Peligro, ¡italiano suelto! Capítulo 23
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Capítulo 23

Camila regresó a la habitación a las ocho y cuarto de la mañana con el vestido de la noche anterior, las sandalias colgadas de una mano y una sonrisa que no dejaba demasiado espacio para interpretaciones inocentes.

Yo acababa de salir de la ducha y estaba sentada frente al espejo, intentando desenredarme el cabello, cuando abrió la puerta y entró de puntillas, quizás con la esperanza de llegar hasta su cama sin que la viera.

El maquillaje resistió bastante bien la noche, pero el pintalabios desapareció por completo y llevaba el pelo recogido en un moño improvisado que no lucía cuando se marchó.

—Buenos días —la saludé, siguiendo sus pasos a través del espejo.

Camila se detuvo y giró la cabeza con expresión contrariada.

—¿Por qué estás despierta?

—Porque son las ocho y cuarto y tenemos ensayo dentro de menos de una hora. Además, no sabía que necesitara dormir para que tú pudieras hacer una entrada triunfal.

—La verdad es que sí. Llevaba todo el camino imaginando el momento en que me deslizaría bajo las sábanas y tú despertarías horas después preguntándome cómo había pasado la noche.

—No habría necesitado preguntarlo. Tienes el vestido al revés y una marca en el escote que puede verse desde la puerta.

Dejó las sandalias en el suelo y se contempló en el espejo. Trató de cubrir la marca con varios mechones, pero terminó sonriendo a su propio reflejo con tal satisfacción que resultaba evidente que tampoco le importaba demasiado ocultarla.

—¿Qué tal con el francés? —le pregunté.

—Normal —respondió, procurando parecer indiferente mientras se quitaba los pendientes.

—Claro. Una noche completamente normal que ha terminado con esa cara de haber descubierto una nueva razón para seguir viviendo.

—No exageres. Tomamos algo, hablamos, dimos un paseo por la playa y después le acompañó a su habitación.

—Una experiencia profundamente cultural.

—Muchísimo. Francia y España reforzaron sus relaciones internacionales de una manera bestial.

Se encerró en el baño antes de que pudiera continuar interrogándola, aunque su propósito de no ofrecer detalles duró menos de cinco minutos.

Desde la ducha me contó que Théo la llevó a un local situado junto al mar, donde bebieron champán en una terraza casi vacía y hablaron durante horas.

Después pasearon por la playa y él la besó cerca de la orilla.

Según Camila, el francés besaba igual que hablaba español: despacio, con acento y obligándola a concentrarse muchísimo.

—Eso no tiene ningún sentido —respondí desde la habitación mientras buscaba una camiseta.

—Porque tú no lo has probado.

—¿Y qué pasó después?

Camila sacó la cabeza por la puerta de la ducha y sonrió.

—Después descubrí que los franceses no necesitan presumir tanto como los italianos.

—No se te ocurra repetirlo delante de Enzo.

—Dile que es una apreciación cultural, no una crítica personal. No quiero provocar otro enfrentamiento diplomático después de la crisis que organicé con su prima.

Cuando bajamos al comedor, todos ocupaban ya la mesa habitual.

Théo no se encontraba allí, aunque su marcha estaba prevista para esa tarde, y supuse que aún descansaría en su habitación después de la noche descrita por Camila.

En cuanto cruzamos la puerta, Eric dejó la taza sobre la mesa y abrió los brazos con una solemnidad exagerada.

—¡Mira quién regresa de estudiar francés! Pensábamos que necesitaríamos enviar un equipo de rescate.

Joel levantó el café a modo de saludo, María y Malena apartaron dos sillas para que nos sentáramos y Valentina empezó a aplaudir.

Incluso Rebeca, que desayunaba cerca, giró la cabeza con una sonrisa divertida.

Álex fue el único que no reaccionó. Permaneció sentado junto a Enzo, removiendo el café sin mirar a Camila ni a Sofía, que ocupaba la silla de enfrente y llevaba varios minutos intentando iniciar una conversación con él.

Camila tomó asiento y cogió una tostada de la bandeja de Eric.

—No entiendo tanta expectación. He salido a tomar algo y he regresado a una hora perfectamente razonable.

—Has vuelto muy temprano. De hecho, a la mañana siguiente, pero tempranito —señaló Malena, muerta de la risa.

Camila bajó la vista y comprobó que una pequeña etiqueta asomaba por un lateral.

—¿Qué tal la cita? —le preguntó Joel—. Ayer apostaste cien euros y organizaste una competición internacional por ese tipo. Merecemos algo más que una explicación por encima.

—Fue muy bien, pero no pienso vulgarizar una experiencia deslumbrante ofreciendo detalles íntimos.

Valentina soltó una risa y apartó las gafas oscuras que llevaba sobre la cabeza.

—Dale, Camila. Hace quince minutos escribiste en el grupo que Francia debería considerarse patrimonio de la humanidad. No parece que te preocupara mucho proteger la intimidad del país.

—Me encontraba emocionada —alegó ella.

Sofía dejó el café sobre la mesa y la observó con verdadero interés.

—¿Pasaste la noche con él?

Camila dio un mordisco a la tostada y tardó varios segundos en responder, disfrutando de la atención de todos.

—Digamos que Théo decidió ofrecerme un recorrido completo por su habitación.

—¿Tan grande era? —preguntó María.

—La habitación no demasiado —contestó ella, moviendo las cejas.

Las carcajadas estallaron alrededor de la mesa.

Yo escondí la cara detrás del vaso, mientras Enzo me rodeaba los hombros con un brazo y me preguntaba al oído si Camila era siempre tan descriptiva.

Le expliqué que un rato antes se había declarado una mujer discreta, pero ella nos oyó y puntualizó que la discreción admitía ciertos matices.

—Yo quiero detalles —insistió Eric—. No puedes iniciar el relato y abandonarlo justo en la parte interesante.

—Tú no podrías soportarlos.

—Ponme a prueba. Soy un hombre preparado para escuchar experiencias internacionales.

Camila juntó las manos sobre la mesa y adoptó una expresión solemne.

—Para empezar, el francés sabe utilizar muy bien la lengua.

—¿Hablando? —preguntó Joel.

Valentina le dio un golpe en el brazo y le lanzó una mirada llena de paciencia.

—No, campeón. Recitando poesía medieval. ¿Vos siempre necesitás que te hagan un dibujo?

—Solo intentaba aclarar el contexto —se defendió él.

—Después —continuó Camila— descubrí que tiene una resistencia sorprendente para alguien que pasa medio día haciéndose fotografías y acomodándose el pelo.

—¿Cuánto duró? —quiso saber Malena.

—No llevaba cronómetro, pero digamos que vimos amanecer.

Eric se llevó una mano al pecho conmovido.

—Qué imagen tan romántica. Los dos junto a una ventana, contemplando cómo nacía un nuevo día después de una noche de amor.

—No vimos el amanecer porque estuviéramos junto a la ventana —aclaró Camila—. Lo vimos porque, cuando terminamos, ya era de día y necesitábamos comprobar si seguíamos en el mismo planeta.

La mesa entera volvió a llenarse de risas. Álex, sin embargo, continuó concentrado en su taza. Sofía aceptó la derrota de la apuesta con bastante elegancia y reconoció que Camila merecía ganar. Cuando le preguntó si volvería a ver a Théo, la sonrisa de mi amiga perdió parte de su fuerza.

—Se marcha hoy y la semana que viene estará en otro país. Los dos sabíamos que solo sería una noche.

—Una tórrida noche de amor internacional —resumió Eric.

—Exactamente. Me dejó su número, pero voy a esperar un tiempo razonable antes de escribirle.

—¿Cuánto tiempo consideras razonable? —pregunté.

Camila consultó la hora en el teléfono.

—Hasta que llegue al aeropuerto.

Las risas continuaron, pero Sofía no dejaba de mirar a Álex.

Desde que rechazó su beso, él mantuvo una distancia firme.

Seguía siendo educado y participaba en las conversaciones del grupo, pero ya no buscaba sentarse a su lado, dejó de ofrecerse para acompañarla y no inventaba excusas para tocarle el brazo.

Ella intentó captar su atención varias veces durante el desayuno, aunque solo obtuvo respuestas breves.

—Álex, ¿vas a venir esta tarde a la piscina? —le preguntó, inclinándose hacia él.

—No lo sé. Dependerá de cómo termine el ensayo.

—Podríamos ir todos. No hace falta que estemos mucho tiempo.

—Puede ser.

Sofía frunció el ceño.

—¿Sigues enfadado conmigo?

Él levantó por fin los ojos y sostuvo su mirada.

—Ya te dije que no estoy enfadado.

—Pues se te da muy bien parecerlo, porque me estás hablando como si te cobraran por cada palabra.

—Estupendo. Así ahorraré bastante.

Terminó el café, recogió la bandeja y se marchó. Sofía siguió su recorrido hasta que desapareció del comedor y después se volvió hacia Valentina.

—Está muy enfadado.

—Te lo dije —respondió la argentina—. Vos pensaste que se le pasaría sin hacer nada y ahora resulta que el chico tiene dignidad.

—No sé qué quiere que haga.

—Intentaste usarlo como reemplazo del francés. Vas a tener que demostrarle que no lo es.

Sofía miró a Camila en busca de ayuda, pero ella alegó que acababa de regresar de pasar la noche con un hombre espectacular y necesitaba varias horas antes de recuperar la capacidad de pensar en otros.

El primer intento de reconciliación se produjo durante el ensayo. Álex dejó una botella de agua junto al escenario y, cuando regresó durante el descanso, encontró una nota pegada alrededor. La abrió con gesto desconfiado y leyó el mensaje que Sofía escribió con ayuda de Camila y Valentina:

No eres ningún premio de consolación. Eres mucho más guapo que Théo y tu cabeza también tiene un tamaño perfecto. Sofía.

Álex miró hacia las gradas. Las tres mujeres fingían mantener una conversación, aunque observaban cada uno de sus movimientos de reojo. Él dobló la nota, se la guardó en un bolsillo y cogió la botella sin mostrar reacción alguna.

—La ha guardado —susurró Camila—. Eso es bueno.

—O quiere conservarla como prueba para solicitar una orden de alejamiento —apuntó Valentina.

En el siguiente descanso, Sofía apareció con un batido de frutas preparado según los supuestos gustos de Álex. Lo dejó delante de él y le explicó que Eric le aseguró que era su favorito. Álex examinó el vaso, lo olió con precaución y bebió un sorbo. Un segundo después empezó a toser.