Capítulo 21 #2
—Muchísimo.
—¿Quieres que volvamos al puerto?
—Ni se te ocurra.
—Entonces el capitán ha cumplido su misión.
—El capitán se ha aprovechado de su autoridad.
—La capitana ha dado todas las órdenes.
Levanté la cabeza.
—¿Me has ascendido de nuevo?
—Después de esto, el barco es tuyo.
Nos reímos y volvimos a besarnos. El aire empezó a enfriarse y terminamos refugiándonos en la cabina, donde descubrimos que la cama era algo más estrecha de lo que esperábamos.
—No cabemos —protesté entre risas.
—Tendremos que dormir abrazados.
—Qué sacrificio.
Enzo me acomodó sobre su pecho y tiró de la sábana. Nos dormimos con el sonido del agua golpeando el casco y el cuerpo todavía impregnado de sal.
Desperté al amanecer porque algo se cayó en la cocina.
Abrí los ojos y descubrí que él ya no estaba a mi lado. Me puse su camisa, salí del camarote y le encontré recogiendo una cafetera del suelo.
—¿Qué ha ocurrido?
—Nada.
—La cafetera está en tres piezas.
—Es un modelo desmontable.
—¿Voluntariamente?
—Vuelve a la cama.
Me acerqué y examiné el desastre. Había café sobre la mesa, dos tazas volcadas y una bolsa de azúcar abierta.
—El gran capitán no sabe preparar el desayuno.
—Sé preparar café.
—¿Dónde está?
Señaló las gotas oscuras repartidas por la mesa.
—En varios lugares.
Terminé ayudándole. Conseguimos montar la cafetera, calentar pan y cortar fruta sin que nada más acabara en el suelo. Desayunamos en la cubierta mientras el sol aparecía tras las rocas.
El mar estaba tan tranquilo que parecía una superficie de cristal. Me senté envuelta en la camisa de Enzo, con las piernas desnudas y una taza caliente entre las manos.
—No quiero volver —murmuré.
—Podríamos huir.
—¿Adónde?
—El barco tiene comida para un día más.
—Gran plan. Dentro de cuarenta y ocho horas estaremos mendigando galletas a otros navegantes.
—Podemos pescar.
—¿Sabes hacerlo?
—No demasiado.
—Entonces moriremos.
—Pero estaremos juntos.
—Qué romántico y qué poco práctico.
Levantamos el ancla después del desayuno y navegamos hacia una zona más abierta. El viento aumentó un poco y el barco avanzó con mayor velocidad. Ya no sentía miedo. Incluso me ofrecí a llevar el timón y conseguí mantener el rumbo durante casi veinte minutos sin que Enzo interviniera.
—Estoy preparada para obtener la licencia —declaré.
—Has aprendido a ir recto.
—Es la dirección más importante.
—También tendrás que aprender a girar.
—Para eso te tengo a ti.
—Una filosofía náutica impecable.
A media mañana fondeamos lejos de la costa. Enzo comprobó la zona, colocó la escalera y sacó dos equipos sencillos de esnórquel. El agua era más profunda que en las calas y el fondo apenas se distinguía.
—No bajo ahí —dije.
—Llevas toda la mañana presumiendo de marinera.
—Marinera, no sirena.
—Yo estaré contigo.
—Eso dijiste cuando me soltaste el timón.
—Y no ocurrió nada.
—Casi giré hacia otro continente.
Enzo entró primero y nadó alrededor del barco. Cuando regresó, levantó una mano.
—Ven.
Me puse el chaleco ligero que insistió en darme y descendí por la escalera. Permanecimos cerca del velero, sujetos a una línea de seguridad. Nadamos juntos, vimos bancos de peces y nos retamos a aguantar la respiración bajo el agua.
Enzo ganó la primera vez.
En la segunda hice trampa y le quité las gafas.
—Eso te descalifica —protestó al salir.
—No existen normas.
—Las establece el capitán.
—Ayer me entregaste el barco. Ahora mando yo.
—Entonces, capitana, ¿cuál es la siguiente orden?
Me acerqué nadando y pasé los brazos alrededor de su cuello.
—Bésame.
—A sus órdenes.
La comida del segundo día resultó todavía más caótica porque solo quedaban dos cucharas pequeñas y Enzo dejó caer una al agua. Me acusó de distraerle; yo señalé que un capitán debía resistir la visión de unas piernas sin perder los cubiertos.
Por la tarde iniciamos el regreso. Me invadió una tristeza suave al ver que la costa se acercaba y los edificios empezaban a distinguirse.
Enzo también parecía menos bromista. Permaneció atento a las maniobras, pero cada vez que pasaba junto a mí rozaba mi mano o dejaba un beso rápido sobre mi cabeza.
Antes de entrar en el puerto, me permitió sostener el timón por última vez.
—¿Qué tal ha sido tu primera travesía? —me preguntó.
—El capitán dejaba bastante que desear.
—¿Alguna queja formal?
—Muchas. Despertó a la tripulación de madrugada, perdió una cuchara, destrozó la cafetera y utilizó su autoridad con fines inmorales.
—¿Algo positivo?
Fingí pensarlo.
—El café del primer día estaba bueno.
—Eso es todo.
—También me gustó el barco —le aseguré sonriente.
—Me alegro.
—Y el baño —admití.
—Bien.
—La cena bajo las estrellas.
—Vamos mejorando —carraspeó. Hasta haciéndolo resultaba de lo más atractivo.
Me volví hacia él, sin soltar el timón.
—Y el capitán.
Enzo sonrió.
—¿Solo te gustó?
—Me temo que mucho más de lo aconsejable —le confesé.
Se situó detrás de mí y colocó las manos sobre las mías.
—Eso resulta bastante conveniente.
—¿Por qué?
—Porque el capitán también empieza a tener un problema serio con su tripulación.
—Creí que estabas loco por mí.
—Cada día un poco más.
Entramos en el puerto con su cuerpo protegiendo el mío y las manos unidas sobre el timón. Un poco después, descargábamos las mochilas y devolvíamos la embarcación. Sentí una punzada al abandonar el pantalán.
Aquellos dos días crearon un lugar apartado del resto del verano. Allí no existían los demás ni la fecha en que tendríamos que despedirnos de la isla. Solo estuvimos Enzo y yo, rodeados de mar, descubriendo que también podíamos compartir la calma.
Antes de subir al coche, me cuadré delante de él y llevé una mano a la frente.
—Travesía terminada sin fallecidos, mi capitán.
—Un éxito inesperado.
—¿Cuándo repetimos?
Enzo me rodeó la cintura.
—Cuando quieras.
—¿Eso es una promesa?
—Sí.
Me besó junto al puerto, todavía con el sabor de la sal en los labios y el balanceo del barco instalado en las piernas.
Durante el camino de regreso apoyé la cabeza en su hombro y cerré los ojos, convencida de que acababa de vivir los dos días más felices de mi vida.