Peligro, ¡italiano suelto! Epílogo
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Epílogo

El cartel de Marea de luz: Renacer ocupaba toda la fachada del Gran Bahía Esmeralda Palace.

Tres años después de aquel verano, el hotel volvió a apostar por una producción gigantesca, aunque esta vez el espectáculo no recorría las horas de un solo día, sino las distintas etapas de una vida.

Rebeca aseguraba que no se trataba de una segunda parte, porque las obras importantes no necesitaban secuelas, pero todos sabíamos que llevaba dos años soñando con recuperar el escenario, reunir al equipo original y demostrar que todavía podía hacernos ensayar hasta perder la sensibilidad en las piernas.

Camila y yo nos quedamos a vivir en la isla cuando terminó aquella primera temporada.

Al principio alquilamos un apartamento pequeño desde cuya terraza apenas se veía una esquina de mar si una se inclinaba demasiado y arriesgaba la vida, pero a nosotras nos parecía un palacio.

Ella comenzó a trabajar en comunicación y eventos para el hotel, un puesto que le permitía conocer a cantantes, deportistas y, para su inmensa felicidad, una cantidad indecente de influencers.

Salió con varios a lo largo de aquellos años: uno grababa documentales de viajes, otro publicaba recetas saludables que jamás cocinó para ella y un tercero se dedicaba a probar hoteles de lujo, una profesión que Camila calificó de “heroica y necesaria”.

Ninguno consiguió que sentara la cabeza. Ella afirmaba que no tenía ninguna prisa y que, si llegaba el amor de su vida, debía hacerlo con buen equipaje de mano, sentido del humor y más conversación que seguidores.

Théo continuó escribiéndole durante meses.

Se encontraron dos veces en París y una tercera en la isla, pero terminaron convirtiendo aquella noche tórrida y disparatada en una amistad salpicada de mensajes a horas imposibles.

Él incluso asistió al estreno de la nueva obra acompañado por su novio, un fotógrafo belga que cayó mejor al grupo que el propio francés. Sí, Camila ya sabía que era bisexual.

Sofía también se mudó a la isla. Contra todo pronóstico, incluida la opinión de Álex durante las primeras semanas, lo suyo prosperó.

Ella volvió a Italia y enseguida regresó con dos maletas para pasar un mes y, cuando cumplió el sexto, admitió que quizás no estuviera de visita.

Encontró trabajo organizando actividades para los huéspedes y convirtió cada evento del hotel en un pequeño espectáculo. Álex seguía fingiendo que sus bromas le agotaban, aunque nadie se lo creyó desde el día en que apareció tatuado con una minúscula gaviota en el tobillo.

Sofía aseguró que era un homenaje a Enzo durante el concurso de verano; Álex juró que el tatuador se equivocó de diseño por culpa de ella, que llegó borracha. Tres años después continuaban discutiendo sobre aquella versión.

Valentina y Joel no siguieron juntos. Su separación sorprendió a todos porque no hubo gritos, reproches ni una escena digna de las historias que solíamos protagonizar.

Un día reconocieron que se querían mucho, pero deseaban vidas diferentes.

Valentina quería viajar, bailar en compañías nuevas y no saber en qué país despertaría al mes siguiente.

Joel buscaba estabilidad y una familia. Se despidieron con cariño y conservaron una amistad tan buena que a veces resultaba difícil creer que fueron pareja.

Poco después, él conoció a Mariela, una coreógrafa cubana que llegó al hotel para impartir un curso. Se casaron al año siguiente y esperaban gemelos.

Joel estaba convencido de que serían bailarines; Mariela decía que, con el ritmo que mostraban dando patadas, iban para futbolistas.

Valentina se convirtió en la autoproclamada tía argentina y ya les compró dos camisetas con la frase “Che, dejame dormir”, a pesar de que todavía faltaban tres meses para que nacieran.

Ella regresó a la isla para participar en Renacer . Durante aquellos años trabajó en Buenos Aires, Lisboa y Ciudad de México, y aterrizó con más experiencia, la misma lengua afilada y una colección de anécdotas que nunca contaba delante de menores.

María se dedicó a enseñar danza y abrió una pequeña academia cerca del hotel.

Malena pasó a formar parte del equipo de Rebeca y ya empezaba a dirigir algunos ensayos, mientras Eric alternaba las funciones con espectáculos de humor.

Nadie entendía cuándo decidió que podía hacer reír a un público durante cuarenta minutos, pero llenaba cada sala y había convertido nuestras desgracias del primer verano en material cómico.

Luna desapareció de nuestras vidas después de su detención. La investigación encontró una tarjeta de acceso manipulada, varios teléfonos de prepago y fotografías de mis movimientos por el hotel.

También aparecieron mensajes dirigidos a otros hombres y pruebas de que planeó cada uno de los incidentes para hacerme desconfiar de mí misma y de Enzo.

El padre de su hijo resultó ser otro incauto al que Luna acosó después de que se negara a mantener una relación con ella. Tras recibir atención psiquiátrica y afrontar el proceso judicial, ella se marchó de la isla. Nunca volvimos a verla.

Con el tiempo comprendí que podía sentir compasión por su trastorno sin justificar el daño que causó. Dejé de temer que apareciera una mañana y aprendí a colocar mis pendientes sobre cualquier mesa sin comprobar diez veces si continuaban allí.

Enzo y yo comenzamos a vivir el día a día con ilusión. Cumplió su promesa. Me contó las verdades incómodas, incluso aquellas que mostraban su peor versión, y dejó de decidir en mi nombre.

Yo también aprendí a preguntarle antes de construir historias con una mirada o una puerta cerrada. Seguimos bailando juntos, primero en el hotel y después en distintos escenarios, aunque siempre regresábamos a la isla.

Finalmente, nos fuimos a vivir juntos. Compramos un apartamento frente al mar, con una terraza desde la que no era necesario asomarse de forma suicida para ver el agua, y convertimos aquel lugar en nuestra casa.

La noche del estreno de Renacer , los nervios volvieron a sacudirnos igual que tres años atrás.

Sofía llevaba un silbato con el que pretendía “coordinar energías”, Camila comprobó seis veces que todos los invitados importantes estuvieran en sus sitios y Valentina recorrió los camerinos anunciando que quien se equivocara debía pagar la primera ronda.

—Y aviso que hoy tengo sed internacional —añadió antes de abrazarme—. Mirá dónde llegaste, che. La chica que temblaba detrás de Luna ahora encabeza el espectáculo.

—Lo encabezamos todos.

—Sí, claro, pero dejame decir algo lindo sin que te pongás humilde.

Enzo apareció vestido para la primera escena.

Continuaba impresionándome. Conservaba la fuerza y la elegancia que me deslumbraron al conocerlo, pero ya no existía aquella barrera que lo separaba del resto.

Besó mi frente, me preguntó si estaba preparada y señaló discretamente hacia el patio de butacas.

Mis padres estaban allí. Habían viajado para verme bailar en aquella ocasión tan especial.

Mi madre se sentó junto a Sofía, quien reservó las mejores localidades para el grupo. Mi padre ocupó otra fila con Clara, su pareja, y con Daniela, mi hermana pequeña.

La niña tenía dos años, unos rizos oscuros imposibles de dominar y la capacidad de gobernarnos a todos con una sola sonrisa.

Cuando mi padre me contó que Clara estaba embarazada sentí que sustituían nuestra familia por otra, pero aquel miedo se deshizo la primera vez que sostuve a Daniela.

Ella no tenía ninguna culpa de los errores de los adultos.

Se convirtió en mi hermana desde el instante en que cerró sus dedos alrededor del mío.

Mis padres no se sentaron juntos. Todavía existían heridas, pero la marejada familiar se calmó.

Mi madre reconstruyó su vida, hizo nuevos amigos y descubrió que podía viajar sin esperar a que nadie organizara sus vacaciones.

Mi padre aprendió a pedir perdón sin acompañarlo de excusas.

No volvieron a quererse como pareja, aunque consiguieron mirarse sin rabia.

El espectáculo comenzó y todo lo demás desapareció.

Durante casi dos horas contamos una vida sobre el escenario. Bailamos el entusiasmo de la juventud, las pérdidas, los reencuentros y esa extraña capacidad humana de volver a empezar cuando parece que no queda nada.

Enzo y yo protagonizamos la última parte, una escena dedicada al amor que no salva a nadie, pero acompaña, sostiene y permite avanzar. Al terminar, el público se levantó.

Fue entonces cuando vi a mi madre acercarse a la fila de mi padre.

Clara sostenía a Daniela, que estiró los brazos hacia ella sin ninguna reserva.

Mi madre dudó apenas un instante antes de cogerla.

La pequeña le rodeó el cuello y le plantó un beso húmedo en la mejilla.

Clara se rio, mi padre bajó la cabeza emocionado y mi madre comenzó a mecer a la niña mientras seguía aplaudiendo.

Tuve que contener las lágrimas.

Salimos a saludar varias veces. Rebeca recibió una ovación, Valentina lanzó besos a todas las filas y Sofía, desde el patio de butacas, gritó el nombre de Álex con tal fuerza que consiguió que medio público lo imitara.

Creí que la noche terminaba allí, pero, cuando nos disponíamos a abandonar el escenario, las luces se apagaron.

Un único foco iluminó a Enzo.

—¿Qué estás haciendo? —le pregunté desde la oscuridad.

La música regresó y reconocí la melodía del primer baile que compartimos tres años atrás.

Camila apareció por un lateral con un ramo enorme; Sofía entró por el otro agitando una lluvia de pétalos dorados y Valentina se colocó en medio del escenario con un cartel en el que se leía: “Decile que sí, que tenemos sed”.

—Traidores —murmuré, mientras el público comenzaba a reír y a aplaudir.

Enzo avanzó hasta mí. Llevaba la sonrisa nerviosa de aquel hombre que podía dirigir un barco, bailar ante miles de personas y enfrentarse a una denuncia, pero no sabía qué hacer con sus manos cuando algo le importaba de verdad.

—Llegaste a esta isla buscando un lugar donde sentirte libre —comentó—. Yo llevaba años levantando muros y creyendo que vivir solo era la mejor forma de evitar que me hicieran daño. Entonces apareciste tú y ocupaste mi vida entera.

—¿Me estás llamando ocupa? —conseguí decir.

—Nada de lo que hiciste fue casual. Eres una catástrofe organizada para mí.

Las risas se mezclaron con mis lágrimas. Enzo sacó un anillo del bolsillo y se arrodilló ante mí mientras los bailarines formaban un semicírculo a nuestro alrededor.

—Zoe, no puedo prometerte una vida sin problemas, porque contigo sería publicidad engañosa. Puedo prometerte que nunca volveré a esconderme, que confiaré en ti incluso cuando tenga miedo y que bailaré a tu lado mientras el cuerpo aguante. ¿Quieres casarte conmigo?

Lo miré, miré a nuestros amigos y busqué a mi familia con los ojos. Mi madre aún sostenía a Daniela; mi padre aplaudía junto a Clara y Camila lloraba con más dramatismo que yo.

—Sí —respondí—. Pero seguiré siendo tu ocupa.

Enzo se levantó, colocó el anillo en mi dedo y me besó mientras una lluvia de confeti dorado cubría el escenario. La música aumentó de volumen, nuestros compañeros nos rodearon y todo el teatro volvió a ponerse en pie.

Tres años atrás llegué a la isla huyendo de una familia rota y convencida de que solo permanecería allí durante un verano. Aquella noche, bajo las luces de Marea de luz: Renacer , comprendí que no encontré un escondite.