerzo.

Intenté quitarle importancia. Durante la tarde me concentré en el trabajo y conseguí olvidarme durante varias horas, pero, cuando regresamos a la habitación para cambiarnos antes de la cena, abrí la maleta en busca de una camiseta y vi los pendientes dentro de un bolsillo interior.

No estaban en cualquier lugar: aparecieron en el compartimento más pequeño, cerrado con una cremallera, entre un par de medias que no utilizaba desde mi llegada a la isla.

—No puede ser —murmuré.

Camila se acercó y miró los aros sobre mi palma.

—Pues sí puede ser, porque son esos.

—Yo no los puse ahí, te lo juro.

Camila trató de convencerme de que el cansancio jugaba malas pasadas.

Llevábamos semanas con un ritmo agotador, dormíamos poco y habíamos enlazado los ensayos con las funciones, las salidas, el concurso del hotel, las noches en la playa y aquel breve caos sentimental que parecía perseguir al grupo. Su explicación tenía sentido.

En el comedor contamos lo ocurrido. No pensaba hacerlo, pero Camila abrió la boca antes de que pudiera impedírselo y, en menos de un minuto, todos debatían sobre mi memoria.

Eric sostenía que los objetos pequeños se desplazaban solos y María aseguraba que aquel fenómeno tenía un nombre científico: “ser un desastre”. Joel dijo que una vez buscó durante media hora las gafas que llevaba puestas, y Valentina le recordó que tampoco era un ejemplo muy tranquilizador.

—Vos no encontrás ni la dignidad cuando la perdés —le dijo, aunque terminó dándole un beso en la mejilla—. Zoe, seguro que los guardaste y se te borró de la cabeza. A mí me pasa con las horquillas. Compro cincuenta y, dos días después, queda una que encima está torcida.

—Las horquillas son una especie migratoria —sentenció Sofía—. Nacen en un paquete, crecen en el baño y mueren debajo de una cama que no es la tuya.

Sofía se quedó unos días más en el hotel y su prórroga tenía a Álex feliz.

Procuraba sentarse a su lado en todas las comidas, aparecía cada vez que ella proponía cualquier plan y se ofrecía a acompañarla hasta para ir a por agua, aunque Sofía afirmaba que aquello no era romanticismo, sino vigilancia preventiva.

—Tiene miedo de que vuelva a aparecer otro francés —explicó ella—. Tranquilo, cariño. Con uno en el grupo ya tenemos suficientes abdominales internacionales.

—No estoy preocupado —protestó Álex.

—Claro que no. Por eso casi le haces una radiografía a la pantalla de Camila cuando ha recibido el mensaje.

Todos se rieron y el asunto de mis pendientes perdió importancia entre las bromas.

Yo también sonreí, pero durante el resto de la velada regresé mentalmente a la imagen de los dos aros sobre la repisa.

Recordaba el vapor empañando el espejo, el agua corriendo por mi espalda y la mano con la que aparté el frasco de Camila para que no se mojaran.

No los guardé en aquel bolsillo. De eso estaba segura.

Dos días después desapareció una camiseta.

Era la negra que usaba para ensayar, ceñida y corta, con el nombre del espectáculo estampado en plata.

La dejé extendida sobre la cama mientras iba a por una botella de agua.

Camila salió antes que yo porque quería llamar a Théo con la excusa de practicar francés, un idioma que, según ella, se aprendía mejor cuando el profesor tenía los ojos más bonitos del planeta (esa era su opinión).

No tardé más de cinco minutos, pero, cuando volví a la habitación, la camiseta ya no estaba.

En esa ocasión sí que me quedé loca. Miré debajo de la almohada, en la silla y dentro del armario. Revisé el baño y después salí al pasillo para preguntarle a una de las trabajadoras de limpieza, aunque aún no entraron en nuestra habitación. Terminé poniéndome otra prenda y llegué tarde al ensayo.

—Otra vez —dijo Rebeca cuando me vio aparecer—. Empezábamos a las nueve, Zoe.

—Lo sé. Lo siento. No encontraba una camiseta.

Rebeca me observó con una mezcla de incredulidad y preocupación.

—Espero que el hotel sobreviva a la tragedia. Colócate, anda.

La camiseta apareció después del ensayo en una cesta de toallas húmedas situada tras el escenario. Malena la encontró cuando fue a buscar unas cintas y regresó sosteniéndola con dos dedos.

—¿No es esta la que estabas buscando?

La tela estaba mojada y olía al jabón que utilizaban en la lavandería del hotel. Me quedé mirándola sin tocarla.

—La dejé en mi habitación.

—Pues se ha pegado un paseo estupendo —bromeó Eric—. Playa, lavandería y escenario. Tiene una vida social mejor que la mía.

—Esto no tiene gracia —dije.

Mi tono borró varias sonrisas. Camila cogió la camiseta y me preguntó si existía alguna posibilidad de que la enviara a lavar el día anterior, pero negué con la cabeza.

La usé la tarde anterior, la lavé a mano y por la noche ya estaba seca.

Rebeca quiso saber quién entró en la zona del vestuario durante el ensayo.

Nadie vio nada, aunque por allí pasaban empleados, técnicos y miembros del equipo de animación a todas horas.

—Puede ser una confusión de lavandería —concluyó—. Alguien la encontró en vuestra habitación, creyó que era una prenda para recoger y la trajo hasta aquí.

—Nadie entró en la habitación —respondí—. Pregunté a la limpiadora.

—Entonces alguien la cogería pensando que era suya. Todas tenéis ropa parecida.

La explicación me resultaba imposible y tampoco explicaba por qué terminó en una cesta apartada, debajo de varias toallas empapadas.

Aun así, nadie quiso alimentar mis sospechas.

Me recomendaron descansar y vigilar mejor mis pertenencias.

Hasta yo traté de convencerme de que buscaba una relación entre dos sucesos que podían no tenerla.

Enzo me encontró aquella tarde colocando un pequeño trozo de papel entre la puerta del armario y el marco. Si alguien lo abría, el papel caería al suelo. No era un sistema infalible, pero necesitaba hacer algo.

—¿Qué estás haciendo? —me preguntó desde la entrada.

Me volví tan deprisa que casi golpeé la puerta.

—Nada.

—Siempre que alguien responde “nada” mientras esconde algo, está haciendo algo preocupante o muy divertido. Y no tienes cara de estar divirtiéndote.

Le recordé lo de la camiseta y los pendientes. Enzo me escuchó sin interrumpirme, sentado en el borde de la cama, y no sonrió cuando terminé. Tampoco me dijo que estaba cansada ni que confundía las cosas, lo que me produjo un alivio mayor del que esperaba.

—No sabes lo segura que estaba de haber dejado los pendientes en el baño. Los vi allí, Enzo. Y ahora empiezo a preguntarme si inventé ese recuerdo. Con la camiseta me ocurre lo mismo. Sé que estaba sobre la cama, pero todo el mundo me da explicaciones tan razonables que termino dudando de mí.

—Las explicaciones razonables no convierten en falso lo que recuerdas. Si vuelve a pasar, me lo dices. Y esta noche duermes conmigo.

—Eso último te ha salido demasiado rápido.

—Me encanta inventar emergencias que justifiquen la propuesta. No voy a desaprovecharla.

—Y a mí me encanta que las busques.

Conseguí sonreír, pero la inquietud no desapareció.

Aquella noche, cuando regresamos de la función, el papel seguía en su sitio.

Abrí el armario con cuidado y lo vi caer al suelo.

Todo permanecía ordenado. Respiré con algo más de tranquilidad y me reí de mi propia trampa, convencida durante unos minutos de que exageraba.