Peligro, ¡italiano suelto! Capítulo 22
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Capítulo 22

El influencer francés llegó al hotel un martes por la mañana y, antes de la hora de comer, ya había provocado una crisis diplomática entre Camila y Sofía, una apuesta de cien euros y el peor humor que le vi a Álex desde que empezó el verano.

Se llamaba Théo, tenía treinta años y acumulaba varios millones de seguidores entre sus distintas redes sociales.

Viajaba por hoteles de lujo, grababa vídeos en lugares paradisíacos y conseguía que desayunar una tostada frente al mar pareciera una experiencia reservada a los elegidos por los dioses.

El hotel lo invitó para que permaneciera dos noches, mostrara las instalaciones y asistiera a una función de Marea de luz .

Nos enteramos de su llegada por Camila.

Entró en el comedor a toda velocidad, dejó caer la bandeja sobre la mesa y derramó la mitad del café de Eric.

—Ha llegado.

—Buenos días a ti también —protestó él mientras apartaba la taza.

—Théo está en el hotel —afirmó como si fuese una noticia de Estado.

Nadie reaccionó excepto Sofía, que levantó la cabeza con una rapidez sospechosa.

—¿El francés?

—El francés.

—¿Qué francés? —preguntó Joel.

Camila sacó el teléfono y nos enseñó una fotografía.

Théo aparecía a bordo de un yate, vestido con una camisa de lino abierta sobre el pecho, unas gafas de sol y una sonrisa perfectamente calculada.

Era alto, de piel bronceada y cabello castaño claro.

Una barba corta enmarcaba sus facciones y sus ojos azules destacaban incluso a través de la pantalla.

—Madre mía —murmuró María.

—Eso mismo he dicho yo —confirmó Camila.

Sofía le arrebató el teléfono y examinó la fotografía.

—Es mucho más guapo en persona.

Camila se volvió hacia ella.

—¿Ya lo has visto?

—Me lo crucé en recepción.

—¿Y?

—Me sonrió.

—Sonríe a todo el mundo. Es su trabajo.

—A mí me sonrió de una manera especial.

—Así que te me has adelantado. Tú ya sabías de su llegada, traidora.

Álex, sentado frente a Sofía, dejó los cubiertos sobre el plato.

—No es para tanto.

Las dos se giraron hacia él.

—¿Perdona? —preguntó Sofía.

—Es un hombre con barba y un teléfono. En este hotel hay cientos.

—Con varios millones de seguidores —añadió Camila.

—Eso no le hace más guapo.

—No —intervino Valentina—, pero ayuda a que lo vea más gente.

Álex amplió la fotografía con dos dedos.

—Tiene la cabeza demasiado pequeña.

—Su cabeza es normal —replicó Sofía.

—Y una ceja más alta que la otra.

—Está levantándola.

—Eso demuestra que necesita controlar la expresión de la cara.

Valentina dio un sorbo a su café.

—Yo te puedo explicar qué tiene el francés, pero no te va a gustar.

Álex le devolvió el teléfono a Camila.

—No necesito ninguna explicación.

—Es guapísimo, famoso, viaja por el mundo y probablemente huele a una perfumería de esas en las que te cobran solo por entrar —enumeró Valentina—. Además, tiene esa expresión de hombre que te invita a desayunar en París y te arruina emocionalmente antes del almuerzo. Y eso tiene gancho.

—No entiendo qué parte se supone que no me va a gustar —contestó él con desdén y Joel pareció estar de acuerdo.

—La parte en que Sofía lo está mirando con ganas de ofrecerse voluntaria para quedar arruinada.

Sofía sonrió sin el menor arrepentimiento.

—Solo quiero darle la bienvenida a la isla.

—Por supuesto —murmuró Álex—. Puro interés turístico.

Enzo y yo intercambiamos una mirada. Desde la noche de la playa, Álex ya no disimulaba la atracción que sentía por Sofía.

Se ofrecía a acompañarla a todas partes, guardaba un sitio para ella durante las comidas y encontraba excusas para tocarle el brazo cada vez que hablaban.

Sofía coqueteaba con él, pero no parecía dispuesta a convertirlo en su marido.

La llegada de Théo parecía dispuesta a empeorar aquella situación.

—Propongo una apuesta —anunció Camila.

Sofía dejó el teléfono sobre la mesa.

—Te escucho.

—Antes de que se marche, una de las dos conseguirá una cita con él.

—¿Y si la conseguimos las dos?

—Él tendrá que elegir.

—¿Qué gana la vencedora?

—Cien euros.

Sofía le tendió una mano.

—Hecho.

—Esto es ridículo —opinó Álex.

—Tú no vas a participar —respondió ella.

—Gracias. Intentaré superar la decepción.

El primer encuentro oficial se produjo esa misma tarde.

Théo visitó el anfiteatro mientras ensayábamos y apareció acompañado por la directora del hotel, dos personas del equipo de comunicación y una cámara que grababa sus reacciones.

Llevaba unos pantalones de lino hasta la rodilla, una camiseta blanca y unas gafas oscuras.

Camila y Sofía se encontraban sentadas juntas en la primera fila. La prima de Enzo no pertenecía al elenco, pero durante aquellos días se acostumbró a presenciar los ensayos y Rebeca dejó de preguntarle por qué estaba allí.

En cuanto vieron al francés, ambas se levantaron.

Camila se quitó la sudadera.

Sofía se soltó el pelo.

—Esto va a ser muy entretenido —murmuró Enzo a mi lado.

—¿Por cuál apuestas?

—Por Sofía. Es peligrosa.

—Camila es mi mejor amiga.

—Eso no significa que tengas que perder dinero por ella.

—Ya te aseguro que no lo voy a perder.

Théo se presentó ante el grupo en un español aceptable, aunque mantenía un fuerte acento francés. Explicó que grabaría parte del ensayo y nos entrevistaría después de la función del día siguiente.

—Estoy encantado de conocerlos —dijo—. He visto vídeos del espectáculo y es impresionante.

—En persona es mucho mejor —aseguró Camila, acercándose a él.

—Todo es mejor en persona —añadió Sofía desde el otro lado.

Théo las miró alternativamente.

—Eso espero.

Camila fue la primera en presentarse. Le dio dos besos y prolongó la mano sobre su brazo durante unos segundos. Sofía esperó su turno y le habló en italiano al descubrir que él pasó varios años viviendo en Roma.

—Eso es trampa —protestó Camila.

—La apuesta no establece ningún idioma.

—Estamos en España.

—Él es francés.

—Y tú italiana.

—Por eso necesitamos buscar puntos en común.

Théo sonreía, encantado con la atención. Álex observaba la escena desde el escenario con los brazos cruzados y una expresión tan seria que Valentina se acercó para colocarle una mano sobre el hombro.

—No sufras, che. Los influencers viajan mucho. En dos días se va.

—Me da igual.

—Claro. Por eso llevas cinco minutos intentando asesinarlo con los ojos.

Durante el ensayo, Camila y Sofía iniciaron una competición absurda por captar la atención del francés.

Camila se ofreció a explicarle el argumento de Marea de luz .

Sofía se ofreció a enseñarle los mejores rincones del hotel.

Camila le llevó agua. Sofía apareció con un café.

Cuando Théo mencionó que le gustaba navegar, Sofía aseguró que su familia poseía una embarcación en Italia.

Enzo se detuvo en mitad de una conversación conmigo.

—Mi familia no posee ningún barco.

—Tu prima está trabajando duro por esos cien euros.

—Una vez alquilamos un patinete acuático.

—En determinadas condiciones puede considerarse una embarcación.

Álex escuchó el comentario.

—O una mentira.

—¿Te preocupa la ética del concurso? —le pregunté.

—Me preocupa que dos mujeres inteligentes se comporten como idiotas por un tipo que se graba comiendo ensaladas.

—Théo también graba paisajes —apuntó Enzo.

—Impresionante. Un genio de nuestro tiempo.

Aquella noche no teníamos función, así que el grupo quedó para tomar algo en la terraza del personal. Théo debía cenar con la dirección del hotel, pero Camila descubrió dónde se celebraría la cena y convenció a Sofía para ocupar una mesa cercana.

—¿No se supone que competís? —pregunté mientras las veía prepararse en nuestra habitación.

—Primero necesitamos acercarlo —explicó Camila—. Después empezará la guerra.

Sofía salió del dormitorio con un vestido verde ajustado.

—¿Qué te parece?

Álex estaba sentado en la terraza. Levantó la vista y se quedó mirándola.

—Bien.

—¿Solo bien?

—¿Quieres que te ayude a seducir al francés?

—Quiero una opinión objetiva.

—No soy objetivo.

Sofía sonrió.

—Eso ha sonado bonito.

—No pretendía que sonara de ninguna manera.

Se levantó y salió de la habitación antes de que ella pudiera responder.

—Está celoso —dijo Camila.

—No está celoso.

—Ha mirado ese vestido con un sufrimiento que debería cubrir la Seguridad Social.

—Álex y yo somos amigos.

—Álex quiere arrancarle al francés la cabeza de un bocado.

Sofía se contempló en el espejo.

—Se le pasará.

La cena les salió redonda. Théo las descubrió en la mesa próxima y las invitó a unirse al grupo del hotel. Camila y Sofía terminaron sentadas a ambos lados de él, respondiendo preguntas sobre el espectáculo y hablando de sus lugares favoritos de la isla.

Nosotros observábamos desde una terraza situada al otro lado del jardín. Eric consiguió unos pequeños prismáticos del equipo de animación y comentaba la situación como una competición deportiva.

—Camila acaba de tocarle la mano.

—¿Accidentalmente? —preguntó María.

—Negativo. Contacto deliberado de dos segundos.

—¿Qué hace Sofía? —quiso saber Valentina.

—Se ha inclinado hacia él. No puedo ver más porque una planta me tapa el escote.

Álex le arrebató los prismáticos.

—Dame eso.

—¿Para qué? Creía que no te importaba.

—Quiero comprobar que no la moleste.

—Parece que Sofía lleva un cuarto de hora intentando que la moleste —señaló Joel.

Álex miró a través de los prismáticos y frunció todavía más el ceño.

—Le está enseñando algo en el teléfono.

—Fotos de barcos familiares inexistentes —supuso Enzo.

Al final de la cena, Théo acompañó a las dos hasta nuestra terraza. Camila apareció del brazo de él. Sofía caminaba al otro lado y se reía de algo que acababa de decirle.

Álex dejó los prismáticos sobre la mesa.

—Estupendo. Ya está aquí el explorador de ensaladas.

Théo se unió al grupo y resultó bastante más divertido de lo que Álex estaba dispuesto a admitir.

Hablaba cuatro idiomas, contó varias anécdotas de sus viajes y se rio de sí mismo al recordar una campaña publicitaria en la que tuvo que fingir que sabía montar a caballo.

Después de dos horas, incluso Eric reconoció que le caía bien.